Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Vigilia Pascual

Sermones-Ceriani

VIGILIA PASCUAL

Jesús fue sepultado el sexto día, que se llama Parasceve, antes del sábado, hacia el ocaso.

La noche siguiente y el sábado con la noche consecutiva quedó colocado en la sepultura; el tercer día, la mañana del primer día después del sábado, resucitó.

Entre su vida terrena y la eternidad hay un estrecho y oscuro lindero; Jesús tiene prisa de pasarlo.

Tiene prisa; resucita a la madrugada del domingo.

Jesús permaneció en el sepulcro un día y dos noches.

De este modo, añadió la luz de su única muerte a las tinieblas de nuestra doble muerte.

Éramos esclavos de la muerte del alma y del cuerpo.

Él sufrió por nosotros una única muerte, la de la carne; y así nos libró de nuestra doble muerte.

Unió su única muerte a nuestras dos muertes; y así, muriendo y resucitando, destruyó a las dos.

Él es nuestra aurora, la aurora de la vida eterna.

Él es nuestra Pascua…, nuestro Paso de la muerte a la vida…

Date prisa, Sol de bondad, ilumínanos; comienza a alborear; sea corta la noche, tanto si se trata de la oscuridad del pecado, como si nos referimos a las tinieblas del desconsuelo.

Nuestra vigilia será corta, si nuestra alma sabe ser pascual…

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Han seguido al alma de Jesús hasta el sepulcro las almas que Él sacó del Limbo; le han seguido como resplandeciente nube de aurora…

¡Qué silenciosa música! La vida eterna ha pasado por encima de la tierra; Jesús goza; las almas entonan en torno de Él el cántico de la liberación: Cantemus Domino, gloriose; enim magnificatus est… Cantemos al Señor, glorioso, porque fue exaltado magníficamente…

Ha sido la primera procesión de resurrección.

¡Qué alegría por su triunfo!

Así hemos de participar en las procesiones terrenas, por modestas que sean…

Las almas justas miran con santa tristeza, pero con profunda gratitud, el sagrado Cuerpo con las benditas llagas, que dieron la salud al mundo.

También el alma de Jesús contempla con honda emoción ese órgano admirable de sus méritos; ve en Él la imagen de la muerte.

Y ahora mira a su contrincante con los sentimientos patéticos del triunfo. ¡Oh muerte! —exclama—. Yo te he vencido. Yo he muerto para que resucitase la vida. Este sepulcro es tu sepulcro, tú serás la que te pudrirás en él… Yo, la vida, resucito.

¡Poder adorable, santo, que triunfa del mal!

Los que no creen, miran la muerte de un modo pasivo, como simples víctimas, y así han de soportar el sufrimiento. Detrás de esta concepción del mundo está asentado el horror.

No es éste nuestro caso; para nosotros, aun a las espaldas de la muerte, nos está llamando la vida.

¡Jesús es nuestra vida, es nuestra fuerza, es nuestra victoria!

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El Alma de Jesucristo vivifica nuevamente su Cuerpo con la fuerza con que el alma glorificada puede posesionarse de la materia y transformarla, transmitiéndole sus dotes gloriosas.

Ya había dejado entrever algo de ello en el Tabor, el día de la Transfiguración; pero ahora lo realiza definitivamente. Reviste el Cuerpo de gloria, luz y hermosura; lo espiritualiza.

¡Qué espiritualidad comunica el alma al cuerpo! En estado de glorificación, lo penetra por completo y suscita en él nuevas energías.

El cuerpo resucitado y glorificado se transforma de tal modo, que parece un nuevo cuerpo.

¡Jesús sublime, hermoso, lleno de gloria!, ideal y modelo de nuestra vida…

¡Gloria a Jesús que acaba de renacer!

Nosotros anhelamos la vida glorificada. Queremos experimentar los goces de la Pascua; conseguir ya ahora el triunfo del alma sobre el cuerpo, sobre el instinto sensual; deseamos asegurar el dominio del espíritu sobre el cuerpo mortal; suspiramos por la inmortalidad bella y vigorosa.

¿Y cuáles son las cualidades del cuerpo glorificado?

La gloria del cuerpo no será más que una consecuencia, una redundancia de la gloria del alma.

En la persona humana, lo principal es el alma; el cuerpo es una cosa completamente secundaria. El alma puede vivir, y vive perfectamente, sin el cuerpo; el cuerpo, en cambio, no puede vivir sin el alma.

El alma bienaventurada, incandescente de gloria por la visión beatífica de que gozará, en el momento de ponerse en contacto con su cuerpo, al producirse el hecho colosal de la resurrección de la carne, le comunicará ipso facto su propia bienaventuranza, según el grado de gloria que Dios le comunique, conforme a la medida de gracia a que haya llegado.

El cuerpo glorioso tendrá cuatro cualidades o dotes maravillosas: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

En primer lugar la claridad. Los cuerpos gloriosos serán resplandecientes de luz.

El cuerpo humano, aún acá en la tierra, es una verdadera obra de arte. Pues, ¿qué será el cuerpo espiritualizado, el cuerpo glorioso radiante de luz, mucho más resplandeciente que la del sol?

La segunda cualidad del cuerpo glorioso es la agilidad. Eso quiere decir que los bienaventurados podrán trasladarse corporalmente a distancias remotísimas casi instantáneamente.

Pero ese tiempo tan imperceptible equivale, prácticamente, a la velocidad del pensamiento.

