EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz el consuelo de sus penas

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Humillaciones de Jesucristo en los diferentes Tribunales de Jerusalén

Jesús ante Pilato y Herodes

Después de haberse entregado Jesucristo en el huerto a la tristeza más amarga, para librarnos de la tristeza eterna debida a nuestras culpas, se va ahora a entregar a la confusión más profunda, para preservarnos de la confusión eterna que habían merecido nuestros pecados.

Cuanto más grande es la reputación que se adquiere, es más admirable y universal; y por lo mismo es más grande la vergüenza y confusión cuando esta reputación o fama llega a ser herida, especialmente si se la ofende con desprecios injuriosos, con preferencias indignas, y con juicios públicos y solemnes; esto mismo fue lo que sucedió a Jesucristo en su sagrada Pasión; pues apenas hubo injuria y desprecio con que no se la ofendiese; fue vendido como un vil esclavo, atado como un ladrón famoso, abofeteado como un blasfemo, y conducido delante de los Jueces como un criminal que había cometido los más grandes delitos; tal es la relación de sus ignominias, y la triste carrera en que va a entrar nuestro Salvador.

Veamos cuál fue su reputación, y hallaremos que se le tenía por un Profeta, por el Mesías, y por un Dios, y que era mirado con un respeto que tocaba en adoración; la fama de sus virtudes y de sus milagros habían contribuido a adquirirle esta reputación en Jerusalén, en la Judea, y hasta en las regiones más distantes de la Palestina.

Sigámosle sus pasos desde el Jardín de los Olivos hasta el Pretorio de Pilatos, y seamos testigos de sus humillaciones y de sus oprobrios.

He aquí, pues, al Salvador del mundo entregado al furor de sus enemigos, que le arrastran de Tribunal en Tribunal, esto es, de oprobrio en oprobrio, opprobrium hominum. (Isai. 51.)

Se le conduce a casa de Caifás, en donde pasó aquella noche horrible, que fue el escándalo de la tierra, y la admiración del Cielo; se vio rodeado de aquella chusma de soldados, que hacen del Redentor un objeto de diversión, haciéndole sufrir los ultrajes más indignos; comenzaron por vendarle los ojos, velarunt faciem ejus (Marc. 14.), cubriéronle después de salivas su adorable rostro, le maltrataban con crueles golpes, y le decían con mofa y diversión: adivina, ¿quién es el que te ha dado? Prophetiza nobis quis est qui te percussit? (Luc. 22.) ¡Oh Ángeles de paz, qué espectáculo tan triste y lamentable para vosotros! Angeli pacis amare flebant. (Isai. 33.)

Arrastrado después a casa de Anás; allí fue herida y atormentada su sagrada mejilla con una bofetada infame. ¡Oh monstruo cruel! ¿Osas tú poner la mano sacrílega sobre el Santo de los Santos? ¡Oh cielo! ¿En dónde están tus rayos para destruir y aniquilar aquel malvado? ¡Oh tierra! ¿No tienes abismos para sepultarle y confundirle? Pero no, de este modo obraría y se conducirla la justicia; pero Jesús no usa sino de su misericordia; Amigo mío, le dice, si he hablado mal, muéstrame en qué; y si no, ¿por qué me hieres?

Llevado después a casa de Herodes, fue tratado de estúpido y de insensato. ¡Oh Dios mío! ¡La misma sabiduría es reputada por una locura, y esto en una corte numerosa, y delante de un gran Rey, que hacía mucho tiempo que deseaba ver a Jesucristo, para que obrase alguna grande maravilla! Pero este Dios salvador no manifestó ni obró otro prodigio que el de su paciencia inalterable; y entonces fue cuando Herodes, convertida su admiración en desprecio, hizo poner a Jesucristo una vestidura blanca en señal de irrisión y burla. ¡Oh Redentor mío! cuando entrasteis erais mirado como a un Profeta; y cuando salís ¡habéis sido tratado de insensato! Las ignominias del Salvador se aumentaban a cada paso y en cada momento.

En casa de Pilatos recibió aún un tratamiento mucho más indigno; porque persuadido aquel Presidente de la inocencia de Jesús, deseaba libertarle del furor de sus enemigos; y creyó, después de muchas tentativas, haber encontrado un medio seguro de salvarle, poniéndole en paralelo con Barrabás.

Paralelo impío del Príncipe de la paz, con un sedicioso; del Dios de toda justicia, con un ladrón insigne; del Autor de la vida, con un asesino y del Santo de los Santos, con un malvado y un infame; y sin embargo este infame y este malvado obtiene la preferencia sobre el Santo de los Santos.

Paralelo espantoso, que nosotros mismos hacemos frecuentemente, prefiriendo el interés a la obligación, el deleite a la conciencia, nuestras pasiones a la, ley de Dios, Belial a Jesucristo, y el mundo y el demonio al mismo Dios.

De esta suerte fue conducido Jesucristo, dando el más triste espectáculo en todas las calles de Jerusalén, llevando su confusión por toda la Ciudad siendo testigos todos sus habitantes; y viéndose en la necesidad de sufrir los clamores, gritería y afrentas de un populacho infame. ¡Oh humillaciones! ¡Oh oprobrios! ¿Los hubo jamás iguales?

Pero en fin, ¿en qué vinieron a parar todos aquellos pasos, el examen y confrontación de testigos, y todas aquellas aparentes formalidades de justicia? ¡Ay de mí! Todo vino a parar en conducir a Jesucristo hasta el cúmulo del oprobrio y de la infamia, esto es, a pronunciar contra Él aquel decreto infame, Reus est mortis, digno es de muerte; que es lo mismo que decir, que Jesucristo es un sedicioso un perturbador de la quietud pública, un impío y un blasfemo; que Jesucristo es enemigo de Dios y de los hombres, indigno de toda piedad y compasión, digno de ser el horror y la execración de todo el mundo; en una palabra, digno del último suplicio y de la muerte más vergonzosa; Reus est mortis.

