EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz el consuelo de sus penas

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De la Adoración de la Cruz

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El oficio de la adoración de la cruz en el día del Viernes Santo, es un ejercicio santo, y consagrado ya en la Iglesia. Lo que ésta hace en aquel día, puede practicar cada uno privadamente de tiempo en tiempo. Cualquiera sabe que los honores que se hacen de la cruz, se dirigen a Jesucristo, que la honró con su presencia, y la consagró con la efusión de su preciosa Sangre. Adorar la cruz es adorar a Jesucristo, que muere entre sus brazos.

Ve aquí el modo de hacer esta adoración. Coloca un Crucifijo en tu Oratorio o en otro lugar decente y retirado; arrodíllate después delante de Él lleno del espíritu de la fe, y di las oraciones siguientes con todo el sentimiento de piedad, de amor y de dolor de que seas capaz.

¡Cruz preciosa! ¡Altar sagrado en donde mi Redentor ha sido sacrificado en calidad de víctima por la salud eterna de mi alma! Yo os adoro de todo mi corazón.

¡Cruz preciosa! ¡Cátedra sublime, en donde Jesucristo nos ha enseñado las verdades de nuestra salud y anunciado los oráculos de la Divina Sabiduría! Yo os adoro.

¡Cruz preciosa! ¡Tribunal espantoso, desde donde la Divina Justicia irritada despide terribles decretos contra los que se obstinan en abusar de los dones de la gracia! Yo os adoro.

¡Cruz preciosa! ¡Arca de la nueva Alianza, en donde la misericordia y la justicia se han unido para darse el beso de paz, y conciliar para siempre los intereses de su gloria! Yo las adoro.

¡Cruz preciosa! ¡Carro glorioso, en el que un Dios Redentor se ha elevado en triunfo al Cielo, para recibir allí la recompensa después de sus trabajos, y la corona de gloria después de sus oprobrios! Yo os adoro.

¡Cruz preciosa! ¡Refugio de pecadores, asilo de penitentes, apoyo de los justos, consuelo de los afligidos, y dulce herencia de todos los Cristianos! Yo os adoro.

¡Oh Cruz de mi Dios! ¡Qué preciosa eres a mis ojos, y cuánto te debe amar mi corazón! Tú has tenido la dicha de llevar entre tus brazos al mismo Santo de los Santos; Tú has sido regada con su Sangre, y eres elevada sobre los altares; recibes los homenajes de todos los fieles reunidos bajo de tus auspicios; eres el modelo que nos debemos proponer durante nuestra vida, y nos serás presentada a la hora de la muerte, para ser nuestra fortaleza contra las embestidas de nuestros enemigos; aparecerás triunfante y gloriosa en el día del juicio, para servir de consuelo a los justos que te hayan abrazado con respeto, y de desesperación eterna a los réprobos, que te habrán despreciado y maldecido durante su vida.

¡Oh Cruz de mi Salvador! Seas para siempre bendita, glorificada y exaltada entre todas las naciones; lleva la gloria de Jesucristo hasta los últimos confines de la tierra; reina en todo el universo pero especialmente sobre mi corazón; establece en él el imperio de Aquel que, según la expresión de la Iglesia, debe reinar desde un madero: Regnabit a ligno, pero que reinará para siempre en la gloria: Regni ejus non erit finis. (Luc. 11.)

Sólo por Vos, ¡oh Cruz adorable!, sólo por Vos, podemos llegar a este Reino feliz. Recibid nuestras adoraciones y homenajes, y consagrad para siempre nuestros sentimientos y nuestros corazones.

 

 

Modo de consagrarse a la Cruz de Jesucristo

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¡Cruz adorable de mi Salvador! Yo vengo en este momento a consagrarme a Vos para siempre. Penetrado de respeto, y al mismo tiempo del dolor de mis culpas, de reconocimiento y de amor a mi Salvador, vengo a arrojarme a vuestros pies, suplicándoos que me recibáis en vuestros brazos. Me consagro a Vos por todos los días de mi vida, y juntamente mis pensamientos, mis palabras, mis sentimientos, y mis acciones; deseo que en adelante sea todo sellado en mí con el sello de la Cruz, y sobre todo, ¡oh cruz adorable! que seáis grabada en mi corazón.

No, no basta el teneros siempre delante de mi vista, ni llevaros sobre mis hombros, sino que deseo colocaros en mi corazón para que Vos reinéis allí, y reine Jesucristo con Vos y por Vos.

Conozco bien mi flaqueza, y siento todo el peso de mi miseria, y por lo mismo no pediré cruces a mi Salvador; pero, si este Señor me las enviase y quisiese unirme a Él para llevarlas, las recibiré de su mano con humildad y sumisión; me tendría por muy dichoso si participase del cáliz de su amargura.

He merecido mil veces el infierno por mis culpas, ¿y me quejaría yo de llevar la Cruz?

El Dios a quien yo adoro ha sido clavado en un madero, ¿y tendré yo motivo de afligirme estando al pie de este sagrado leño?

No por cierto; si la cruz me parece pesada, su gracia me ayudará, me sostendrá, me servirá de fuerza y de consuelo.

¡Oh Cruz amable! No quiero sino estaros consagrado toda mi vida, y mantenerme en estos mismos sentimientos; espero que a la hora de mi muerte os tomaré entre mis manos y daré el último aliento en vuestros brazos, para que mi alma sea dirigida a las manos de su Criador. ¡Ojalá que así sea!

Consejos saludables

Ten siempre presente que después de haberte consagrado a la Cruz de tu Redentor, debes considerarte como una víctima que se le ha sacrificado.

Renueva muchas veces el sacrificio que has hecho de ti mismo, y de este modo se animará tu fervor y tus sentimientos.

Cuando padezcas alguna tribulación, o te veas en algún trabajo, piensa que Jesucristo quiere por aquel medio unirte más íntimamente a su Corazón y a su Cruz.

Pide frecuentemente la gracia de conocer más y más el precio de la Cruz, y la necesidad de llevarla, y especialmente la gracia de morir entre sus brazos.

Desde el seno de la Cruz debemos pasar al seno de Dios.