Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo de Pascua

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE PASCUA

Resucitó

Como en Navidad fue el Ángel de la Encarnación el que anunció a los pastores el grandísimo gozo, así también en Pascua el Ángel de la Resurrección pregona el Evangelio de la victoria, y pronuncia la gran palabra: Resucitó.

El sepulcro vacío y la buena nueva lanzan este pregón a Jerusalén: No está aquí, ha resucitado.

Éste es el gran signo, el mayor en todos los aspectos; es el milagro más patente de Jesucristo.

Es el milagro más grande, porque es el más divino. En él no interviene el hombre; y Jesucristo vinculó su credibilidad a esa desaparición del hombre, para que no dudásemos de su divinidad.

Cristo hizo cosas grandes durante su vida.

Él, que era potente en obras y palabra, quiso enaltecerse aún más; y para manifestar su poder, aprovechó la fuerza de que dio prueba patente en la propia muerte.

Una vez sepultado, resucitaré; cuando haya sufrido aparente derrota, triunfaré; muriendo, desapareciendo el hombre, se verá que soy Dios.

Señor mío Jesucristo, creo en Ti; creo por tus milagros; creo en tu resurrección…

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Cristo resucitado triunfa de la incredulidad…

Sobre la piedra removida del sepulcro, como sobre un pedestal, aparece el poder misterioso que vence a la muerte y al pecado.

Al igual que los soldados, también nosotros nos sentimos sobrecogidos; pero de santo pavor.

El triunfo de Cristo es sumamente conmovedor.

Venció la incredulidad.

Su triunfo es luz refulgente que disipa la duda; es la tranquilidad inconmovible que abate las olas encrespadas, es aquella seguridad con que respondemos a todas nuestras angustias: Él es el Hijo de Dios.

Este rayo de luz brilla ya en la noche del Viernes Santo; pero entonces es crepúsculo vespertino; entonces dijo el centurión: Verdaderamente que este hombre era Hijo de Dios.

Mas lo que allí fue crepúsculo, es ahora aurora refulgente.

No en el árbol de la Cruz, sino en la resurrección se mostró manifiesta la gloria del Hijo de Dios.

La incredulidad, la crucifixión, el sacrilegio, la negación… hacían necesaria esta manifestación suprema: Cristo ha resucitado, luego es Dios.

En torno suyo murmura la duda; la vida mortal y la muerte le envuelven en dobles tinieblas…

Es cierto que el apóstol San Pedro levantó en alto la luz de la fe, diciendo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Mas esta luz se apagó el Viernes Santo…

Había que encender, pues, nuevamente la luz, no con fuego terrenal, sino con claridad eterna, con “lux perpetua“.

En el sepulcro de Cristo, es el mismo Dios quien enciende esta luz y nos la muestra “Lumen Christi“…

Todo había de suceder tal como sucedió; así, de un modo sin igual, Cristo había de plantar su victorioso estandarte en la puerta misma de la muerte; el Señor de la vida había de morir; y así se mostró su imagen gloriosa en el marco negro de la muerte con fulgores aún más resplandecientes que en la noche de Navidad.

Ya se acabaron las penas, ya se puso término a los sufrimientos; vemos aquí al Salvador resucitado, glorioso y triunfante.

Consideremos cómo aquella corona de espinas se ha cambiado en una diadema de gloria; los cardenales de las llagas, en galas de victoria; las burlas e improperios de los judíos, en aplausos de los Ángeles; la dolorosa muerte, en una vida bienaventurada.

La gloria de la resurrección sepultó todas las injurias que Cristo había sufrido al morir.

Si no hubiese en el Cielo otra cosa sensible que ver sino la Sacrosanta Humanidad, el verla solamente bastaría para hacer un Paraíso.

Tanta gloria le ha granjeado la Pasión que la felicidad y gloria no sólo son inmensas por la grandeza de los bienes, sino también eterna por la perpetua continuación de los gozos.

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Jesús se aparece en primer lugar a su Purísima Madre.

Partió inmediatamente el amantísimo Hijo a consolar con su gloriosa presencia el Corazón de su Madre, atravesado por la espada del dolor, y enjugar las lágrimas de aquellos ojos que tanto habían llorado en la Pasión.

Es ley de la divina Providencia, como enseña el Apóstol San Pablo, que quien es compañero de las penas de Cristo, ha de ser también partícipe de sus consuelos y glorias.

