EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz

el consuelo de sus penas

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Dolores interiores de Jesucristo en el Huerto

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El Profeta, hablando del Hombre de dolores, compara la tristeza de su corazón a un mar de amargura; magna, est velut mare contritio tua (Thren, 3.) El amor es, por lo común, no solamente la causa y el origen sino también la medida de la tristeza, y esta es la razón por qué los Judíos, viendo llorar al Salvador sobre el sepulcro de Lázaro, exclamaban y decían: mirad cómo y cuánto le amaba: ecce quomodo amabat eum. (Joan. 11)

¿Queremos, pues, llegar de algún modo a conocer cuáles fueron las angustias de Jesucristo en el Jardín de los Olivos? Pues consideremos cuál fue su amor.

El amor de Jesucristo tenía tres objetos diferentes, y todos contribuían a mantener aquel exceso de amargura en que fue anegado.

Amaba a su Padre, y le veía infinitamente ultrajado: primera causa de su dolor.

Amaba a los hombres, y los miraba totalmente infelices: segunda causa de dolor.

Se amaba también a sí mismo, y se encontraba sumamente afligido: tercera causa de su dolor.¿Cómo es posible que hubiese ni haya habido en el mundo entendimiento más vivo y penetrante, ni luces más claras y dilatadas que las de este Dios Salvador? Pues todas las luces de este Divino Sol de Justicia se reunieron en un solo objeto: conocía la grandeza, la hermosura, los atractivos infinitos, y todas las perfecciones adorables de su Eterno Padre; sabía cuán digno era de ser amado, respetado, servido, y adorado de los hombres, y veía al mismo tiempo con el mayor dolor y sentimiento que este Padre Celestial había sido ultrajado en todo tiempo, en todo lugar, y de todos modos.

Contaba los momentos que habían pasado desde el principio del mundo, y los que tenían que correr hasta el fin de los siglos, y no encontraba ninguno que no fuese señalado por alguna Ofensa. Apenas los Ángeles han sido criados cuando algunos se rebelan contra la mano que le ha sacado de la nada; apenas existe Adán cuando ya el pecado le ha conducido a la muerte, y el hermano se deja ver manchado con la sangre de su hermano; ve por una parte que la idolatría toma el lugar de la Religión, y corrompe todos los corazones; y por otra que la impureza abrasa a los hombres con un fuego igualmente criminal y vergonzoso; que la maledicencia derrama su hiel sobre todas las lenguas; que la injusticia reina en todos los tribunales, que la impiedad se ceba hasta en los santuarios, y que no hay ningún lugar en donde no sea perseguida la inocencia.

Los grandes y los pequeños, los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, todos se levantan contra el Todopoderoso; la ingratitud, la traición, la perfidia, el orgullo, el odio y la venganza, todo contribuye a hacer al hombre execrable a los ojos de su Dios; los mismos sacrificios que se le ofrecen no le son ya agradables, ni de buen olor, y todo está infestado por el veneno de la culpa.

¿Qué partido tomará en estas circunstancias? ¿Pedirá a su Eterno Padre gracias para los hombres, o le pedirá venganzas? Se encuentra aquel Dios Salvador como dividido entre dos intereses diferentes; pero que uno y otro le son amados; no puede rehusar su celo por la gloria del Altísimo, a quien mira indignamente ultrajado; pero tampoco puede menos de ejercitar su compasión con los hombres, a quienes mira eternamente infelices.

¡Qué triste perplejidad! Ama a su Padre, y le ve infinitamente ultrajado; ama a los hombres, y conoce que son desdichados para siempre: segunda causa de su dolor.

Todas las miserias que afligen al género humano se presentan como de tropel a su imaginación: enfermedades, estragos, persecuciones, muertes violentas, reprobación, y una eternidad infeliz; todo viene de un golpe a atormentarle, y se le pone delante de su vista.

Por otra parte se le representan los tormentos que los Mártires tendrán bien presto que padecer en defensa de su nombre, les considera con su cuerpos despedazados, con sus miembros rotos, y ve correr por todas partes arroyos de sangre.

Su imaginación penetra hasta los abismos de los condenados, y aquí es donde se ofrece a su consideración aquel grande y terrible espectáculo de horror: considera por una parte aquel fuego devorador que no se apagará jamás, aquellos gusanos roedores que les atormentan sin cesar, y aquellos demonios enfurecidos é irritados para siempre contra aquellas víctimas desgraciadas; por otra parte, no oye sino gritos vivos y penetrantes, tristes ayes, lamentables gemidos, y no ve por todas partes sino un diluvio de males que inunda a aquellos infelices, a aquellas almas rescatadas por su sangre, y que sin embargo son devoradas eternamente por las llamas de un fuego vengador.

