Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo I después de Pascua

Sermones-Ceriani

DOMÍNICA IN ALBIS

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.
Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.
Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.
Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.
Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El mismo Domingo de Pascua de Resurrección, Jesús aparece a los discípulos reunidos con las puertas cerradas: Aquel mismo día, primero de la semana, siendo ya muy tarde, y estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban reunidos los discípulos, por miedo de los judíos, vino Jesús.

Al anochecer, cuando la agitación había zarandeado todo el día a los discípulos de poca fe; cuando éstos temían, y al mismo tiempo esperaban; cuando hablaban en voz baja, pero lleno de voces su corazón, vino el Señor y se detuvo entre los suyos.

Vino tarde…

Había aparecido temprano a la Virgen Santísima y a la Magdalena y demás mujeres; éstas tuvieron su Pascua por la mañana; mas a los discípulos vino el Señor tarde, acaso porque no merecían que llegara antes, acaso porque no tenían todavía el debido ambiente, o quizá porque el Señor quería probarlos o esperaba la ocasión de que todos estuviesen reunidos.

Muchas causas puede tener la demora del Señor; y nadie puede pedirle cuenta: ¿por qué no has venido antes?

Y es que el Señor viene a nosotros, se pasea en medio de nosotros…; y, tanto si acude aprisa como si difiere su llegada, hemos de responder siempre a sus designios misericordiosos con amor y respeto.

Si tarda, debemos perseverar; si estamos desconsolados, no importa; sabemos que, precisamente, en tales trances hemos de demostrar nuestra fidelidad. Y la demostraremos, sí; y la demostraremos con gusto, para que sea más dulce nuestro consuelo.

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Les dijo: La paz sea con vosotros. Este es el saludo pascual de Jesús. Pax vobis

No temáis, ya que sabéis amar. No temáis tampoco en adelante, acontezca cualquier cosa que os sucediere. No preguntéis mucho: ¿qué será, cómo será?; sino trabajad para conseguir la paz, y entonces todo irá bien.

Paz a vuestra alma en la pureza de la intención; paz a vuestros sentidos en la disciplina de vuestra carne; paz a vuestro ser en una magnánima concepción del mundo y sus avatares.

Os deseo paz, para que creáis y esperéis firmemente, y no os distraigan y turben los pensamientos y sentimientos amargos, sombríos, fríos…

Tened en vuestra alma una pascua verdadera; gozad del pensamiento de que la resurrección y la fuerza son vuestras y vuestros mi amor y gracia.

Y para creer con firmeza, mirad mis manos y mis pies; tocadlos, y considerad que el espíritu no tiene carne ni huesos, como los tengo yo.

Se llenaron de gozo los discípulos con la vista del Señor. Procuremos nosotros tener una fe robusta, que sepa regocijarse después de excluir toda duda y sentimiento mezquino.

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Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.

¡Qué hermosa gradación en esta expresión!: la paz sea con vosotros; así subraya el Señor qué es lo que nosotros necesitamos; hemos de arraigarnos, hemos de injertarnos en la paz.

El Evangelio, la Buena Nueva, tiene por obertura la paz: Paz en la tierra a la hombres de buena voluntad; y tiene también la paz por epílogo: La paz sea con vosotros.

Al comienzo, el anhelo…, al final, la realidad.

Podéis conseguir la paz después de mi Pasión y Resurrección… Y yo os envío a perdonar pecados, a pacificar almas…

Comprometeríais vuestra misión si vosotros mismos no gozaseis de paz.

A la palabra muchas veces le falta eficacia porque no puede ofrecer, a manera de explicación, el ejemplo de la vida.

A Mí me envió el Padre, y Yo os envío a vosotros. ¡Oh, dulce Enviado del Padre!; Tú cubriste de gloria al que te envió y colmaste de bendiciones tu misión.

