EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz el consuelo de sus penas

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Jesucristo en el sepulcro

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Después de los infinitos tormentos que padeció Jesucristo, y de haber dado finalmente su vida en una cruz afrentosa, fue necesario colocarle en un sepulcro, que era la última de las miserias humanas que tenía que padecer.

Consideremos cuáles fueron las cualidades de este sepulcro, que ya de antemano tenía preparado la misma Providencia.

Este sepulcro era nuevo, y ninguno había sido enterrado en él: el nuevo Adán debía ser sepultado en un sepulcro nuevo y no convenía que el Cuerpo del Santo de los Santos fuese confundido con ningún otro.

Esto nos está manifestando que, si deseamos ser sepultados con Jesucristo, debemos antes despojarnos del hombre viejo y revestirnos enteramente del nuevo.

El sepulcro de Jesucristo fue abierto en una roca, para darnos a entender cuál debe ser la firmeza y constancia de nuestro corazón, si queremos que sirva de morada al Cuerpo de Jesucristo cuando se comunica a nuestras almas.

Estaba este sepulcro en un jardín, porque como en un jardín fue donde pecó el primer hombre y mereció la muerte, quiso el segundo Adán ser sepultado también en un jardín, para resucitarnos consigo y darnos una nueva vida.

Y finalmente, el sepulcro de Jesucristo, dice Isaías que es glorioso, que no es como los demás sepulcros la casa de la muerte, sino una fuente copiosa de vida para todos los hombres y para todo tiempo.

Fuente de vida para lo pasado, porque este sepulcro tuvo las primicias de la resurrección de todos los Santos Patriarcas en la de Jesucristo; fuente de vida para el presente, porque aquí es en donde debemos tomar el modelo de nuestra resurrección espiritual a la gracia; y fuente de vida para lo futuro, porque en este sepulcro hallaremos en Jesucristo la prenda de nuestra resurrección eterna a la gloria.

Consideremos también el estado a que Jesucristo fue reducido en el sepulcro.

Su grande soledad. ¡Qué silencio, qué recogimiento, qué retiro, y qué tinieblas tan profundas! Oculto a los ojos de los hombres, apartado de todo el universo, y como desconocido de todos, está en este mundo como si no estuviese; permanece allí en una especie de olvido de parte de todos los hombres, y apenas hay, después de su Madre y sus discípulos, quien piense en Él.

Su desnudez absoluta. Por más que Jesucristo fuese Dueño y Señor absoluto del mundo, nada tiene, nada posee, ni aun el mismo sepulcro en que está enterrado es suyo. Ya él lo había anunciado así en otro tiempo. Las bestias del campo tienen sus cuevas y madrigueras para recogerse; pero el Hijo del Hombre no tiene sobre qué reclinar su cabeza.

Privado del uso de sus sentidos, ni ve, ni oye, ni entiende; todo lo que hay en el mundo, es como si no estuviera; deja pasar todo lo que es perecedero y caduco, y solo la gloria de su Padre Celestial es la que le mueve y le interesa.

Su íntima unión con la Divinidad. El Cuerpo adorable de Jesucristo, aunque separado de su alma, no dejó por eso de estar unido al Verbo, y por consiguiente a la Divinidad.

Debemos también considerar todo lo que nos presenta el estado de Jesucristo en su sepulcro y la necesidad que tenemos de imitarle y conformarnos con Él.

San Pablo nos dice: que debemos todos los hombres morir, y que nuestra vida debe estar oculta en Dios con Jesucristo: Mortui estis, vita vestra abscondita est cum Christo in Deo (Coloss. 3.) Este Dios Salvador en su sepulcro debe servirnos de un modelo perfecto, así en ésto como en todo lo demás.

