COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Juventutem

CUARTA ELEVACIÓN

Charitas Christi urget nos.

El amor de Jesucristo nos insta (II Cor. 5. 14).

 

El amor de que me dais pruebas brillantes en el adorable Misterio de la Eucaristía, me insta, ¡oh Jesús mío! sí, me insta este amor con demasiada fuerza para dejar de venir a daros pruebas del mío, y consagraros todos los afectos de mi corazón. Ya no soy dueño de mí, ¡oh Divino Salvador mío! cuando considero los sagrados excesos adonde os lleva vuestro amor para con nosotros sobre nuestros Altares; y no los reflexiono nunca, sino con nuevas admiraciones y nuevos transportes.

Me insta este amor, cuando considero la dignidad infinita de quien me hace la honra de querer que yo sea el objeto; porque no puedo comprehender, ¡oh Jesús mío! no, no puedo comprehender como un Dios de una majestad infinita como Vos, pueda amar con el ardor que lo hacéis, a una criatura tan vil y miserable como yo.

Me insta este amor, cuando reflexiono la indignidad de la persona que Vos amáis; si no tuviera más que la bajeza de su origen, su pobreza y su nada y fuera esto lo que la hiciese indigna de vuestras pretensiones, no me sorprenderían tanto vuestras extremadas instancias; pero tiene mil malas cualidades, que la hacen enteramente aborrecible. Es una ingrata, una pérfida, una infeliz, que se ha contaminado con mil delitos, y que os ha hecho mil ultrajes.

¿Cómo, ¡oh Jesús mío! Vos, que por ser la Santidad por esencia tenéis un horror infinito al pecado, podéis amar a la que está tan culpada? ¿Cómo, Vos, que por ser la Justicia misma no podéis tolerar la iniquidad, queréis amar a la que ha cometido tantas iniquidades?

Es preciso, sin duda, que Vos tengáis el motivo de vuestro amor en Vos mismo, ya que no encontráis nada en ella que no deba retraer a otro cualquiera que no sea Vos.

Me insta este amor, por las maravillas que os obliga obrar para haceros presente en este Misterio. Yo me aparto a la menor dificultad que encuentre al ir hacia Vos; y Vos hacéis una infinidad de prodigios que jamás han tenido semejantes, hasta trastornar toda la naturaleza, a fin de venir hacia mí para consolarme en este triste destierro, protegerme contra los formidables enemigos que han jurado perderme, socorrerme en mis más urgentes necesidades y conducirme por tantos peligros al puerto de la salvación; y si ahora os veo sobre este Altar, no es sino para alargarme la mano, a fin de sacarme del profundo abismo de miserias en que me veis sumergido, oír mis peticiones, y concederme o todo lo que deseo, o alguna cosa mejor.

Me insta este amor, por la continuación con que os obliga a estar conmigo. No me hacéis visitas pasajeras, ni estáis en la tierra, que es un lugar tan indigno de Vos, solamente por temporadas; vivís en ella continuamente para estar siempre conmigo. No me abandonáis un solo momento; y por una maravilla sin igual, multiplicáis al infinito vuestra presencia para haceros ver donde quiera que me halle, a fin de ser mi apoyo, mi consuelo, mi riqueza, mi gloria y mi dicha. ¡Que exceso de bondad! un Dios, a quien soy tan inútil y que encuentra en sí mismo su soberana felicidad, no quiere abandonarme un momento; y entretanto que yo huyo de su presencia, y que aún tengo una especie de pena en estar con Él; tiene sus delicias y, al parecer su felicidad, es estar siempre conmigo.

Me insta este amor por los profundos anonadamientos a que os reduce; porque os obliga a bajar de vuestro trono para meteros en una especie de servidumbre; en ella os despojáis de vuestra gloria, de vuestro poder y de vuestras riquezas, por acomodaros a nuestra flaqueza; en una palabra, en ella os anonadáis para elevarnos por vuestras profundas humillaciones, al colmo de la grandeza.

No obráis con nosotros, como nosotros obramos con Vos; porque si os hacemos un sacrificio de nuestros bienes, de nuestra gloria y de nuestras diversiones, este sacrificio jamás es entero, siempre nos reservamos la mejor parte de la víctima, y aun muchas veces volvemos a tomar lo que hemos ofrecido; pero vuestro sacrificio es aquí muy perfecto. Todo lo dejáis; y después de tantos siglos que residís en nuestros Altares, jamás habéis vuelto a tomar esta gloria, esta grandeza, este poder que dejasteis una vez en ellos por nuestro amor. ¡Que exceso de caridad en la persona de un Dios de Majestad infinita, por tan viles y miserables criaturas!

