COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

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SEGUNDA ELEVACIÓN

Dignus est Agnus, qui occisus est, accipere virtutem, et divinitatem, et sapientiam, et fortitudinem, et honorem, et gloriam, et benedictionem.

El Cordero que ha sido muerto, es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria, y la bendición (Apoc. 5. 12).


Cordero de Dios, que vuestro amor por los hombres ha puesto en nuestros Altares en un estado de muerte, os adoro no solamente como vivo, sino también como origen de mi vida; y junto mi voz a la de aquella infinita muchedumbre de espíritus bienaventurados que vio el Discípulo amado en su Apocalipsis, para reconocer con ellos que Vos sois digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición.

El mundo no hace ningún caso de Vos en este Misterio; os coloca en el número de los muertos de quienes ha perdido la memoria; o por mejor decir en el número de las cosas que nunca han sido, supuesto que no quiere reconocer vuestra presencia Real en este Sacramento.

Pero a pesar de su olvido, yo pensaré siempre en Vos; a pesar de su incredulidad, yo creeré con una firme fe que Vos estáis aquí realmente presente; a pesar de su menosprecio, yo haré todos mis esfuerzos para rendiros toda la honra posible, y publicaré por todas partes, que a Vos pertenece el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición.

¡Oh! ¡Que no tenga yo una voz como la de aquella innumerable multitud de Ángeles y Bienaventurados, para hacer resonar vuestras alabanzas por todo el universo, y anunciar a todas las criaturas que nunca fuisteis Vos más digno que lo sois en este estado de anonadamiento, que reconozcan y adoren vuestro Poder, vuestra Divinidad, vuestra Sabiduría, vuestra Fuerza, vuestra Gloria y todas vuestras perfecciones!

Vos sois digno que las reconozcan por razón de la excelencia infinita de vuestra Persona; porque sois Dios como vuestro Padre, el cual os engendra ab æterno del seno de su esencia y os comunica en esta generación, su Divinidad, su Poder, su Sabiduría, su Fuerza, su Gloria y todas sus demás perfecciones.

Vos sois digno, porque sois el principio y la fuerza de donde se deriva todo el poder, toda la sabiduría, toda la fuerza, toda la gloria y todas las demás perfecciones que poseen las criaturas; y estas tienen obligación de rendiros homenaje de ellas y reconocer que las tienen de Vos.

Vos sois digno, porque sois el fin de todas las cosas; pues si habéis dado el ser a las criaturas, no ha sido sino para gloria y alabanza de vuestro Santo Nombre. El poder, la sabiduría, la fuerza de que las habéis adornado, son para darnos a conocer vuestra divinidad, temer vuestro poder, adorar vuestra sabiduría, admirar vuestra fuerza y obligarnos a no buscar más que vuestra honra en todas nuestras acciones.

Vos sois digno, porque habéis sufrido la muerte por obedecer al mandato que recibisteis de vuestro Padre, para reparar por esta obediencia las injurias que había recibido por el pecado de los hombres. El celo que habéis manifestado por sus intereses, y el servicio que le habéis hecho restableciendo su gloria, merecía con razón os diese un poder absoluto sobre todas las criaturas, que os coronase de honra y gloria, y que os hiciese adorar por toda la tierra.

Vos sois digno, porque muriendo en la Cruz rescatasteis del Infierno al género humano, le librasteis de la esclavitud del pecado y del poder del Demonio, reparasteis las ruinas del Paraíso, y restablecisteis todas las cosas. Tantos bienes de que habéis colmado el Universo, merecen sin duda, que todas las criaturas confiesen vuestra Divinidad, se sujeten a vuestro poder, admiren vuestra sabiduría, y os honren cuanto les sea posible.

Vos sois digno, porque os habéis despojado de todas vuestras perfecciones en nuestros Altares, y padecéis en ellos una muerte sacramental por la salvación del mundo. El honor que nos hacéis en manifestaros aquí, la bondad que nos testificáis dejando todas las señales de vuestra grandeza, y los bienes que nos acarreáis por vuestra inmolación, merecen bien que hagamos todos nuestros esfuerzos para volveros en alguna manera por nuestras sumisiones y respetos, el poder, la divinidad, el honor y la fuerza de que en algún modo os habéis despojado por nuestro amor.