La Virgen Santísima estaba esperando a Jesús; le esperaba con fe. El Señor había anunciado que al tercer día resucitaría. Palabra divina, que debía cumplirse con un acto divino. Acto que Él mismo iba a realizar.

La Madre Santísima espera, cree, confía y ora. Ora con fervor, su alma se asoma radiante a los ojos; sus labios siguen susurrando: “Exsurge, exsurge“, levántate, levántate, mi sol, mi fuerza, mi alegría. Levántate, ven, tu Madre está velando y esperándote; abrevia su santa vigilia.

Así nos encontramos también nosotros frente a Dios. Creemos en las grandes manifestaciones divinas y esperamos actos divinos, con el ánimo pronto para toda clase de sacrificios y nos confiamos al Señor.

También nosotros le llamamos y procuramos despertarle. “Exsurge Domine“…

También Él anhelaba ver a su Madre Santísima; lo anhelaba porque Ella le guardó fidelidad aun en medio de los sufrimientos, le amó aun cuando Él no tenía hermosura ni adorno, subió por la vía dolorosa y estuvo al pie de la Cruz.

El Señor quiere consolar las almas semejantes a la de María, y a fuerza de consuelos les hace olvidar los males y tristezas; les hace sentir su gloria y su fuerza, y les transfunde su propia vida.

Por esto hemos de perseverar, aun en medio de desgana y sequedades espirituales; pero precisamente en estos trances debemos demostrar que apreciamos más al Señor que sus consuelos, es decir, que a nosotros mismos.

Cumple Jesús los deseos de la Virgen y se le aparece con toda la hermosura de su gloria.

La Virgen, postrada de hinojos, recibe a su divino Hijo.

¡La dicha de la Madre de Dios! Tan dulce y brillante como la noche de la Encarnación es la aurora de la Resurrección.

¿Quién podrá explicar el gozo incomparable de la Virgen Santísima cuando se le puso delante de los ojos su querido Hijo, hermoso y resplandeciente, con un rostro lleno de gracia y de gloria?

Ahora veía las llagas; y las que antes habían sido causa de increíble dolor, ahora eran fuentes de amor beatífico…

Le veía, no penando entre ladrones, sino gozando entre coros de Ángeles; no encomendándola desde la Cruz al discípulo amado, sino ofreciéndose a sí mismo para el ósculo de paz; no ya tendido en sus brazos, lleno de heridas y llagas, muerto, sino extendiendo sus manos gloriosas para darle purísimos y estrechísimos abrazos…

Allá, en el Calvario, atónita de dolor, no sabía qué decir; aquí muda de pura alegría, no pudo hablar.

Mas habló el Hijo, y le dijo: Levántate, Madre, y sal de tus fatigas, endulza tu Corazón y serena tus ojos. Ya ha pasado el horroroso invierno de la pasión; ya se ha acabado la tempestad de los azotes y de la sangre. He aquí que han aparecido las albores de mi humanidad; mira estas floridas llagas, que exhalan fragancias de vida bienaventurada.

Jesús estrecha a su Madre contra el Corazón y trueca en alegría inconmensurable el mar de sus dolores.

La Virgen descansa en Él: Enhorabuena, Hijo mío; estoy bien porque estás bien Tú; tu vida es mi vida. Vives… ¡Aleluya!

Grande ha sido el júbilo de la Santísima Madre a la vista de su Unigénito resucitado, inmortal, después de haberle visto morir en una Cruz. ¡Con qué alegría besaba aquellas sagradas heridas, y qué cúmulo de celestiales consuelos sacaba de ellas!

Verdaderamente fue excesivo aquel gozo, que no podría sostenerle el Corazón, si con especial milagro no hubiera sido confortado de Dios.

Esta es la Pascua de la Virgen Santísima. Rebosa de alegría que solamente Dios puede conceder.

Esta alegría de la Virgen Santísima la celebramos con la antífona “Regina cæli lætare“.

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Se lee en el Evangelio que el Señor, después de su Resurrección, se apareció a sus amigos y discípulos diez veces, de las que las primeras cinco se realizaron el mismo día de la resurrección.