Me insta este amor, por las excesivas liberalidades que nos hace; porque os obliga, ¡oh Jesús mío! a darnos generalmente todo lo que poseéis. Nos dais vuestro Cuerpo, vuestra Sangre, vuestra Alma, vuestra Persona, vuestra Divinidad, vuestros trabajos, vuestros méritos, vuestro Reino; y en una palabra, todo lo que tenéis. Este amor no se saciaría, si os reservaseis alguna cosa.

¡Oh cuan diferente es del nuestro! porque cuando os hacemos algún presente, o damos cualquiera cosa a nuestros hermanos, siempre es poco; y esto poco no es por lo regular, sino lo que nos es inútil, y de que no tenemos necesidad; y aun lo sentimos muchas veces, después de haberlo dado.

Pero Vos no hacéis así en este Misterio, ¡oh Jesús mío! dais en él infinitamente; no os reserváis siquiera lo que tenéis de más querido y lo que os toca de más cerca, que es vuestra gloria y propia Persona; dais con gozo a toda clase de gentes y sin poner ningunos límites a vuestros dones. No hay hombre por desgraciado y miserable que sea, a quien no deis bienes infinitos, y generalmente todo lo que tenéis. ¡Que prodigio de amor y de bondad!

Me insta este amor, por la fuerza y generosidad con que os hace sufrir en la duración de los siglos todas las afrentas todos los ultrajes, todas las ignominias y todas las indignidades de que la impiedad, la malicia, la perfidia y el furor de los hombres son capaces.

No es este amor como el que nosotros os tenemos, el cual prevé y toma tanta precaución para que no nos suceda nada que pueda darnos trabajo en lo que emprendemos por vuestro servicio; os pone al contrario en alguna manera un velo en los ojos para impediros ver a lo que os exponéis; o por mejor decir, os lo deja ver, y aun os representa todas las consecuencias; pero os inspira unos sentimientos que os hace pasar sobre todo, por tener el gozo de estar con nosotros.

¡Oh Jesús mío! ¡Oh Jesús mío! ¿Hasta qué punto lleváis el amor que tenéis por una miserable criatura como yo? ¿Es posible que Vos hagáis unas cosas tan asombrosas a su favor? ¡Oh! ¿Qué más podríais hacer por un Dios, si fuera capaz hubiera otro? ¿Podríais excederos más en vuestros aniquilamientos, en vuestra expoliación, en vuestra liberalidad y en vuestro ardor, que lo hacéis por mí en este Misterio? ¿Podríais exponeros a mayores ultrajes e indignidades que a las que en él os exponéis por mi amor?

¡Ah! Señor, ¿no hicisteis bastante por mí cuando para servicio mío criasteis el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que en sí encierran? ¿No me concedisteis ricos presentes cuando me disteis todas las cosas de acá bajo, haciéndome el soberano de los animales de la tierra, de las aves del cielo y de los peces del mar; y aun mandando a vuestros Ángeles me sirvan y acompañen por todas partes? ¿No os despojasteis y anonadasteis bastante por mí cuando descendisteis del Cielo, y os vestisteis de la humana naturaleza en el Misterio de la Encarnación? ¿No sufristeis en fin bastante por mi salvación en el discurso de vuestra vida, y en vuestra muerte, para dejar de abatiros a los sagrados excesos a que os abatís en nuestros Altares?

¿Qué medio, ¡oh Jesús mío! para resistir a unos esfuerzos tan poderosos como los de vuestro amor? ¿Qué medio para abstenerse de amar un objeto tan amable como Vos? Sería menester que no tuviese corazón, o que le tuviese más frio que el mármol, y más duro que el diamante, para llegar a este exceso de ingratitud. Si el último de los hombres hubiera hecho por mí un milésimo de lo que Vos hacéis en este Misterio, no podría menos de amarle.