Vos sois digno, porque nos habéis abierto el Libro de los Misterios de vuestra divinidad y humanidad. Vos habéis roto los siete sellos que nos cerraban este libro, descubriéndonos la verdad de los siete principales Misterios que tocan a esta admirable unión, y que habían sido predichos por los Profetas; los cuáles son, la Encarnación de vuestra Divina Persona, vuestra Pasión, vuestra Resurrección, vuestra Ascensión al Cielo, la misión del Espíritu Santo, la vocación de los Gentiles, y vuestra última Venida.

Vos sois digno, porque nos habéis abierto el Libro Misterioso de la Providencia, haciéndonos comprehender los adorables secretos de su conducta sobre sus escogidos. Nos habéis enseñado que las miserias y aflicciones conque Dios permite sean continuamente afligidos, son para purificarlos de sus pecados, preservarlos de la corrupción del siglo, conducirlos a la virtud en alto grado, hacerles alcanzar ricas coronas en el Cielo, y que triunfe la fuerza de vuestra gracia en medio de sus fragilidades.

Vos sois digno, porque habéis abierto el Libro de nuestra propia conciencia. Este Libro está escrito interior y exteriormente mediante los pecados interiores y exteriores que cometemos; y está sellado con siete sellos por las tinieblas que nuestras pasiones y amor propio derraman en nuestro entendimiento, las cuales nos roban el conocimiento de nuestros pecados; Pero Vos habéis roto los siete sellos por medio de la luz que habéis derramado en nuestro entendimiento, la cual nos descubre la muchedumbre y enormidad de nuestros pecados, nos imprime su horror, y nos los hace expiar por la penitencia.

Vos sois digno, porque nos habéis abierto el Libro de la Divinidad, abriéndonos las puertas del Cielo y alcanzándonos la posesión de la Bienaventuranza. Este Libro estaba sellado con siete sellos, porque los siete pecados capitales de que somos culpables, nos cerraban la puerta del Cielo; pero Vos los habéis roto, lográndonos la remisión de nuestros pecados, y la posesión eterna de Dios.

Vos sois digno, ¡oh Divino Jesús mío! por todos estos diferentes motivos, y por diversos favores que nos habéis obtenido por vuestros méritos, de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición; no porque ya no poseáis todo esto en Vos mismo, sino porque no lo poseéis en el espíritu de los hombres ingratos y rebeldes, que no os reconocen por el que sois. Sois digno de recibir todas estas cualidades por lo que a ellos toca; y que vuestro Padre se las haga conocer, para que os adoren y obedezcan.

Vos sois digno de recibir el poder, porque merecéis que todas las Naciones de la tierra os reconozcan por su Soberano Monarca, y obedezcan vuestras Leyes; y que el trono del Demonio, que había usurpado el Imperio del Mundo, sea trastornado para servir al establecimiento del vuestro.

Vos sois digno de recibir la divinidad, porque merecéis que se os reconozca por todas partes como el solo Dios verdadero con el Padre y el Espíritu Santo, que se os edifiquen Templos, que en ellos se os rindan honores Divinos y que el culto de los Demonios sea abolido en todo el Universo para hacer lugar al vuestro.

Vos sois digno de recibir la sabiduría, porque merecéis que los hombres os reconozcan por soberanamente sabio y por la sabiduría misma; que abracen vuestra doctrina como sola verdadera, y que se conduzcan únicamente por vuestras luces como que son las solas que no engañan.

Vos sois digno de recibir la fuerza, porque merecéis que todo el Universo reconozca que sois la fuerza de vuestro Padre; que hacéis todo lo que queréis en el Cielo y en la tierra, sin que nadie pueda resistir a vuestra voluntad; que destruís lo que hay de más fuerte, juntamente con lo más débil; lo que hay de más elevado, con lo más bajo; lo que es, con lo que no es.

Vos sois digno de recibir el honor, porque merecéis que todas las criaturas se empleen en honraros, que os tributen todos los testimonios de un soberano respeto, y que no se ocupen sino en buscar medios para daros nuevas señales de su profunda veneración.

