COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

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TERCERA ELEVACIÓN

In sole posuit Tabernaculum suum.

En el Sol ha puesto su Tabernáculo (Psal. 18).

 

Sol de gloria, que veo expuesto a la vista de los pueblos sobre ese Altar, permitidme que venga a contemplar vuestras bellezas, admirar vuestros resplandores, gozar vuestra luz, llenarme de vuestra virtud, y aprovechar vuestras favorables miradas.

¡Cuán admirablemente brilláis, Divino Sol, cuan admirablemente brilláis en medio de ese Tabernáculo! La nube de los accidentes que parecería deber obscurecer vuestra luz no disminuye este resplandor. La fe os encuentra tan luminoso como lo estáis en el Cielo sobre el trono de vuestra gloria.

¡Oh que día tan hermoso se ve en todo el Universo por la virtud de este Misterio! La tierra por su medio, participa de antemano de la felicidad del Cielo; goza de un día que disipa todas sus tinieblas, y que no es seguido de ninguna noche, porque vuestra presencia sobre nuestros Altares encanta todos nuestros trabajos, y hace un día eterno por todo el Universo, puesto que jamás nos dejáis.

El mundo ha sido iluminado por vuestra presencia; el tiempo que ha precedido, ha sido para él como aquel tiempo de obscuridad que precedió a la creación de la luz; pero después que Vos habéis parecido sobre la tierra por el Misterio de la Encarnación, y que habéis fijado en ella vuestra morada por el de la Eucaristía, esto ha sido para él como la luz que sucedió a las primeras tinieblas; aquellas y esta componen juntas el día del siglo presente: Vespere et mane dies unus.

Vos sois, Divino Sol, Vos sois a quien la Divina Sabiduría ha colocado en el Cielo de la Iglesia, para que por vuestra luz y virtud, presidieseis a la formación de todas estas obras. Así observaremos, si hacemos reflexión, que todo lo que el sol opera en el mundo sensible, Vos lo hacéis por medio de este Misterio en el mundo espiritual.

El sol es la fuente de toda la luz del mundo sensible; alumbra al mismo tiempo el cielo y la tierra, comunicando la luz a los astros y a los cuerpos sublunares y Vos sois en este Misterio, ¡oh Jesús mío! el origen de toda la luz del mundo espiritual; de una vez alumbráis los Ángeles y los hombres. Por la luz que derramáis sobre nosotros conocemos todas las cosas; sin esta luz viviríamos en las tinieblas eternas.

El sol calienta todo el Universo por el ardor de sus rayos. Es como el corazón de toda la naturaleza, a quien comunica el calor y el movimiento; sin este astro no podría subsistir, así como un animal no puede subsistir sin corazón. Y Vos, ¡oh Jesús mío! calentáis todos los hombres desde el centro de nuestros Altares por el ardor de vuestra caridad; sois aquí como el corazón de la Iglesia, encendéis todos los miembros, y les dais la vida y el movimiento. La Religión que habéis fundado no podría subsistir sin este Misterio, el cual es su fundamento y apoyo.

Los que más curiosamente han observado la naturaleza del sol, han notado que es como un océano de fuego en donde se hace una especie de hervor perpetuo, y como un flujo y reflujo continuo de llamas. Derrama sin cesar su fuego y su luz a los otros astros y estos se lo vuelven a enviar como para rendirle homenaje. Los que también han estudiado con más cuidado lo que pasa en el secreto de este Misterio, han observado en Él como un Océano de fuego Divino, el cual, por decirlo así, hierve siempre , está en un flujo y reflujo continuo , y derrama sin cesar sus llamas sobre los astros del Cielo de la Iglesia, que son los Santos y los Justos, a fin de iluminarlos, abrasarlos y comunicarles su virtud; y estos astros místicos, le vuelven a enviar su luz y su fuego por un amor recíproco y por una perfecta consagración de todo su ser.

El sol da la fecundidad a la tierra y al mar; hace producir a aquella infinidad de diferentes especies de plantas y animales, y a este infinidad de diferentes especies de pescados; encierra en sí mismo la virtud vivificante de todo lo que posee alguna especie de vida; comunica por sus rayos esta virtud a la materia, para formar cuerpos vivos. Y Vos dais en este Misterio, ¡oh Jesús mío! la fecundidad a nuestras almas y a nuestros cuerpos, para hacerles producir una infinidad de diferentes acciones santas, y obras vivas. La virtud vivificante que da la vida a todo lo que hacemos, se halla encerrada en vuestro Cuerpo, y en vuestra Sangre preciosa; y Vos la derramáis en nuestros corazones por la Comunión, para que todas nuestras obras sean obras de vida.

