COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

16 1919

VII ELEVACIÓN

PARA PEDIR SU PROTECCIÓN EN MEDIO DE LOS PELIGROS EN QUE ESTAMOS DE PERDERNOS CONTINUAMENTE

A Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar

Vengo a ponerme a los pies del trono de vuestra gracia, ¡oh Divino Salvador mío!, para pediros mi alma: Da mihi, Domine, animam meam.

Vengo a rogaros la protejáis entre los peligros de perderse a que sin cesar está expuesta, y que no permitáis perezca para siempre.

¡Ah!, Señor, todos mis huesos se estremecen y mi sangre se congela de temor en mis venas, cuando considero la gravedad del peligro a que me hallo expuesto. Veo debajo de mis pies un estanque de azufre y de fuego de una espantosa profundidad, más inflamado mil veces que el cobre y el bronce derretido, donde los condenados miserables son sepultados y consumidos. Veo a los demonios que, para redoblar su suplicio, se arrojan sobre ellos con una violencia e impetuosidad que excede tanto a la del rayo del cielo cuando cae sobre la tierra, cuanto la naturaleza espiritual es superior a la corporal. Veo en fin este lugar de tormentos en que vuestro poder ha reunido todos los males para hacerlos padecer juntamente a estas infortunadas víctimas de vuestra ira; y en que las hace sufrir unas penas que los ojos no han visto jamás, los oídos percibido, ni el entendimiento del hombre concebido; y yo me veo a cada momento en el punto de caer en este abismo infinito de miserias.

Continuamente ando por la orilla del precipicio que conduce a él, y las sendas por donde camino están tan cortadas, y tan llenas de resbaladizos pasos, que casi no es posible preservarse de ellos.

Por otra parte, las tempestades y torbellinos derriban los pasajeros; los demonios los empujan y arman lazos para hacerles perecer; una infinidad de hombres insensatos se arrojan en él con gozo, y arrastran a los otros; y, en fin, las espesas tinieblas de que uno está rodeado hacen se precipite muchas veces sin advertirlo, cuando menos se espera.

¡Ah!, Señor, ¿dónde estoy al presente? ¿He andado por el buen camino, o me he descarriado y caído ya en el precipicio? Desdichado de mí. No podré tener ninguna certidumbre de esto, porque las profundas tinieblas en que me hallo sepultado, me ocultan enteramente el conocimiento. Me lisonjeo de caminar por rutas seguras; pero puede ser este tan adelantado en las sendas del infierno, que no haya sino este hilo de vida que disfruto, que me contenga y me impida caer en la sima de fuego; donde arden los miserables condenados, sobre la cual estoy suspenso; y luego que la muerte rompa este hilo, me veré abismado en ella sin recurso.

Me imagino tener la dicha de ser el objeto de vuestro amor, ¡oh Dios mío!, pero puede ser tenga la desgracia de ser el de vuestra indignación; porque si yo sé bien, que en lo pasado he cometido gran número de pecados enormísimos, ¿quién me asegurará que me los habéis perdonado? ¿He llorado, gemido, hecho penitencia y reparado bastantemente el agravio que os he causado a Vos y al próximo, para obligaros a concederme el perdón?

Pero sin hablar de lo pasado ¿no habrá aun al presente en el fondo de mi corazón algún aborrecimiento, alguna secreta vanidad, algún apego a los bienes de la tierra, al placer, a la gloria, a la salud, a la vida u otros objetos creados sin conocerlo yo, que me haga culpable ante Vos?

El poco amor que os tengo, el poco reconocimiento a vuestros beneficios, mi poca aplicación en lo que toca a vuestro servicio, mi poco fervor cuando me acerco a los Santos Misterios, ¿no me harán un hijo de ira?

En fin, ¿no se encontrará algún artículo en las obligaciones generales de Cristiano, o en las particulares de mi estado, sobre que me haya cegado, y cuya omisión me tenga privado de la felicidad de vuestra amistad?

Esto es, Señor, esto es lo que no puedo saber; estoy en profundas tinieblas en cuanto a ello.

Pero aun cuando yo fuera al presente bastante dichoso por estar en vuestra gracia, ¿qué seguridad debo tener de perseverar hasta el fin, y morir la muerte de los Justos?