Debe servirnos de modelo en su grande soledad. Temamos a este mundo, y apartémonos de él cuanto nos sea posible, porque su comercio es peligroso, sus máximas perversas, y sus ejemplos funestos. El aire que se respira en él es contagioso, y difícilmente nos preservaremos si le frecuentamos. Amemos el retiro, la soledad y la vida oculta; nunca está uno más acompañado que cuando está solo con su Dios. Miremos a este mundo cómo a un vasto sepulcro, en donde no se ven sino muertos y moribundos; estemos en él como si no estuviéramos. Dediquémonos únicamente lo que la buena crianza, la caridad y la necesidad pidieren; pero sin entregarnos demasiado a él, y luego que hubiésemos concluido nuestros negocios, y satisfecho nuestra obligación, volvámonos a nuestro recogimiento, restituyámonos a nuestra soledad, y nos hallaremos allí con Jesucristo nuestro Dios, centro de nuestra paz y de nuestro reposo. En medio del mundo no encontraremos sino turbaciones, inquietudes, temores y peligros.

Debemos conformarnos con la desnudez absoluta que padeció Jesucristo en su sepulcro. No, no basta, si queremos ser de Dios, el que nos desnudemos de nuestro corazón y de nuestro entendimiento, de todos los bienes frágiles y perecederos, de los vanos honores, de las falsas riquezas, y de los placeres que nos son funestos, es necesario y lo es absolutamente el que nos desnudemos de nosotros mismos. El Cuerpo de Jesucristo en el sepulcro ni tiene acción ni movimiento por sí mismo, está insensible a todo; que le cubran de tierra o de flores, que le muevan o le dejen quieto, todo para Él es lo mismo. ¡Oh y qué modelo tan perfecto de un corazón despojado y desnudo sinceramente de todo lo terreno!

Las riquezas o la pobreza, los honores o el desprecio, los consuelos o las amarguras, todo le agrada, porque todo conduce a Dios, si se recibe de su mano. Guardad atenciones con Él o no las guardéis, ofended su memoria o llenadle de elogios, mostradle amor o indiferencia, este Corazón está muerto a todo, sólo el interés de Dios y de su Alma es el que le mueve. ¿Hay acaso alguno más rico que el que posee a Dios, ni más pobre que el que esta privado de su gracia?

Finalmente, el cuerpo de Jesucristo en su sepulcro debe servirnos d modelo en su unión íntima con la Divinidad. ¡Oh y qué feliz es aquella alma que, desprendida del mundo y muerta a sus ilusiones y vanidades, conserva una unión íntima con Dios! Por ventura este mismo Dios ¿no la suplirá cualquiera otra cosa que le falte? ¡Qué consuelos, que dulzuras tan inefables no gustará en esta unión santa y divina! Luces sobrenaturales, unciones saludables, don de oración, comunicaciones celestiales, confianza íntima, abandono a su Providencia: todo esto ¿no le hará gustar anticipadamente de las delicias del Cielo?

¡Ah! ¡Qué poco cuidado se tiene de la vida de los sentidos, cuando se vive de la vida de Dios! Entonces es cuando se dice: no, nunca hubiera creído que era tan dulce el morir.

¡Oh adorable salvador! después de haberos seguido en todo el curso de vuestra Pasión, no podía menos de acompañaros hasta vuestro sepulcro, para adorar a este sagrado Cuerpo sacrificado por nosotros y rendiros el último tributo que la piedad, el reconocimiento y el amor nos deben inspirar.

Os considero tendido en aquel sagrado depósito, rodeado de las sombras de la muerte, con los ojos sin luz, los pies sin movimiento, las manos sin acción, el cuerpo sin alma, olvidado de los hombres, y en la región de las tinieblas. ¡Qué estado de tanta humillación para un Dios que es el Autor de la vida! ¡Así, así quisisteis, Señor, expiar nuestro orgullo, nuestra vanidad y nuestro amor a la vida!

Os adoro en vuestro sepulcro, porque sois siempre mi Dios, porque estáis siempre vivo en el Cielo reinando en el seno de vuestra gloria y cuando me acuerdo de que Vos no habéis sido humillado sino por amor, conozco que cuanto mayores son vuestras humillaciones, tanto más profundo debe ser el tributo de mi adoración. No me contentaré, Salvador mío, con rendiros un homenaje estéril; sino que os propongo una enmienda saludable de mis culpas.