Decreto tanto más que infame cuanto fue pronunciado por el Tribunal más respetable en la apariencia, dictado por los Sacerdotes; autorizado por el Pontífice, y aplaudido por los pueblos y naciones enteras.

Más, ¡oh Dios mío!, ¿es posible que entre tantas personas, a quienes habías colmado de beneficios, no se encuentre una que se ponga de vuestra parte, y se declare en vuestro favor? Que entre tantos enfermos como habéis curado, ciegos a quienes habéis dado la vista, muertos resucitado, y afligidos consolado, ¿no hay uno que hable en vuestra defensa? No; ninguno se encuentra que quiera defenderle, ni que se atreva a obrar en su favor; todos le abandonan, y hacen como si no le conocieran; todos se levantan y se aúnan de concierto contra Él, le cargan de maldiciones, de imprecaciones y blasfemias.

¡Pueblo miserable! ¿Quién te ha engasado así? ¿Quién te ha inspirado contra tu Dios, tu Bienhechor y tu Maestro unos sentimientos tan opuestos a los que tenías hace pocos días? ¿No es este mismo a quien seguías a todas partes con tanto ardor y tanto celo para tener el consuelo de oírle, y de escuchar a su sabiduría como a un oráculo? ¿No es éste aquel hombre mismo a quien querías elegir para tu Rey, y lo hubieras ejecutado si el mismo no se hubiera robado a tu diligencia? ¿Qué es lo que ha hecho este hombre desde la resurrección de Lázaro, que te causó tanto pasmo y admiración? ¿No es éste aquel mismo delante de quien hace cuatro días ibas con ramos en la mano para recibirle en triunfo, haciendo resonar los aires con cánticos de alegría?

¡Oh alma mía! Sí, fíate de los hombres, cólmales de favores, y espera después la recompensa; siembra beneficios, si quieres coger ingratitudes é indiferencias. ¡Ay de mí! ¿No nos desengañaremos jamás de nuestra ceguera? Estamos viendo todos los días que los hombres, aun aquellos mismos a quienes hemos amado tiernamente, nos faltan, se apartan de nosotros, y aun llegan a ser nuestros enemigos más crueles, y sin embargo ¿no dejamos de contar sobre ellos?

¡Ah! ¡Qué bien merecemos aquellas tristes y amargas correspondencias que experimentamos después! ¿Por qué contar nosotros sobre un brazo de carne? Pero los Apóstoles, a lo menos, ¿no servirán de algún consuelo a su Divino Maestro, ni le satisfarán de ningún modo los ultrajes que padece? ¡Ay de mí! Lejos de esto, los mismos Apóstoles van a poner el cúmulo a sus humillaciones. El uno le vende, el otro le niega, todos le abandonan, y se apartan de Él. ¿Quién podría decirlo ni aun pensarlo? O aquel Salvador los conocía, o no los conocía; si no los conocía, no era Profeta; y si los conocía, ¿porque elegir y servirse de unos hombres tan poco dignos de Él?

Ve aquí a este Dios Salvador en el abismo de la humillación, privado de toda su gloria, despojado del derecho a su reputación, y hecho objeto del desprecio, del odio y de la execración pública de toda una nación; es decir, le veis aquí como nos le había pintado el Profeta, mirado como el último de todos los hombres, novissimum virorum.

Sí, Dios mío, así era necesario que se cumpliese aquel oráculo, de que os veríais harto de oprobrios y de confusión; Saturabitur opprobriis (Thren. 3.)

Pero nosotros, que no podemos negar ser hijos y discípulos de este Redentor, ¿con qué que sentimientos le veremos en este triste estado? ¿Tomaremos alguna parte en sus humillaciones? ¿Seremos sensibles a sus oprobrios? ¿Tendremos siempre tanto amor a las distinciones de este mundo? ¿Seremos en adelante tan delicados en nuestro honor, tan dominados por nuestro amor propio, tan encaprichados y celosos de nuestro merito, y tan esclavos de un indigno respeto humano? ¿Nos avergonzaremos del Evangelio de Jesucristo? ¿Temeremos parecemos a Él? ¿Rehusaremos aceptar de su mano el cáliz de las humillaciones? Y finalmente, ¿nos apegaremos aún a este mundo y a sus criaturas?

ORACIÓN

“¡Oh Dios mío! ¡Qué ciegos somos los hombres en contar sobre otra cosa que sombre Vos solo! ¡Oh Dios de bondad! Sed todas mis cosas, y haced que todo lo demás no sea nada para mí. Bien conozco, Señor, la nada de todo lo terreno, y el triste abuso que he hecho de ello; ¡qué desgracia para mí haberlo conocido tan tarde! Pero, a lo menos ahora que me ilumináis, Dios mío, haced que yo me desaprenda de todo, y que no me aficione sino a Vos únicamente y para siempre.

Haced, Señor, que el mundo, sus honores, su estimación, su fama y toda su gloria, haced que todo se aparte de mi vista; no, no quiero otro honor ni otra gloria que la cruz, los oprobrios y las humillaciones de mi Dios; porque ¿qué otra cosa son todos los honores de este mundo sino ilusión, vanidad y engaño? Fuera de que ¿no estaré yo bastante honrado, si sufriendo desprecios y afrentas de parte de los hombres, llego a conseguirle tener alguna semejanza con mi Salvador, y beber con él en el cáliz de sus humilladones? Absit mihi gloriari nisi in cruce Doimini nostri. (Gal. 6.) No permitáis, Dios, mío, que yo me gloríe de otra cosa sino de la cruz de mi Divino Redentor.”