Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Jueves Santo

Sermones-Ceriani

JUEVES SANTO

ºConsideremos el ánimo de Jesús en la noche del Jueves Santo…

El espíritu sublime de Jesús llena la sala de la Última Cena.

También las almas tienen sus irradiaciones; las almas grandes difunden su influencia en sus obras e instituciones.

Última Cena

¿Hay obra o institución parecida a la Santísima Eucaristía?

En Ella está, no solamente el espíritu de Jesús, sino Él mismo, con los sentimientos de aquella noche santa, misteriosa, llena de amor.

Su sentimiento dominante es el amor, que nada quiere saber de separaciones; esta obra divina nos habla de amor, de pensamientos incomparables, heroicos.

Debemos medir lo que sintió Cristo. En sus ojos arde un fuego profundo; está agitado; emociones ardorosas llenan su alma…

Debe separarse: he ahí el dolor, el tormento de su Corazón.

Pero vence su amor: en memoria suya va a dejarnos su presencia misteriosa, sacramental.

El amor de Cristo no se opone a la verdadera naturaleza del amor; quiere estar con sus amados y va a crear la posibilidad de hacerlo.

Ve delante de sí el cordero pascual, y ante los ojos de su alma se abren las perspectivas de una noche horrenda, las de aquella noche en que el pueblo israelita emprendió la huida; detrás van las huestes de Faraón, delante está el mar, el desierto… Y un hombre insigne que ora…

El anciano Moisés levanta su vara y la extiende sobre el mar; éste se divide para abrir paso a Israel y sepultar luego al ejército de Faraón.

Es una figura. La realidad es ésta: en la noche del pecado, la humanidad se precipita hacia su sepulcro eterno; mas se presenta el Hijo de Dios, y con su vara, con su Cruz abre el camino de la salvación, para aquellos que lo acepten, y les cierra el del infierno.

El Nuevo Sacrificio, la Santa Misa, es la santa señal eficaz de haberse cerrado nuestro sepulcro eterno.

Sacrifico del Altar

Todos los misterios de Cristo son esencialmente misterios de fe, tanto, que sin ella no podríamos ni aceptar ni contemplar ninguno de ellos.

No obstante, es distinto en cada uno el grado de luz que alumbra nuestra fe; hay bastantes sombras y bastante oscuridad para que la fe resulte meritoria.

Pero una luz intensa nos ayuda; por lo cual, en todos esos misterios vemos que se manifiesta la unión de la divinidad con la humanidad.

Existe, sin embargo, un misterio, el misterio de la Sagrada Eucaristía, en el cual, en vez de revelarse, la divinidad y la humanidad de Cristo, se eclipsan ambas ante nuestros sentidos.

Sólo la fe, traspasando los velos de las especies eucarísticas, penetra hasta las realidades divinas que allí yacen ocultas.

Sin la fe, sólo veremos pan y vino, jamás veremos a Dios.

Pero es que ni siquiera vemos al hombre; como dice santo Tomás en el himno Adoro te devote: In cruce latebat sola deitas; at hic latet simul et humanitas, esto es, En la cruz sólo estaba escondida la divinidad; pero aquí está velada también la humanidad.

En la Sagrada Eucaristía sólo cabe la fe pura y basada únicamente en las palabras de Jesús; “Esto es mi cuerpo; Este es el cáliz de mi sangre”, porque, ante todo, es un misterio de fe.

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La Sagrada Eucaristía es Sacrificio.

No hay más que un sacrificio pleno y perfecto, por el cual quedó saldada y expiada toda la deuda. Él es causa de todo mérito y fuente de toda gracia; es el sacrificio del Calvario.

Para que los méritos de este sacrificio se aplicasen en todo tiempo a todas las almas, quiso Jesucristo que fuese renovado en el Altar.

El Altar es como otro Calvario, en el cual se renueva la inmolación de la Cruz.

Lo que se ofrece e inmola sobre el Altar es el Cuerpo de Cristo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nuestra salvación.

El Pontífice es el mismo Jesucristo, el cual se ofrece valiéndose del ministerio de sus sacerdotes.

Todos habríamos tenido que morir a causa de nuestros pecados; pero el Señor no habría aceptado la satisfacción de ningún mortal; por eso envió a su Hijo para que, en atención a su sacrificio, pudiese usar Él de misericordia con todos nosotros.

Calvario

Desde entonces no hay otro sacrificio en la tierra; pero éste lo ofrecemos sobre los altares.

Tengámoslo en gran estima. Aprovechémoslo. Así consolamos a Jesús, aplacamos a Dios y nos enriquecemos a nosotros mismos.

¿Cómo no hemos de pensar en la Pasión, cuando asistimos al Sacrificio Eucarístico, si en todo es idéntico al de la Cruz, salvo el modo incruento con que se realiza la oblación?

Dice el Concilio de Trento: “En este divino sacrificio que se realiza en la misa, está contenido y es inmolado en forma incruenta aquel mismo Cristo que en la cruz se ofreció a sí mismo en forma cruenta“.

