EL ALMA AL PIE DEL CALVARIO

Considerando los tormentos de Jesucristo

y hallando al pie de la Cruz

el consuelo de sus penas

***

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Sobre las ventajas que encontramos en la meditación

De la Pasión de Jesucristo

Y sobre el modo de hacerlo con fruto

 

Todos los cristianos tenemos obligación indispensable de meditar frecuentemente en la Pasión de Jesucristo y de ocuparnos en este ejercicio delante de Dios; no hay circunstancia ni motivo que no nos excite a ello; la piedad, la justicia, la gratitud, el amor, nuestro propio interés, todo nos convida a la frecuente meditación de este gran misterio.

¿Qué objeto más digno de nuestras reflexiones, más capaz de ocupar nuestro entendimiento, de mover nuestros corazones, de animar nuestros sentimientos y de hacer en nosotros las impresiones más saludables?

Consideremos separadamente estas preciosas ventajas.

La consideración de este gran misterio nos hará conocer el amor inmenso que Dios nos tiene, porque, ¿qué prueba más admirable podía darnos de su amor que la de sacrificarse y morir por nosotros?

¡Sí, Dios mío! Vos me habéis amado, y no hay ninguna cosa en Vos que no me hable de este amor: vuestros tormentos me le anuncian, vuestras llagas son otras tantas voces que me dicen que me amáis; no padecéis sino porque me amáis; no estáis triste hasta la muerte sino porque me amáis; no habéis sido vendido, abandonado y atado como a un criminal sino porque me amáis; y en fin, no fuisteis acusado, juzgado y condenado a muerte sino porque me amáis, y aun vuestra misma muerte es un exceso del divino amor que me tenéis; amor tanto más inefable cuanto yo no le merezco de ningún modo, y que lejos de ser acreedor a vuestra ternura, soy indigno hasta de la menor de vuestras atenciones.

Pero en estas circunstancias, si mi corazón no es más duro que las piedras y más insensible que las rocas, ¿cómo podré yo dejar de amar a un Dios que me ha amado con tanto exceso? ¿Y qué medida guardaré yo en mi amor, cuando mi Dios me ha amado sin medida?

¡Oh caridad inmensa de mi Salvador! ¡Más fuerte que la muerte y que el infierno, abrasadme en vuestro fuego divino! ¿Es posible que el amor conserve en vuestro corazón un incendio inmenso y que el mío permanezca insensible en medio de estos fuegos celestiales?

La consideración de la Pasión del Salvador nos hará conocer la excelencia y el precio de nuestras almas. Sí, ¡oh alma mía! ¿Quieres saber cuál es tu dignidad, y lo que vales a los ojos del mismo Dios? Pues mira lo que le has costado. Vis scire quid emit, vide quanti emit? (San Agustín).

Considera los tormentos de un Dios, las lágrimas de un Dios, la sangre de un Dios, la vida de un Dios; repara lo que ha dado para redimirte y salvarte; sí, todo esto vales a sus ojos y todo esto ha sacrificado por salvarte, tanti vales.

Pero ¡oh Dios mío! Si mi alma es de tanto precio, ¿cómo puedo yo perder de vista su salud y santificación? ¿Es posible que me haya de exponer al peligro de perderla? ¿Debo yo sacrificarla por un vil interés, por un falso honor, y por un gusto de un momento? ¿Podré yo aún degradarla, desfigurarla y deshonrarla por la mancha infame de la culpa? ¿No debería yo decirme por el contrario que no hay ninguna cosa que yo no deba hacer, y sufrir por salvarla, cuando nada ha dejado de hacer y sufrir el mismo Dios por su salud eterna?

¡Oh almas espirituales, almas inmortales, almas criadas a la imagen de un Dios, redimidas por la sangre de un Dios y destinadas a la felicidad de un Dios! Conoced que sois como divinas a sus ojos y rociadas con una sangre divina; acordaos incesantemente de la grandeza de vuestro origen, del precio de vuestro rescate, y del fin glorioso de vuestro destino; todo esto está escrito con caracteres inefables sobre la Cruz de vuestro Redentor y sellado con el sello de su sangre. Tanti vales.

La consideración de la Pasión de Jesucristo nos hará conocer la grandeza y el horror del pecado, y juntamente el rigor inexorable de la justicia y de las venganzas de Dios.

No, Dios mío, ninguna cosa nos había dado hasta ahora una justa idea de la enormidad del pecado; tantos y tan terribles ejemplos como teníamos a la vista, y tantos castigos ejecutados en todos tiempos con los que le han cometido no eran bastantes para convencernos; pero los tormentos, la Pasión y muerte de vuestro hijo único nos la da a conocer en toda su extensión.