Considerando el estado en que estáis Vos, al mismo a que debe reducirme la muerte, me figuraré frecuentemente que estoy en el sepulcro, reducido a cenizas, convertido en el polvo de que he sido formado, y la consideración de este estado en que debo entrar algún día, quizá me servirá para desengañarme del mundo, para romper las cadenas que me atan a la vida, y prepararme para aquel momento fatal que pondrá fin a la carrera, y decidirá de mi suerte.

Entremos, ¡oh alma mía! entremos con Jesucristo en el sepulcro, consideremos como muertos a las criaturas, al mundo y a todo lo que contiene; estaremos como el Salvador, muertos y vivos juntamente, muertos a nosotros mismos y vivos en Dios. ¿Qué otra cosa podemos desear más grande, más santa ni saludable?

¡Sepulcro dichoso el que nos da una vida semejante! ¡Vida feliz la que no es sino una muerte continua! En esta vida, que pasa y que corre en cada momento, esperamos aquella vida verdadera, aquella vida inmortal que nos está prometida, en donde no habrá ni enfermedad, ni muerte, ni pecado, ni el menor peligro; sino un estado permanente, una paz segura, una felicidad constante, y la dicha del mismo Dios.

ORACIÓN

¡Oh Jesús colocado en el sepulcro! sepultadme a mí con Vos, robadme a los ojos de los hombres que no viven sino para el mundo y que, aunque parecen vivos, están muertos; sepultad al mismo tiempo conmigo todo deseo terreno, todo afecto mundano, y todo proyecto perecedero y caduco. Si Vos, Señor, me enterráis así con Vos, preferiré mi sepulcro a todos los palacios de los Reyes, y la muerte me parecerá infinitamente más preciosa que la vida.

 

 

De la obligación de llevar nuestra cruz, y la forma que la debemos llevar santamente

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Uno de los mayores frutos y de los efectos más principales que deben producir estas consideraciones es el de convencernos de la necesidad en que estamos de llevar nuestra cruz con Jesucristo y de llevarla santamente.

Si penetramos nuestros corazones de estos sentimientos, no hay duda de que será seguro el fruto de nuestras reflexiones.

No hay acerca de este particular ninguna cosa más grande ni admirable que las palabras de San Pedro: escuchémoslas y meditémoslas, pues que encierran todos los motivos y consejos que necesitamos al presente y que nos serán saludables toda nuestra vida.

Sabed, hermanos míos, nos dice, que en calidad de Cristianos habéis sido llamados a llevar la cruz de Jesucristo, y que esta es la obligación que habéis contraído con él: In hoc vocati estis, qui Christus passus est pro nobis, vobis relinquens exemplum, ut sequamini vestigia ejus.

Este mismo Señor llevó el peso de nuestras culpas sobre el árbol de la cruz: Qui peccata nostra ipse pertulit in corpore suo super lignum, para que siendo nosotros en adelante muertos al pecado, vivamos en la santidad y en la justicia que nos adquirió a costa de su Sangre: Ut peccati mortui, justitiæ vivamus, cujus livore sanati sumus.

¡Oh Dios mío! haced que yo conozca bien esta verdad fundamental, pues que comprende y encierra todas las demás verdades de la religión.

Tenemos una obligación indispensable de llevar nuestra cruz, porque somos Cristianos bajo de este título, y porque esta es la señal que distingue a aquellos a quienes el Salvador coloca en el número de los suyos. Este mismo Señor es el que, clara y distintamente, nos ha dicho repetidas veces que el que quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo, tomar su cruz y caminar en pos de Él: Qui vult venire post me, abneget semetipsum tollat crucem suam sequatur me.

Confirmando este mismo oráculo, diciendo: que el que no lleva su cruz no es digno de Él: Qui non bajulat crucem suam non est me dignus.

