EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz

el consuelo de sus penas

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La Pasión de Jesucristo considerada como misterio y como sacrificio

Entonces dijo Jesús a sus discípulos_

La Pasión de Jesucristo puede ser considerada como misterio o como sacrificio, misterio adorable y superior a toda inteligencia criada; sacrificio sangriento, sólo él digno de la Soberana Majestad de un Dios.

Considerémosla bajo el primer punto de vista.

Misterio incomprensible en sus profundidades, y admirable en sus efectos

Cristo será condenado a muerte, occidetur Christus. ¿De este modo debía concluir su carrera el que era por excelencia el Santo de los Santos, el deseado de las naciones, el objeto de la esperanza de tantos siglos, el Hijo de David, Cristo, el Mesías, el Hijo único de Dios, el mismo Dios? ¿Es posible que todas sus virtudes, sus beneficios y milagros, debieran conducirle a una cruz infame y a una muerte sangrienta? ¡Oh Dios santo! ¡Oh Dios poderoso! ¡Cuán grande y sublime sois en vuestros caminos, y cuán impenetrable y profundo en vuestros juicios!

Ya hacia largo tiempo que se había predicho a los hombres este misterio incomprensible como principio de su redención y de su salud: las profecías, las figuras y las promesas, todo anunciaba a un Mesías que debía sufrir y morir, y en efecto, ¿podía haber cosa más clara y terminante que las profecías que anunciaban los tormentos y la muerte del Salvador de las naciones?

¿No podría decirse que los Profetas en sus oráculos refieren más bien una historia que cuenta lo que ha sucedido, que una Profecía que predice y pronostica lo que debe suceder? ¿Isaías particularmente no nos ha pintado al Mesías como si él mismo le hubiese visto con sus propios ojos sufrir y morir sobre una cruz? Y si no, ¿quién es aquél de quien habla cuando dice: “que se le ha vistito sin hermosura y sin resplandor, que se ha dejado ver como un objeto de desprecio, y que ha sido mirado como el último todos los hombres? ¿Que será por excelencia el hombre de dolores; que ha parecido como un leproso herido por la mano de Dios, que ha sido conducido a la muerte como una oveja que va a ser degollada, y que n ha permanecido en silencio sin abrir jamás la boca? ¿Que ha sido puesto entre los malvados, cubierto de llagas por nuestras iniquidades, cargado de los pecados de todos, que nos ha curado con sus propias heridas, y que nos ha procurado la gracia, la paz y la vida por sus tormentos y su muerte?”

El Profeta David nos presenta también al Mesías, y nos le pinta con los colores más vivos y tal como le anuncia el Evangelio hablando de Jesucristo: ya han celebrado, dice, su inicuo consejo, para deliberar sobre los medios de perderme; consilium fecerunt in unum; han partido mis vestidos entre sí, y han echado suerte sobre mi túnica; super vestem meam miserunt sortem; han redoblado sus atroces y crueles golpes sobre mí; supra dorsum meum fabricaverunt peccatores; las llagas de que me han cubierto han sido tales que se podían contar los huesos de mi cuerpo; dinumeraverunt omnia ossa mea; de suerte que ninguno podía conocerme por hombre sino por un gusano de la tierra; ego vermis, non homo: este es el retrato que nos hizo David en su profecía más de mil años antes de su cumplimiento.

¿Todas estas profecías tan expresas, y estos rasgos tan señalados no estaban manifestando que el Mesías debía reunir en su persona adorable la grandeza más sublime con la humillación más profunda? ¿Un poder infinito con una flaqueza patente? ¿Que debía en fin morir de la muerte más cruel, y al mismo tiempo servir por este medio a los hombres de su único recurso, y ser como una fuente de salud y de vida?

Las figuras que nos representan al Salvador son igualmente claras, y terminantes que las profecías que le anuncian; y sino tendamos la vista sobre las que en diferentes lugares nos ofrece la Escritura Santa para representarnos al Mesías que debía cumplirlas todas en su persona adorable.

Isaac, hijo obediente sobre la hoguera, bajo el cuchillo de su padre Abraham, y pronto a consumar el sacrificio, ¿no nos representa el Hijo de Dios, bajo el cuchillo de la justicia, y en manos de su Eterno Padre, consintiendo en ser sacrificado por la salud de su pueblo?