Y el Padre le envió a nosotros. ¡A nosotros! Envió la luz a las tinieblas, la hermosura a la imperfección, la vida a la muerte; le envió para que despidiese luz, para que lo hiciese germinar todo, para que todo lo vivificase.

Y ahora Él nos envía a nosotros, para que también nosotros seamos rayo ardoroso de sol, riachuelo refrigerante de agua viva que parte de las profundidades, y rama florida que brota del tronco, que es Jesús.

Él nos envía, es decir, Él nos llena de esta luz, de esta vida refrigerante, florida.

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Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Mi Espíritu, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, os lo comunicó a vosotros y a la Santa Iglesia. Este Espíritu obra la regeneración y perdona los pecados. Vosotros no sois más que instrumentos de este Espíritu; la fuerza de perdonar pecados, de purificar y vivificar no procede de vosotros, sino de Él. Con esta convicción habéis de ir por el mundo, y si alguien dudare, decidle que Yo os lo he dicho, que no sois vosotros, sino Él, que no es el hombre, sino el Espíritu Santo quien perdona los pecados.

¡Qué gracia más dulce y excelsa! ¡Qué divino don el del Sacramento de la Penitencia! Nos presentamos como si nos presentásemos ante Cristo; inclinamos la cabeza como quien siente la irradiación del Espíritu Santo.

Estos son los sentimientos con que debemos acercarnos a la santa confesión.

Perdonar pecados…; solamente Dios puede hacerlo; y nuestro corazón lo siente instintivamente y experimenta su necesidad. El pecado sólo puede borrarse mediante el perdón; el que desea librarse de sus pecados por otro camino, yerra y no reconoce el elemento divino.

Podremos enmendarnos, podremos llorar, podremos hacer penitencia; mas ¿qué será del pecado, cuya conciencia quema nuestra alma? No podemos borrarlo, destruirlo…

La gracia del Dios misericordioso nos libra de la conciencia y del dolor del pecado: Perdonados te son tus pecados.

No hay recuerdo más elocuente del paso de Dios en medio de nosotros que la institución del Sacramento de la Penitencia. El Señor vino para perdonar pecados, porque era esto lo que pedía, lo que esperaba, lo que anhelaba la humanidad; e instituyó una manera divino-humana de la penitencia en la Santa Confesión, mandando que cada uno se postrase a los pies del sacerdote y esperase el perdón divino: Yo te absuelvo.

En la Santa Confesión, el mundo, la Iglesia, el hombre desaparecen ante nosotros, y nos encontramos a solas con Jesucristo. A Él confesamos nuestros pecados; escuchamos su voz; sentimos correr su Sangre sobre nuestra alma, y nos purificamos.

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Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

El Divino Redentor, con sus cinco llagas resplandecientes, aparece en esta escena como el sol en medio de la noche.

En la Dominica in Albis, vemos un alma negra; negra, porque es incrédula; negra, porque es apasionada; negra, porque está triste y abatida.

Tomás representa, en esta ocasión, el espíritu mundano, alejado de Dios; es incrédulo, porque es apasionado, y porque es incrédulo y apasionado, está triste y abatido, sufre.

Ninguno de los otros Apóstoles quisiera ser ahora como Tomás.

Nos parece sentir la tempestad que se desencadena en su corazón… Vemos los negros nubarrones que forman cortina sobre su ánimo; nos da lástima…

El Divino Redentor le muestra sus cinco llagas sacratísimas y le amonesta: No seas incrédulo, sino fiel. Y para que lo seas, toca mis llagas; Yo te aseguro que cambiarás y tendrás otro espíritu…

Nuestro Señor Jesucristo quiso conservar también en su Cuerpo glorificado las cinco llagas de la Pasión, para poder ejercer una influencia incomparable en las almas hasta el fin del mundo.

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El primer mal de Tomás fue su incredulidad.

Para curarse, el incrédulo debe mirar la gran realidad: Jesucristo resucitado.

Dios nos habla con hechos, con realidades, se expresa en los acontecimientos.

