EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz

el consuelo de sus penas

***

 

Jesucristo se dispone para ir a Jerusalén en los días inmediatos a su Pasión

significado-de-la-cruz-de-jesus

Consideraremos en Jesucristo el ardor de su celo por la gloria de su Padre, y la ternura de su amor por nosotros.

Ecce ascendimus Jerosolymam, Filius hominis tradetur, illudetur, et flagellabunt, interficient eum. (Marc, 10).

Estas fueron las palabras que aquel Divino Redentor dirigió a sus Apóstoles en aquellos días inmediatos a su Pasión. Sabed, hijos míos, les dice, que ya se acerca el día de mi Pasión y de mis tormentos: marchemos a Jerusalén en donde el Hijo del Hombre será entregado a sus enemigos, ultrajado, escarnecido, azotado y condenado a muerte.

Conocía este admirable Salvador que todo iba ya dirigido a su última hora, y al cumplimiento de los oráculos. Ya los Escribas y Fariseos enfurecidos contra Él habían tenido entre ellos su inicuo consejo, esperaban la ocasión de apoderarse de Él, y temían ejecutarlo durante la festividad de la Pascua de miedo que el Pueblo no se tumultuase: Non in die fisto, ne forte tumultus fieret in populo. (Matth. 26.) Pero de todos modos estaban resueltos a perderle a cualquier precio que fuese.

Jesucristo iba preparando poco a poco a sus Apóstoles para este gran misterio y para el día en que debía separarse de ellos: mi tiempo se acerca, les decía, tempus meum prope est, (Joan.13); ya es muy corto el que tengo que estar con vosotros, adhuc modicum vóbiscum sum; caminad mientras os dure la luz, no sea que la noche os sorprenda, ambulate dum lucem habetis, ne vos tenebræ comprehendant. (Joan. 12.) Me veréis aun un poco de tiempo, pero bien presto no me veréis más: modicum videbitis me, et iterum modicum, et non videbitis me. (Joan. 16) ¡Qué tristes y funestos no debían ser todos estos anuncios para los Apóstoles!

Les dice, finalmente, que todo está concluido, que ya está tomada su resolución, y que está determinado a ir a Jerusalén para consumar la grande obra-de su mision, consummabuntur omnia quæ scripta sunt de Filio homnis. (Luc.18.)

Pero ¡oh adorable Salvador! Vos no podíais ignorar lo que os esperaba en Jerusalén: sabíais que vuestros enemigos estaban armados, rabiosos y enfurecidos contra Vos; que habían jurado vuestra muerte; que la envidia, la perfidia y la calumnia conspiraban unánimemente contra Vos y que las afrentas, las injurias, los oprobrios, y toda suerte de tormentos estaban preparados contra Vos; sí, Dios mío, bien sabíais todo esto; y sin embargo, lejos de retraeros esta consideración, os empeña mucho más a ir a presentaros a los terribles tormentos que os esperan. La gloria de vuestro Padre Celestial es la que únicamente tenéis en vuestro corazón, la salvación de las almas, y el excesivo amor que nos tenéis es la causa de que os apresuréis por ofrecer este divino holocausto que esperaba el mundo hacía tantos siglos.

Id, pues, ¡oh Dios Salvador! y seguid el ardor del celo que os devora; id cordero inocente para ser conducido al matadero; id víctima santa a sacrificaros por la salud de los hombres; id Médico celestial a preparar el remedio para sanar las llagas de nuestras almas; id, tierno Pastor, a ofreceros a la muerte por vuestras queridas ovejas; ¡Hijo amado! id a cumplir los designios de vuestro Padre Celestial y a reparar su gloria tan indignamente ultrajada.

