COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ELEVACIONES A  JESUCRISTO

CUANDO ESTÁ EXPUESTO

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

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PRIMERA ELEVACIÓN

Venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis, et ego reficiam vos.

¿De quién es esta agradable voz que convida con tanta caridad a todos los miserables lleguen a buscar socorro en sus miserias?

¿No es vuestra, ¡oh Divino Jesús mío!, que veo expuesto ante mis ojos sobre este Altar?

¿No sois Vos el que clamáis a todos los hombres desde el centro de nuestros Tabernáculos, vengan a buscar en Vos el remedio de sus males y el que me solicitáis a mí en particular, me acerque a buscar el alivio de los míos?

Ven, me decís. Pero que, Señor, ¿es posible os dignéis pensar en mí, que os acordéis de una criatura tan miserable como yo y que vuestra bondad llegue hasta llamarme para sacarme de mis miserias?

Ven, me mandáis. Pero, ¡oh Dios de gloria! ¿Cómo osaré comparecer ante Vos? El Cielo y la tierra tiemblan de temor en vuestra presencia; las más altas inteligencias no se atreven aun a levantar los ojos ante vuestra augusta Majestad, temiendo ser oprimidos con el peso de vuestra gloria; ¿cómo, pues podré yo resistir el esplendor?

Ven. Pero me reconozco culpable de mil delitos, porque he violado vuestras Divinas leyes, en mil diferentes maneras; toda mi vida no ha sido sino una cadena de desórdenes y pecados. ¿Cómo me atreveré, pues, a presentarme ante mi Juez hallándome como me hallo tan criminal?

Ven. Pero, Salvador mío, no podré caminar para acercarme a Vos, porque me hallo abrumado de males, y paralítico de todos mis miembros. Por otra parte estoy cargado del peso insoportable de mi concupiscencia, y detenido por las cadenas de mis criminales costumbres; ¿cómo podré, pues, ir hacia Vos?

Ven, me decís: El mandato que te hago te dará fuerza para llegar, y hallarás en mí, no un Dios cuya Majestad hace pasmar de temor a los que se acercan a su trono, sino un Dios cuya bondad consuela infinitamente a todos los que recurren a su caridad; no un Juez dispuesto a castigar tus delitos, sino un Padre que te alarga los brazos y abre su seno para recibirte después de tus extravíos.

Ven; es tu Dios, tu Rey y tu Redentor el que te llama; es tu Padre, tu Esposo y tu Maestro quien te lo manda; ¿no tiene bastante autoridad por todos estos diferentes títulos para obligarte a obedeced?

Ven, ya que yo lo deseo, pues aunque no tengo ninguna necesidad de ti, porque encuentro en mí mismo el manantial de mi felicidad, sin embargo es tanta mi bondad para contigo, que amo infinitamente verte venir a mí, por el solo deseo que tengo de que participes de mi dicha.

Ven, ya que he bajado expresamente del Cielo a este Altar por conversar contigo, que me he despojado de toda mi gloria para hacerme accesible, y que me he cubierto con este velo para acomodarme a tu flaqueza. Después de haber hecho tanto para venir a ti, ¿puedes tu dispensarte de dar algunos pasos para llegar a mí?

Ven, te espero sobre este Altar; no temas que me retire cuando te vea comparecer, ni que te quite la libertad de hablar cuando te me presentes para exponer tus necesidades. No soy como los Reyes de la tierra, cuyo acceso es tan difícil, y a los que cuesta tanto trabajo poder hablar; me he puesto en un estado que me constituye inmóvil sobre este Altar, para que te persuadas que en él me hallarás; y guardo un profundo silencio, a fin de que no dudes que estoy pronto a escucharte.

Ven, cuando te es tan fácil venir; no poseerás siempre la misma ventaja; tiempo llegará en que desearás te oiga y no lo conseguirás; aprovéchate, pues, de la ocasión mientras que la tuvieres.

Ven, ya que te he hecho un honor que he negado a infinidad de Naciones. ¿Cuántos millones de hombres viven al presente en la tierra que no quieren conocerme y yo dejo sumergidos en las tinieblas de sus errores e ignorancia, sin darles ningún acceso cerca de mí, ni ofrecerles la gracia que te presento? ¿No serás tú bien culpable de no aprovecharte de ella?

Ven, ¿qué es lo que te detiene? ¿Es acaso un placer frívolo, un honor vano, un bien pasajero, un funesto empeño? ¿Pero por tan poca cosa has de resistir a un Dios que te llama y privarte de las riquezas inestimables de que quiere colmarte?

Ven, porque yo soy tu único remedio; por todas partes no hallarás sino traición, infidelidad, flaqueza, dureza, aflicción y miseria; yo soy únicamente del que puedes confiarte, y en quien encontrarás socorro y consolación.