Joseph, vendido a un vil precio por sus hermanos, y colocado en un calabozo con dos criminales, ¿no es una figura bien expresa de Jesucristo, vendido por un precio infame y muerto entre dos ladrones?

Si Moisés ordena que se sacrifique un cordero, ¿no es para figurarnos el sacrificio del cordero sin mancha?

Si no se ofrece sacrificio por la expiación del pecado, sin que haya derramamiento de sangre de las víctimas, ¿no es para representarnos la efusión de la sangre adorable que debe expiar los pecados de los hombres?

Si se hace levantar en el desierto una serpiente de metal para la curación del pueblo, ¿no es para darnos a entender que el Salvador del mundo sería levantado en un madero, por cuya virtud, es decir, por la fe en sus méritos preciosos se había de conseguir la curación, y la salud del mundo?

En una palabra, en todas estas figuras tan claras, tan sensibles, y tan admirables, ¿no se deja bien conocer el carácter del Mesías prometido, anunciado a los hombres, y que debía procurar la salud de todos, a costa de sus tormentos, y de su muerte?

Pero ¡Oh Dios mío! qué motivo tan grande de admiración, y al mismo tiempo de sentimiento. ¿Es posible que este misterio de los tormentos, y de la muerte del Mesías, tan admirable, tan sublime y tan divino, no haya servido a los Judíos sino de un motivo de escándalo, y a los Gentiles de objeto de locura? Judeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam, (I Cor. 1. )

¿Pero qué hay que admirar que los Judíos, hombres carnales y groseros, no hayan conocido a un Mesías pobre, humilde, sufrido y levantado sobre una cruz, cuando ellos esperaban a un Mesías lleno de grandeza y de poder mundano, de opulencia, y disfrutando de todos los bienes de este mundo? Cubiertos con un velo que les tenía enteramente ciegos, no concebían en este Mesías otra grandeza que la terrena y mundana que les deslumbraba, ni otro poder que el que domina a los hombres, ni otro Rey no que el que se funda sobre la fuerza de las armas, y extensión de las conquistas: ¡ ah , ciegos e insensatos!

¿Cómo era posible que un Redentor, tal como vosotros os le figurabais, fuese el que convenía para remediar nuestras necesidades, curar nuestras llagas, reprimir nuestras pasiones, y reparar los tristes males, que hubiera éstas causado en toda la tierra?

Los Gentiles, sumergidos en las más densas tinieblas y en un profundo abismo de vicios, seducidos de otro lado por el resplandor de una falsa sabiduría, ¿cómo podían tener una verdadera idea del Mesías prometido al mundo? Un libertador que moría sobre una cruz, ¿qué podía ser a su vista sino una locura?

¡Oh Dios mío! solo aquellos, a quienes os habíais dignado iluminar con vuestras divinas luces, podían reconocer y adorar al Mesías en un estado de oprobrios y de tormentos. Nobis autem Dei virtutem, Oh Dei sapentiatm.

Penetrado de estos sentimientos, e ilustrado con estas celestiales luces, permitid, ¡Oh Dios mío! que yo exclame arrebatado de admiración: ¡Oh Cruz! teatro el más ignominioso, y el más admirable al mismo tiempo ¿Cuántos misterios no presentas delante de mi vista? ¡Oh adorable Salvador! ¿Qué sentimientos no se imprimen en lo más íntimo de mi corazón? Es verdad que vuestros tormentos y vuestra muerte, a los ojos de la razón flaca y miserable no presentan a primera vista sino un objeto de flaqueza y de locura, y que parecía indigno de un Dios el ser tan abatido, despreciado, envilecido, y aniquilado como Vos lo fuisteis; ¡pero bajo de qué aspecto tan diferente no se presenta este misterio a los ojos iluminados de lo alto!

Si considero este misterio en su principio, esto es, en vuestro Corazón, y en los designios de vuestra Providencia, no veo ninguna cosa que no sea grande, santa, sublime, y digna del Dios que es su autor; si miro a los motivos que os obligaron a padecer y morir de esta suerte, no encuentro sino ternura, bondad y amor: y si examino particularmente todos sus efectos; ¿qué prodigios de gracias y de salud no habéis obrado? ¿Es posible que haya quien no conozca la obra, y la mano de Dios?

