EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz el consuelo de sus penas

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De la caída de San Pedro y de su penitencia

Carl-Heinrich-Bloch-The-Denial-of-Peter

¿No era bastante, ¡oh adorable Salvador mío!, el que Vos sufrieseis en vuestra Pasión de parte de vuestros enemigos, los escribas, los fariseos, los gentiles, y de todo un pueblo enfurecido, sino que aún era necesario que vuestros mismos Discípulos contribuyesen a aumentar vuestros tormentos y dolores?

Y aun entre vuestros Discípulos, no había sido bastante que el pérfido Judas os hubiese vendido indignamente, ¿sino que también era preciso que los demás Apóstoles os abandonasen, y que el mismo Pedro llegase a poner el cúmulo a vuestros oprobrios y aflicciones?

Pedro, la Cabeza de vuestros Apóstoles, el más distinguido entre vuestros Discípulos, privilegiado entre todos los demás, elegido para ser vuestro Vicario en la tierra; este mismo Pedro infiel, ¡llega hasta el punto de negar a su Divino Maestro, hasta abjurar el título de Discípulo suyo!

¡Ah! Pedro llorará su pecado; pero después de haber abierto en vuestro Corazón la llaga más sensible.

Consideremos en San Pedro, por una parte la enormidad de su caída, y por otra lo grande de su penitencia; y aprendamos de uno y otro a llorar y gemir sobre lo que tiene verdaderamente nuestros llantos y nuestras lágrimas.

Cuando Jesucristo anunció a los Apóstoles que el Pastor seria herido y las ovejas descarriadas, Pedro, arrebatado por el ardor de su celo, o dejándose llevar de su presunción, declaró y protestó que, aun cuando todos abandonasen a su Divino Maestro, él no le abandonaría jamás, sino que le seguiría hasta el fin: non te negabo. (Matth. 26).

Y sin embargo, en la primera ocasión, en la primera prueba, hace todo lo contrario.

Una simple mujercilla se dirige a él, y le pregunta si no es del número de los Discípulos de aquel hombre a quién se le acusa y se persigue; y a esta pregunta queda como enmudecido; le falta el valor, y ya no tiene palabras sino para negar cobardemente a Aquél mismo a quien protestaba seguir hasta la muerte.

¡Que flaqueza! Pero ¡ah! ¿De qué no es capaz el hombre cuando se aparta de su Dios?

A la cobardía añade Pedro la mentira; se le pregunta, si conoce a Jesús Nazareno, y protesta que ni le conoce, ni tiene la menor relación con Él: quia non novi hominem. (Matth. 26).

¿Pero, acaso, no desmiente su corazón aquello mismo que osa pronunciar su boca?

A la mentira añade la ingratitud; porque, ¿qué no debía él a su Divino Maestro, y qué no había hecho Éste por él? Le distinguía en todas ocasiones, le privilegiaba, y comunicaba sus más particulares favores. Pero no, el corazón de Pedro está cerrado a todos estos sentimientos; la ingratitud los ha sofocado todos en su alma.

A la ingratitud añade la infidelidad a sus promesas. Había Pedro protestado solemnemente que no solo no abandonaría jamás a Jesucristo, sino que le seguiría por todas partes, aunque fuese necesario morir por Él. De esta suerte se había obligado con su Divino Maestro, y parecía que su promesa debía ser inviolable; pero, sin embargo de todo esto, falta, a aquella obligación sagrada que había contraído con su Dios y Señor.

A todos estos crímenes añade las blasfemas imprecaciones, cæpit jurare et anathematizare. (Marc. 14.) Los Escribas y Fariseos habían llevado hasta este punto su impiedad; pero de Pedro, ¿quién podía esperar semejante cosa?

A todos estos excesos añade finalmente el escándalo. ¡Ah! ¡Qué ejemplo tan funesto para cuantos fueron testigos, y especialmente para los Apóstoles, que miraban ya a San Pedro como a su Cabeza! ¡Qué triunfo para los enemigos de aquel Dios Salvador el verle abandonado por sus mismos Discípulos, y aun por el más favorecido de todos ellos!

