Fr. Marie-Michel Philipon O.P.- EN SILENCIO ANTE DIOS

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hijo ProdigoEXAMEN MENSUAL

SOBRE LA TENDENCIA A LA PERFECCIÓN Y EL PROGRESO ESPIRITUAL

La vida religiosa es una escuela de perfección en la que se tiende a la más alta santidad, por los medios más rápidos y más decisivos. La vida religiosa es un atajo hacia Dios. Pero hay que dejar el equipaje: riquezas, alegrías del hogar y sobre todo el “yo”. La santidad religiosa consiste en la perfección del amor por la perfección del sacrificio. Cuando un alma más se desprende de los bienes exteriores, de su sensibilidad, de su propio “yo”, mayor libertad tiene para amar.

PERFECCIÓN DEL SACRIFICIO:

“Si quieres ser perfecto, déjalo todo y sígueme”. Según la enseñanza de Jesucristo, la perfección evangélica exige el desprendimiento total. Absolutamente nada debe ya entorpecer al alma en su impulso hacia Dios. Los votos religiosos no tienen otra finalidad que arrancar todos los obstáculos al continuo ejercicio del amor. El alma religiosa que conserva aún el menor apego a las riquezas de este mundo, a los afectos del corazón, a las preocupaciones del propio “yo”, no tiene completa libertad para amar.

POBREZA:

En mi profesión religiosa he prometido pobreza absoluta. Debo renunciar a lo superfluo y, algunas veces, hasta tengo que aceptar la privación de lo necesario. Pobre y desnudo como Jesús en la Cruz. El dinero de mi Comunidad no es mío. ¿He procurado evitar todo gasto inútil? Debo recordar que una de las formas de la pobreza es la ley del trabajo. Quiero ganar mi pan con el sudor de mi frente. ¿Estoy verdaderamente desprendido de todo, de las riquezas materiales y de los bienes espirituales, aún hasta de los mismos dones de la gracia y de las consolaciones divinas? Se puede abusar de todo y en cada uno de nosotros hay una tendencia a apropiarnos aún los mismos bienes de Dios.

CASTIDAD:

La pureza de corazón es la disposición próxima para la contemplación de Dios. Cuanto mayor es la virginidad, mayor capacidad se tiene para amar. La castidad religiosa guarda en un alma todas sus fuerzas intactas para amar. ¿No habré malgastado las riquezas de mi sensibilidad? ¡He caído tan a menudo en un exceso de afecto en mis miradas, en los sentimientos de mi corazón, en mis demostraciones de simpatía, en mis lecturas, quizá, aún en mis relaciones de apostolado! ¿Me he acercado a las almas movido tan sólo por un afecto divino y sólo por Dios?

¿Cuántos deslices humanos hay en mis relaciones con aquellos a quienes amo? Tendría que ser todo divino. No quiero amar más que con el Corazón de Cristo.

OBEDIENCIA:

El voto de obediencia es el “sí” pleno a la voluntad de Dios. Él obra en el alma la suprema liberación y la entrega totalmente a Dios. La obediencia lo abarca y comprende todo en una vida. Ecce venio: ¡Oh Padre!, heme aquí para cumplir tu voluntad. A imitación de Jesucristo, ¿he entregado a Dios una obediencia sin reserva, sin demora, fiel hasta la menor jota o tilde y siempre por amor? La obediencia es la clave de la vida religiosa. He de obedecer sin rodeos, sin discusión, sin condiciones, con arreglo a la fórmula de mi profesión religiosa. “Obediencia hasta la muerte”, esto es, si es necesario, hasta morir.

PERFECCIÓN DEL AMOR:

La santidad religiosa no consiste ni en la austeridad, ni en la fidelidad exterior a las observancias de la regla, ni en tal o cual práctica de devoción, sino en la aceptación alegre de la voluntad de Dios, por amor y con una sonrisa. Nosotros lo complicamos todo; en realidad no hay obstáculo alguno para el amor. El alma religiosa, libre de todo lo que no es Dios, puede consagrar todas sus fuerzas a amar. La ley evangélica del amor es el alma de la vida religiosa. La pequeña Teresa de Lisieux lo había comprendido perfectamente al tomar la divisa: “Mi vocación es el amor”. Yo tengo gracia de estado para transformar cada uno de mis actos, en actos de puro amor. ¡Cuántas veces he faltado! El puro amor es la adhesión total a la voluntad divina, manifestada en cada instante, ya por las órdenes de la obediencia, ya por los acontecimientos de la vida. Cada minuto que pasa debería hacerme adelantar en esta vida de amor.