Por vuestra Cruz, ¡Oh Redentor mío! quedó enteramente destruido el imperio del demonio; por vuestra Cruz vencisteis a la misma muerte, domasteis a las potestades del infierno, triunfasteis del Príncipe de este mundo, y nos enseñasteis a triunfar de nosotros mismos. Por vuestra Cruz nos librasteis de la miserable servidumbre en que gemíamos; nos proveísteis de las armas con que debíamos pelear, y estamos seguros de vencer con ellas no solamente la carne y la sangre, sino también los principados y potestades del mundo, es decir, de este siglo perverso.

Por la virtud y eficacia de la Cruz borrasteis el decreto de nuestra muerte, y le fijasteis a esta Cruz victoriosa.

Por los méritos de vuestra Cruz formasteis un pueblo santo, una nación escogida, y un sacerdocio real.

Por la eficacia de vuestra Cruz elegisteis una esposa digna de Vos, una Iglesia santa, sin arruga y sin mancha, digno objeto de vuestras complacencias, y de vuestro corazón.

Por el triunfo de vuestra Cruz veo destruida por todas partes la idolatría, sus altares derribados, arruinados sus templos, sus falsas divinidades holladas, sus oráculos enmudecidos, sus infames supersticiones abolidas, sus misterios de iniquidad descubiertos, y últimamente sobre las ruinas de todos estos monstruos veo a las virtudes triunfantes, a las costumbres reformadas, y unos nuevos hombres que pasman y admiran al mundo por su virtud y su santidad; en una palabra, todo ha mudado de aspecto en el universo.

¿No ha sido por virtud de vuestra preciosa Sangre, y al pie de vuestra Cruz, en donde vuestros discípulos recibieron todas las gracias de salud, y de vida?

¿De dónde vino a los Apóstoles el celo y la fuerza con que se condujeron hasta las partes más remotas del mundo para llevar y dar a conocer vuestro Santo Nombre?

¿De dónde el valor invencible de los Mártires en los cadalsos, en medio de los fuegos y de las llamas?

¿Quién ha consolado a los Confesores en lo más obscuro de los calabozos, en donde dieron un testimonio tan glorioso a vuestra Fe?

¿Quién ha podido suavizar a los solitarios los rigores y las amarguras de su penitencia en las concavidades de las cuevas, y en medio de los desiertos?

¿Quién ha elevado a las vírgenes cristianas sobre la flaqueza de su sexo, y las ha colocado las palmas en sus manos para acompañar al celestial Esposo de sus almas?

¿En todas estas cosas, ¡Oh Dios mío! podré yo menos de reconocer la virtud, la fuerza, la eficacia, el prodigio, y el triunfo de vuestra Cruz, y de vuestra muerte?

Pero ¡Oh Salvador mío! ¿Es posible que este gran misterio que ha obrado tantas y tan grandes maravillas en el mundo, no obrara nada en mí? ¿Es posible que no haya de tener yo ninguna parte en los bienes inmensos que ha producido? ¿Qué es necesario, Señor, que yo haga para participar de sus saludables efectos? ¿Es necesaria hacer una profesión pública y solemne de este misterio incomprensible? ¿Será menester que yo adore a aquel que es su autor y consumador? ¿Será preciso publicar sus grandezas, admirar sus prodigios, y pedir sus gracias? ¿Será necesario sacrificarse con Él en la Cruz, y entregarse a la muerte?

Pues a todo está dispuesto mi corazón, ¡Oh Dios mío! sí, pronto está a todo mi corazón. Paratum cor meum.

ORACIÓN

“Sí, ¡Oh Soberano Maestro mío! en medio de este abismo de humillaciones y de anonadamiento en que estáis, os reconozco por el Rey de gloria, por mi Dios, por el Hijo del Altísimo, y por el digno objeto de sus complacencias.

Sí, ¡mi divino Redentor! en medio de los dolores excesivos que padecéis, os adoro como a la víctima ofrecida a la justicia ultrajada, y como al cordero sin mancha sacrificado voluntariamente por la salud de mi alma.