Jesucristo nos ha dado ejemplo en ésto como en todo lo demás: Él mismo llevó primero su cruz, y nosotros debemos llevarla con Él; Él es nuestro Maestro, y nosotros sus discípulos; el discípulo no es sobre su Maestro; luego si este Maestro Divino ha sido cargado con la cruz, los discípulos deben seguir su ejemplo y caminar sobre sus pasos.

No somos hijos de Jesucristo, si no llevamos sus libreas, y la más principal y distinguida es la de la cruz; este es el empeño que contrajimos en nuestro Bautismo, y que debemos cumplir hasta la muerte. Rehusar llevar su cruz es lo mismo que renunciar la profesión del cristianismo, y la cualidad gloriosa de hijos y discípulos de Jesucristo.

Pero ¿y qué cruz es la que tenemos necesidad de llevar? La nuestra, esto es, la que Jesucristo nos envía, la que ha escogido para nosotros, y nos viene de su mano.

Hay muchos cristianos que competirían en llevar la cruz; pero, si se dejase a su arbitrio, no llevarían la que les conviene y la Providencia les prepara.

La cruz que Dios nos destina nos parece muy pesada sólo porque no es de nuestra elección; cualquiera otra nos parecería muy ligera, y la llevaríamos con gusto. Pero este es un error, una ilusión; porque aquella que Dios nos destina será siempre la más provechosa para nosotros, la que nos venga de su mano nos será la más saludable.

Cada uno tiene su cruz, y ninguno debe desear otra que la que Dios le tiene preparada.

Pero hablemos más claro; la cruz que nosotros llevamos no es de nosotros, sino la de Jesucristo; sí, la del mismo Jesucristo es, que cuando se apartó de este mundo se descargó de su Cruz, y nos la confió; es la cruz del mismo Jesucristo, y por esta razón debe parecernos más respetable, más querida y más preciosa. La cruz que yo llevo es la que ha llevado el mismo Dios la que ha honrado en su persona, regado con su sangre, y la misma que se quitó de sus hombros para dármela. ¿Pues cómo podre yo rehusarla de su mano?

Todas las cruces de los cristianos están unidas a la de Jesucristo, consagradas por la de Jesucristo, y santificadas por Ella.

Tenemos, pues, ¡oh Dios mío! una estrecha necesidad de llevar nuestra cruz. Sí; necesidad absoluta; porque como pecadores necesitamos expiar nuestras culpas, y como cristianos debemos imitar nuestro Jefe; si deseamos ser Santos, es necesario tener el sello de los elegidos y la cruz es el que le imprime.

Esta necesidad es universal en todos los estados. No hay ninguno que no tenga su cruz. Los grandes y los pequeños, los ricos y los pobres, los Reyes y sus vasallos, todos, porque hasta los mismos Reyes tienen sus cruces, y muchas veces más pesadas que las de los otros.

No hay ningún tiempo en la vida en que no debamos estar animados y llenos del espíritu de la cruz, dispuestos a recibirla, y resignados bajo su peso, cualquiera que sea, sin rehusar ninguno. Un cristiano debe estar siempre pronto a recibir todo lo que venga de mano de su Dios.

Esta necesidad es saludable, porque nosotros, por nosotros mismos, no abrazaríamos nuestra cruz, huiríamos de su peso, y desearíamos pasar sin él toda nuestra vida; pero una vida sin cruz sería una vida réproba y maldita.

Vos, ¡oh Dios mío!, en testimonio de vuestro amor nos ponéis en la dichosa necesidad de llevar la cruz y de que por este medio trabajemos el beneficio de nuestra salud.

Esta necesidad es además una necesidad dulce, y que nos llena de consuelo; porque Vos, ¡oh Redentor mío!, cuando nos enviáis la cruz, la suavizáis, os compadecéis de nosotros, la lleváis con nosotros, y nos permitís que nos unamos con Vos para llevarla juntos. Este solo pensamiento ¿no es acaso, suficiente para aliviar todo el peso de nuestros trabajos, y llenarnos de consuelo?

En fin, todos los Santos han llevado su cruz; pues llevémosla nosotros, si deseamos ser Santos.