TENDENCIA A LA PERFECCIÓN:

La más fundamental de las leyes de la perfección religiosa es: la ascensión a las cumbres. La divisa de toda alma religiosa debiera ser: “Hacia las cimas”. ¡Excelsior! Siempre más arriba, como los alpinistas. ¡Cuántas veces me he arrastrado en la mediocridad! ¡Cuántas veces he quedado encerrado en la vulgaridad de mis mezquinos horizontes! Quiero transformar desde ahora mis acciones más triviales en actos de puro amor. Quiero hacer de mi vida religiosa un himno de amor a la gloria de la Trinidad.

EXAMEN ANUAL

SOBRE LAS ETAPAS DE LA SANTIDAD

Los maestros espirituales distinguen habitualmente tres etapas hacia la santidad: la de los principiantes, la de los que progresan y la de los perfectos. Cada uno de estos períodos se caracteriza por una actitud dominante. El esfuerzo principal de los principiantes consiste en la lucha contra el pecado y los afectos: esto es, la vía purgativa. Los proficientes tienden con todas sus fuerzas a la práctica de la virtud: es la vía iluminativa. En los perfectos, Dios lo es todo: es la vía unitiva.

LOS PRINCIPIANTES:

Desde el principio, no tener como objetivo demasiado pronto la mística ni los éxtasis, sino reformar el carácter, corregir los defectos, evitar hacerse insoportable; en una palabra, convertirse. La ascética es la base de la mística y debe siempre acompañarla. Muchas almas permanecen imperfectas hasta el fin de su vida porque les ha faltado al principio una formación seria del carácter y una lucha sin cuartel contra todas las tendencias de su alma. ¿A dónde he llegado en esta obra de mi conversión? ¿No he descuidado con demasiada frecuencia la lucha contra mis defectos de carácter y el arrancar en mí, hasta las menores raíces del mal? He aquí por qué, después de tantos años de vida religiosa, debo constatar aún tantas debilidades que sólo se encuentran en los principiantes: una vanidad grosera y ridícula que me hace de una susceptibilidad insoportable; tendencia a la disipación y a charlar inútilmente; falta de energía ante el deber; caprichos y desfallecimientos; testarudez en mis ideas y un amor propio sutil que paraliza en mí la obra necesaria de las purificaciones divinas. Con ocasión de este retiro anual, debo reconocer, si quiero ser leal, que he desperdiciado gran parte de mi vida religiosa. Quiero convertirme. Hoy empiezo de nuevo.

LOS QUE PROGRESAN:

Muchas almas religiosas tienen una propensión generosa para alcanzar la perfección. Se ejercitan con fidelidad en la práctica de todas las virtudes. Pero, cuántas imperfecciones aún en estas almas generosas: brotes de carácter, rápidos pero lamentables; falta de reacciones sobrenaturales en las ocasiones que les contrarían; falta de constancia y de perseverancia en el esfuerzo; miedo al sacrificio; acaparamiento en provecho propio de las obras de apostolado; buscar constantemente la satisfacción del amor propio y de la sensibilidad; falta de olvido de sí mismo; y así se podría multiplicar la lista hasta el infinito. ¡Hay tal abismo entre el fervor de los que progresan y la verdadera santidad! San Juan de la Cruz lo observa con dolor: son muy raras las almas que se elevan hasta la cima de la perfección porque son muy pocas las que aceptan resueltamente seguir a Cristo “hasta el final”, esto es, hasta la Cruz. Yo quiero ser de este número. Dios todo, yo nada. Amén.

LOS PERFECTOS:

Una sola alma que se consuma en la unión divina, da a la Trinidad de manera incomparable, mucha más gloria que una multitud de almas imperfectas. Sin embargo, Dios llama a todas las almas religiosas a la más alta perfección. Si no alcanzamos la cima de la santidad es por nuestra culpa. Dios nos prodiga gracias capaces de transformarnos rápidamente en la imagen de su Hijo. Reconozcámoslo con lealtad. Hemos desperdiciado una multitud de estas gracias divinas. Después de tantos años de vida religiosa, en lugar de seguir arrastrándonos por la vía purgativa e iluminativa, deberíamos estar hace tiempo consumados en la vía de la unión, entregados al Amor, no teniendo otro cuidado que el triunfo de la Iglesia y la gloria del Padre. Este retiro anual es una suprema llamada a esta vida de unión; no tardemos más: Más tarde, demasiado tarde. Sé que el amor puede aumentar en un alma hasta el infinito, porque es una participación de la Llama del Espíritu Santo, que brota en nosotros bajo la acción omnipotente del Amor eterno, y que nuestros actos de amor, cada vez más fervorosos, crean en nuestras almas nuevas capacidades de amar. Resolución suprema: Fiel a la gracia de mi bautismo y de mi profesión religiosa, quiero, de ahora en adelante, tender a la más alta perfección del amor por la perfección del sacrificio y desaparecer para dejar todo el lugar a Dios. Quiero hacer mío este hermoso programa de San Pablo: “No soy yo; es Cristo quien vive en mí”13. Así realizaré mi vocación eterna, empezada ya aquí en la tierra, de ser una alabanza de gloria a la Trinidad. 13 Gal 2, 20 20 Apéndice:

ESQUEMA PARA EL EXAMEN DE CONCIENCIA

A) ¿Me acerco al sacramento de la Penitencia con deseo sincero de purificación, de conversión, de renovación de vida y de una amistad más profunda con Dios? ¿O más bien lo considero como algo molesto que solo se recibe muy raramente?

B) ¿He olvidado o callado deliberadamente algún pecado grave en mis anteriores confesiones? C)

¿He cumplido la penitencia? ¿He reparado las injusticias cometidas? ¿Me he esforzado por llevar a la práctica los propósitos de enmendar la vida según el Evangelio? A la luz de la palabra de Dios cada uno examina su vida.

“AMARAS AL SEÑOR, TU DIOS, CON TODO TU CORAZÓN”

1) ¿Está mi corazón dirigido hacia Dios, de tal manera que con verdad lo ame sobre todas las cosas, como un hijo a su padre, cumpliendo fielmente sus mandamientos? ¿O me he preocupado preferentemente por las cosas temporales? ¿Tengo pureza de intención en mis acciones?

2) ¿Es firme mi fe en Dios que nos ha hablado por medio de su Hijo? ¿He adherido con firmeza a la doctrina de la Iglesia? ¿Me he preocupado por adquirir la instrucción cristiana, escuchando la Palabra de Dios, participando en la catequesis, evitando lo que atenta contra la fe? ¿He profesado siempre con valor y sin temor la fe en Dios y en la Iglesia? ¿Me he mostrado de buena gana como cristiano en la vida pública y privada?

3) ¿He hecho las oraciones en la mañana y en la noche? ¿Es mi oración un verdadero dialogo de la mente y del corazón con Dios, o solo un rito externo? ¿He ofrecido a Dios los trabajos, alegrías y sufrimientos? ¿He recurrido a Él en las tentaciones?

4) ¿Tengo reverencia y amor al nombre de Dios, o lo he ofendido con blasfemias, juramentos falsos e indebidos? ¿He faltado el respeto a la Santísima Virgen o a los santos?

5) ¿He honrado el día del Señor y las fiestas de la Iglesia, participando en los actos litúrgicos, sobre todo en la Misa, de una manera activa, piadosa y atenta? ¿He observado los preceptos de la confesión anual y de la comunión pascual?

6) ¿Tengo, tal vez, otros dioses, es decir, cosas que me preocupan o en las que confío más que en Dios, como son las riquezas, las supersticiones, el espiritismo o la magia?

“AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS, COMO YO LOS HE AMADO”

1) ¿Tengo amor verdadero a mi prójimo, o he abusado de mis hermanos utilizándolos para mi provecho personal, o haciéndoles lo que no deseo para mi mismo? ¿He sido para ellos causa de escándalo grave con mis palabras y acciones?

2) ¿He contribuido al bien y a la alegría de los demás miembros de mi familia, mediante la paciencia y el amor sincero? ¿He sido obediente con mis padres, los he respetado y 14 Nota del Editor: Este Apéndice no pertenece al original de “En silencio ante Dios”. Sin embargo como Fr. M. –M Philipon OP pensó esta obra en primer lugar para consagrados de vida religiosa he juzgado conveniente agregarlo aquí ya que el examen de conciencia que ofrecemos en este apéndice tiene por destinatario a todo fiel. También algunas personas necesitarán como paso previo este apéndice para examinar sus conciencias en materia que el examen de Philipon no es explicito.

Este “Esquema para el examen de conciencia” pertenece al “Rituale Romanum”, Ordo Paenitentiae, Editio typica.

¿He ayudado en sus necesidades espirituales y materiales? ¿Me he preocupado, como padre, por la educación cristiana de los hijos, y los he ayudado con el buen ejemplo y la autoridad paterna? ¿Como esposo o esposa, he sido fiel a mi cónyuge en mis deseos y en mis relaciones con los demás?

