Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo II después de Pascua

Sermones-Ceriani

 SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Domingo del Buen Pastor

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas. Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, —así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre— y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Como expresa la perícopa de este Evangelio en el Domingo del Buen Pastor, Jesús habla aquí a los fariseos.

Continúa de este modo el discurso precedente, del capítulo IX, 41; cosa que debe tenerse en cuenta para entender bien este capítulo décimo de San Juan.

Recordemos: Entonces Jesús dijo: Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos. Al oír esto, algunos fariseos que se encontraban con Él, le preguntaron: ¿Acaso también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero ahora que decís: “vemos”, vuestro pecado persiste.

Nótese la estupenda dialéctica del Maestro. El rechazo que ellos hacen de la imputación de ceguera, se vuelve en su contra, como un argumento ad hominem, mostrando así que su culpa es aun mayor de lo que Jesús les había dicho antes.

Enseña San Juan Crisóstomo: Como el Señor había sostenido una disputa sobre la ceguera de los judíos, a fin de que ellos no dijesen: no es por nuestra ceguera por lo que no nos acercamos a ti, sino que nos apartamos como huyendo del error, quiere probar que Él no es un impostor, sino que es el verdadero pastor, fijando las señales que distinguen al ladrón del pastor.

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Continúa, pues, el altercado con la explanación de la parábola del Buen Pastor:

En verdad, en verdad os digo, quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y un salteador.

Él se refiere de una manera tácita a todos aquellos que vinieron antes que Él y a los que vendrían después, al anticristo y a los falsos cristos.

La puerta es Jesús, como lo indica más abajo: Yo soy la puerta de las ovejas.

Mas el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias, y las saca fuera.

Este portero tan importante es el divino Padre. Él es quien abre la puerta a las ovejas que van hacia el Buen Pastor. Porque, así como nadie va al Padre sino por Jesús, nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo elige y no lo atrae.

Jesús no sólo es el Pastor bueno, sino que Él es también la puerta. Esa puerta que el Padre nos abre, es, pues, el mismo Hijo, porque el Padre nos lo dio para que por Él entremos a la vida y para que Él mismo sea nuestra vida.

Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía.

Dice con justeza San Agustín: Digan en hora buena los paganos, digan los judíos o los herejes, nuestra vida es buena; si no entran por la puerta ¿de qué les sirve? La buena vida debe proporcionar a cada uno la vida eterna, y no puede decirse que viven bien los que ignoran por ceguedad el fin del bien vivir, o por orgullo lo menosprecian. Nadie puede tener esperanza de vivir siempre, si no conoce la vida, que es Cristo, y entra por esta puerta en el redil. Todo aquel que quiere entrar en el redil, entre por la puerta.

Cuando ha hecho salir todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Mas al extraño no le seguirán, antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

Precisa San Juan Crisóstomo: Sacaba a sus ovejas cuando las enviaba, no ya lejos de los lobos, sino en medio de ellos. Estas palabras parece que se dirigen al ciego de una manera indirecta, porque le sacó llamándole de en medio de los judíos.

¡Privilegio de los que están familiarizados con el lenguaje de Jesús! Él les promete aquí un instinto sobrenatural que les hará reconocer a los falsos maestros y huir de ellos.

San Agustín pregunta: ¿Pero cómo resolver esta cuestión?: Algunas veces, las que no son ovejas oyen la voz del pastor; tal aconteció a Judas que, aunque era lobo, oyó esta voz; y las ovejas no la oyen; porque algunos de los que crucificaron a Cristo eran ovejas y, sin embargo, no oyeron su voz.

Y responde: He aquí lo que yo digo: el Señor conoce los que son suyos, por presciencia; conoce a los predestinados; éstos son las ovejas. Algunas veces no se conocen ellas mismas, pero el pastor las conoce; porque hay muchas ovejas fuera del redil, y muchos lobos están dentro. De los predestinados es de quien habla.

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Tal es la parábola, que les dijo Jesús, pero ellos no comprendieron de qué les hablaba.

El evangelista, después de hacer el primer relato, en el que se traza una estampa de la vida pastoril, destacándose en él la puerta del redil y las características del pastor de las ovejas, dice que Cristo les enseñó con este proverbio (en griego = paroimía).

Esta palabra griega traduce la hebrea marshal, que abarca en general todo tipo de sentencias: enigmas, parábolas, alegorías, proverbios, etc.

Se ve que aquí es un género mixto de alegoría y de parábola alegorizante; ya que la estructura fundamental es el de una narración verosímil, excepto algún detalle puesto en orden a la alegorización.