¡Dios Redentor!, entrad en la penosa carrera que se os presenta, y que debe ser regada con vuestra sangre. ¿Cuánto tiempo no había que suspirabais por estos días de salud para los hombres, por estos momentos de dolor para Vos, y por este sacrificio tan admirable y glorioso a vuestro Padre Celestial? Vuestro abrasado Corazón lo había anunciado muchas veces a los Apóstoles: yo debo ser bautizado, les decíais, con un bautismo de sangre, baptismo habeo baptizari. (Luc. 13.) y mi Corazón padece la mayor angustia hasta que este bautismo tenga su cumplimiento: quomodo coarctor donec perficiatur: estoy inquieto y me devora un deseo ardiente de celebrar con vosotros esta Pascua, que será el anuncio y preparación de mis tormentos y de mi muerte, Desiderio disideravi hoc Pascha manducare vobiscum. (Luc. 22.).

Ya llegó, Señor, este tiempo: vuestros deseos van a ser cumplidos, vuestro Corazón satisfecho, vuestra sangre derramada, y el mundo entero va a ser testigo de aquel sacrificio admirable y sangriento que debe obrar la grande obra de su redención.

¡Oh Dios mío! ¿A vista de esto podremos nosotros dejar de admirar el amor inmenso que nos manifestáis?

¡Ay de mí! ¿Qué hubiera sido de nosotros si Vos no os hubierais ofrecido por nuestra salud? Ya estaba decidida nuestra suerte, ya estaba extendido el decreto, y nos hallábamos para siempre sin recurso; sólo de Vos podíamos esperar el remedio de nuestros males; sólo Vos podíais libertarnos de los rigores de la venganza del Cielo.

¿Pero a cuánta costa, y por qué camino nos ponéis a cubierto de sus tiros? ¡Ah! Ya nos lo manifestáis Vos mismo tomando el camino de Jerusalén, es decir, del teatro sangriento de vuestros tormentos, y de vuestra muerte.

¿Quién es capaz de comprender ni explicar los grandes y elevados pensamientos de que se ocupaba entonces Jesucristo, ni las consideraciones que se ofrecían a su espíritu? Consideraba que yendo así a ofrecerse Él mismo, tomaba sobre sí la carga más pesada y terrible, que iba a padecer todo lo que los Profetas y las figuras habían anunciado, todo el furor que meditaba la malicia de sus enemigos, todo el rigor que exigía la justicia de Dios, y todos los tormentos que habían merecido los pecados de los hombres; todo esto le acometía de tropel, y venia como a descargar sobre su cabeza.

¿Y cómo y con qué vista miraba todas estas cosas? Consideremos y admiremos aquella tranquilidad y paz inalterable con que Jesucristo pronuncia estas palabras, y anuncia esta Pasión sangrienta. ¡Ah! No se diría sino que hablaba y predecía los tormentos que otro había de padecer; su espíritu estaba en una perfecta paz, su Corazón se hallaba resignado y su alma gozaba de una igualdad inalterable; ¡disposiciones admirables que pueden servir para nosotros de una prueba sensible de su divinidad!

Porque ¿quién otro sino un Dios podía prever así lo futuro y anunciarlo de una manera tan expresa y positiva? ¿Quién sino un hombre Dios podía mirar de aquella suerte los tormentos tan horribles que estaba al punto de padecer? ¿Qué otra caridad que la de un Dios podía entregarse a la muerte por los pecadores que la habían merecido y aun por aquellos mismos que se disponían para hacerle morir? ¿No se ve en todo esto la malicia más excesiva de los hombres sobrepujada y vencida por el exceso más grande de la misericordia de un Dios?

Ecce ascendimos: medito vuestras palabras; ¡oh adorable Salvador mío! pero si entro en vuestros sentimientos, ¿qué no tendré yo que adorar, que admirar y aun que imitar? Y si no os imito ¿qué justos motivos no tendré de condenarme?

¡Con qué prontitud no os entregáis, y os sometéis a las órdenes de vuestro Padre Celestial! Desde el mismo instante en que llegó el tiempo señalado en los consejos de Su providencia, os disponéis a obedecerle y dar cumplimiento a su voluntad: surgite eamus, (Matth. 26.) decís inmediatamente, vamos sin dilación, para que esta misma prontitud haga conocer a todo el mundo el amor que tengo a mi Padre, ut sciat mundus quia diligo Patrem. (Joan. 13.)

