Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Soledad

Sermones-Ceriani

SERMÓN DE SOLEDAD

Contemplemos la Pasión de Cristo, el acontecimiento más santo e importante de la historia del mundo.

Acompañemos a Nuestro Señor y a Nuestra Señora con humildad, con tristeza, con profunda compasión.

¡Sí! Identifiquémonos con sus sentimientos… Compasión… Padecer junto con…

Hubo un hecho especial en la vida del Verbo Encarnado que es su punto culminante; una obra que embargaba su pensamiento; el plan de la misma llenaba su Corazón; y la realizó y la rubricó con su Sangre: “opus Christi”. Esta obra es la Pasión.

Enseñó, pronunció muchas palabras dulces y vigorosas, pero condensó sus anhelos, sus energías en una palabra: “verbum crucis“…

Hizo muchos signos y prodigios, pero quiso ofrecernos éste de un modo especial: “signum crucis“…

Es lo que apreció, lo que amó; por ésto ofrendó su vida. ¡Oh, alma vigorosa, pronta al sacrificio!

¿Y qué es lo que transmite esta obra, esta palabra, este signo?

En primer lugar, la grandeza infinita de Dios, ante la cual Jesucristo se aniquila… en dolores, en ignominias, en la muerte.

Dios es grande, es un poder silencioso, que todo lo domina…

Es tan grande el Señor que todo se inclina ante Él; se inclina su mismo Hijo unigénito, en medio de indecibles dolores… El Hijo santísimo de Dios se hace víctima…

Enseña, en segundo lugar, el culto y la reparación ofrecidos a Dios…

En la oscuridad del mediodía, en el templo que tiene por techo la bóveda celeste y en el que se han corrido negras cortinas, oscuros nubarrones, Cristo adora, implora, aplaca al Señor “cum clamore valido et lacrymis”; se oyen sus palabras de súplica: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

También pregona la necesidad de la redención. Necesitarnos redención; no podemos librarnos del pecado, de los males, de la muerte eterna, si Dios no nos saca de en medio de ellos y no nos levanta.

La razón y la cultura nos corregirán, nos remendarán; pero nunca podrán vencer el mal que triunfa, nunca podrán quebrantar el poder funesto de nuestros pecados.

Hagamos un acto de fe en el bien triunfante, en la redención de Cristo.

Esta obra manifiesta el amor de Dios. Jesús aprecia nuestra alma, nos ama hasta la muerte; murió por nosotros. La Pasión es el alma de Cristo al rojo vivo. Con este amor se presenta a nosotros y nos dice: “Os conquistaré”.

Y realmente nos conquista; con su Sangre infundió bríos de heroísmo a los cristianos. Educó apóstoles y mártires; suscitó, además, la más profunda corriente de compasión.

Finalmente, ilustra cuán profundo es el infierno. Midámoslo por la Pasión de Cristo. Debe de ser sin fondo el abismo al borde del cual se ha de poner una señal como la Cruz para precavernos.

Profundamente conmovidos hemos de hincarnos ante la señal sagrada que nos amonesta a voces contra nuestra vida pecaminosa.

+++

El sentimiento que más nos emociona de Jesús paciente es la profunda compasión que nos tuvo.

Fue tan misericordioso como el gran samaritano que, por caminos rocosos, acude a prestar ayuda a la humanidad moribunda.

Fue como el gran auxiliador, a quien esperaba, desde tiempos inmemoriales, el hombre paralítico de la piscina probática.

Si quieres, puedes salvarnos”…, resonaba en su alma, de lo contrario se perderán; no hay otro que pueda quererlos hasta el punto de curarles; sin Ti se pierden sus almas…

Esta súplica es lo que encendió la “caritas patiens Christi“. Y Cristo fue compasivo…

La Pasión de Cristo es también para nosotros escuela del amor compasivo.

¿Me amas?”, nos pregunta el Señor… ¡Oh!, si me amas, ten piedad de Mí…

Y las almas amantes son como personificaciones de la misericordia divina.

La primera es la Virgen Dolorosísima, que tiene el Corazón traspasado.

Junto a Ella están San Juan, María Magdalena… y toda la larga lista de almas que acompañan, compasivas, al Señor en Cruz…

San Pablo enseña que “hemos de sentir lo que sintió Cristo“, que hemos de ser almas compasivas…

San Pedro, el hombre en cuyo rostro las lágrimas abrieron dos surcos, San Francisco de Asís y las desposadas santas de la misericordia, rebosan de compasión para con el Señor.