No, el mundo entero inundado por el diluvio; Sodoma y Gomorra consumidas con fuego del cielo; Faraón y toda su armada sumergidos en las ondas del mar; seiscientos mil Israelitas muertos en el desierto por sus prevaricaciones; todos estos ejemplos tan terribles de vuestra justicia contra el pecado, no nos manifestaban aun todo su horror; pero cuando veo a vuestro hijo adorable espirar a los golpes de vuestra venganza, cuando le veo hacer de su sangre un baño saludable y necesario para lavar la culpa, cuando le veo exhalar el último suspiro clavado en una cruz en expiación del pecado, y esto no por pecados personales, porque era la misma santidad, sino por los pecados de los hombres por los que se había ofrecido en sacrificio; por sola la apariencia del pecado, que había impreso su carácter sobre aquella víctima santa. ¡Ah! Entonces, entonces es cuando yo comprehendo la enormidad y el horror detestable con que se debe mirar al pecado, el odio implacable que le tenéis, y las penas espantosas y eternas que están reservadas para los que le cometen.

¿Y es posible que pueda yo volverle a cometer? ¿Podré yo aún en adelante entregarme a él, renovar los horrores de vuestra Pasión, y crucificaros de nuevo dentro de mí mismo? ¡Ah! ¡Antes morir, Dios mío! ¡Más quiero padecer mil muertes que consentir jamás en exponerme al rigor de vuestras terribles venganzas!

La consideración de este divino misterio nos abrirá la fuente inagotable de todas las gracias. Ya el Profeta nos lo había anunciado asegurándonos que podríamos beber abundantemente en esta fuente saludable que nos abre un Dios salvador en su Pasión. Esta Pasión tan dolorosa para Él, y tan saludable para nosotros es la que nos procura todos los bienes, la que nos ha reconciliado con su Padre que estaba irritado contra nosotros, la que nos ha reintegrado en el derecho que teníamos al Cielo y habíamos perdido por la culpa, la que nos ha salvado de la muerte y del infierno, la que nos ha abierto la puerta del divino santuario y la que nos ha dado la vida y una vida inmortal.

¡Oh Salvador mío! ¡Esta sagrada Pasión es el canal por donde derramáis aun todos los días los más señalados favores que nos ha merecido vuestra sangre! ¿Qué gracias tan admirables no descenderán sobre nosotros de una sangre tan divina? ¿Qué manchas no serán borradas con una sangre tan pura? ¿Qué pecados no serán expiados por una sangre tan preciosa? ¿Qué enfermedad por incurable que parezca, ni qué llaga por inveterada que sea no sanará con un remedio semejante?

¿El pobre, el miserable, y todos los desdichados no encuentran en esta fuente saludable todos los socorros, que necesita y pide su miseria? ¡Oh Salvador del mundo! ¡Oh Jesús muerto por nosotros! Habéis dado un precio excesivo por redimirnos, y todo el que quiera vivir hallará en Vos una vida eterna y verdadera.

La meditación de la Pasión de Jesucristo nos servirá también de consuelo en todas nuestras penas: para suavizarlas y hacérnoslas más saludables, será necesario que nuestro Médico caritativo las hubiese padecido todas y hubiese gustado toda su amargura: ¿pero qué aflicción, ni qué pena por grande que sea dejará de hallar un ejemplo admirable, una dulzura que la llene de consuelo en las penas y tormentos de Jesucristo cuando le vemos padecer y morir por nosotros?

¿Qué podré yo sufrir, oh Salvador amable, que Vos no hayáis sufrido primero?

Si me quejo de la violencia de mis dolores, Vos me diréis Venid y ved si hay dolor semejante a mi dolor? Attendite et videte, si est dolor sicut dolor meus? (Thren. I, 12.).

Si me quejo del abandono de mis amigos y de la indiferencia de mis parientes, me diréis que Vos también fuisteis desamparado y abandonado de todos, omnes derelinquerunt me.

Si me quejo de la envidia, de la injusticia, de la calumnia y de la perfidia de mis enemigos, también Vos fuisteis víctima inocente de todas las pasiones y padecisteis sin hablar ni una palabra.

Si me aflige el hallar corazones ingratos, por ventura, ¿encontrasteis vos muchos agradecidos?

Si desfallezco y gimo en medio de mis dolores y enfermedades, me manifestaréis Vos que desde los pies hasta la cabeza no teníais parte sana, a planta pedis usque ad verticem, non est in eo sanitas.

En una palabra, la consideración de vuestra Pasión y la vista de vuestra Cruz servirán de respuesta a todas mis quejas y de alivio a todas mis penas: las aguas de la tribulación por abundantes y amargas que sean, se moderarán a la vista de vuestra cruz, se convertirán en aguas dulces; y por último, vendrán a llenarme de consuelo. Lignum cum misisset in aquas, in dulcedinem versæ sunt. (Exod. 15.)