¿Cuáles, pues, deben ser los sentimientos de mi corazón para con Vos, que sois el Soberano Monarca del mundo y el Dios de toda la naturaleza? ¡Ah! si Vos me amáis con tanto ardor, aunque no encontráis en mí ningún mérito, que jamás he hecho nada por Vos, que no tenéis ninguna necesidad de mí, y que en fin nada podéis esperar , ¿qué debo hacer para con Vos, ¡oh Jesús mío! yo que encuentro reunido en vuestra adorable Persona todo el mérito y todas las perfecciones imaginables, que he recibido de Vos una infinidad de bienes, que no puedo subsistir un solo momento sin vuestro socorro, que hallo en Vos mi soberana dicha, y que en fin espero de Vos un Reino inmenso y eterno, lleno de gloria y felicidad?

Ámeos yo, pues, ¡oh Divino Jesús mío! ámeos yo, ¡oh querido objeto de mi corazón! con todo el ardor y toda la perfección de que soy capaz; conviértanse todos los miembros de mi cuerpo en corazones; y conviértanse estos corazones en llamas para amaros con más ardor. ¡Ah! ¿Que no tenga millones, de corazones para emplearlos todos en amaros, a fin de haceros ver mi perfecta correspondencia?

Ángeles y Bienaventurados del Cielo y vosotros Justos de la tierra, ayudadme, os suplico, ayudadme a amar a mi Jesús. Prestadme vuestro corazón para que yo le consagre todos sus afectos, o consagrádselos vosotros mismos, y amadle por mí. Redoblad vuestros ardores y aumentadlos, si es posible, infinitamente, para corresponder al amor infinito que mi Jesús me manifiesta en este Misterio.

Con este designio os ofrezco, ¡oh Salvador mío! todo su amor, singularmente el de los Ángeles que están aquí presentes, el de vuestro Divino corazón, el que vuestro Padre y el Espíritu Santo tienen por Vos, y el que Vos mismo tenéis por ellos en la adorable Trinidad. Os amo por todo este amor, y con todo este amor.

Derramad, ¡oh Jesús mío! derramad, os suplico, un poco del amor de vuestro Divino corazón en el mío, para que yo mismo os ame de una manera digna de Vos. Haced volar algunas centellas del fuego sagrado que os consume, para inflamarme. Una sola bastaría para abrasar todo el Universo; y estoy seguro que si Vos me concedéis la gracia de derramarla en mi corazón, en el instante será inflamado enteramente.

Aquí me tenéis, ¡oh Jesús mío! os presento mi corazón para que pongáis en él toda la extensión de amor que pedís de mí en reconocimiento del vuestro, y de todos vuestros beneficios. ¡Oh! ¿Por qué, ¡oh Salvador mío!, por qué me hacéis Vos mayor bien que el que puedo reconocer? ¿Oh, por qué, si Vos queréis ser tan liberal para conmigo, no me dais un corazón bastante sensible y ardiente para cumpliros todas las obligaciones de un perfecto reconocimiento?

¡Ah! muero del deseo que tengo de manifestaros mi gratitud, y corresponder perfectamente a todas vuestras bondades; y desearía tenar para este efecto, si posible fuera, un amor inmenso e infinito, para reconocer dignamente vuestros beneficios, que son inmensos e infinitos.

Siento, ¡oh Jesús mío! dentro de mí, un ansia de amaros, que no puedo saciar por vivo que sea el ardor de mi amor; deseo tan ardientemente que Vos seáis amado, que no puedo dar bastante extensión a mis deseos, ni satisfacerlos.

Deseo muchas veces que todas las criaturas del Universo se transformen en Serafines, para amaros perfectamente; y que de todas juntas se haga un grande holocausto que se consuma eternamente en las llamas de la caridad, para gloria de vuestro Santo Nombre.

Deseo también amaros yo solo tanto como todas las criaturas juntas, y daros en cada momento otra tanta gloria como de ellas habéis recibido en el tiempo, y que recibiréis por toda la eternidad; de tener solo en mi corazón tanto amor, cuanto vuestro poder puede derramar en el corazón de todas las criaturas existentes y posibles.

Vos vinisteis, ¡oh Jesús mío! a traer a la tierra el fuego sagrado de vuestro amor, por el Misterio de la Encarnación; habíais empezado a encenderle en el corazón de los hombres por vuestras palabras, por vuestros ejemplos, por vuestros beneficios y por vuestros sufrimientos. Mas puedo decir que en este Misterio le encendéis por medio de vuestro mismo amor; entráis mediante la Comunión en nuestros corazones, como un fuego devorador para consumirlos por los ardores sagrados de vuestra caridad.