Con la Beata Camila Varano también yo ofreceré por lo menos una lágrima cada día al Señor.

Tener compasión del que sufre es un afecto natural del hombre. Jesús quiere que le tengamos compasión; sufre para que el amor de Dios sea el amor más fácil; para que no haya corazón que se cierre a su amor.

En su Cruz nos enseña a amar, porque nos obliga a tenerle compasión…

Y esto le place a Jesús.

Pero se queja de la dureza del corazón: “Esperé que algunos se condoliesen de mí, mas nadie lo hizo; o quien me consolase, y no hallé quien lo hiciese“.

Pide compasión: “Acuérdate de mi miseria y persecución, y del ajenjo y de la hiel“.

A Ángela de Foligno le dijo Jesús: “Que te bendiga mi Padre porque tuviste compasión de mis dolores”.

A San Francisco, que preguntó qué es lo que sobre todo había de amar, se le respondió por tres veces: “Passio Domini nostri Jesu Christi”.

+++

La Madre Dolorosa se presenta como modelo de compasión.

Jesús confía en su Cruz; confía en que conmoverá al hombre, ya que en su Sagrada Pasión se abren fuentes profundas de gracias.

Una de estas fuentes es su Madre Santísima.

Al considerar la Pasión del Señor, sobresale en Ella un rasgo admirable, un rasgo que acentúa lo trágico: es su Madre.

Va por la Vía Dolorosa…

Esta vía es también camino de sepelio; en el cortejo fúnebre va su Madre.

Es también una procesión de ignominia, de escarnio, de desprecio y de maldición; y en este cortejo anda su Madre, la mujer que tanto amó.

¡Meditemos las tinieblas que debieron de envolver el alma de esta mujer en la noche del odio y del desprecio!

¡Cómo herirían su Corazón las blasfemias e improperios, y cómo pronunciarían sin cesar sus labios el nombre dulcísimo, en medio de un mundo amargo y cruel: Jesús mío, Hijo mío!

El amor de Dios no exime al alma más dulce de andar por el camino del dolor y de la ignominia.

El amor de Dios es fuerte, exige sacrificio, una entrega y una perseverancia incondicionales.

+++

El pueblo lo estaba mirando todo, y a una con él los principales hacían burla de Jesús…

Pero allí estaba también alguien más, alguien que, juntamente con Cristo silencioso, se anegaba en dolor profundísimo; allí estaba, al pie del patíbulo del Hijo…, su Madre, la mujer para la cual toda aquella befa era una espada afilada, una espada de dolor…

Estaba de pie… ¡A qué extremos ha llegado desde que bajó sobre ella el Espíritu Santo en Nazaret, desde que escuchó en Belén el canto del Gloria!

¿Dónde están los Ángeles del Pesebre?

¿Dónde están los Magos, que fueron guiados por una estrella del cielo al Párvulo que descansaba en el regazo materno?

¿Dónde están los Magos, que simbolizaban y preludiaban el homenaje de las naciones?

Mira, Madre Santísima, ¡qué homenaje, qué fiesta!

¿Dónde está la casa en que jugueteaba el Niño?

¿Dónde está Nazaret, la realización del Dios con nosotros?

¿Dios con nosotros? ¿Lo es también ahora, también aquí?

¡Sí!, a través de alegrías y amarguras, el Señor va conduciendo a su esclava; y Ella sigue fielmente al Señor; fielmente…, en medio de la ignominia, del escarnio, de la duda, de la negación.

Es fiel, nunca duda; es fiel, cree firmemente… y ama…

¡Acudid, hombres!, para aprender a creer, para aprender a deteneros en la pendiente de la apostasía y de la decadencia.

+++

Habiendo mirado, pues, Jesús a su Madre, y al discípulo que amaba, el cual estaba allí, dice a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre.

Jesús se despide: ¡Adiós, Madre mía! Tú que me envolviste en pañales, cubre ahora mi cuerpo con el sudario… Tú que besaste los ojos brillantes del Niño, cierra ahora estos mis ojos sufrientes… Tú que me recostaste en el pesebre, colócame ahora en el sepulcro… Tú me concebiste al saludo del Ángel, recibe Tú como hijo a mi discípulo…

La Virgen Santísima mira a Jesús y susurra orando: Dios Te bendiga, Dios Te bendiga, Hijo mío, luz de mis ojos; entra en tu Reino.