¿Pero cómo hemos de llevar nuestra cruz para llevarla santamente? De esta manera: es necesario llevar la cruz con resignación, con confianza y con alegría.

He aquí cómo han de llevarla las almas comunes, las más generosas y las más perfectas. Examinemos nosotros el grado en que nos hallamos, y procuremos con el socorro de la gracia acercarnos cada día más a la perfección.

Es necesario llevar la cruz con resignación, y esta disposición es de una necesidad absoluta para nosotros. Llevarla con inquietud, con impaciencia, con murmuraciones, y quejándonos continuamente, esto no es llevarla, es más bien arrastrarla, y casi detestarla, o a lo menos es querer sacudirla y descargarse de ella.

Lo que debemos hacer es, decirnos a nosotros mismos de esta suerte: Dios lo quiere así, Dios lo permite, es necesario conformarse; cúmplase su santa voluntad, y no la mía; si el Señor me envía cruz, también me dará la gracia de que necesito para llevarla; Él conoce mi flaqueza, y se compadecerá de mí.

Cuando Dios me envía la cruz es necesario llevarla como cristiano, con humildad y resignación, haciendo que me sirva de mérito; no llevarla con impaciencia, con quejas, y con una especie de horror como los réprobos, causando en esto mismo mi condenación.

Por último, ninguno puede salvarse sino por medio de la cruz, no hay otro camino para ir al Cielo; luego es necesario resolverme a ello, o renunciar a mi felicidad eterna.

Se ha de llevar la cruz con confianza, y ésto toca particularmente a las almas más generosas. Esta disposición es mucho más digna de Dios, y más honrosa a la cruz de Jesucristo.

¡Oh santa confianza! Este sentimiento se funda especialmente sobre la cierta seguridad en que estamos de que si Dios nos envía cruces, nos enviará también las gracias necesarias, y tanto más especiales, cuanto aquellas sean más pesadas.

Por otra parte debemos saber, ¡oh adorable Salvador mío!, que la cruz es el verdadero carácter y el sello sagrado de vuestros escogidos; si me cargáis con vuestra cruz, también tengo motivo de esperar que no será sino para colocarme en el orden de los predestinados que llevan la cruz con Vos, y a los cuales asociáis Vos mismo a vuestra cruz preciosa.

Este pensamiento me sostiene, me consuela, me anima, y me inspira una confianza santa en vuestra bondad. Si por este medio puedo expiar mis culpas, satisfacer a vuestra justicia, conseguir vuestra gracia, y merecer un lugar en vuestro reino, ¿no puedo tenerme por muy dichoso, pues me servirá la cruz de un gran consuelo por más pesada que sea?

Es necesario por último llevar la cruz con alegría, cuya disposición es más propia de las almas perfectas que conocen todo el precio y el mérito de esta cruz adorable.

¡Oh Dios mío! ¡Qué testimonio tan admirable de ésto mismo nos dio en otro tiempo aquel grande Apóstol, que puede llamarse el Apóstol de la Cruz por excelencia, el glorioso San Andrés!

Aprisionado por los verdugos, condenado a muerte de cruz, y conducido al lugar del suplicio, apenas llega a divisar la cruz preciosa en que debía morir, cuando se siente arrebatado de una santa alegría. 0 bona crux! exclamaba en medio de sus ardores: ¡Oh buena cruz, cruz saludable, cruz amable! ¿Cuánto tiempo había que te deseaba y suspiraba por ti? Diu desiderata.

Como este santo Apóstol la deseaba con tanto ardor, la había buscado con impaciencia como dulce objeto de sus deseos: solicité amata. La había buscado como un hombre que ni tenía quietud, ni sosiego hasta encontrarla, y para quien los días eran años, y los años siglos, sine intermisione quæsita: y esta fue la causa de que desde el momento en que vio aquella cruz sagrada, levanta los ojos y las manos al cielo, corre, se postra humildemente delante de ella, la abraza con alegría, la riega tiernamente con sus lágrimas, y sus extremos son semejantes a los de un amante apasionado, nunc tandem sitienti animo præparata.

