COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

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V ELEVACIÓN

PARA PEDIR A JESUCRISTO

En el Santísimo Sacramento el perdón de los pecados

Soberano Juez de los Ángeles y de los hombres, que habéis establecido el trono de vuestra misericordia, sobre nuestros Altares para darnos el medio de ponernos a salvo de los temibles juicios de vuestra justicia, vengo a postrarme a vuestros pies para rogaros me juzguéis en este favorable Tribunal, a fin de que vuestra justicia no tenga nada que juzgar en el suyo.

Deseo con uno de vuestros Santos, estar ya juzgado cuando comparezca en él, para que no tenga que padecer su juicio: Volo vultui Dei judicatus præsentari, non judicandus.

Voy a ser Fiscal contra mí mismo ante Vos, a fin de dar lugar a vuestra misericordia a pronunciar en mi favor el Decreto de abolición de mis pecados.

Reconozco, pues, Señor, en vuestra presencia, que estoy culpado con una infinidad de delitos que merecen el infierno.

Confieso que mi vida está tan llena, que a cualquier parte que me vuelva, no veo sino montañas de iniquidad; mi entendimiento no ha formado nunca sino pensamientos criminales; mi corazón no ha concebido más que deseos culpables; mi lengua no ha pronunciado sino palabras malas; y mis manos no han hecho sino acciones injustas; en toda mi vida no encuentro casi una sola acción, un solo pensamiento, una sola palabra que haya estado exenta de pecado.

Vos me habéis dado un cuerpo humano, y una alma racional; y yo los he empleado con todas sus facultades y potencias en ofenderos; me habéis hecho Señor de las criaturas sensibles; y yo las he hecho servir de instrumento al pecado; me habéis rescatado del infierno; y yo os he hecho perder el precio de mi redención, volviendo a mi primera esclavitud; me habéis colmado de más gracias que a naciones enteras de paganos e infieles; y yo he abusado de todo esto, persistiendo siempre en mis desórdenes; he abusado de vuestras luces e inspiraciones, de vuestras dulzuras y rigores, de vuestros beneficios y castigos, de vuestras promesas y amenazas y de vuestros Sacramentos y auxilios los más singulares; no me he servido de todo sino para cometer nuevos delitos; en lo cual estoy más culpado por cuanto conocía el daño que hacía, que Vos me lo habéis reprehendido a menudo, que os he prometido muchas veces corregirme, y que en mí solo ha estado hacerlo.

En una palabra, confieso ante Vos, no podrá haber ingratitud, malicia, perfidia más abominable que la mía y que es un prodigio de infinita bondad me hayáis sufrido hasta el presente y no me hayáis confundido mil veces en lo más profundo de los infiernos.

Pero detesto Señor, detesto ahora todas mis malicias y desórdenes pasados; vengo con el corazón penetrado de dolor, el rostro cubierto de confusión, y los ojos bañados en lágrimas a postrarme a vuestros pies, para humillarme ante Vos, y pediros muy humildemente perdón.

Yo sé que Vos ponéis vuestra gloria, no en castigar los pecados, sino en perdonarlos; que la dulzura y la misericordia son vuestro propio carácter; que jamás ningún pecador ha recurrido a Vos con un pesar sincero de sus delitos, que no haya obtenido gracia; que Vos sois sobre nuestros Altares el Cordero que quita los pecados del mundo; que en ellos hacéis el oficio de mediador y Pontífice para reconciliarnos con vuestro Padre; y en fin, que el mayor gozo que se os puede dar es entregarse en los brazos de vuestra misericordia, para ser restituido por vuestro medio a la amistad de Dios.

Esto es lo que me anima a venir a Vos, ¡oh Salvador mío! para pedir gracia y perdón de mis delitos, y que me pronunciéis favorable Decreto desde vuestro trono Eucarístico.

Decidme, pues, aquellas palabras llenas de consuelo, que en otro tiempo dijisteis al Paralítico: Dimittuntur tibi peccata tua: Tus pecados te son perdonados. Pronunciad sobre mí el misericordioso Decreto que hicisteis pronunciar a Jerusalén, es decir, al alma penitente, por uno de vuestros Profetas: Dimissa est iniquitas illius; Sus delitos le son remitidos; o aquel que a otro Profeta encargaste de pronunciar al pecador que se reconoce: Omnium iniquitatum ejus non recordabor: No me acordaré más de sus iniquidades.