Enseña San Bernardo que el Martirio de la Virgen  constituye la duodécima de las estrellas que adornan la diadema que ciñe su purísima frente.

Dicho martirio lo tenemos expresado en la profecía de Simeón y en la historia de la Pasión del Señor.

Este Niño, dijo Simeón hablando de Jesús, está destinado para ruina y resurrección de muchos y será el blanco de la contradicción de los hombres, lo que será para ti, oh María, una espada que traspasará tu alma.

Sí, verdaderamente, Madre bienaventurada, traspasó tu alma la espada, pues no pudo ésta atravesar el cuerpo de tu Hijo sin antes traspasar tu Corazón.

No tocó su alma la lanza cruel que abrió su costado, pero traspasó indudablemente tu alma.

Su alma ya no estaba allí, mas la tuya no se podía de allí arrancar.

Traspasó, pues, tu alma la fuerza del dolor, para que, no sin razón, te prediquemos más que Mártir, habiendo sido en ti mayor el afecto de la compasión, que pudiera ser el sentimiento de la pasión corporal.

Mas acaso dirá alguno: ¿Por ventura no supo anticipadamente que su Hijo había de morir? Sin duda alguna.

¿Por ventura no esperaba que luego hubiera de resucitar? Con la mayor confianza.

Y a pesar de esto, ¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera.

Por lo demás, ¿quién eres tú, cristiano, o qué sabiduría es la tuya, que te extrañes más de María compaciente, que del Hijo de María paciente?

Él pudo morir en el cuerpo, y María ¿no pudo morir juntamente en el corazón?

A nosotros nos toca ahora consolar a la Virgen Santísima, porque la amamos y compartimos su dolor; somos suyos.

Ella se vuelve a nosotros con su tristeza. Es de noche en torno del patíbulo… Ahí está la Madre Dolorosa; grande como el mar es su dolor.

Fuente sagrada del amor, Virgen Santísima, haz que la amargura de tu alma sea también la amargura de la mía.

Madre tristísima de mi alma, confío en Ti, porque Tú grabaste mi nombre en tu Corazón con el dolor del Viernes Santo; y si este dolor nunca lo puedes olvidar, ¿cómo podrías olvidarme a mí?

¡Oh, Jesús mío!, tomo prestados de tu Madre los méritos de la propiciación; y así podré acercarme confiado a tu Sacratísimo Corazón.

+++

Contemplemos la Virgen Dolorosa…

Su amor sin medida la hizo capaz de la más dulce simpatía; en su alma quedaron impresos, como en cera caliente, todos los rasgos del rostro de Cristo.

La salutación angélica, Belén y Nazaret despertaron todas las energías de su ser sensible, y con estas energías abrazaba a su Hijo.

Su alma vivía del alma del Hijo; las sombras profundas que se proyectaban sobre el alma del Hijo, eran hondos dolores en la suya.

Conocía Ella la profecía de Isaías; sabía lo que el profeta había anunciado respecto de su Hijo; ya conocía por experiencia los caminos pedregosos de Dios; Belén y Egipto no le hablaban de poderío, antes bien le proponían pensamientos de dolor y de sufrimiento…

Su alma rebosaba de sentimientos profundos para con Jesús, y allí quedaban grabados todos los dolores, azotes, llagas y suspiros de su divino Hijo.

¡Cómo fue penetrando en su alma el leño de la Cruz, a modo de inexorable barrena, durante treinta y tres años!

¡Cómo flameaba allá dentro el dolor crudelísimo del Viernes Santo!

He aquí la escuela de la compasión.

De Ella hemos de aprender a tener compasión y a amar.

Jesucristo no hizo grabar en piedra ni en madera el recuerdo de su Pasión y muerte; los evangelistas, por cierto, las consignaron, pero ha sido en unas breves líneas.

Pero sí imprimió Nuestro Señor este santo recuerdo en los corazones; y la impronta más fiel, más profunda, magistral y dolorosa la guarda el Corazón Doloroso de la Virgen Santísima.

Para consuelo del cristianismo, Nuestro Señor confió sus llagas, sus cardenales, sus dolores y suspiros al Corazón de la Virgen Santísima.