Pero yo, ¡oh Dios mío! si alguna vez me veo en la necesidad de hacer algún sacrificio por Vos y por vuestro amor, ¿tengo yo esta fidelidad pronta en presentarme, en cumplir vuestros designios, en ponerme de parte de vuestras intenciones y ejecutar vuestra voluntad adorable? Mi corazón dice pronta y generosamente, así como Vos, surgite eamus, ¿vamos adonde Dios nos llama? ¡Ay de mí! antes bien por el contrario tiemblo, vacilo, dudo y lo dilato siempre; mi naturaleza se estremece, las fuerzas me faltan, y en vez de marchar con valor, me detengo a los primeros pasos y mi cobardía me hace indigno de que os haga el más corto sacrificio.

¡Qué amor tan tierno no manifestáis, oh Salvador mío, a vuestros queridos Discípulos! Les informáis primero de vuestra Pasión, y especialmente de todo lo que iba a suceder en Jerusalén en aquellos días de tinieblas, para que a vista de un suceso tan triste y extraordinario no fuesen sorprendidos; les prevenís, les animáis y consoláis, aunque bien sabíais que os habían de servir de muy poco consuelo.

¿Y yo estoy penetrado de estos mismos sentimientos y observo la misma conducta con mi próximo? ¿Estoy dispuesto a socorrerle en sus necesidades, a aliviarle en sus trabajos y a consolarle en sus penas? ¡Ay de mí! lejos de hallarme con unas disposiciones tan santas, conozco que las tengo muchas veces enteramente contrarias, me aparto de él, le miro con indiferencia e insensibilidad y quizá en muchas ocasiones con envidia, celo, odio y venganza; ¿y es este acaso el ejemplo que vos me dais?

Pero sobre todo, ¡oh Dios mío! ¡Con qué bondad y con qué amor no os ofrecéis en sacrificio por nosotros! Nos mirabais sumergidos en un profundo abismo de males, del que solamente una mano superior y poderosa podía libertarnos y movido de nuestras desdichas os entregáis Vos mismo, siendo la misma inocencia, en víctima por los pecadores: os presentáis delante de la divina justicia para detener su brazo que ya estaba levantado contra nosotros, y Vos, ¡oh Dios de toda bondad! me miráis entonces a mí particularmente, y vuestra caridad se extiende hasta a mí mismo.

Si Vos os preparáis de esta suerte, ¡oh divino Redentor mío! para padecer y morir por mí, ¡qué obligación tan estrecha no me imponéis de seguiros, de caminar sobre vuestros pasos, de entrar en vuestros sentimientos, de acompañaros en vuestras penas, de llorar sobre mis culpas que las han causado, de reconocer y bendecir vuestras inefables bondades, de unir mi sacrificio al vuestro y de estar pronto a sacrificarme por vuestra gloria así como lo estuvisteis Vos para sacrificaros por mi salud!

 

ORACIÓN

Sí, ¡oh adorable Salvador mío! ya estoy resuelto, estoy determinado a seguiros, a acompañaros con mi corazón y con mi espíritu, y a unirme a Vos en todos los pasos que vais a dar: estoy pronto a llorar la desgracia que he tenido de ofenderos, y de contribuir con mis culpas a todos vuestros dolores; quisiera deciros con San Pedro, sequar te quocumque ieris. (Matth. 18.) Os acompañaré, Señor, a cualquiera parte que fuereis; no os dejaré ni un solo momento; ¡pero ah! que tengo justo motivo de temer que, así como a este Apóstol, me falten el valor y la constancia, y que os abandone a los primeros pasos. Ayudadme, ¡oh Dios mío! a seguiros: sostened mi flaqueza y llamadme a Vos. Trahe me post te. (Cant. I.) Iluminad mi entendimiento, y haced que yo comprenda las grandes verdades que vuestra Pasión me presenta; moved mi corazón, y hacedle sensible a los dolores que vais a padecer; penetrad mi alma de un espíritu de compunción saludable, inundándola con aquellos torrentes de amargura en que vais a estar anegado y haced que pues he tenido tanta parte en los pecados que han causado vuestra muerte, la tenga también en la redención copiosa y abundante que ella nos presenta.