Ven a mí, porque no busco ni deseo más que tus intereses y felicidad. Tú has corrido hasta aquí en seguimiento de los que no respiraban sino tu perdición, que te han prendido, despojado, deshonrado, herido, puesto en cadenas, y que te preparan un suplicio eterno; reconoce tu error , y abandónalos en el momento por venir a mí, que no quiero sino tu salvación.

Ven a mí, porque hallarás todo lo que puedes desear; si el hambre te aflige, yo soy el pan del Cielo; si la sed te atormenta, yo soy la fuente de agua viva; si las tinieblas te rodean, yo soy la verdadera luz; si la pobreza te abruma, yo soy la soberana riqueza; si la debilidad te abate, yo soy la misma fuerza; si la muerte te amenaza, yo soy la vida eterna.

Ven, y te aliviaré de esa multitud de males de que estas agobiado, y para los que no hallas remedio. Te aliviaré de la pesada carga de tus iniquidades, que por su pesadez van a arrastrarte al fondo de los abismos. Te aliviaré del peso de tu concupiscencia, que te hace caer a cada paso, y a cuyos movimientos no tienes fuerza para resistir. Te aliviaré de las cadenas de tus malas costumbres que te tienen liado y agarrotado, y te impiden caminar por las rutas del Cielo. Te aliviaré del yugo del mundo, que por sus máximas, por sus leyes, por sus costumbres, por sus consejos, por sus solicitaciones, y por los negocios de que te carga, o que te excita, procura empeñarte en el pecado. Te aliviaré de las duras fatigas que te causan los combates continuos de tus enemigos invisibles, que están siempre encarnizados contra ti, y emplean igualmente la fuerza y la astucia para perderte. Te aliviaré de las penas y dificultades que encuentras en el cumplimiento de tus obligaciones y en la práctica de la virtud. Te revestiré de una fuerza que te hará superior a todo. Te aliviaré en fin de los trabajos continuos de la vida presente, en donde la pobreza, el menosprecio, la persecución, la injusticia, la enfermedad, y una muchedumbre innumerable de miserias, que forman como una cadena continua de males, no te dejan descansar; pero yo, o detendré su violencia, o te daré fuerza para soportarlos de una manera que hará tu gloria y tu corona.

¡Ah! ya que Vos me llamáis con tanta bondad, ¡oh Divino Salvador mío! aquí me tienes; rompo gustoso todos los lazos que me unían a las criaturas por venir a Vos, porque Vos sois mi único bien, mi única esperanza, y mi único consuelo.

Vengo a descargarme a vuestros pies de la pesada carga de mis pecados, ¡oh Salvador mío! y os ruego humildemente, que no sea de nuevo requerido en el Tribunal de vuestra Justicia.

Vengo a buscar en Vos la fuerza de rechazar a este enemigo doméstico que tengo dentro de mí; quiero decir, a mi concupiscencia; la de reprimir la violencia de mis pasiones, y la de corregirme de mis malos hábitos.

Vengo a buscar socorro en el seno de vuestra misericordia, para librarme de la corrupción del siglo presente, y resistir las impresiones malignas que hacen en mi corazón y entendimiento la opinión, la costumbre, el mal ejemplo, los consejos e importunidades de sus partidarios y los atractivos seductores de las riquezas, de los placeres, y de las grandezas de la tierra.

Vengo a ponerme en vuestros brazos para buscar un asilo contra el furor de mis enemigos invisibles, que me rodean de continuo para perderme y a cuyo poder y astucia no podré resistir.

¡Oh Divino Jesús mío! ya que me habéis llamado con tanta bondad, ¿me desechareis cuando vengo a Vos atraído por la dulzura de vuestro amor, y por la infalibilidad de vuestras promesas? ¡Ah! ¿Qué será de mí, si Vos me desamparáis? ¿A quién recurriré, si Vos me abandonáis? ¿Quién me defenderá de mis enemigos, si Vos no me protegéis? ¿Quién me sanará de mis enfermedades, si Vos no las remediáis? ¿Quién me librará de tantos peligros, a que sin cesar me veo expuesto, si Vos no lo hacéis?

No puedo sino perecer mil veces, si Vos no me salváis. Me pongo, pues, en vuestros brazos, y en el seno de vuestra infinita caridad; recibidme en ese seno, ¡oh Jesús mío! como una de vuestras ovejas, según me lo habéis prometido por vuestro Profeta; tenedme en vuestros brazos, y no sufráis que nadie arrebate mi alma; compadeceos de mi flaqueza y llevadme Vos mismo a vuestro aprisco celestial. Amén.