COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

15

VI ELEVACIÓN

PARA PEDIR LA CONVERSIÓN

A Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar.

¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuando me dejaréis sumergido en el profundo abismo de mis males? ¿Hasta cuándo me abandonaréis a los deseos desarreglados de mi corazón, y me dejaréis encenagado en la inmundicia de mis pecados?

Mirad el miserable estado a que estoy reducido mucho tiempo hace. La corrupción ha penetrado hasta la médula de mis huesos. Mi vida no es más que un tejido de desórdenes y delitos.

Todos los vicios y todas las pasiones se han apoderado de mi corazón, y me tienen cautivo bajo su cruel tiranía. El orgullo y la envidia, la avaricia y la impureza, la ira, la gula y la pereza, me hacen experimentar alternativamente los efectos de su furor. El amor propio y la voluntad, como una fatal levadura, derraman o extienden su malignidad en toda mi conducta.

En todos mis pensamientos, en todos mis deseos, y en todas mis acciones, no hay sino condescendencia con la naturaleza, vicio y pecado. ¡Ah! Señor, ¿no os moverá a compasión mi extrema miseria?

Vos tuvisteis la bondad de separarme por el Bautismo de este siglo corrompido, de colocarme en el número de vuestros hijos y llamarme a la santidad.

Me habéis favorecido con muchas y señaladas gracias, para que pueda llenar dignamente mi vocación. Pero ¿cómo he correspondido a todos estos favores?

¿Cómo cumplo, aun al presente, las obligaciones de mi estado? Dejo la mayor parte por negligencia, y si cumplo algunas, sólo lo hago por gusto, interés y amor propio.

¿Cómo procedo en mis ejercicios de piedad? no es sino con tibieza, disgusto, y disipación de espíritu.

¿Cómo trabajo para la práctica de las sólidas virtudes, y para la perfección que me pide mi estado de cristiano? casi no doy ningún paso para adquirirlas.

¡Ah! ¿Dónde se halla aquel puro amor de mi Dios de que debería estar abrasado, el cual sólo anhela a Él, sin ningún respeto hacia nosotros?

¿Dónde aquel fervor que se encamina con un celo ardiente a todo lo que mira a sus intereses?

¿Dónde aquella fe viva, que llena el entendimiento y el corazón de las verdades de la salvación, poniéndolas siempre a la vista para reglar nuestras acciones? ¿Aquella esperanza firme, que jamás vacila en alcanzar socorros del Cielo, aun cuando parece que nada hay que esperar? ¿Aquella humildad profunda, que nos inclina a ponernos bajo los pies de todo el mundo? ¿Aquella obediencia exacta, que nunca falta ni un solo punto en lo que está prescrito? ¿Aquella paciencia invencible, que nada es capaz de alterar? ¿Aquel amor insaciable de cruces, que no suspira sino por la aflicción y el oprobio? ¿Aquella oración continua, que nunca pierde de vista a Dios? ¿Aquel perfecto menosprecio del mundo, que mira todos los bienes del siglo como escoria? en una palabra, ¿todas aquellas virtudes cristianas, que debería practicar de una manera muy excelente?

Si de ellas tengo alguna idea, me veo obligado a confesar ante Vos, ¡oh Salvador mío! que estoy tan remoto de tener la verdadera, como dista el Cielo de la tierra; y que cuando me examino a mí mismo, no encuentro en mi corazón sino un manantial inagotable de corrupción, de inmundicia y pecado.

¡Ah, Jesús mío! Vos que veis más claramente que yo mi grande miseria, ¿no tendréis piedad de mí? ¿No se compadecerán vuestras entrañas al ver el exceso de mis males? Aquí estoy a vuestros pies, adorable Redentor mío, para pediros remedio y mi conversión.

Convertidme, pues, ¡oh Divino Jesús mío! convertidme, os suplico: emplead el poder de vuestro brazo para sacarme de este abismo de corrupción y de pecado en que me veo sumergido; renovad en mi favor vuestros antiguos prodigios, para sanarme de esta infinita muchedumbre de males con que estoy oprimido, y mudarme en un hombre enteramente nuevo.

Pero ya que os pido me convirtáis, ¡oh benigno Jesús mío! no os pido una conversión a medias; os pido una conversión entera y perfecta; una conversión que no solamente me haga evitar los pecados graves, sino que me obligue a guardarme de las faltas más ligeras cometidas con deliberación; una conversión que no solamente me haga evitar el mal, sino que me mueva a hacer obras buenas en grado eminente y me haga entrar en el ejercicio de las virtudes más sólidas y perfectas.

Vuestra gloria, Señor, se halla interesada en acceder a mi petición, y librarme de tantos defectos, en donde me veo como sepultado; es honra vuestra no sufrir más que el que habéis adoptado por hijo vuestro, lleve una vida tan indigna de su condición; es interés vuestro que las gracias que me hacéis cada día no queden estériles. Ved, Señor, cuantas me habéis hecho hasta aquí, que nada han producido; el número es casi infinito.

Puede ser que Vos permitáis que yo caiga en otros pecados, para castigar los que ya he cometido contra Vos; y que me dejéis caer en otras infidelidades, para castigar mis infidelidades a vuestras primeras gracias. Pero ¿no tenéis otros castigos que hacerme padecer, ¡oh Dios mío! sino este, cuyas consecuencias no solamente son funestas para mí, sino también tan perjudiciales a vuestros intereses?

¡Ay! cortad, romped, abrasad, arrancad, hacedme sufrir todos los castigos que sean de vuestro agrado; pero no os venguéis, os pido, abandonándome a los deseos desarreglados de mi corazón.

Puede ser también que Vos me dejéis en el cieno de mis defectos para humillar mi orgullo, porque presumiría mucho de mí, si me viera libre. Pero Señor ¿no tenéis otros medios para abatir mi altivez?

¡Ah! sólo con que derraméis en mi entendimiento un rayo de vuestra luz, que me descubra el fondo de mi miseria, y la profundidad de mi nada, no tendré más vanidad; porque no estando fundada sino en la mentira, vuestra verdad la destruirá.

Puede ser en fin que Vos dilatéis convertirme y darme las sólidas virtudes, para hacerme concebir mayor estimación de ellas, y obligarme a cultivarlas con mayor cuidado cuando las reciba. Pero ¿no podéis, Señor, inspirarme esta estimación y este cuidado sin todos estos retrasos, que os causan tantas pérdidas, y son tan perjudiciales a mi salvación?

Ya es tiempo, Señor, ya es tiempo de obrar en mí esta perfecta conversión: apresuraos, pues, os ruego, a concederme esta gracia; a vuestros pies estoy para pedírosla; no me aparto de ellos sin haberla obtenido. No, Señor, aun cuando me repeláis cuantas veces os agrade, no saldré de aquí sin que me la hayáis concedido; por lo menos moriré a vuestros pies pidiéndola.

Sangre adorable de mi Jesús, méritos de su vida y de su muerte, Sacrificio no sangriento de su Cuerpo y de su Sangre, que sin cesar ofrece sobre este Altar, defended mi causa, y obtenedme el efecto de mi petición.

Vos también, Virgen Divina, vosotros Ángeles Santos, que asistís ante este Altar, vosotros todos Espíritus bienaventurados y Santos del Cielo, y vosotros Justos de la tierra, instad a mi Dios para obtener la gracia de mi perfecta conversión, y que me transforme en un hombre del todo nuevo, y a medida de su corazón.