¡Oh! ¿Qué es necesario para hacerme caer del estado de gracia en el del pecado? Un pensamiento que me nazca en el entendimiento, un fantasma que se forme en mi imaginación, un deseo que se levante en mi corazón, una pasión que se subleve en mi apetito, una palabra que salga imprudentemente de mi boca, una negligencia que me haga omitir cualquiera de mis cargos, ¿ no son capaces de empeñarme en una funesta caída?

¿Qué es necesario para echarme por tierra siendo una débil caña? Una tentación un poco violenta, una ocasión un poco fuerte, un accidente un poco molesto, una injuria, una injusticia, un agravio que me haga un enemigo, una amistad, un favor, un servicio que un amigo exija de mí contra la Ley de Dios, ¿no son suficientes para derribarme y hacerme olvidar mis más esenciales obligaciones?

Estando la vida tan expuesta, siendo mi fragilidad tan grande, mis enemigos tan poderosos, los lazos que sin cesar me arman de tanto artificio, ¿puedo prometerme escapar de todos estos peligros y que perseveraré en la virtud hasta el fin de mi carrera?

¡Ah!, Señor, sólo vuestra poderosa mano puede impedirme caer en el precipicio; toda mi aplicación, todos mis cuidados y todos los socorros de las criaturas me son inútiles sin el vuestro; es menester que Vos hagáis, no digo un milagro, sino una cadena continua de milagros, para librarme de todos estos peligros y conducirme felizmente al puerto de salvación; es menester que vuestro poder me sostenga con una mano contra mis propias flaquezas, y detenga con la otra los poderosos esfuerzos de mis enemigos; que por una parte allane todas las dificultades que encuentre en mi camino, y por otra me dé las fuerzas para marchar por él.

En una palabra, es menester que Vos me concedáis esta serie de socorros interiores y exteriores, sin los cuales nadie puede perseverar, y con los cuales se persevera siempre.

Es, Señor, un presente que vuestra misericordia hace a quien es de vuestro agrado, y que ninguno tiene derecho a exigir de Vos. No obstante, es tan grande vuestra bondad, que nunca le negáis a los que os le piden como corresponde.

Esto es lo que me obliga a postrarme a vuestros pies, para rogaros con toda la humildad, toda la confianza, y todo el ardor posible, tengáis a bien concederme estos victoriosos auxilios.

¡Ah! Señor, tened compasión de mi miseria, y no me dejéis perecer; no sufráis que mis enemigos roben mi alma, y que se gloríen de haberla devorado; acordaos que soy obra de vuestras manos, el precio de vuestra Sangre y la herencia que os ha dado vuestro Padre; que este mismo Padre me ha adoptado por su hijo; que el Espíritu Santo ha escogido mi alma por esposa; que Vos mismo me habéis alimentado muchas veces con vuestra Carne y Sangre, y concedido una infinidad de otras gracias muy singulares, que no se dirigen sino a salvarme.

¡Oh! perfeccionad, pues, vuestra obra, ¡oh Jesús mío! y conducidme al puerto de la salvación; no sufráis que todo esto sea inútil por la malicia de vuestros enemigos, y que triunfen de Vos arrebatando mi alma.

Vos estáis aquí en nuestros altares para protegerme y salvarme de sus manos; protegedme, pues, y salvadme, os ruego, por la gloria de vuestro Santo Nombre, por todos los trabajos de vuestra vida, y por todos los tormentos de vuestra muerte, por toda la caridad de vuestro divino corazón, y por todo lo que más amáis en el Cielo; y en la tierra.

¿Qué exigís Vos de mí, Señor, para obligaros a concederme esta gracia? ¿Queréis que os la pida continuamente?, os la pediré; ¿que me humille sin cesar en vuestra presencia?, me humillaré; ¿que ponga en Vos toda mi confianza?, en Vos la pondré; ¿que evite las faltas más ligeras cometidas con designio formado?, las evitaré; ¿que huya del mundo, y las ocasiones del pecado?, huiré; ¿que lleve una vida mortificada, penitente y retirada?, la llevaré; ¿que sufra las aflicciones más dolorosas, la enfermedad, la pobreza, el menosprecio, la injusticia, la persecución y aun la misma muerte?, lo sufriré.

Pronto estoy a hacer y padecer todo lo que os agrade, para que libréis mi alma del infierno, y la concedáis el favor de que vaya a poseeros para siempre en el Cielo.

Solamente os suplico me deis fuerza para cumplir lo que Vos me ordenáis a fin de hacerme digno de la gracia que os pido Amén.