¡Ah! Juez Soberano del Universo, mis huesos se secan de temor cuando pienso en el rigor de vuestra justicia, y en la severidad de vuestras Leyes. No entréis, pues, os suplico, en juicio conmigo, porque no podré evitar ser destruido por vuestros rayos. No me reprehendáis en vuestra ira, porque pereceré infaliblemente. No me hagáis experimentar la pesadez de vuestro brazo, porque seré abatido del golpe.

Confieso que soy un indigno, que habiendo abusado muchas veces del perdón que generosamente me habéis concedido, ya no le merezco. Reconozco que el número y enormidad de mis delitos debería obligaros a no escucharme; pero, Señor, ¿qué ganareis con mi pérdida? ¿Qué utilidad sacareis de mi sangre y de mi muerte, supuesto que los que bajan al infierno no alabarán vuestro Santo Nombre?

¡Oh! perdonadme, pues, os ruego, perdonadme. Jesús, Hijo de David, tened piedad de mí: hacedme conocer los efectos de vuestra bondad y de vuestra dulzura; usad para conmigo de vuestra gran misericordia.

Yo sé, Señor, que nadie ha sido jamás repelido de Vos que venga con un sincero arrepentimiento. ¡Ay! clamaré y lloraré tanto aquí a vuestros pies, que en fin cansado de mis clamores y lágrimas, escucharéis favorablemente mis ruegos.

Llorad, llorad, pues, ojos míos, derretiros en lágrimas para mover a vuestro Juez; y tú, corazón mío, hazte pedazo de dolor y dirige tus gemidos y sollozos hacia su trono para aplacar su ira; clama, laméntate, muere de dolor por mover sus entrañas a compasión.

¡Oh Salvador mío y mi Juez! ¿Estaréis siempre airado contra mí? ¿No os aplacareis a la vista de mis pesares y aflicción? Puede ser que Vos no me halléis aun tan arrepentido y afligido como debiera estar; más si así es, he aquí mi corazón, os le presento; poned en el todo el dolor y aflicción que le pedís; rompedle en tantos pedazos cuantos pecados ha cometido; haced que el exceso de dolor me deseque hasta la medula de mis huesos y me haga derramar en lágrimas hasta la última gota de mi sangre.

Si no estáis todavía satisfecho, hacedme padecer todas las miserias, aflicciones y oprobios que sean de vuestro agrado; pero concededme, os suplico, el perdón de mis pecados, y no os reservéis castigarme en la otra vida; acordaos que no menos sois mi Padre que mi Juez, y castigadme como Padre caritativo y no como Juez irritado.

Ángeles Santos, que estáis aquí presentes, solicitad, os ruego, a mi Juez para que me perdone. Virgen Santísima, sed mi Abogada con vuestro Hijo para conseguirme misericordia. Bienaventurados del Cielo, y vosotros Justos de la tierra, interesaos todos por mí, y haced vuestros esfuerzos para alcanzarme gracia. Sobre todo vosotros Santos Penitentes, que la habéis obtenido antes que yo, emplead vuestro poder para alcanzármela; ofreced vuestros pesares, vuestras lágrimas, y vuestras mortificaciones, para suplir el defecto de las mías.

Os ofrezco todo esto con ellos, ¡oh Salvador mío! Os ofrezco también todo el horror que Vos y vuestros Ángeles tenéis al pecado, para suplir la insuficiencia del que yo tengo; todos vuestros méritos y trabados para suplir la imperfección de mi penitencia. Pero concededme, si es de vuestro agrado, que yo salga perfectamente limpio y purificado del pie de vuestro trono por la virtud de vuestra Sangre, y que no vuelva más a mancharme en lo venidero; porque si he de volver al pecado, os pido por gracia, me hagáis morir aquí a vuestros pies, pues más quiero morir que ofenderos.

Volvedme, pues, como el padre del hijo pródigo a su hijo, los vestidos de la inocencia, y conservádmelos después para que me merezcan la entrada en vuestro Tabernáculo Celestial. Amén.