El sol saca los vapores de la tierra, y los eleva hasta la más alta región del aire, en donde penetrándolos con sus rayos, se hace de ellos una corona u forma otros agradables meteoros; algunas veces forma otros soles. La vida del hombre se compara a un vapor; pero Vos levantáis este vapor, ¡oh Jesús mío! por la virtud de este Misterio sobre todo lo que hay de sensible; le llenáis de la brillantez de vuestros rayos, y os hacéis de él una corona, u formáis algún otro ornamento en el Cielo de la Iglesia; aun le transformáis bastante a menudo en Sol, haciendo en alguna manera de su persona otro Vos mismo por una perfecta imitación de vuestras virtudes.

El sol forma los vientos y las lluvias; los vientos para purificar y refrescar el aire; y las lluvias para regar y humedecer la tierra y hacerla fructificar. Y Vos producís en nuestros corazones del medio de este Misterio, ¡oh Divino Redentor mío! el soplo sagrado del Espíritu Santo, que nos purifica y santifica; en Él nos regáis con una lluvia escogida de gracias y bendiciones que nos hace llevar frutos de justicia y santidad.

El sol produce en las entrañas de la tierra por la virtud de sus rayos, el oro, la plata, y los otros metales; los diamantes, los rubíes y demás piedras preciosas; y Vos producís en nuestras almas, ¡oh Jesus mío! por la virtud de este Misterio, el oro de la caridad, la plata de la pureza, los rubíes del fervor, los diamantes de la fortaleza y los metales y piedras preciosas de todas las otras virtudes.

El sol, en fin, es la alegría, la gloria, las riquezas, la vida, la felicidad de toda la naturaleza. Todo se regocija, todo florece, todo abunda, todo se contenta cuando aparece; pero todo se entristece, todo se marchita, todo falta, todo muere, todo perece cuando se retira. Y Vos sois en este Misterio, ¡oh Jesús mío! la alegría, la gloria, las riquezas, la vida y la felicidad de nuestras almas. Uniéndose a Vos es cuando ellas viven, se llenan de consuelo, son elevadas a una alta gloria, colmadas de toda suerte de bienes y se hacen felices; mas al contrario, alejándose de Vos, caen en la tristeza, en las tinieblas, en el oprobrio, en la pobreza, en la miseria y en la muerte.

Ahora gozo la dicha de veros, ¡oh Divino Sol! ya que me concedéis la gracia de tenerme aquí cerca de Vos, de contemplar vuestra hermosura, de admirar vuestras perfecciones, y de recibir vuestras miradas.

¡Oh por cuan dichoso me tengo! Pero para que mi dicha sea perfecta, hacedme, os suplico, conocer los admirables efectos que habéis acostumbrado producir en nuestras almas; derretid el hielo de mi corazón; secad el cieno de mis vicios; limpiadme de la inmundicia de mis pecados; curadme de mis abatimientos; alumbrad mis tinieblas; abrasadme con vuestros ardores; llenadme de vuestra fuerza; volvedme fecundo en buenas obras y haced que viva de vuestra vida.

Me contemplo aquí, ¡oh Jesus mío! como una tierra helada, cubierta de tinieblas y estéril; o como árbol que no tiene jugo ni virtud para llevar fruto. Vengo a exponerme a vuestros rayos, ¡oh Divino Sol! para que calentéis la tierra de mi corazón, y le hagáis producir las flores de todas las virtudes. Vengo a gozar de vuestras favorables miradas, para que deis la fecundidad a mi alma, y la hagáis llevar frutos de justicia. Floreced, pues, en mi corazón, y derramad agradablemente vuestro olor en presencia de este Divino Sol, ¡oh flores admirables de todas las virtudes! Florete flores, et date odorem.

Y vosotros, frutos de Justicia, brotad felizmente en todas las potencias de mi alma, para que por vuestro medio me haga digno de las ricas recompensas que Dios ha prometido a los Justos. Amén.