Se necesita amor para este misterio. Jesús lo instituyó porque amaba. El amor es una fuerza creadora; inspira la voluntad para hacer cosas grandes. Creó Dios el mundo, porque ama; vuelve a crear un nuevo mundo, porque ama. Este amor inspira fe; el que sabe amar, sabe también creer. Nos credidimus caritate

Solamente el amor grande es capaz de contestar a todas nuestras preguntas:

¿Tenemos un Redentor?

¿Es Dios?

¿Perdona?

¿Es posible morir por amor a los hombres?

¿Es posible odiar eternamente como en el infierno?

El amor puede brindarnos respuesta; sin el amor no tenemos la clave para dar solución a estos problemas.

Mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Por vosotros, para que no perezcáis; en sustitución vuestra me presento ante la justicia de Dios; su ira se descargará sobre Mí.

Esto no es una injusticia, sino la revelación flameante del amor que ofrece satisfacción y aplaca.

Con estos sentimientos de sacrificio está presente Jesucristo en la Santa Misa; con estos sentimientos se presenta ante el acatamiento de Dios; se coloca entre el Padre celestial y nosotros; y por virtud de su amor y sus llagas sacratísimas nosotros pedimos y esperamos la gracia de Dios…

Por nosotros se entrega Cristo… ¡Qué alegría, qué tesoro es ésto para nosotros! ¡Qué sublime sacrificio es la Santa Misa!

La Santa Misa significa ofrendar a Cristo que ama, que se humilla, que aplaca a Dios. Creemos que el Señor nos amó hasta el punto de abrazar la muerte por nosotros, y que ahora se ofrece también como víctima en el Sacrificio Eucarístico.

Hemos de compartir estos sentimientos de Jesucristo, así sabremos adorar, aplacar, entregarnos de veras. No hay afecto más profundo, más ardoroso que el de ser víctima espontánea.

Necesitamos una víctima… La necesitamos; ahora y siempre, para aplacar a Dios en esta tierra pecadora.

Es así como hemos de adorar al Infinito… Así, con un acto de aniquilación….Y en el Gólgota Jesús se entrega por completo, sin reserva, por amor a nosotros. Entrega su alma, derrama su sangre, lo que viene a ser una nueva expresión del hecho transcendental de que Dios es el Señor, de que Dios lo es todo, y hay que adorarle, hay que amarle, y hay que aplacar con todos los medios su Majestad ofendida.

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Si consideramos ahora la Sagrada Eucaristía como Sacramento, descubrimos en Ella admirables propiedades que sólo un Dios pudo inventar.

Según las palabras mismas de Jesucristo, una de las figuras más características de la Eucaristía, fue el maná; por eso, Él insiste tanto cuando compara este manjar, alimento llovido del cielo a los hebreos en el desierto, y el pan eucarístico que Él iba a dar al mundo.

El autor del libro de la Sabiduría comenta, en los siguientes términos la bendición del maná para Israel: Nutriste a tu pueblo con un alimento de ángeles y sin que ellos se fatigaran, les enviaste desde el cielo un pan ya preparado, capaz de brindar todas las delicias y adaptado a todos los gustos. El sustento que les dabas manifestaba tu dulzura hacia tus hijos, porque adaptándose al gusto del que lo comía, se transformaba según el deseo de cada uno.

La Iglesia ha recogido estas hermosas palabras para aplicarlas a la Eucaristía en el oficio del Santísimo Sacramento y en realidad, la aplicación calza perfectamente.

La Eucaristía, así como el maná, es alimento, pero alimento espiritual: Jesucristo se entrega a nosotros como sustento nuestro: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Como el maná, la Eucaristía es un pan bajado del cielo; pero aquél no era sino una figura imperfecta de Esta. Por eso, Cristo decía a los judíos que le recordaban el prodigio del desierto: Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo.

Como los judíos murmuraban al oírlo llamarse “el pan bajado del cielo“, Jesús añade: Yo soy el pan de Vida. Vuestros padres, en el desierto, comieron el pan y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Comunión Jesucristo

Entre todas las propiedades que la Sagrada Escritura atribuye al maná, hay una que parece más notable y es que el maná adaptándose al gusto del que lo comía, se transformaba según el deseo de cada uno.

En la Sagrada Eucaristía podemos encontrar también, en cierto modo, el sabor especial de todos los misterios de Cristo y la virtud de todos sus estados.

Si esto es cierto, tratándose de la simple contemplación de los misterios, ¿cuánto más poderosa no será la acción de Jesús cuando habita en nosotros por la Comunión Sacramental?

Esta unión es la más grande y más íntima que podemos tener en este mundo con Cristo: la unión que se verifica entre el alimento y el que lo toma.

Cristo se entrega para ser nuestro alimento; pero, al revés de lo que sucede con el sustento corporal, en este caso, somos nosotros los asimilados a Cristo y Él se hace nuestra vida.

El primer fruto del maná era el de alimentar; igualmente, la gracia propia de la Eucaristía consiste en conservar la vida divina en nosotros, haciéndonos participar de la vida de Cristo.