Sí, ¡dulce Salvador mío! en todas estas diferentes situaciones en que os considero, os amo como a mi padre, y aun como al padre más tierno, que por un exceso de amor consiente en perder la vida para darla a sus tiernos hijos; esto es, que en este misterio de ignominia y de tormentos que me arrebata de admiración al mismo tiempo que me aflige, reconozco un misterio de grandeza y de gracia que me salva y me santifica.

¿Qué importa que los judíos endurecidos y obstinados os mirasen como motivo de escándalo y de oprobrios, ni que fueseis para los Gentiles indóciles un objeto de desprecio y de locura, ni que el mundo perverso vomite contra Vos el torrente de sus impiedades y blasfemias? Siempre hallaré yo en Vos la virtud y la sabiduría de un Dios, jamás veré en vuestras humillaciones y tormentos sino un testimonio de vuestra bondad, y de vuestra ternura; miraré siempre a vuestra muerte como al verdadero principio de la vida, y seréis para siempre el objeto de mis adoraciones, de mi reconocimiento, y de mi amor.

¡Haced, Señor, que Vos seáis siempre para mí el término de mis deseos, y de mi felicidad!”

Sacrificio sangriento, sólo él digno de la Soberana Majestad de un Dios

¿Cuál es la grandeza y excelencia de este sacrificio? ¿Qué sacrificio es el que nosotros debemos hacer de nosotros mismos?

Hallándose todo el universo en el más triste y deplorable estado por los pecados de los hombres, era indispensable un sacrificio para expiarlos y satisfacer a la Divina Justicia. Tantos crímenes, desórdenes y excesos como cubrían la faz de la tierra, habían provocado la cólera del Cielo, y encendido el fuego de las divinas venganzas; los sacrificios de la antigua ley eran defectuosos e insuficientes: ni la sangre de los toros, ni la inmolación de las víctimas no podían lavar las iniquidades de los hombres, ni aplacar la cólera celestial: el género humano estaba perdido para siempre sin una víctima de un orden superior, y de un precio proporcionado a la grandeza de las ofensas; y en estas circunstancias fue cuando Jesucristo, el Verbo Eterno, compadecido al ver nuestra miseria y miserable estado, se ofreció a su Eterno Padre en calidad de víctima.

¡Oh Padre Celestial le dijo! yo sé que los sacrificios antiguos no son más a vuestros ojos sacrificios de buen olor, y que ya no os son más agradables: sacrificium et oblationem noluisti, (Psal. 49.) Pues veisme aquí que estoy pronto a tomar sobre mí todo el peso de vuestras venganzas para que miréis al género humano con ojos de misericordia tunc dixi, ecee venio.

¡Hombres que gemimos bajo la esclavitud del pecado, y bajo la tiranía del demonio! admiremos y adoremos profundamente, las bondades de Dios, y entremos en las miras de la gran misericordia que, excede sobre nosotros; aquí tenemos aquel grande sacrificio de la Religión que va a ser ofrecido por nosotros, y por nuestra salud.

¡Que sacrificio, oh gran Dios! ¡Por cuántos títulos no es capaz de mover nuestro corazón!

Sacrificio verdadero porque ya no consiste en sombras ni figuras de la antigua ley que no podían ser agradables sino en cuanto anunciaban y predecían el verdadero sacrificio, el sacrificio por excelencia: ya las sombras se han convertido en luces, y las figuras han hecho lugar a la realidad.

Sacrificio sangriento porque según la ley no podía tener efecto la remisión de los pecados sin efusión de sangre: sine sanguinis effusione non fit remissio (Hebr. 9.) y por la mismo era necesario que la sangre del cordero sin mancha fuese derramada sobre la tierra, para que la remisión de los pecados fuese obrada y cimentada por esta sangre adorable.

Sacrificio libre y voluntario porque ¿quién es capaz de dudar de que aquel libertador soberano se ofreció a la muerte solo porque quiso? Oblatus est quia ipse voluit  (Isai. 53.) ¿Quién sino la bondad de su corazón podía obligarle a que hiciese de sí mismo un sacrificio tan absoluto por las pecadores, indignos del todo de esta prueba de su amor?