Jesucristo es el que luego la alegoriza en un doble aspecto: el de la Puerta y el del Pastor.

La imagen supone un redil, un seto de ovejas en el campo. Según la costumbre palestina, están hechos con un muro de piedra o con una simple empalizada de madera. Un guardián, que aquí llama portero por la importancia alegórica que va a tener la puerta, vela durante la noche para defender el rebaño de posibles robos.

Si el pastor tiene que entrar en el redil, entra por la puerta, que le abre el destacado portero. En cambio, el que pretende venir para robar o hacer una venganza en las ovejas de su vecino, ése lo hace calladamente; no entra por la puerta; entra por otra parte. Es ladrón, que usa de astucia, y salteador, que usa incluso de violencia.

El pastor, que entra por la puerta del redil por la mañana, va a sacar sus ovejas. Es frecuente que en un redil se guarden las ovejas de diversos dueños.

El pastor llama a sus ovejas. Estas conocen su voz y su llamada característica. Y hasta llama a sus ovejas por su nombre.

Así llamadas y reagrupadas en torno suyo, las saca. Y, cuando ya están fuera, él se pone delante de ellas; y llamándolas nuevamente le siguen, porque conocen su voz.

Si un extraño lanza el mismo grito, se paran al punto y levantan la cabeza, como alarmadas. Si se repite este grito, se revuelven y huyen, pues no conocen la voz del extraño.

Terminada la exposición de este modo, dice el evangelista que los oyentes, sin duda fariseos, no entendieron qué era lo que les hablaba.

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Si toda parábola o alegoría exige saber qué es lo que con ello se quiere enseñar o ilustrar, los fariseos, rectores espirituales de Israel, no podían sospechar que ellos fuesen calificados de salteadores espirituales del rebaño que estaba guardado en el redil de Israel. Cristo va a exponerlo.

Entonces Jesús prosiguió: En verdad, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que Yo son ladrones y salteadores, mas las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta, si alguno entra por Mí, será salvo; podrá ir y venir y hallará pastos. El ladrón no viene sino para robar, para degollar, para destruir. Yo he venido para que tengan vida, y vida sobreabundante.

Cristo comienza identificándose, alegóricamente, con la puerta del redil. Este era Israel.

Él es la puerta de las ovejas; pero el contexto exige que se refiera no a las ovejas, que entren o salgan por Él, sino a los pastores, que se acercan o quieren regir, religiosamente, a Israel.

Él es, pues, la puerta para ingresar lícita, digna y provechosamente a regir el rebaño religioso.

Pero sucedió que todos los que vinieron a esta obra de rectoría religiosa eran ladrones y salteadores. Por eso, aunque vinieron con estas pretensiones, las ovejas no les oyeron.

¿Quiénes eran éstos?

Evidentemente no se refiere a la legítima autoridad del Antiguo Testamento, puesta por Dios.

Se trata de los fariseos.

La vinculación de este pasaje con la discusión y condena de la ceguera de los fariseos del capítulo anterior, a propósito de la curación del ciego de nacimiento, es manifiesta, como hemos dicho al comienzo.

Con el Mesías presente, ya no cabía a Israel otra licitud para andar religiosamente que por medio de Él.

Los fariseos vinieron a ser para Israel ladrones y salteadores, que boicotearon el ingreso del pueblo en la fe de Cristo Mesías, en el redil cristiano.

El mismo Cristo se compadecerá un día de las muchedumbres que, desorientadas religiosamente, estaban fatigadas y decaídas, como ovejas sin pastor.

El que entra en el rebaño por medio de Cristo, que es con su fe y autoridad, ése será salvo, irá y vendrá, y encontrará pasto, el buen pasto espiritual, una vida abundante y garantizada; porque Cristo no vino como los salteadores, que vienen para matar el ganado, sino que vino para que tengan vida, y la tengan abundante.

Por el contrario, el que se acerca al rebaño sin entrar por Cristo, es ladrón y salteador; no está capacitado por Cristo para su oficio; por eso su obra, que en el contexto son los fariseos contemporáneos de Cristo, no es otra que venir para robar, matar y destruir la fe en Cristo, y, en consecuencia, la vida, que sólo Él dispensa.