¡Oh Dios de bondad! ¡Qué sensibles no serían a vuestro Corazón todos aquellos excesos, y la indigna conducta de vuestro Apóstol! ¡Cómo podíais Vos esperar semejantes ultrajes de parte de un Discípulo a quien habíais colmado de beneficios!

Pero sin embargo no le abandonáis en medio de su mayor desdicha; vuestra misericordia va como a derramarse en una alma en que tanto ha abundado la culpa.

Le miráis con ojos favorables, y una sola mirada vuestra alumbra su entendimiento, mueve su corazón, obra su arrepentimiento, y asegura su verdadera dicha.

¡Oh y qué mirada tan eficaz, tan poderosa y tan saludable! ¿Qué no puede obrar en un alma una ojeada divina?

¡Oh Dios Salvador y lleno de bondad! Le miráis con ojos de misericordia, y le prevenís de este modo antes que él os busque.

¡Ay de mí! Si Vos no le hubierais iluminado, hubiera quedado sumergido hasta la muerte en aquella triste obscuridad, a la cual hubiera sucedido después una obscuridad eterna.

Le miráis con ojos de compasión, os doléis de su miserable estado, os aflige la desdicha en que le veis; habéis amado a este Discípulo, y no podéis consentir en que se pierda, ni mirarle con indiferencia.

Echáis sobre él una ojeada de ternura; Vos le amáis aún; y por más que haya sido indigno para Vos, vuestro Corazón se interesa aun por él, no obstante que el suyo se haya alejado del vuestro. El Señor ofendido busca al Discípulo infiel, cuando el Discípulo infiel niega y renuncia a su Señor.

Arrojáis sobre él una mirada de caridad, que sale de un Corazón generoso; le ahorráis la vergüenza de que confiese su abominable crimen, le ofrecéis el remedio sin esperar a que os declare su enfermedad, y en medio de vuestras penas y dolores, parece que os olvidáis de vuestras llagas sólo por curar las suyas.

En fin, Señor, le miráis con ojos de un amor que manifiesta bien toda la bondad de vuestro Corazón, que le abre el tesoro de vuestras gracias, que esfuerza su valor abatido, que da nuevo vigor a su confianza débil y enferma, y que, por último, os vuelve y restituye a Vos aquel Discípulo después de un extravió tan triste y tan deplorable.

¡Oh Dios mío! ¡Cuán grande sois en todas las cosas! ¡Pero cuán inefable en misericordia! A vista de un prodigio de bondad como la vuestra, ¿qué pecador se detendrá en no volverse a Vos? ¿Qué enfermo no manifestará sus llagas a un Médico tan piadoso? ¿Qué oveja descarriada no se volverá a buscar a un Pastor tan tierno, para entrar en su redil? ¿Qué hijo pródigo no vendrá a arrojarse entre los brazos de un Padre tan amoroso, para volver a entrar en su corazón?

San Pedro experimentó bien esta bondad inefable, y no pudo resistir a sus saludables impresiones. Es verdad que su caída fue triste y deplorable; pero también la penitencia que hizo fue sincera. Grabad, pues, ¡Oh Dios mío! en mi corazón estos sagrados caracteres, y haced que con ellos vaya siempre sellada mi penitencia.

Si considero las lágrimas de San Pedro, me siento movido y penetrado; quisiera derramarlas con él, y llorar con él; ¡qué feliz seria yo, si habiéndole imitado en su caída y en su infidelidad, le imitase también en sus lágrimas y en su penitencia!

Las lágrimas que derramó San Pedro fueron prontas, egressus. (Matth. 26.) Luego que Jesucristo le mira, entra San Pedro dentro de sí mismo; sale, y se retira para entregarse a su justo dolor; en aquel mismo instante en que es iluminado su entendimiento. Se mueve también su corazón, y no pasa ni un solo momento entre el conocimiento de su crimen y entre su dolor.

