EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz el consuelo de sus penas

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Traición de Judas

judas

Consideremos en Judas el horror de su proyecto, su ejecución, sus consecuencias y el fin funesto de tan abominable crimen.

Judas, a quien el Salvador del mundo había escogido con preferencia a tantos otros, que le había elevado a una dignidad tan eminente, a quien había hecho el dispensador de sus misterios, a quien había colmado de gracias tan Señaladas y favorecido aun con el don de milagros; Judas, en una palabra, uno de los Discípulos y de los Apóstoles de Jesucristo, forma el proyecto de entregar a su Dios, y vender por un vil precio la vida de su Divino Maestro; prestándose al delito más execrable, ¡y haciéndose parricida y deicida!

Penetrado y resuelto a poner en ejecución su proyecto infame, marcha a la cabeza de una tropa de soldados y gente armada, se sirve del conocimiento que tenía del lugar adonde Jesucristo se retiraba a orar, le descubre y pone de manifiesto por medio de un beso infame para entregarle a sus enemigos que, arrebatados de furor, no buscaban sino el medio de perderle y de condenarle a muerte.

¡Oh Dios mío! ¡Lo que es el hombre, y hasta dónde se extiende la depravación de su corazón!

¿Es posible que tantas gracias como habíais hecho a este discípulo pérfido, que tantos favores de que le habíais colmado, que la predilección especial con que le honrabais, no le detengan en su delito, ni le impidan el cometer contra Vos un exceso tan atroz? ¿Contra Vos, que sois su Dios, su Bienhechor y su Divino Maestro? La idea solamente de este crimen ¿no debía hacerle estremecer y temblar?

Detestamos con justa razón su delito, ¡oh adorable Salvador mío!, es verdad; ¿pero cuántas veces no os hemos cobardemente abandonado, violando nuestras promesas, vendiendo vuestros intereses, avergonzándonos de vuestro Santo Nombre por un indigno respeto humano? Y sobre todo, ¿se puede pensar sin horror en los que os deshonran, y profanan vuestro adorable Cuerpo y vuestra Sangre preciosa por medio de unas Comuniones sacrílegas, dándoos de este modo un beso pérfido que, bajo el velo de la disimulación, oculta la traición más negra y más criminal?

¿Pero qué hará Jesucristo, que está viendo en el corazón de Judas su atentado infame? ¿Cómo le recibirá cuando se le presente? ¿Mandará a la tierra que le trague y le sepulte en su seno? ¿Lanzará contra él un rayo para destruirle y aniquilarle? O a lo menos, ¿echará mano de una reprehensión amarga y rigurosas amenazas para retraerle?

¡Ay de mí! Esto es lo que nosotros haríamos, dejándonos arrebatar de la vivacidad de nuestros resentimientos y del fuego de nuestra venganza; pero para confusión nuestra, veamos y admiremos la ternura, la misericordia, y aquella dulzura inefable de Jesucristo, y aprendamos, a su ejemplo, a poseernos, a no dejarnos llevar de nuestros sentimientos contra nuestros enemigos y a volverles el bien por el mal.

Amigo mío, le dice aquel Cordero inocente, ¿a qué has venido? ¡A qué! ¡A vender al hijo del Hombre por un beso infame!  Amice, ad quid venisti? (Matth. 26.)

Esta inefable bondad, y esta dulzura inalterable y divina, hubiera debido hacer impresión en el corazón de Judas, obligarle a entrar dentro de sí mismo, e inspirarle el dolor y arrepentimiento de su crimen; pero no, su espíritu está ciego, y su corazón endurecido; persiste en su obstinación, lleva adelante su proyecto, y le ejecuta finalmente, entregando a su Bienhechor a sus enemigos y a la muerte.

Bien es necesario, ¡oh Dios mío! que los lazos del pecado sean muy fuertes, y que el imperio del vicio sea bien dominante en un corazón que él posee. Esto mismo se está viendo todos los días en la mayor parte de los pecadores; cuando un alma ha llegado a abandonar una vez a su Dios, y a despreciar los atractivos de su gracia, no hay cosa ni delito de que no sea capaz; ni las reflexiones más prudentes, ni las consideraciones más saludables, ni los remordimientos más vivos; nada será bastante a detener a este pecador en su carrera; caerá de delito en delito, se precipitará de un abismo en otro abismo, un exceso le llevará a otro, y le arrastrará por último a la mayor desdicha.

¿Qué más podía haber hecho Jesucristo con el pérfido Judas? Le recibe con bondad, sin embargo de que sabía bien sus infames designios, le da a conocer todo el horror de su proyecto, y le descubre el camino de su arrepentimiento en su amor y en la ternura de su Corazón; pero nada es capaz de mover aquel corazón empedernido; el demonio se apodera de su alma, le hace enteramente insensible, y le arroja por último al crimen más abominable y a la mayor desdicha.

Había llegado Judas al cúmulo de sus iniquidades y al momento de su perdición; la avaricia le había hecho vender a su Dios, y la desesperación le precipita en el fondo del abismo; reconoce Judas la enormidad de su delito, pero como un hombre furioso y desesperado; pues dejándose arrebatar del horror de este resentimiento, y del frenesí de su furor, toma la resolución de quitarse la vida, a cuyo fin se retira a un lugar separado; y allí, entregándose al demonio de la desesperación, se sirve a sí propio de verdugo, se cuelga de un árbol, y termina de esta suerte una vida criminal con la muerte más funesta.