En este Corazón están depositados y se guardan intactos todos los rasgos y trazos de la Pasión; quien sea capaz de penetrar en el Corazón de la Madre Dolorosa, encontrará allí, con toda su triste sublimidad, la Pasión siempre viva y siempre atormentadora de Cristo.

La Pasión conserva la imagen de aquel Serafín, de corazón traspasado, que estuvo en pie junto al árbol de la Cruz, la Madre Dolorosa.

La Virgen Santísima hubo de estar al pie de la Cruz porque amaba a Jesús. El Señor la unió consigo en su dignidad, en su gracia y alegría; y por esto también en sus padecimientos y tristezas.

Ella no podía quedarse a distancia, no podía detenerse al pie del monte Calvario; así como comparte la corona, el trono, el Corazón de su Hijo, así debe compartir con Él las amarguras.

Ella es la mártir de la compasión piadosa.

Sufre con Él, porque le ama.

Ofrece satisfacción juntamente con Él, padece con Él, porque no puede separarse de su Hijo.

Le acompaña en su tristeza, llora por nuestros pecados, y es la primera de esa serie de almas inocentes, que sufren por los pecados ajenos y se ofrecen a Dios como víctimas expiatorias.

+++

A muchos les parece enfermizo este espíritu; es que tienen un punto de vista erróneo.

Si nos colocamos en el punto de vista del amor supremo, vemos que nos hallamos ante un espíritu magnánimo y ante una fuerza victoriosa.

No hemos de quebrantarnos en nuestra compasión, sino portarnos como valientes esforzados del reino del espíritu.

La Virgen Santísima tenía que estar al pie de la Cruz; tenía que participar en este honor, para que sus méritos creciesen y llegasen hasta el Cielo.

Las misiones trascendentales son misiones arduas. Su camino pasa entre espadas desenvainadas.

A la Virgen Santísima le cupo en suerte la misión sin par de ser estrujada en una entrega total, en el sacrificio supremo; su alma hubo de subir como la yedra trepadora entre las rocas del Gólgota por el leño de la Cruz y susurrar la conocida plegaria: Hágase tu voluntad.

Su alma es como un mar alborotado; y la perla de este mar de amarguras es la entrega incondicional.

Su cabeza inclinada, humilde, bellísima, es obra maestra de Dios.

El Señor la concibió, Él la modeló; y la colocó en medio del mundo oscuro de las almas destinadas al sacrificio supremo, como nuevo modelo de una sublime belleza espiritual.

¡Qué diferencia entre la Virgen bendita y el santo Job! Paciencia, entrega y confianza en ambas partes; mas el empuje patético del dolor de la Madre de Dios es incomparable; el dolor en su caso se hermana con la conciencia de una dicha imperturbable.

¡Ah!, soportar con paciencia, sufrir divinamente; llorar, sí, mas no con el rostro desfigurado, es cosa posible únicamente al que sufre con Cristo.

La paciencia es la belleza del dolor…

De ahí que el dolor de la Virgen Santísima no se manifestara en desvanecimientos, ni en la exasperación mundana de una madre desgraciada, sino en una reacción vigorosa…

La fe, la reacción del amor divino penetró en este dolor, y ordenaba e inspiraba las explosiones del corazón; la virtud lo saturaba todo.

La Virgen comprendía que el dolor es el camino señalado a su divino Hijo; y que, por lo tanto, había de ser también el dolor la misión de Ella; y aceptó los sufrimientos como una distinción.

Deseaba seguir este camino, ya que por él seguía las huellas de Jesús.

Nosotros debemos andar tras las huellas de la Virgen Dolorosa.

Los que aman ardorosamente, dejan impresas huellas blandas, cálidas, aun en la nieve, en el hielo, en la piedra, en la roca.

Sigamos, pues, sus pisadas.

¡Qué cosa más gloriosa y dulce seguir las huella de la Virgen Santísima!

Ella quebrantó la cabeza de Satanás; ¿cómo no va a triturar también las espinas y los abrojos?

Y ahora, oh Madre de misericordia, postrada humildemente a vuestros pies, os ruega la Iglesia con devotísimas súplicas que, pues estáis constituida Mediadora entre ella y el Sol de Justicia, por aquel sincerísimo afecto de vuestra alma, le alcancéis la gracia de que en vuestra luz llegue a ver la luz de ese resplandeciente Sol.