El hombre avaro a quien se le presenta un gran tesoro, y el ciervo que corre fatigado en busca de una fuente para apagar la sed que le abrasa, no son sino una imagen fría de sus sentimientos. ¿Pero adonde vais, oh grande Apóstol? ¿Qué festín es al que se os convida? ¿Qué corona se os prepara?

¿Puede haber alguna cosa más grande, dice él, que la cruz de Jesucristo que se me presenta? No, nada son los tesoros de la tierra en comparación suya, todas las coronas desaparecen a mis ojos, sólo la cruz tiene atractivos para mí, conozco bien su mérito y todo su precio, y es la única cosa que deseo en este mundo virtutem crucis agnovi.

Recibidme, cruz preciosa, recibidme entre vuestros brazos, así como recibisteis a mi divino maestro.

¡Oh generosidad! ¡Oh dulces extremos! ¡Cuánto diera yo porque mi corazón estuviese penetrado de estos mismos deseos! ¡Oh cruz de mi Dios! qué lejos estoy de estos sentimientos; pero yo iré a vuestros pies a que me los comuniquéis, y espero que me concederéis al mismo tiempo las gracias que me son necesarias para llevar mi cruz con sumisión y confianza: ¡dichoso yo si pudiese llevarla con una santa alegría! Desde este instante me la cargo sobre mis hombros, y no la dejaré hasta rendir el último aliento de mi vida.

¡Oh adorable Salvador mío!, penetrado de estos sentimientos estoy resuelto no solamente a llevar mi cruz, sino a ejecutarlo con resignación, y a salir del adormecimiento y letargo en que he vivido hasta este día. Sí; ya estoy convencido de la obligación de llevarla, y conozco que es de una necesidad indispensable, así para mí, como para todos los cristianos; comprehendo que no puedo ser vuestro discípulo, sino siguiendo vuestros pasos, y estoy persuadido de que para llevar la cruz como cristiano es necesario llevarla con paciencia, con resignación, y con paz.

Bien conocía yo esta necesidad, ¡oh Dios mío!, pero este conocimiento que yo tenía era estéril y sin ningún fruto; consistía únicamente en mera especulación; más en la práctica ¡ay de mí!

¿Cómo he llevado yo vuestra cruz?

Temiendo siempre, huyendo de ella, y resistiéndome cuanto estaba de mi parte; y si alguna vez, ¡oh Salvador mío!, he sido forzado a llevarla, ¡qué repugnancias, qué inquietudes, qué amargas quejas, qué impaciencias y murmuraciones!

Me reputaba por un hombre infeliz, manifestaba toda mi inquietud, y envidiaba la suerte de aquellos a quienes consideraba exentos de cruz, y no veía el día ni la hora en que estuviese libre de ella.

He aquí lo que pensaba, y lo que yo he sido, ¡oh dulce Salvador mío!,

Huía de vuestra cruz, y me tenía por cristiano; temía a vuestra cruz, y me llamaba vuestro discípulo; os veía llevar la cruz, y os la dejaba llevar solo; sabía que mis pecados os la habían cargado sobre los hombros, y no quería tener ninguna parte en ella.

¡Oh Dios mío! Bien conozco que no he sido cristiano sino en el nombre; pero ya deseo serlo de todo mi corazón. ¡Sí, Salvador mío! iluminado con vuestras luces, ayudado de vuestra gracia, y animado por vuestro ejemplo, llevaré mi cruz como la prenda adorable de mi salud, como el carácter sagrado de los escogidos y la herencia que me habéis dejado al tiempo de morir.

Llevaré mi cruz, sí, mi cruz, es decir, la que Vos me enviaseis, la que escogieseis para mí, y me venga de vuestra mano. Esta humillación que me amenaza, la pérdida de bienes que me aflige, la desgracia que me sucede, la enfermedad que me hace desfallecer, en una palabra: esta cruz que me ofrecéis, la llevaré tal como me la enviéis y por todo el tiempo que gustaseis; no me toca a mí señalar los momentos que están dentro de las disposiciones de vuestra Providencia.