Y nosotros no deberíamos jamás recibiros en la Santa Mesa, sin volver abrasados enteramente de vuestro amor, como poseyendo dentro de nosotros este fuego consumidor que en el Cielo abrasa a todos los Bienaventurados en los ardores de una caridad consumada; no deberíamos nunca parecer en vuestra presencia al pie de vuestros Altares, sin ser al mismo tiempo abrasados enteramente en vuestra Divina caridad.

Vuestro Altar es como el Monte Santo sobre que Dios apareció a Moisés en una nube resplandeciente de fuego y relámpagos. En él formáis como una fragua ardiente de donde salen de continuo torbellinos de fuego y nubes de llamas, que queman y consumen felizmente aquellos que halla al rededor. Aquí me tenéis cerca de Vos, ¡oh Jesús mío! y no pretendo otra cosa sino abrasarme y consumirme en vuestros fuegos sagrados.

Arrojad, pues, os suplico, del fondo de vuestro corazón algún torbellino de ese fuego sagrado, para que me consuma y devore. Os visitaré tan frecuentemente y me mantendré tan cerca de Vos, que tendré en fin el gozo de verme devorado por vuestros divinos ardores. ¡Oh amor! ¡Oh amor que continuamente ardéis y nunca os apagáis en el secreto de este Misterio!

¿Cuándo tendré la dicha de arder en vuestros divinos fuegos? Este es mi único anhelo y no tengo otro en el mundo. ¡Oh! ¿Por qué me hacéis consumir y secar en la esperanza de lo que deseo? Muero del ansia de amar un objeto tan amable.

Enviad, pues, ¡oh Jesús mío! enviad a mi corazón vuestro Espíritu Santo, que es ese fuego sagrado que sale del vuestro, para que me llene de la plenitud de su amor, que arda no tanto de un fuego Divino, como de un fuego que sea Dios mismo, según se dice de los Serafines : Ardent igne Deo; y que os ame por vuestro Espíritu Santo, y con el mismo amor con que Él os ama; o bien concededme, ¡oh Salvador mío! que yo entre en vuestro Sagrado Corazón, donde reside la plenitud de este Divino Espíritu, y de que en alguna manera vaya a arrojarme en ese fuego para que por él sea devorado vivo. Entro en vuestro Espíritu, ¡oh Jesús mío! y me entrego a Él por los deseos de mi corazón. Quiero siempre habitar en medio del vuestro, sin querer jamás salir de Él.

Pero haced, os pido, ¡oh Jesús mío! que mi amor para con Vos tenga todos los caracteres del que Vos tenéis por mí, y que sea un amor que me aniquile, un amor que me despoje, un amor que me sacrifique, un amor que eficazmente me obligue a dar todo, hacer todo, a sufrir todo por vuestra gloria.

Vos me exhortáis, Salvador mío, por uno de vuestros Ángeles, a comprar este amor que él llama un oro ardiente; pero ¿qué precio le ponéis, ¡oh Jesús mío! y que es lo que exigís de mí para concederme su posesión?

¿Es necesario que yo sacrifique mis bienes, mis gustos, mis comodidades, mi reposo, mi honor y mi vida? estoy pronto a sacrificarlo todo por obtener este amor.

¿Es necesario que yo sufra las murmuraciones, las calumnias, los menosprecios, las afrentas, las enfermedades, las persecuciones y las injusticias? me ofrezco a sufrirlo todo por poseer vuestro amor.

¿Es necesario en fin que yo emprenda cosas grandes para vuestro servicio, que lleve una vida austera, penitente y mortificada, que abrume mi cuerpo de trabajos y fatigas, y mi espíritu de humillaciones y abnegaciones? Lo haré todo agradablemente para que me concedáis vuestro amor.

Otros, ¡oh Jesús mío! vienen aquí a pediros la prosperidad, la salud, los bienes, los honores, los placeres y el feliz éxito en sus negocios; pero por lo que a mí hace no os pido sino vuestro amor; nada quiero más que ser consumido por vuestras llamas celestiales, y que toda mi vida se pase en arder y morir de amor por Vos, en reconocimiento del amor en que Vos ardéis y morís continuamente por mí en este Misterio, y en unión de este mismo amor.

Mi deseo sería acabar efectivamente mi vida al pie de vuestros Altares, y morir de amor en vuestra presencia; pero en cualquier parte que mandéis finalice mi vida, concededme por lo menos, Señor, terminarla en los más puros y vivos ardores de vuestro amor. Amén.