San Agustín aclara bien este pasaje: Entiéndase en este sentido: Todos los que vinieron sin mí; porque no vinieron sin Él los Profetas, porque vinieron con Él los que vinieron con la palabra de Dios, y los que vinieron con Él fueron veraces, porque Él es la palabra y la verdad. El que había de venir enviaba sus heraldos, poseyendo los corazones de aquellos que enviaba. Luego todos los que vinieron sin Él fueron ladrones y salteadores. Las ovejas no oyeron a aquellos en quienes no estaba la voz de Cristo; no oyen a los que andan errando, a los mentirosos, a los seductores de infelices.

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El segundo cuadro que Nuestro Señor presenta, es anunciarse Él como el Buen Pastor.

Aquí comienza el fragmento del Evangelio de la Misa de hoy.

Jesucristo se presenta como el Pastor, el bueno. Con ello quiere decir que en Él se encuentran las condiciones eminentes de un pastor; es decir, de un pastor espiritual digno de este nombre.

Y dos veces hace uso de este título, manifestando dos aspectos principales de su obra de buen pastor.

El primero es que el buen pastor da su vida por sus ovejas.

Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas.

Pone su vida, o sea la expone. El pastor no se empeña en que el lobo lo mate, pero no vacila en arriesgarse a ello, si es necesario en defensa de sus ovejas.

Si en absoluta exigencia moral no se reclama tanto, con ello se expresa la solicitud del Buen Pastor, Cristo.

Jesús no solicitó que lo rechazaran y le quitaran la vida. Antes, por el contrario, afirmó abiertamente su misión, mostrando que las profecías mesiánicas se cumplían en Él. Mas, si aceptó el reconocimiento de sus derechos, no quiso imponerlos por fuerza, ni resistir a sus enemigos; y no vaciló en exponer su vida al odio de los homicidas, aunque sabía que la crudeza de su doctrina salvadora exasperaría a los poderosos y le acarrearía la muerte.

Para resaltar esta cualidad, pone en contrapartida al pastor asalariado, que no puede tener, naturalmente, esta estima por el rebaño. Y así, al ver venir al lobo, que es el enemigo tradicional de las ovejas, abandona el rebaño, poniéndose a salvo, y el lobo las arrebata y las dispersa.

Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas.

Frente a estos malos pastores, que huyen ante los peligros de su rebaño, Cristo es para su rebaño el buen pastor, que de tal manera lo vigila y apacienta, que hasta llega a dar su vida en provecho de sus ovejas.

San Gregorio Magno dice: Si es pastor o mercenario, no puede conocerse con verdad si falta ocasión; porque en tiempo de tranquilidad, lo mismo el verdadero pastor que el mercenario están solícitos vigilando su rebaño; pero cuando viene el lobo demuestra cada uno con qué espíritu velaba sobre el rebaño.

Debemos amar al pastor, precavernos del ladrón y tolerar al mercenario. El mercenario es útil en tanto no vea al lobo, al ladrón o al salteador, pues apenas le ve, huye.

Lo que aquí dice como condición de todo buen pastor, con el que se identifica, será tema que lo expondrá ampliamente luego; y es la enseñanza y profecía de la muerte redentora de Cristo.

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El segundo aspecto de su obra de buen pastor es el conocimiento que Él tiene de sus ovejas, lo mismo que el que ellas tienen de Él. Entre Cristo y sus ovejas hay un conocimiento recíproco.

Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, —así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre— y pongo mi vida por mis ovejas.

Pero el conocimiento universal y sobrenatural de Cristo a las ovejas de su rebaño no es por alguna señal externa, sino por algo más íntimo, más profundo y auténtico, basado en la semejanza de cómo se conocen el Padre y el Hijo, que no es solamente por un conocimiento intelectual, sino por un conocimiento a la vez intelectual y amoroso.

Calcado este conocimiento y amor en el conocimiento amoroso del Padre y del Hijo encarnado, se sigue que, en sus ovejas, este conocimiento es sobrenatural, y este amor es de caridad.

En el fondo de todo este conocimiento amoroso hay una predestinación, en la que resalta inmediatamente la ternura con que Cristo conoce y ama.

Y son las ovejas las que conocen su voz; y Él va delante de ellas en su vida, y las llama por su nombre.

Por eso San Gregorio Magno puntualiza: Como si dijera claramente: Yo amo a mis ovejas; y ellas, obedeciéndome, me aman; porque el que no ama la verdad, todavía no conoce.

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Un tercer aspecto de la obra de este Buen Pastor es que tiene que extender su solicitud a la universalidad del rebaño.

Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Las ovejas a quienes el Salvador fue enviado, eran los judíos. Como ellas no oyeron la voz de su pastor, Dios escogerá de entre los gentiles un pueblo para su Nombre, hasta que, con el retorno de Israel, se forme un solo rebaño con un solo pastor.