3) ¿He hecho participes de mis bienes a los que son más pobres que yo? ¿He hecho lo posible por defender a los oprimidos, socorrer a los necesitados, ayudar a los pobres? ¿O he despreciado al prójimo, especialmente a los pobres, los débiles, los ancianos, extranjeros, o los hombres de otras razas?

4) ¿Es mi vida un cumplimiento de la misión que he recibido al ser confirmado? ¿He participado en las obras de apostolado y de caridad de la Iglesia y en la vida de la Parroquia? ¿He prestado mi ayuda a la Iglesia en sus necesidades, y he orado por ellas, por la unidad de la Iglesia, por la evangelización de los pueblos, por el reino de la paz y la justicia?

5) ¿Me he preocupado por el bien y el progreso de la comunidad humana dentro de la cual vivo? ¿O solamente de mis ventajas personales? ¿He participado, según mis posibilidades, en la promoción de la justicia, la honestidad de las costumbres, la concordia, la caridad, en la sociedad humana? ¿He cumplido los deberes cívicos? ¿He pagado los impuestos?

6) ¿He sido justo, responsable y honesto en mi trabajo u oficio, prestando con amor mi servicio a la sociedad? ¿He pagado a los obreros y a los que me sirven el justo salario? ¿He cumplido las promesas y contratos?

7) ¿He mostrado a las autoridades la obediencia y el respeto debidos?

8) ¿Si tengo algún cargo, o ejerzo autoridad, uso de ello para mi interés personal o en bien de los demás, en espíritu de servicio?

9) ¿He sido fiel y veraz? ¿O he perjudicado a los demás con palabras falsas, calumnias, detracciones, juicios temerarios, violaciones del secreto?

10) ¿He causado daño a la vida, la integridad física, la fama, la honra o los bienes de los demás? ¿Le hice algún daño? ¿He aconsejado o procurado el aborto? ¿He odiado al prójimo? ¿He tenido pleitos, enemistades, insultos o cóleras con los demás? ¿He rehusado culpablemente, por egoísmo, dar testimonio de la inocencia del prójimo?

11) ¿He robado o dañado, o deseado injusta o desordenadamente los bienes del prójimo? ¿He procurado restituir lo ajeno y reparar el daño?

12) ¿Si he padecido injurias, he estado dispuesto a la paz, por amor de Cristo, y a perdonar, o guardo odio y deseos de venganza?

“SED PERFECTOS COMO EL PADRE CELESTIAL”

1) ¿Cual es la orientación fundamental de mi vida? ¿Estoy animado por la esperanza de la vida eterna? ¿Me he esforzado por adelantar en la vida espiritual, por medio de la oración, la lectura de la palabra de Dios, la participación de los sacramentos y la mortificación? ¿He reprimido los vicios, las inclinaciones y pasiones malas, como son la envidia y la gula? ¿He sido soberbio y jactancioso, menospreciando a los demás y creyéndome superior a ellos? ¿He sido presumido delante de Dios? ¿He impuesto a los demás mi voluntad, sin respetar la libertad y los derechos ajenos?

2) ¿Que uso he hecho del tiempo, de las fuerzas y los dones que he recibido de Dios como los talentos del Evangelio? ¿He usado de estas cosas para buscar mi perfección o he sido ocioso y perezoso? 

3) ¿He soportado con paciencia los dolores y contrariedades de la vida? ¿Cómo he llevado en mi cuerpo la mortificación, para completar lo que falta a la pasión de Cristo? ¿He guardado la ley de la abstinencia y del ayuno?

4) ¿He guardado mis sentidos y todo mi cuerpo en pudor y castidad, como templo del Espíritu Santo destinado a la resurrección y a la gloria, y como señal del amor que Dios fiel tiene para con los hombres, señal que plenamente se manifiesta en el sacramento del Matrimonio? ¿He manchado mi cuerpo con la fornicación, la impureza, las palabras y pensamientos indignos, malos deseos o acciones? ¿Me he dejado arrastrar por el deleite? ¿He tenido lecturas o conversaciones o frecuentado espectáculos o diversos contrarios a la honestidad cristiana y humana? ¿He sido causa, por mi indecencia, de pecado en los demás? ¿He observado la ley moral en el uso del matrimonio?

5) ¿He actuado contra mi conciencia, por temor o hipocresía? 6) ¿He buscado siempre obrar con la verdadera libertad de los hijos de Dios, según la ley del Espíritu, o he sido esclavo de mis pasiones?