Sacrificio que reúne, encierra y excede a la virtud y eficacia de todos los demás sacrificios, porque fue al mismo tiempo un sacrificio de adoración para tributar al Ser Supremo el homenaje que le era debido; sacrificio de expiación para lavar todas las iniquidades del mundo; sacrificio de suplicación para obtener todas las gracias del cielo; sacrificio eucarístico y de acción de gracias por todos los beneficios concedidos a los hombres; en una palabra, un perfecto holocausto, digno de un Dios, y capaz de honrar a todas sus perfecciones adorables.

Sacrificio universal porque el Salvador del mundo padeció en todo, y no hubo ninguna cosa que no fuese sacrificada en Él; el cuerpo, el espíritu y el alma: fue también universal este sacrificio porque se ofreció por todos, de suerte que cada uno de nosotros puede decir con verdad: me amó y se entregó a sí mismo por mí. Dilexit me et tradidit semetipsum pro me. (Gal. 2.)

¿Cómo era, Señor, posible que cupiese en Vos acepción odiosa de personas, ni exclusión de ninguno de los pecadores? ¿Vuestra Sangre no era suficiente para todos, vuestro corazón abierto a todos, y vuestra gracia ofrecida a todos? ¿Por qué pues se intentan restringir vuestros dones, cuando Vos los derramasteis sobre todos tan copiosa y abundantemente? Salvator omnium (Thren. 4.)

Sacrificio infinitamente doloroso, porque ¿en dónde, ni en qué tiempo se ha conocido otro igual? ¿A qué tormentos, angustias y amarguras no fue reducido aquel Cordero sin mancha? El Profeta le había visto y anunciado al mundo como el Hombre de dolores por excelencia, virum dolorum. (Isai. 53.) La grandeza de sus penas debía ser proporcionada a la de los pecados de los hombres, y preparar el camino a los tormentos de todos los Mártires.

Sacrificio en fin, solemne, público, auténtico, ofrecido a vista de todo el mundo, en presencia de toda una nación, y a los ojos de todo Israel; de este modo debía ser ofrecida aquella víctima santa, y servir de espectáculo al Cielo y a la tierra.

Este fue aquel grande sacrificio que un Dios irritado esperaba hacia tantos siglos: ¿y es posible que los hombres por quienes fue ofrecido no tomen ninguna parte en él, y que sus corazones permanezcan insensibles a los dolores que han causado sus culpas?

¿Es posible, ¡oh adorable Salvador mío! que vos os ofrezcáis en sacrificio a vuestro Padre Celestial, y que yo al pie de vuestra Cruz no tenga ningún sacrificio que ofreceros? Hablad, ¡Oh Dios mío! sí, pedid todo lo que queráis de mí; pues en este momento especialmente tenéis derecho a exigirlo todo, y yo estoy en la obligación de no rehusares nada; decid, Señor, ¿qué sacrificio es el que me pedís? Estoy resuelto a todo con vuestra divina gracia; pero para que mi sacrificio os pueda ser ofrecido dignamente, santificadle Vos mismo uniéndole al vuestro; revestidle de todas aquellas cualidades que puedan hacerle más agradable a vuestros ojos; hacedle sincero, y que nazca del corazón; hacedle universal para que no exceptúe a nadie, y hacedle constante, de modo que yo no espere otra recompensa que la de agradaros. Estos son, ¡Oh Dios mío! los sagrados caracteres que deben distinguir y hacer de mi sacrificio un verdadero holocausto.