Las otras ovejas, contrapuestas a las que ya tiene en el naciente redil cristiano, son los gentiles.

Muriendo por todos, es preciso que a todos los tenga en su rebaño; que oigan, eficazmente, su voz, que le conozcan amorosamente, como las ovejas cristianas del otro redil, a fin de que Él las conduzca como rebaño único, que Él guía a la vida eterna, que abundantemente les da.

Ya enseñó San Agustín: Se dirigía al primer rebaño, que era, por la sangre, de la raza de Israel. Pero había otros rebaños que pertenecían por la fe a ese mismo Israel. Estaban fuera, diseminados en medio de las naciones; estaban predestinados, pero aún no estaban congregados. No son, pues, de este rebaño, porque no son por la sangre de la raza de Israel. Pero más tarde pertenecerán a este redil.

Y así no habrá más que un Pastor, el único, el Buen Pastor, que conduce al Cielo, a la vida, a un único rebaño, compuesto de los fieles de Israel y de todo el mundo.

Es, al mismo tiempo, la enseñanza de la vocación universal de las gentes y la profecía de su incorporación al rebaño de Cristo.

Pero esto era dar también cumplimiento a las profecías mesiánicas sobre la función pastoral del Mesías. Lo que era un modo de reclamar sobre sí, no sólo el valor mesiánico de las profecías y presentarse como el Mesías-Pastor, sino también aludir con ello a la divinidad de Cristo, ya que Yahvé es presentado, reiteradamente, como el Pastor de su pueblo.

Aquí concluye el Evangelio de hoy.

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Un cuarto aspecto de Cristo, el Buen Pastor, es que da su vida en provecho de las ovejas.

Por esto me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida para volver a tomarla. Nadie me la puede quitar, sino que Yo mismo la pongo. Tengo el poder de ponerla, y tengo el poder de recobrarla. Tal es el mandamiento que recibí de mi Padre.

En esta expresión está manifiesta la alusión a su muerte sacrificial redentora.

Pero, más precisamente, se alude a tres aspectos de esta muerte de Nuestro Señor.

Uno es el aspecto triunfal de su muerte: muere para resucitar.

En el Evangelio de San Juan, la hora de Cristo, más que el aspecto de su muerte, es ésta, pero como paso para su triunfo en la resurrección: da ahora su vida para tomarla de nuevo.

Otro aspecto de su muerte es la libertad con que muere. Nadie le quita la vida por fuerza, sino que Él la da libremente. Más deseo que los enemigos por llevarle a la cruz, lo tiene Él para así glorificar al Padre. El Padre le dio potestad, tanto para dar su vida como para tomarla de nuevo resucitado.

Por último, se señala que, para esta obra, Cristo tiene un mandato del Padre. Cristo en toda su obra no hace más que obedecer el plan del Padre.

Y así, por esta obediencia y sumisión total a los planes del Padre, por todo esto, Cristo está siendo también siempre amado por el Padre.

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El evangelista expone las diversas reacciones entre los judíos a propósito de estas enseñanzas, pues se produjo entre ellos desacuerdo.

Y de nuevo los judíos se dividieron a causa de estas palabras. Muchos decían: Es un endemoniado, está loco. ¿Por qué lo escucháis? Otros decían: Estas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?

Para unos, fariseos, a quienes especialmente se dirigía, la reacción era la esperada. Hostil. Y llamarle loco y endemoniado.

Para ellos, sólo un insensato podría ir en contra de lo que pensaban.

Por endemoniado podían querer decirle lo que en otras ocasiones: que obraba en virtud de Satanás.

Pero otro grupo de personas, que creían en Él a causa de sus milagros, empiezan a abrir los ojos a la luz de Cristo. Les mueve a ello la grandeza de su doctrina, pero también los milagros.

Esto es, las mismas palabras no parecen de un poseso. Si, pues, no os persuaden las palabras, persuadíos, al menos, por las obras.

Se alude al milagro del ciego de nacimiento.

Se reconoce que fue milagro y que sólo Dios pudo hacerlo.

El resaltar que el demonio no puede abrir los ojos a los ciegos, refiere, seguramente, a la vieja insidia lanzada por los fariseos, según los cuales Cristo obraba sus prodigios en virtud del príncipe de los demonios.

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Y así regresamos al comienzo: Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos.

De este modo, la luz, Jesucristo, iba alumbrando a muchos ciegos de alma en Jerusalén, mientras otros muchos quedaban en las tinieblas…

Y así será a lo largo de la historia…