¡Oh y qué espectáculo para un Dios Salvador!

Se refiere en la Sagrada Escritura que José, viendo a sus hermanos afligidos, por más que fuesen indignos de su compasión, no pudo menos de manifestarles su ternura, y que cediendo a los impulsos de su bondad, se arrojó al cuello de cada uno de ellos, les abrazó tiernamente, y les regó con sus lágrimas. Ploravit super singulos. (Genes 45.)

Del mismo modo el Salvador del mundo, teniéndonos presente a todos a su espíritu nos abraza estrechamente, y nos cubre de sus lágrimas preciosas. ¡Ah pobres hijos de un Padre crucificado, exclamaba aquel Salvador en lo más íntimo de su corazón! ¿No os dejaré yo por herencia sino dolores y aflicciones? ¡Ay de mí! ¿Será posible que no me perteneceréis sino para sufrir? ¡Ah! ¡Que no pueda yo llevar solo todo el peso de los tormentos! ¡Con qué gusto os libertaría yo de sus rigores! ¡Oh Padre Celestial! Compadeceos de sus males; a Vos os tocan tanto como a mí, es verdad que son mis discípulos; pero también lo es que son vuestras obras; mirad pues por ellos, conservadlos, y no les dejéis perecer.

Jesucristo, en fin, debía amarse necesariamente a sí mismo, y se veía infinitamente afligido: tercera causa de su dolor.

Todos los tormentos de su Pasión se representan en este instante a su imaginación, y a su espíritu, y no ve por todas partes sino vivos dolores, tormentos continuos y excesivos; todo cuanto tiene que padecer en su sagrado cuerpo lo padece ya en su corazón, y sufre en un solo momento cuanto tiene que sufrir en el curso de su Pasión.

¿Qué impresión tan terrible no debía hacer sobre Él la vista de todos los tormentos que le estaban preparados, y especialmente la consideración de que estaba cargado a los ojos de su Padre de todos los pecados de los hombres?

Figurémonos al desgraciado Achan quien, habiendo cometido un delito contra la ley, fue condenado a que se le apedrease; se le conduce a un campo llano y espacioso, y se le pone en medio de todo Israel que se había juntado para darle muerte. ¿Qué espectáculo de horror no se ofrece entonces de todas partes a sus ojos? Ve levantarse cien mil brazos armados de piedras, prontos todos a descargar sobre él aquel golpe fatal. ¡Oh y qué vista!

Pues tal es el espectáculo que se ofrece a vuestros ojos, ¡oh adorable Salvador! miráis por todas partes no ya cien mil brazos levantados contra Vos, sino todos los del género humano, y de los pecadores de todos los siglos armados contra vuestra persona adorable con sus innumerables culpas, que son las piedras con que se os va a quitar la vida.

¡Oh y qué horror a vista de un aparato tan terrible!

¿Qué impresión no haría todo esto sobre aquel Divino Redentor? Cæpit pavere, tædere et mæstus esse. (Marc. 14.) La angustia, el temor y la tristeza se apoderan de su alma, y se retira a la obscuridad. La ausencia de su tierna Madre, y el desamparo de sus discípulos contribuye también a su aflicción y abatimiento; se presenta delante de su Padre a quien mira justamente irritado e inflexible; ora a su divina presencia; inclina luego su cabeza, le tiemblan y se le doblan las rodillas, y cae sobre su adorable rostro.

A la angustia que padece le sucede el temor, los suspiros, los sollozos, y un total desfallecimiento; no se le oyen sino algunas cortas palabras interrumpidas; y con una voz triste y moribunda pronuncia estas palabras: Abba, Pater. ¡Ah Padre mío! bien lo sabéis Vos; yo soy el primero que os he llamado con este dulce nombre de Padre, ¡ay de mí! no os digo que os acordéis de aquel amor esencial que nos ha unido desde toda la eternidad; sino que si aún os resta algún rasgo de aquella compasión, que no negáis ni aun a los que más os han ofendido, os dejéis mover del miserable estado a que me veo reducido, y que apartéis de mí este cáliz de amargura que se me presenta: transeat a me calix iste. (Matth. 26.) Pero no, no hay remedio, no apartará de mí este cáliz amargo; es necesario beberlo hasta las heces.