Acontecimiento, realidad más resplandeciente que el sol en su cénit es Cristo resucitado.

Tomás no solamente pudo ver, sino que también pudo sosegarse. Se sosegó, precisamente, por tocar las llagas, es decir, por comprender el amor de Cristo.

Tomás es un alma apasionada. Su pasión se manifiesta en la dureza.

Uno de los motivos principales de nuestra mezquindad es la dureza del alma y del corazón, la vehemencia del cuerpo y de la sangre.

El corazón es este “mundo”, que se manifiesta ya como orgullo, ya como predominio de los sentidos.

Jesucristo quiere incrementar la hermosura de las almas enardeciéndolas en su amor. Por esto les muestra las sagradas llagas. Sus hijos fieles han de aplicar su frente ardorosa, su corazón palpitante y febricitante a las llagas de Cristo, para encontrar refrigerio.

Este fuego purísimo extinguirá cualquier otro fuego… Toquemos con filial confianza estas llagas; y este contacto apagará todo sentimiento desordenado.

Hay almas tristes, afligidas; y ninguno de nosotros, ni el mismo curso del mundo, será capaz de comunicar a todos dicha y regocijo. No creamos que con el progreso de la cultura disminuyan los sufrimientos. Siempre habrá almas que sufran.

El Divino Redentor quiso conservar sus llagas para las almas atribuladas, para consolarlas, para apaciguarlas, para levantarlas a la altura de saber sufrir como sufrió Él, con su mismo espíritu.

Quiso conservar sus llagas para alentarnos y confortarnos, para que nosotros considerásemos el sufrimiento como beneficio divino y lo soportásemos con paciencia por amor a Cristo.

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Jesucristo quiso conservar en su Cuerpo glorificado sus cinco llagas sacratísimas; quiso engarzar en gloria los cinco granos de mirra; como si dijera: Mirad, Yo también he sido como sois vosotros; de vuestra debilidad procede esta gloria, como de la lucha viene el triunfo.

Las llagas de las manos significan el trabajo arduo que llevó a cabo Nuestro Señor… Las llagas de los pies significan los caminos pedregosos, pesados, por los que transitó… La llaga del costado recuerda las saetas del odio, de la calumnia, del desamor del mundo…

Líbrenos Dios de todo afeminamiento, desaliento, blandura…

Líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: por quien el mundo está muerto y crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo, dijo San Pablo.

¡Cómo avivarán nuestro celo estas llagas sacratísimas, si reflexionamos en que, no solamente brillan para nosotros, sino que también son preciosas a los ojos de Dios!

Y podemos tener la seguridad de que por amor a las mismas, Jesús nos tratará con piedad y misericordia y no nos olvidará.

Muchas veces afirmó que no nos olvidaría. ¿Podemos tener una garantía más segura que saber que “nos escribió en sus manos”?

En tus manos, Señor, está escrito quién eres Tú para nosotros; allí se puede leer cuánto Te hemos costado.

Se ha realizado, pues, lo del Cantar de los Cantares: “Ponme por sello sobre tu corazón, ponme por marca sobre tu brazo; porque el amor es fuerte como la muerte”.

Estas arras de la misericordia avivan nuestro amor; las llagas de Jesús son para nosotros lenguas de fuego. El Señor piensa en nosotros, y su pensamiento es bendición.

Lo que es el faro para el navegante, esto vienen a ser para nosotros las llagas sacratísimas. Son nuestro refugio en medio de la tempestad, en las luchas del alma.

En ellas aprendemos a amar; en ellas aprendemos a sacrificarnos.

Necesitamos la fe como transformación y regeneración…

¡Nacer nuevamente! Nacer, no del cuerpo, ni de la sangre, ni del egoísmo, sino del Espíritu Santo, del Espíritu de la vida divina.

Con este sentimiento nos arrodillamos y exclamamos: Señor mío, y Dios mío… Yo creo, y quiero transformarme a semejanza tuya.