Vierte lágrimas sinceras, que aunque es verdad que corren de sus ojos, le salen de lo más íntimo de su corazón. Los efectos que se siguen después manifiestan bien la sinceridad de aquellas lágrimas; porque Pedro no puede sufrir la vista del lugar en que ha pecado; detesta su delito, huye de la ocasión, llora amargamente sus consecuencias; y no hay cosa en el mundo que no esté pronto a hacer y sacrificar para manifestar su dolor.

Las lágrimas que derramó San Pedro fueron también amargas, flevit amare; porque cuando el corazón se halla herido, el alma está penetrada de amargura.

El dolor de Pedro fue tan grande, que no puede explicarse con palabras; sus lágrimas hablan por él, los suspiros son las únicas voces que se le oyen, los sollozos sofocan su misma voz, y su corazón, anegado en un mar de amargura, no puede explicarse sino por un triste silencio, que es más elocuente que todos los discursos.

Sus lágrimas fueron también copiosas; porque fue tan grande su abundancia, que llegaron a formar un surco de dolor sobre sus mejillas, regadas incesantemente a causa de su llanto; surco saludable, monumento sensible de su desgracia y de su dolor.

Fueron sus lágrimas igualmente amorosas; porque el motivo que las hacía derramar no era el temor de la pena que podía merecer su culpa, sino el pesar de haber ofendido a su Dios. Su corazón fue alternativamente herido por el dolor y por el amor; el dolor le hace entregar al arrepentimiento de su pecado, y el amor le abre a la voz de la gracia; uno y otro le atormentan, y le hacen padecer un martirio interior aún más sensible que el martirio de sangre.

Las lágrimas de San Pedro fueron también constantes; porque la fuente de donde corrían no se agotó jamás, ni dejó de correr durante toda su vida. La memoria de su pecado, que tenía sin cesar presente a su entendimiento, le afligía de continuo su corazón. ¿Cómo podía consolarse en medio de la desgracia de haber ofendido al mejor de todos los señores? Sus lágrimas comenzaron con su dolor, y su dolor le siguió siempre hasta el sepulcro.

Y por último, las lágrimas de San Pedro le sirvieron del mayor consuelo, porque todo le parecía amargo; no hallaba dulzura en otra cosa que en llorar; sólo sus lágrimas llenaban a su alma de alegría; la vida no tenía ya para él ningún atractivo sino en cuanto estaba consagrada a su dolor, y sus días y sus momentos los contaba únicamente por sus lágrimas y suspiros.

¡Oh Dios mío! ¡Cuántas veces he pecado como San Pedro! ¿Y cuántas no os he abandonado, desconocido y despreciado? ¿Cuántas miradas saludables no habéis echado sobre mí para que me volviese a Vos? quiero decir, ¿cuántas gracias no me habéis hecho, y cuántas voces no me habéis dado continuamente? Y en fin, Señor, ¿cuántas veces no habéis hecho admirar sobre mí vuestra maravillosa misericordia, y vuestra providencia admirable?

Pero mis lágrimas, ¡oh Dios mío!, ¿han sido prontas como las de San Pedro? ¡Ah! ¡Cuánto tiempo he resistido a vuestras gracias, despreciado vuestras voces, sofocado mis remordimientos, dilatando sin cesar el volverme a Vos, difiriendo de día en día mi conversión, y diciendo siempre mañana, mañana, alejando así mi penitencia, y exponiéndome al peligro de morir como un réprobo!

¿Mis lágrimas han sido sinceras? ¿Era el corazón el que estaba movido, o solamente la boca la que hablaba? ¿Los efectos han correspondido a las palabras? Cuando confesaba mis pecados, ¿conocía toda su malicia?, ¿detestaba sus excesos?, ¿lloraba sus consecuencias?, ¿procuraba reparar sus estragos, ni evitar sus ocasiones?

Vos, Señor, que veis mi corazón, Vos sólo podéis responderme; yo no puedo sino llorar y temer.