Vos sois digno de recibir la gloria, porque sois digno que la gloria de vuestro Santo Nombre brille por todas partes, que los hombres y los Ángeles admiren vuestras divinas acciones y perfecciones infinitas, y que confiesen que no hay nadie en el Cielo ni en la tierra que sea semejante a Vos, y que no os deba todas las excelencias y virtudes que posea

Vos sois digno de recibir la bendición, porque merecéis que todos los hombres os bendigan, os alaben y os agradezcan todas las gracias que han recibido de Dios; puesto que por vuestros méritos les han sido concedidas; y que se tomen todos los trabajos posibles para reparar por medio de sus alabanzas y bendiciones, las blasfemias y maldiciones que los impíos vomitan contra Vos en este Misterio.

Los Ángeles y los hombres vengan, pues, de concierto, ¡oh Divino Cordero! A cumpliros estas obligaciones y daros estos elogios en nuestros Altares; vengan a reconocer vuestro poder, sujetándose a vuestra autoridad y haciéndoos homenaje de la suya; vengan a reconocer vuestra divinidad, adorándoos como a su Dios, y reconociendo que por vuestros méritos han recibido la participación de la Naturaleza Divina, por medio de la gracia; vengan a reconocer vuestra sabiduría, abrazando vuestra doctrina como sola digna de creencia, y rindiéndoos homenaje de todas sus luces; vengan a reconocer vuestra fuerza, confesando que nada os es imposible y esperando todo de vuestro auxilio; vengan a daros el honor, rindiéndoos todos los testimonios posibles de un soberano respeto, y consagrándoos su propia honra; vengan a glorificaros, publicando por todas partes, vuestras admirables perfecciones y sacrificándoos su propia gloria; vengan en fin a bendecir vuestro Santo Nombre, reconociendo que solo por Vos han sido colmados de las bendiciones del Cielo, y rindiéndoos por ellas sus humildes acciones de gracias.

¡Oh cuanto desearía, adorable Salvador mío, que todos los Pueblos de la tierra viniesen a cumplir todas estas obligaciones a vuestro trono Eucarístico!

No puedo mirar sin extremo dolor, que no se encuentra casi nadie que lo ejecute dignamente; he sido bastante desgraciado yo mismo en haber faltado a ello, muchas veces; pero vengo ahora a reparar mi falta.

Declaro, pues, en presencia del Cielo y de la tierra, que os reconozco por mi Dios, por mi Rey, por mi Maestro, por mi Protector y por mi Redentor, y por mi todo.

Protesto solemnemente ante los Ángeles y los hombres, que adoro vuestra Divinidad, que me someto a vuestro poder, que sigo las luces de vuestra sabiduría, que pongo toda mi confianza en vuestra fuerza, que consagro mi ser y todo lo que poseo a honra vuestra, que no deseo más que vuestra gloria, y en fin que me reconozco deudor a vuestros méritos de todos los bienes que he recibido del Cielo.

Pero ya que os reconozco por mi Dios, ¡oh adorable Salvador mío! dadme, si os agrada, a conocer la virtud de vuestra Divinidad transformándome en Vos, haciendo de mi corazón un templo digno de vuestra grandeza y no sufriendo que ninguna divinidad extraña sea nunca adorada en él.

Ya que os reconozco por mi Rey, ejerced sobre mí vuestro poder, estableciendo vuestro Imperio en mi corazón, y no permitiendo que los tiranos que hasta aquí le han dominado, tengan ya ningún poder.

Ya que os reconozco por mi Maestro, enseñadme vuestra celestial Doctrina, alumbradme con las luces de vuestra Divina Sabiduría, y desengañadme de los errores de los falsos sabios del siglo.

Ya que pongo mi confianza en vuestra fuerza, sacadme de mis flaquezas, y sostenedme contra los poderosos esfuerzos de mis enemigos.

Ya que consagro mi ser, y todo lo que de él depende a honra vuestra, protegedme contra los que no respiran sino mi perdición.

Ya que publico por todas partes vuestra gloria, no sufráis que recaiga en la infamia del pecado.

En fin, ya que reconozco la grandeza de vuestros méritos, hacedme sentir la virtud por nuevas y más poderosas gracias, que eficazmente me lleven a corregirme de mis defectos, a practicar las virtudes cristianas, a cumplir todas las obligaciones de mi estado, y a merecer la corona de gloria que me habéis preparado en el Cielo. Amén.