La primera vez se apareció a Santa María Magdalena; la segunda, a las Santas Mujeres que volvían del sepulcro; la tercera, a San Pedro; la cuarta, a los dos discípulos que iban a Emaús; la quinta, a los diez Apóstoles reunidos en el Cenáculo, a puertas cerradas, en ausencia de Santo Tomás. La sexta vez se apareció a los Apóstoles, ocho días después, con la presencia esta vez de Santo Tomás; la séptima vez, cuando se manifestó a los siete discípulos que estaban pescando; la octava, en el monte Tabor, donde el Señor había establecido que todos se juntaran; y así, antes de su Ascensión, se apareció ocho veces.

En el mismo día de la Ascensión se apareció dos veces: una vez, mientras los once discípulos estaban comiendo en el Cenáculo. En esta ocasión dijo: “Mientras comían les mandó que no se alejaran de Jerusalén”.

Los once Apóstoles y otros discípulos, la Virgen María con otras mujeres se dirigieron al Monte de los Olivos, donde se les apareció el Señor; y “mientras ellos estaban mirando, el Señor se elevó, y una nube lo escondió a sus ojos”.

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Después de la aparición a su Madre Santísima, se apareció a María Magdalena. Antes que a los demás, la gracia del Señor se derrama sobre un alma penitente.

No se contentó el amor de Jesús con consolar tan presto a su Santísima Madre, quiso también, antes que a los mismos Apóstoles, favorecer con su presencia feliz a la pecadora-penitente Magdalena, que había sido tan fiel amante al pie de la Cruz, y ahora con tanta copia de lágrimas lloraba junto al sepulcro.

María Magdalena es celosa; busca al Maestro, quiere verle, quisiera servirle todavía, llevárselo. Parece que no puede moverse de allí; mira, llora y habla como fuera de sí.

Jesús quiere consolar este alma fiel, anhelosa. En sus sublimes palabras vibra el sentimiento, profundo e intenso, el amor grande y sublime del Corazón de Jesús.

Las culpas pasadas no obstaculizan los favores y gracias divinas cuando con verdadera contrición se borran, y con nuevos obsequios de ardiente caridad se recompensan.

También con las almas penitentes es el Señor liberalísimo de sus gozos cuando han participado algo de sus penas.

Este es el estilo de la divina bondad, dice san Francisco de Sales, remunerar aun en esta vida, con dulces consolaciones de espíritu a cualquiera que bebe una gota de su amarga hiel, a quien acepta una sola espina de su corona, a quien participa un ligero golpe de sus azotes, una pequeña astilla de su Cruz.

Si, pues, el Salvador comunica así sus gozos a quien participa de sus dolores, dichosas son aquellas almas que saben padecer algún poco con Jesús crucificado y estar con la Magdalena al pie de la Cruz para llorar sus culpas y sacar de las fuentes de las sacratísimas llagas el agua de las consolaciones del Cielo.

Pero, ¡atención! Nada nos aprovechará el haber conocido esta bella verdad, y haber conseguido la divina gracia, si de nuevo miserablemente la perdemos.

Antes nos sería de perjuicio, porque tanto más graves serán las ofensas de Dios, cuanto mayores hayan sido los beneficios recibidos de su mano.

Pregunta Santo Tomás, si es mayor la culpa que comete un inocente perdiendo la gracia recibida en el bautismo, o la que comete un penitente, perdiendo la que había recibido en la confesión.

Y resuelve el Santo Doctor diciendo que es más grave la nueva culpa del penitente ya justificado, por cuanto ésta contiene una mayor ingratitud.

Por eso advierte San Bernardo: Teme por la gracia recibida, teme más por la gracia perdida, y teme mucho más por la gracia ya recobrada.

Gran temor debe haber cuando se vive en gracia, por el peligro de perderla; mayor cuando se ha recuperado, porque, si de nuevo se pierde, nos hacemos indignísimos de la misericordia de Dios, y provocamos su justicia para no concedernos más el perdón.

No quiere decir ésto que la divina clemencia no esté inclinada a perdonar siempre las nuevas culpas, sino que la humana ingratitud debe temer más las recaídas, viendo cuánto más difícil es alcanzar nuevas gracias.

Atendamos, pues, la exhortación de San Pablo: Expurgad el viejo fermento, para que seáis nueva masa, como sois ázimos. Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Comamos, pues, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y de maldad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad.

Y oremos como nos enseña la Santa Iglesia en su Liturgia: Oh Dios, que, vencida la muerte por tu Hijo unigénito, nos has abierto hoy la puerta de la eternidad: nuestros votos, que Tú previenes con tu inspiración, prosíguelos también con tu ayuda.