¿Pero qué es lo que yo digo, oh mi adorable Salvador? No, no es mi cruz la que llevo, sino la vuestra; y este sólo pensamiento, de que la cruz que yo llevo es la de mi Salvador y de mi Dios, ¿no me llenará de dulzuras, y me servirá del más grande consuelo?

Sí, la cruz de mi Dios, de que estoy cargado, será, no mi pena, no mi peso, ni mi confusión, sino mi dicha, mi mérito, y toda mi gloria, si yo la llevo con confianza.

Bien quisiera llevarla con alegría, ¡oh Dios mío!, pero Vos no exigís la perfección de este íntimo sentimiento; sé que no condenáis la sensibilidad interior, ni la repugnancia natural que experimentamos, siempre que sea involuntaria, que nosotros la condenemos, la resistamos y os la ofrezcamos. Vos no pedís corazones insensibles, sino humildes y resignados; tal será el mío en adelante; yo os lo prometo, yo lo espero; deseo penetrar mi corazón de sentimientos aún más perfectos, e iré a que Vos me los comuniquéis no solamente al pie de vuestra cruz, sino dentro de vuestro corazón.

 

Conclusión

Tiempo es ya de fijar el fruto de nuestras reflexiones y de ponernos en estado de aprovecharnos de las gracias que Dios nos ha concedido. Para esto conviene que arreglemos nuestros sentimientos y nuestros ejercicios, esto es: que veamos cuáles son los sentimientos de que debemos estar animados y los ejercicios que necesitamos practicar.

Los sentimientos que las consideraciones antecedentes han debido inspirarnos a favor de Jesucristo, consisten especialmente en estos tres puntos:

En reconocimiento, en amor y en imitación: reconocimiento a sus beneficios, amor a sus perfecciones e imitación de sus virtudes.

Primer sentimiento. Reconocimiento a este adorable Salvador ¡Qué no ha hecho y sufrido por nosotros! Se ha ofrecido en víctima por nuestra salud, ha expiado nuestras culpas, nos ha reconciliado con su Padre Celestial, nos ha librado de la tiranía del demonio, nos ha restablecido en nuestros derechos a la herencia celestial, y en fin nos ha dado sus méritos, su sangre y su vida.

¿Puede haber reconocimiento más legítimo, ni mejor fundado? Digamos, pues, con el Profeta: Quid retribuam Domino pro omnibus que retribuit mihi? ¿Qué recompensa podré yo dar a mi Divino Redentor por todos los bienes de que me ha colmado?

Los sentimientos de la gratitud más justa, más tierna y eficaz, por grandes, que sean, ¿podrán igualar, jamás a la grandeza de sus beneficios?

Segundo sentimiento. El amor que debemos manifestar a Jesucristo. Un Dios que nos ha amado con el amor más tierno, eficaz y generoso ¿por cuántos títulos no merece nuestro amor?

¡Oh Dios Salvador! No habéis reparado Vos en darme vuestro Corazón, ¿y sería posible que me negase yo a daros el mío? Vos me habéis consagrado vuestros méritos, vuestra sangre y vuestra vida, ¿y rehusaría yo consagraros mi ternura y todos mis afectos?

¡Oh Dios de amor! no me atrevo a decir que os amo; pero lo que puedo sí asegurar es, que deseo amaros de todo mi corazón y con todas mis fuerzas; vuestro santo amor es el que pido con preferencia a todos los tesoros de la tierra; espero amaros eternamente como el único objeto digno de ser amado infinitamente y para siempre.

¡Ah! con cuánta razón debo yo exclamar aquí con el Apóstol inflamado de amor, que aquel que no ama a mi Señor Jesucristo debe ser anatema. Qui non amat Dominum Jesum Christum, anathema sit.

Tercer sentimiento. Los sentimientos que debemos tener a favor de Jesucristo no deben ser estériles e infructuosos, sino que a nuestro amor y reconocimiento debemos añadir la imitación solida de sus virtudes. Aquel Señor las hizo resplandecer todas en su persona durante su sagrada Pasión; retratémosla nosotros en nuestra conducta e imitemos especialmente aquellas de las cuales nos dio un ejemplo tan maravilloso y admirable en su Pasión.