¡Oh Dios mío! ¿Qué podré yo añadir o hasta qué punto no lleváis Vos vuestras bondades? La consideración de vuestra Pasión admirable me presenta un perfecto modelo de todas las virtudes. Vos mismo me conducís a la montaña santa del Calvario, me colocáis al pie de la Cruz, y me decís por la voz de vuestra sangre y de vuestros tormentos, inspice: considera y practica las virtudes que te presento.

Y en efecto, ¿hay acaso alguna virtud de la cual no nos hayáis ofrecido un perfecto modelo en la Pasión dolorosa de vuestra persona adorable? Vos fuisteis el modelo perfecto de toda santidad y de toda justicia, de la humildad más profunda, de la obediencia más sumisa, de la resignación más entera, de la dulzura más inalterable, de la paciencia más heroica, de la caridad más ardiente, en una palabra, el modelo de todas las virtudes, y de la perfección de todas ellas; no solamente nos las presentáis por medio de vuestro ejemplo admirable, y nos facilitáis su ejercicio por medio de vuestra gracia interior, sino que las divinizáis en cierto modo en vuestra persona, y cuando las practicamos con la mira y la intención de unirlas a las vuestras, llegan a ser de un precio como infinito a los ojos de vuestro Padre Celestial que nos mira a todos en Vos, y a nuestras virtudes en las vuestras.

En fin, para colmo de todos nuestros bienes y para que vuestras gracias nos sean más superabundantes, por la consideración continua, reflexiva y práctica de la Pasión de Jesucristo, tomamos una santa semejanza con Él y adquirimos una divina conformidad con el gran modelo de los predestinados.

Consideremos, pues, y meditemos sin cesar en este ejemplar divino, hasta que Jesucristo sea formado en nosotros, como dice San Pablo, donec formetur Christus in vobis. (Galat. 4).

 

ORACIÓN

¡Qué gracia! ¡Qué dicha! ¡Qué gloria sería para mí, oh divino Redentor mío, si llegase a tener con Vos esta santa conformidad! ¡Yo, flaco, miserable y pecador, con Vos que sois mi Dios, mi Salvador y mi Rey! Vuestra sagrada Pasión y vuestros tormentos son los que me consiguen todas estas ventajas: ¿pues porqué, no procuraré yo imprimirlos dentro de mi corazón y conformar con ellos toda mi conducta, para de este modo encontrar el verdadero consuelo en todas mis penas?

 

Sobre el modo de meditar con fruto en la Pasión de Jesucristo

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Para meditar de un modo útil y provechoso en los diferentes misterios de la Pasión del Salvador, será muy conveniente no perder de vista en todas las consideraciones estos santos pensamientos:

  1. ¿Quién es el que padece?
  2. ¿Qué es lo que padece?
  3. ¿De quién padece?
  4. ¿Por quién., padece?
  5. ¿Y cómo padece?

Estos pensamientos traídos a la memoria, a lo menos en general darán más fuerza y eficacia a cada consideración en particular, y harán una impresión más viva y saludable en el que medite.

¿Quién es el que padece? Es Jesucristo, el Rey de la Gloria, el Rey de las virtudes, el Señor del Cielo y de la tierra, el Santo de los Santos, el Hijo de Dios vivo, el mismo Dios, objeto de las complacencias de su Padre Celestial, mi Dios, mi Salvador, mi Señor y mi Padre.

Y yo, si alguna vez padezco, ¿quién soy yo? Quién he de ser sino un hombre mortal, sujeto por mi propio estado a padecer; un gusano de la tierra que no merece sino un vil desprecio y ser hollado entre los pies; un pecador digno de los mayores tormentos y objeto quizá de la cólera, y de las venganzas del Cielo, y una víctima arrancada del infierno, que ha merecido mil veces ser precipitada en él para siempre.

¿Y qué es lo que Jesucristo padece? Padece toda suerte de penas y tormentos; en su interior: enojo, tristeza, disgusto, temores, desolaciones, terribles angustias, agonía mortal, aflicción de espíritu, amargura de corazón, y un océano inmenso de dolores que inundan su alma; y en su exterior: desprecios, injurias, oprobrios, traiciones, perfidias, crueldades, inhumanidades, dolores sensibles en todas las partes de su cuerpo, bofetada infame, azotes crueles, corona ignominiosa de espinas, crucifixión sangrienta, y muerte dolorosa sobre todas las muertes.

Y yo, Dios mío, ¿qué es lo que padezco? ¿Qué es lo que puedo ofreceros? Algunos trabajos ligeros, algunas inquietudes y reveses de fortuna, la pérdida de algunos cortos bienes, algunas incomodidades y aflicciones pasajeras que mi delicadeza me abulta, que mi flaqueza y sensibilidad me exageran y que mi cobardía y falta de mortificación me hacen insoportables; ¿y qué es todo esto, oh Dios mío , en comparación de vuestros dolores y tormentos?