Mi sacrificio debe ser sincero, y nacer de mi corazón. ¿Cuántas veces os he ofrecido, Señor, el sacrificio de mí mismo; pero habrá sido sincero, y os le habrá ofrecido mi corazón? ¡Ay de mí! quizá le ha pronunciado la boca, y no ha tenido parte el corazón; he creído muchas veces haberme convertido a Vos, y puede ser que no haya sido sino movido a la conversión; quizá habré renunciado al mundo, y me habré quedado dentro de mí mismo sin dirigirme a Vos. ¡Oh Dios mío! ¡Cuántas imperfecciones, fingimientos y engaños en mis sacrificios! ¡Quizá habrán sido por la mayor parte hijos de la hipocresía, de la ostentación, del respeto humano, y por motivos puramente naturales! Tales, Señor, habrán sido los sacrificios que os he ofrecido hasta este día. Pero ¡Oh Dios mío! el sacrificio que ahora os ofrezco, no, no es sacrificio solamente de los labios, sino que nace de mi corazón: sí, ¡Padre mío! yo quiero ser de Vos, vivir para Vos, sufrir por Vos, y aun si es necesario morir con Vos. Mi corazón es el que os habla, y sus más íntimos sentimientos son los que se dirigen a Vos: ¡pues qué! ¿Es posible que llevara yo la simulación hasta al pie de la Cruz? ¡No Dios mío! Conozco, finalmente, que no hay cosa más fácil que engañarse en estos asuntos de piedad, y que es una cosa bien triste y funesta el ser engañado en ellos. Si hasta el día no os he ofrecido sino sacrificios defectuosos, haced a lo menos que este sea sincero.

Mi sacrificio debe ser universal: si Vos no exceptuasteis nada en el vuestro, yo quiero a vuestra imitación que el mío lo abrace todo, y que sea sin ninguna excepción; os le ofrezco de todo lo que tengo, y de cuanto soy; os hago el sacrificio de mi espíritu, os someto todas mis luces, y os consagro todos mis pensamientos; reprimid, Señor, la vanidad, la presunción y orgullo que pueda haber en él, y haced que la humildad de la cruz inspire, dirija y santifique todos sus movimientos.

Concededme, Señor, la gracia de que os sacrifique mi corazón todos mis afectos, mis inclinaciones perversas, mis pasiones desarregladas, y que en adelante posea siempre un corazón contrito y penetrado de dolor: que os sacrifique mi voluntad para que no reine en mí otro deseo que el del cumplimiento de la vuestra, conformándome con vuestras órdenes, abandonándome a vuestra providencia, y dependiendo absolutamente de Vos en todo cuanto me ordenéis; que os sacrifique mi cuerpo y todos mis sentidos, para que mediante la austeridad y el rigor tan justamente merecido, sean otras tantas víctimas de penitencia y mortificación, como ha sido el número de sensualidades, y criminales satisfacciones con que tantas veces han sido lisonjeados; y que os sacrifique, en fin, mi vida siempre, y en el momento en que me la pidiereis en castigo del abuso que he hecho de ella por espacio de tantos años.

Bien conozco, ¡Oh Dios mío! que dándoos y ofreciéndoos todo esto, es muy poco lo que os sacrifico pero al fin, Señor, yo os lo doy todo, y os suplico que supláis por Vos mismo todo lo que me falta.

Os ofrezco, Señor, un sacrificio constante, y os le ofrezco para siempre; le consagro al pie de vuestra cruz para que no se acabe jamás. ¡Ah! lejos de mí, Dios mío, aquellas inconstancias, aquellas vicisitudes, aquellas indignas detenciones dentro de mí mismo, y aquellas continuas alternativas del bien y del mal, de fidelidad y de resistencia.

Para que mi sacrificio sea irrevocable, ¡Oh Dios mío! lavad mi corazón en vuestra Cruz, sellad mi ofrenda con vuestra sangre, y consagrad con ella la unión que deseo formar con Vos.

Sí, ¡oh adorable Salvador mío! yo soy todo para Vos, y lo soy para siempre, Los hierros os clavan a vuestra Cruz, y mi amor, y mi dolor me crucifican en la misma Cruz con Vos. ¿Cómo no ha de ser indisoluble este vínculo tan sagrado?

¡Oh Dios mío! ¿Por qué motivo me separaré de Vos? ¿Y adónde iré yo si os dejo? ¿No he experimentado bastante la vanidad y la nada de todas las cosas?

Vos sólo, Señor, Vos sólo sois para siempre el objeto de mis deseos; vuestra cruz, vuestra gracia y vuestro amor no se acaban jamás; ¿pues qué tengo yo que temer, ni que desear sobre la tierra?

Esto es hecho, ¡oh Dios mío! Ved aquí mi sacrificio, todo lo deposito al pie de vuestra Cruz, conservadlo, pues, para siempre en vuestro Corazón.