Viéndose entonces el Redentor destituido de todo socorro, y como abandonado por todas partes se entrega a toda la amargura de su dolor; sus ojos se abaten, su rostro está cubierto con la palidez de la muerte, su cuerpo trémulo y vacilante cae bajo el peso que le abruma, y su alma se halla como errante sobre sus labios, se aumenta su dolor vi hasta lo sumo, y ve aquí que se apodera de Él una agonía mortal: factus in agonia. (Luc. 21.)

Su sangre derramada hacia su corazón, y sacudida en virtud de un esfuerzo generoso, sale por todos los poros de su cuerpo. factus est sudor sanguinis decurrentis in terram. (Luc. 22.) Su adorable rostro, sus manos, sus pies, y todo su cuerpo está como bañado con esta sangre preciosa, la tierra se ve regada con este licor divino, ya espira, sin duda aquel Salvador, si una fuerza superior no le sostiene: desciende, en fin, un Ángel del Cielo para consolarle: apparuit Angelus de cælo confortans eum. (Luc. 32.)

Es verdad que Jesucristo era suficiente por sí mismo, y que no tenía necesidad sino de su propia virtud para confortarse; pero quiso darnos a entender que en nuestras aficiones debemos recurrir a Dios, pedir y esperar el socorro del cielo; el verdadero consuelo no puede venir sino de lo alto, porque en las criaturas no le encuentran sino consuelos tristes e insuficientes, y por la mayor parte onerosos. Consolatores onerosi. (Job 16.)

Y por lo mismo el Ángel del Señor no se valió para consolar a Jesucristo, ni le presento sino motivos celestiales, y totalmente divinos; le pidió, sin duda, en nombre de su Eterno Padre y de todos los pecadores, que recibiese el cáliz que le estaba preparado, que acabase la obra de la redención de los hombres, que rompiese sus cadenas, y les librase de la esclavitud del pecado, y de la tiranía del demonio; grandes motivos de consuelo que fortalecían el alma del Redentor a vista de sus tormentos; pero que sin embargo dejaban a su corazón entregado a toda la amargura de sus dolores.

El mismo Señor le dice y asegura que su alma está triste hasta la muerte: tristis est anima mea usque ad mortem. (Matth. 26.)

¡Oh adorable Salvador mío! ¿A qué estado os han reducido el amor que me tenéis y las ofensas que he cometido contra Vos? Gemís Vos para que se mueva mi corazón; prorrumpís en sollozos para arrancarme algún suspiro; derramáis arroyos de sangre para que yo vierta algunas lágrimas; ¿y es posible que yo os considere en esta angustia, en estos temores y aflicciones con mis ojos enjutos, y con un corazón frio e indiferente? ¡No, Dios mío! por más que mi corazón sea más duro que las piedras, y más insensible que las rocas, va a enternecerse, y está pronto a despedazarse de dolor a la vista de este océano de amarguras en que está anegado el vuestro.

¡Sí, Divino Redentor mío! permitidme que diga con Vos: tristis est anima mea usque ad mortem: a vista de mis innumerables culpas, mi alma está triste hasta la muerte. ¡Ah! ¡Cuánto me pesa el haberos ofendido! ¡Jamás, Dios mío, se apartará este sentimiento de mi corazón! ¡Durará mientras me dure la vida, llevaré mi dolor hasta el sepulcro, y ojalá que mi dolor fuese tan vivo, tan vehemente y tan amargo que me hiciese morir en este momento de pesar!

Aviso saludable

¡Oh almas afligidas, y que padecéis sequedades, disgustos, desamparos y aflicciones interiores! Venid a consolaros, a confortaros, y a animaros a vista, y con el ejemplo de vuestro adorable Salvador, desamparado en alguna manera de su Eterno Padre; venid, y os enseñará a soportar las pruebas del Señor, y a someteros a las santas disposiciones de su providencia.

Pedid, pues, que os es permitido; sí, pedid con Jesucristo que se aparte de vos el cáliz de amargura, que inunda vuestro corazón: Transeat a me calix iste (Luc. 21.); pero añadid también: que sin embargo, ¡Oh Dios mío! se cumpla vuestra voluntad, y no la mía: veruntamen, non mea, sed tua voluntas fiat.

Esperad con paciencia y confianza el momento y las gracias del Señor, y creed firmemente que, si es necesario, bajará un Ángel del cielo para consolaros.

Un solo día pasado santamente en trabajos y aflicciones, es más precioso, y vale más a los ojos de Dios, que años enteros pasados en medio de consuelos y de regocijo.