¿De parte de quién padece Jesucristo? ¡Ah! no hay ninguna cosa que no contribuya a hacerle el hombre de dolores: padece de parte de los Judíos por quienes vino al mundo especialmente; de parte de los Sacerdotes, de los Fariseos y de los Pontífices que por mil motivos deberían haber tomado por su cuenta el defenderle: de parte de los Jueces que venden su causa, y prevarican en sus juicios; de parte de un pueblo que le ultraja, le maldice y le blasfema; de parte de aquellos mismos que debieran defenderle y amarle más particularmente, como fueron sus Discípulos y Apóstoles que le abandonan y desconocen; de parte de los demonios que encienden la envidia, el odio y el furor de los hombres contra Él; y padece en fin de parte de su mismo Padre que le ve cubierto de oprobios y dolores y parece que le abandona al furor de sus enemigos.

¡Oh y cuán sensible debió ser a su Corazón este abandono y general desamparo! Aquel Señor que no había hecho sino bien a todo el mundo, se ve acometido e insultado por todos los hombres; y nosotros no queremos padecer nada sea por el camino que quiera; si alguno nos ofende de palabra, si nos falta al respeto, y no tiene con nosotros todas aquellas atenciones que quisiéramos, nos manifestamos sensibles, nos quejamos, se exaspera nuestro amor propio, nos apartamos y miramos con la mayor indiferencia a los que así nos ofenden, o quizá concebimos un odio y aversión criminal contra ellos.

¡Oh cristianos! ¡Oh Discípulos de un Dios que sufre y muere por vosotros! ¿En qué manifestáis a este Señor que sois sus verdaderos Discípulos y que no pertenecéis sino a Él?

¿Por qué y por quién padece Jesucristo? Padece por todos nosotros, y por nuestra salud; nosotros somos los amados de su Corazón, el objeto de su ternura y de su dolor; padece por sus enemigos y por aquellos mismos que son los principales autores de sus tormentos; padece por sus verdugos, y por los mismos que le crucifican.

Padecéis por mí particularmente, oh dulce Salvador mío, por mi conversión, por mi santificación, por mi felicidad eterna; y yo si padezco alguna cosa padezco por Vos y con Vos; ¡pero ay de mí! mucho menos que Vos. ¿No debería yo a lo menos ofreceros de buen corazón lo que padezco, tenerme por muy dichoso uniéndome a Vos, participando de vuestras penas y procurar suavizar las mías por medio de mi resignación y mi paciencia?

Y en fin, ¿cómo padece Jesucristo? ¡Ah! aquí es especialmente en donde me presenta aquel Señor un divino modelo; padece los mayores tormentos; ¿pero con qué paciencia? ¿Con qué resignación? ¿Con qué sumisión, caridad y dulzura inalterable? No se le oye ni una sola palabra que manifieste alguna inquietud, ni se le advierte ninguna señal que denote la menor agitación.

Como un cordero inocente es conducido al matadero, así aquel Divino Redentor se deja llevar sin oposición ni la menor resistencia. ¡Oh y qué bien que condena esta conducta admirable mis inquietudes, mis impaciencias, mis murmuraciones y mis quejas en la menor cosa que padezco!

¿Mi Dios ha sufrido tanto y yo no puedo sufrir nada sin quejarme? ¿He merecido mil veces el infierno, y me parecen pesadas las penas de esta vida? Es verdad que yo padezco, pero padezco de un modo que pierdo todo el mérito de mis penas y trabajos, porque ni sufro como pecador humilde y reconocido, ni como cristiano fortalecido por la fe, ni como Discípulo de Jesucristo animado por su mismo espíritu, y por sus ejemplos.

Estos pensamientos saludables son los que deben ocuparnos cuando meditemos en la Pasión de Jesucristo; debemos procurar tenerlos siempre presente en cualquier consideración y de este modo ¿qué impresiones no podrán hacer sobre nosotros? ¿Hasta qué punto no seremos movidos, penetrados y enternecidos?

ORACIÓN

¡Oh adorable Salvador mío! Estoy determinado a caminar con Vos en la sangrienta y penosa carrera en que vais a entrar, marcharé sobre vuestros pasos, os seguiré por todas partes, os acompañaré en todas vuestras penas y os pediré humildemente que me apliquéis vuestros méritos; pues que vais a padecer y morir por mí, y por la salvación de mi alma, no permitáis, Señor, que se pierda en mí el fruto de vuestros tormentos y de vuestra muerte. ¡Oh víctima santa, divino modelo, Dios Redentor y Salvador mío! Compadeceos de mi alma redimida por vuestra preciosa sangre y hacedla digna de entrar en vuestro corazón. Amén.