¡Ah infeliz! ¿Qué te ha movido a consumar de este modo tu abominable proyecto? ¿Por qué, conociendo la grandeza y enormidad de tu crimen, no reconoces la bondad de tu Dios? ¿Por qué no vas a implorar su misericordia? A buen seguro que aun te hubiera admitido en su seno y restituido a su amistad. Tú, que conocías sus sentimientos y su corazón, ¿por qué, como la Magdalena, no vas a arrojarte a sus pies y a regarlos con tus lágrimas? ¿Por qué no vas, como el hijo pródigo, a echarte entre los brazos del mejor y más compasivo de todos los padres?

¡Ay de mí! Nada deseaba ni pedía más que tu arrepentimiento; hubieras consolado a su Corazón afligido, hubieras regocijado a los Ángeles del Cielo, y tu conversión hubiera sido para ellos un motivo de júbilo y alegría; estarías aun en el orden de los Apóstoles, y te encuentras en el número de los réprobos; tendrías una plaza segura en el Cielo, y eres precipitado para siempre en el infierno.

¡Oh adorable Salvador mío! Veíais en el corazón de este infiel discípulo la enormidad de su crimen; sabíais cuál había de ser su desgraciado fin, y sin embargo os compadecíais de su triste suerte, y llorabais su perdición.

¡Ah desgraciado discípulo! ¡Sí!, mejor hubiera sido para él no haber nacido; pero su delito está consumado, y a nosotros no nos resta ahora otra cosa que detestarle, y aprovecharnos de tan triste ejemplo.

Hagamos, ¡oh alma mía! sobre todas estas verdades tres reflexiones, bien importantes y necesarias para nuestra salud.

1ª.- ¿De qué cosa no es capaz el hombre cuando se deja arrastrar de una pasión? Judas era avariento, y su desdicha tuvo principio en una afición, quizá muy corta y ligera a los bienes de la tierra: la avaricia le llevó al robo, fur erat; el robo le condujo a la perfidia; de pérfido se hizo impío, sacrílego y deicida; y acabó por último siendo homicida de sí mismo, ejerciendo sobre él el ministerio de las terribles venganzas del Cielo.

¡Obstinado, endurecido y réprobo! ¿Cuál ha sido el principio de todo? Una miserable afición a los bienes perecederos de este mundo. ¿Se hubiera jamás podido pensar que un principio semejante podía conducir a un fin tan funesto?

2ª.- Desconfiemos prudentemente de nosotros mismos, y no nos demos jamás por seguros ni por las circunstancias del tiempo ni del lugar, ni por la santidad de las disposiciones que nos acompañen, cuando vemos que Judas, un discípulo, un apóstol ha podido perderse, y se perdió en efecto en medio de los demás Apóstoles, en compañía y aun al lado del mismo Jesucristo.

¡Ay de mí! Si una columna tan fuerte ha sido de este modo destruida y arruinada, nosotros, que no somos sino unas cañas flacas y miserables, ¿cuánto no tenemos que temer? No contemos jamás sino sobre un temor santo y saludable, sobre una vigilancia continua sobre nosotros mismos, y sobre una fidelidad inviolable a la gracia, sin lo que, a pesar de la santidad de nuestro estado, de la firmeza de nuestras resoluciones, y de las copiosas gracias de Dios, pereceremos infaliblemente.

3ª.- Por grande que haya podido ser la culpa en que hayamos incurrido, en cualquiera triste y miserable estado en que hayamos caído, y por profunda que sea la llaga que hayamos hecho a nuestra alma, no desesperemos jamás de la misericordia de Dios; porque éste es sin duda el crimen más horrible de todos y el que más le ultraja, porque se opone directamente a la bondad de su corazón.

El pecado de Judas, vendiendo a su Maestro, fue grande sin dudas; pero el pecado de su desesperación, desconfiando de la bondad de su Dios, fue aún mucho más enorme.

Por más que seamos hijos pródigos, Jesucristo será siempre para nosotros un Padre lleno de ternura; sus misericordias son infinitas, y la medida de nuestras culpas no lo será jamás. Dios no quiere la muerte, sino la conversión del pecador volvámonos, pues, a Él con sinceridad, y nos recibirá con amor, como Él mismo nos lo asegura.

ORACIÓN

“Grabad en mi corazón, ¡Oh Dios mío!, estas reflexiones saludables; pues que yo conozco su importancia y necesidad. Sí, Padre mío, siempre desconfiaré de mí mismo, y procuraré atajar mis pasiones en sus principios; tiemblo y me estremezco a vista de las funestas consecuencias a que me pueden conducir; velaré siempre sobre mí mismo, conociendo mi flaqueza y de cuánto seré capaz, si me aparto un instante de Vos.

Sin embargo, por grande que sea el delito que yo haya cometido contra Vos, jamás ultrajaré a vuestra bondad desconfiando de vuestras misericordias, que sería mi mayor desdicha. El triste ejemplo y el fin deplorable de Judas me servirá de una lección saludable que no olvidaré jamás, y vuestra bondad de un sagrado asilo en donde me refugiaré en todos les momentos de mi vida”.