En el Cielo, el cuerpo acompañará al pensamiento a cualquier parte donde quiera trasladarse, por remotísimo que esté.

La tercera cualidad es la impasibilidad. Eso significa que el cuerpo glorificado es absolutamente invulnerable al dolor y al sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones. No le afecta ni puede afectar el frío, el calor, ni ningún otro agente desagradable.

Las enfermedades no pueden hacer presa en él. El cuerpo del bienaventurado es absolutamente invulnerable al dolor.

La cuarta cualidad es la sutileza. Dice el apóstol San Pablo que “el cuerpo se siembra animal y resucitará espiritual”. No quiere decir que se transformará en espíritu; seguirá siendo corporal, pero quedará como espiritualizado: totalmente dominado, regido y gobernado por el alma, que le manejará a su gusto sin que le ofrezca la menor resistencia.

Santo Tomás de Aquino piensa que la sutileza es el dominio total y absoluto del alma sobre el cuerpo, de tal manera, que lo tendrá totalmente sometido a sus órdenes.

Es cierto, dice el Doctor Angélico, que los bienaventurados podrán atravesar los cuerpos; pero eso será, no en virtud de la sutileza, sino de una nueva cualidad sobreañadida, de tipo milagroso, que estará totalmente a disposición de ellos.

De manera, que nuestro cuerpo entero, con todos sus sentidos, estará como sumergido en un océano inefable de felicidad, de deleites inenarrables. Y esto constituye la gloria accidental del cuerpo; lo que podría desaparecer sin que sufriera el menor menoscabo la gloria esencial del Cielo.

Pero, mil veces por encima de la gloria del cuerpo está la gloria del alma. El alma vale mucho más que el cuerpo.

¡Espiritualizarnos, abrazar el espíritu de la hermosura, de la prontitud, de la disciplina! He ahí las características de la resurrección.

Procuremos darles gran relieve para que desaparezca en nosotros el “hombre animal“.

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¿De modo que resucitaremos? Sí, debemos resucitar.

Con tal fin tenemos que darnos cuenta, ante todo, de nuestra fe; y suscitar sus fuerzas dormidas.

Estas fuerzas nos sacudirán y quemarán en nosotros el moho del pecado, el sentir terrenal, necio, mundano; luego nos moverán, nos instigarán a obrar; nos obligarán a modelarnos a nosotros mismos y asemejarnos más y más a Cristo.

Las fuerzas de la gracia van trabajando para la resurrección, para que un día podamos resurgir a la vida verdadera, valiosa; queremos resucitar ya ahora, aquí mismo, y seguir viviendo para vivir un día eternamente.

Estas fuerzas despiertan y fomentan en nosotros el espíritu, el espíritu de Jesucristo; queremos vivir del espíritu, nivelar con espíritu la vida y sus dificultades, lo mismo que sus alegrías.

La fe y la esperanza de la resurrección definitiva urgen la resurrección según el espíritu. La plenitud y abundancia de la vida eterna tienen horror a la vaciedad de la vida presente, y van modelando ésta a su propia semejanza.

Una vida vacía, abyecta, desalmada, no podrá desembocar en la vida eterna. Por esto hemos de vivir ya ahora y aquí en la tierra la vida eterna, es decir, hemos de pensar, querer, sufrir, luchar, gozar de una manera sobrenatural; hemos de afinar nuestra alma en consonancia con los motivos de la fe; hemos de sentir el soplo de la inmortalidad para poder levantarnos por encima de la debilidad, de la miseria; así podremos entonar ya ahora el preludio de la inmortalidad dichosa.

Pensemos a menudo en la inmortalidad, regocijándonos de ella, para así vencer nuestro desaliento.

También nosotros podremos sacar fuerza del pensamiento de la eternidad. No nos agitemos sin motivo; el deseo se trueca a veces en propio tormento; no hay que perder la serenidad; el fracaso no ha de encubrir las perspectivas del triunfo.

La alegría pura, gloriosa, no se puede encontrar sobre la tierra; nuestras alegrías van mezcladas con penas; no importa, al contrario, es una ventaja; porque acá abajo la alegría muchas veces nos hace superficiales, mientras que el dolor va ahondando los sentimientos del alma.

Enhorabuena que los excave, mas no debe debilitarlos. El dolor ha de servir para despejar nuestra inteligencia, para enmendarnos, para sacudirnos, y, finalmente, para que podamos regocijarnos mejor y más profundamente.

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Concluyamos con la exhortación de San Agustín a sus feligreses:

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Ustedes están aquí reunidos para celebrar la Pascua de la Resurrección; y por eso les suplico que, con el dinero de la buena voluntad, junto con las piadosas mujeres, compren los aromas de las virtudes.

Con esos aromas ustedes pueden ungir los miembros de Cristo con la amabilidad de la palabra y el perfume del buen ejemplo.

También les suplico que, pensando en su muerte, vengan y entren en el sepulcro de la contemplación celestial, en la que contemplarán al Ángel del Eterno Consejo, el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre.

En la resurrección final, cuando venga a juzgar al mundo a través del fuego, se les aparecerá en su gloria para siempre.

Eternamente y por los siglos de los siglos, ustedes lo contemplarán como es, con Él gozarán y con Él reinarán.

Se digne concedernos esta gracia aquel Jesús que resucitó de entre los muertos.

A Él sean el honor y la gloria, el imperio y el poder, en el Cielo y en la tierra, por los siglos eternos.

Y todo fiel, en este día de júbilo pascual, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!