Su humildad. Que le llevó hasta el extremo de anonadarse por nosotros: Exinanivit semetipsum.

Su obediencia. Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Factus obediens usque ad mortem.

Su paciencia. Se acusa al Redentor de mil delitos, se le hacen toda suerte de ultrajes y sin embargo guarda un profundo silencio. Jesus autem tacebat.

Su dulzura. No hubo crueldad por excesiva que parezca, que no ejerciesen con Él sus enemigos y sus verdugos; pero el Salvador no les manifestó sino la dulzura de un cordero. Sicut ovis ad occisionem ducetur.

Su caridad. Que llegó hasta abrir su corazón y darle el nombre de amigo al mismo traidor que le iba a entregar: Amice, ad qui venisti? Y hasta el punto de rogar y pedir el perdón por los mismos que le crucificaban. Pater, dimitte illis.

Su ternura. Con su divina Madre, a quien recomendó a su discípulo amado, y en cuya persona nos la dio a nosotros también, por madre. Ecce Mater tua.

Su abandono y entera resignación en su eterno Padre. A quien ofrece sus últimos suspiros, poniendo su alma entre sus manos. In manus tuas commendo spiritum meum.

Su perseverancia hasta el último instante en que se cumplieron los designios de su Padre Celestial, y hasta que consumó enteramente la grande obra de la redención, de los hombres. Consummatum est.

ORACIÓN

Estas son, ¡oh adorable Salvador mío! las grandes y sublimes virtudes que yo debo imitar; por la imitación sólida, de estas virtudes, y la práctica constante de todas ellas, os manifestaré mi reconocimiento y mi amor, y me aprovecharé al mismo tiempo, del fruto saludable de estas consideraciones, pues que toda la Religión consiste especialmente en imitar al mismo a quien adoramos: Summa Religionis imitari quem colimus.

De este modo nos conformaremos con Vos que sois por excelencia el modelo de todos los predestinados; y tendremos, como lo esperamos, aun en esta vida la prenda de nuestra predestinación eterna.

 

Prácticas

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Son diversas las prácticas o ejercicios con que podemos honrar la Pasión de Jesucristo, y entrar en el espíritu de la Cruz.

Tener siempre a nuestra vista una imagen de Jesus crucificado, besarla frecuentemente penetrados del más profundo respeto, o estrecharla sobre nuestro corazón.

Fijar para todos los días cierto número de actos de mortificación.

Practicar todos los viernes alguna penitencia en honor de la Pasión de Jesucristo.

Llevar con sumisión y humildad las penas de su estado y las aflicciones que Dios nos envie mientras estemos en ésta vida, persuadiéndonos firmemente de que todo lo que nos venga de su mano será lo más precioso.

Unir nuestras cruces con la de Jesucristo, para que de este modo nos sean más santas, dulces y llevaderas.

No quejarnos de nuestra cruz, sino guardar silencio, y comunicar nuestras penas sólo con nuestro Dios.

Si nos sobreviene alguna nueva aflicción, debemos recurrir inmediatamente a Jesucristo, participársela, ofrecerla al pie de su cruz, y pedirle el socorro de su gracia.

Mirar nuestra cruz como una parte preciosa de la de Jesucristo.

Imaginarnos que Jesucristo nos pone en lugar de Simón Cirineo para que le aliviemos el peso de su cruz.

Ofrecer muchas veces el sacrificio de nuestra vida en unión del sacrificio de Jesucristo sobre la Cruz.

Seria también un ejercicio muy saludable dedicar en cada mes un día de recogimiento o de retiro, figurándose hallarse al pie del Calvario.

La piedad, el fervor y el amor divino inspirarán a las almas fieles otros ejercicios santos y saludables; pero el principal y el más esencial será siempre el de llevar la cruz, de Jesucristo según su espíritu y su corazón.