¿Han sido mis lágrimas amargas? ¿En dónde estaba aquella amargura saludable, que se derrama sobre el corazón, y hace todo lo demás amargo? ¿No he tenido siempre la misma afición a las dulzuras falsas y engañosas de este mundo, que no han servido sino para seducirme y perderme, cuando debiera yo haberlas mirado con el mayor horror?

¿Han sido mis lágrimas abundantes? Arroyos de lágrimas debieran haber corrido de mis ojos; un sólo pecado mortal bastaba para que mi corazón hubiese sido anegado en lágrimas. ¡Pero ay de mí! ¡Cuántos he cometido, y por cuánto tiempo! Aun cuando derramase tantas lágrimas que fuesen capaces de formar un mar inmenso, aun no serían bastantes para lavar las iniquidades de toda mi vida.

¿Han sido amorosas mis lágrimas? ¿Cuál ha sido el motivo que me las ha hecho derramar? ¿Es acaso, ¡oh Dios mío! el pesar de haberos ofendido el que me mueve? ¿Es un amor verdaderamente filial el que me anima? ¿O es únicamente el temor humano de que me condenéis en el infierno?, esto es un vil interés propio, un temor servil, que no hace sino detener el brazo; pero que jamás convierte el corazón?

Y mis lágrimas, ¿serán constantes como las de San Pedro? ¿No deberían ellas correr mientras durare la memoria de mis culpas? Y así como siempre será verdad decir que he ofendido a mi Dios, ¿no debería ser mi vida un llanto continuo delante de aquel a quien he ofendido?

¡Ah, Señor! He derramado muchas lágrimas durante el curso de mi vida; pero ¿sobre qué y por qué motivos? Sobre sucesos puramente temporales, sobre aflicciones de la vida, sobre reveses de la fortuna, sobre la perdida de algunos bienes, sobre proyectos desgraciados, y sobre esperanzas engañosas; y entonces mis lágrimas, en vez de serme saludables, y de servirme de consuelo, ¿qué otra cosa habrán sido sino lágrimas estériles, lágrimas profanas, lágrimas de disgusto, de inquietud, de angustia, de despecho, y aun quizá de desesperación y de rabia?

¡Ay de mí! He derramado muchas lágrimas por otros motivos, y ninguna por mis culpas; y puede ser que en satisfacción de mis pecados no haya derramado una lágrima sincera y amarga. Bien sé que las lágrimas de los ojos no dependen de nosotros, y que Vos, Señor, sólo os contentáis con las que nacen del corazón; que el dolor puede ser sincero sin que sea sensible; pero, ¡oh Dios mío!, ¿ha sido mi corazón verdaderamente arrepentido, y la penitencia suficiente a vuestros ojos?

ORACIÓN

“¡Oh lágrimas de San Pedro! ¡Oh dolor profundo! ¡Oh conversión sincera! ¡Oh modelo perfecto de penitencia! ¡Con cuánta razón condenareis nuestros dolores superficiales, nuestras conversiones imperfectas, nuestras penitencias defectuosas, nuestros suspiros, y nuestras lágrimas de algunos momentos! ¡Oh Dios mío!, ¿qué habrán sido delante de vuestra vista nuestras conversaciones fingidas? ¿Han penetrado acaso nuestro corazón? ¿Han quebrantado el nuestro? Nosotros hemos sido pecadores; ¿pero somos ahora penitentes? Vos nos abrís vuestro seno para recibirnos, ¿pero nosotros estamos dispuestos a entrar en él? Preparad Vos mismo a mi alma, ¡oh Dios mío! El pecado es obra mía y de mí solo; la penitencia es obra de vuestra gracia. Abrid a mi corazón la fuente preciosa a estas gracias, para que abra en mis ojos una fuente abundante de mis lágrimas, que laven todas mis culpas; o por mejor decir, lavadlas Vos en vuestra Sangre, por cuyo único medio puedo esperar mi perdón”