Así como el maná todo entero se acomodaba a los deseos del que lo comía, así también la vida que Cristo nos da por la comunión es toda su vida, la cual pasa a nosotros para ser el ejemplar y la forma de nuestra vida, para producir en nosotros los diversos sentimientos del corazón de Jesús, para hacernos imitar todas las virtudes que Él practicó en sus diversos estados y derramar en nosotros las gracias especiales que nos mereció al vivir por nosotros sus misterios.

La Comunión nos da en sustancia todos los estados de la vida de Jesús, con sus propiedades, su espíritu peculiar, sus méritos, su virtud.

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La oblación del altar renueva la inmolación del Calvario, para perpetuar su recuerdo y aplicarnos sus frutos.

Al asistir a Misa, nos asociamos y estamos unidos a Cristo inmolado.

Después de la Consagración, en la tercera oración que le sigue, el sacerdote junta las manos y las apoya sobre el altar. Este gesto significa la unión con el sacrificio de Cristo.

Mientras tanto, ora de este modo: Humildemente te suplicamos, oh Dios todopoderoso, que mandes transportar estas ofrendas por manos de tu santo Ángel a tu altar celestial y hasta el acatamiento de tu divina Majestad: a fin de que todos cuantos, comulgando en este altar, recibiéremos el santo Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, seamos colmados de todas las bendiciones y gracias celestiales.

… Jube haec perferri in sublime altare tuum, in conspectu divinae majestatis tuae… Mandes transportar estas ofrendas  a tu altar celestial y hasta el acatamiento de tu divina Majestad…

La Iglesia pone aquí en relación dos altares: el de la tierra y el del Cielo; queriendo indicar con eso que no hay más que un sacrificio.

La inmolación realizada sacramentalmente en la tierra es una con la ofrenda que Cristo, Nuestro Sumo Sacerdote, hace de sí mismo en el seno del Padre, al cual ofrecemos por nosotros las expiaciones de su Pasión.

Estas ofrendas, Haec, esas cosas de que habla la oración son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Jesús; pero son este Cuerpo y esta Sangre con nuestros votos y oraciones, y todo esto junto compone una misma oblación.

Así que, en este solemne momento después de la Consagración somos introducidos “detrás del velo“, en el santuario de la divinidad; pero lo somos por Jesús y con Jesús.

Y allí, delante de la Majestad infinita, en presencia de toda la corte celestial, somos presentados con Cristo al Padre para que al participar aquí de este altar, bendecidos por su gracia, tengamos también parte en la plenitud de su Reino.

San Gregorio Magno dice: Entonces, solamente entonces, Cristo es nuestra hostia, cuando nos ofrecemos nosotros mismos con Él para participar, con nuestra generosidad y nuestros sacrificios, de su vida de inmolación.

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El Sacrificio Eucarístico nos da el Sacramento; no se participa enteramente del Sacrificio, sino uniéndose a la Víctima.

Por la Sagrada Comunión realizamos totalmente los deseos del Corazón de Jesús al instituir la Eucaristía: En, verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne verdaderamente es comida y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en Mí permanece y Yo en él. De la misma manera que Yo, enviado por el Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí. Este es el pan bajado del cielo, no como aquel que comieron los padres, los cuales murieron. El que come este pan vivirá eternamente.

Por tanto, la comunión es el primero de los deberes eucarísticos.

¿Por qué la Iglesia concede tanta importancia a la adoración de la Sagrada Eucaristía? Se trata de un tributo de fe. El hombre que no tiene fe no se pone de rodillas delante de la Sagrada Hostia. Esta reverencia brota y se nutre de la fe.

Ahora bien, la fe es la primera disposición para recibir el fruto de la redención de Cristo, es decir, renacer a la vida divina de la gracia y hacernos participantes de la adopción eterna.

La Sagrada Eucaristía nos une primeramente a la Sagrada Humanidad de Cristo; y esta unión es obra de la fe.

Cuando creemos que la Humanidad de Jesús es la Humanidad del Hijo de Dios, la propia Humanidad del Verbo, y que en Él no hay más que una sola Persona divina; cuando con toda la energía y plenitud de nuestra fe, adoramos esta santa Humanidad, por medio de ella entramos en contacto con el Verbo, puesto que ella es camino que nos lleva a la divinidad.

No vemos más que las apariencias de pan y de vino; pero, por haberlo dicho Él, lo creemos presente bajo humildísimas apariencias.

Estas nada hablan a los sentimientos, sólo la fe nos hace penetrar hasta la realidad divina, encubierta bajo los velos eucarísticos.

Claramente lo expresa el himno Pange lingua de Santo Tomás de Aquino: Præstet fides supplementum sensuum defectui, Que la fe preste un suplemento a la falla de los sentidos.

El que ha comulgado se transforma en un verdadero santuario, porque la Eucaristía, al comunicarle el Cuerpo y la Sangre de Cristo, le da, además, la Divinidad del Verbo.