COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

COMPENDIO DE FORMULARIO PARA LAS CONFESIONES ORDINARIAS

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Desde mi última confesión que fue tal día, me acuso de haber tenido poco amor a mi Dios; de haberme llegado a la Santa Comunión la última vez con poco respeto y devoción de haber hecho la preparación y la acción de gracias con tibieza y negligencia, sacando de ella poco fruto.

Me acuso de haber tenido muchas distracciones oyendo la Santa Misa, durante el Oficio Divino, en mis meditaciones, oraciones, lecturas, exámenes, y en mis otros ejercicios de piedad; siendo negligente en desecharlas de mí, singularmente tres o cuatro veces que han sido más largas; de haberlas dado ocasión por alguna ligera mirada y llenado mucho el espíritu y el corazón con las cosas temporales; de haberme dormido algo una vez mientras la meditación; de haber disminuido otra una parte de esta y omitido una lectura por mi culpa.Me acuso de no haber estado recogido durante el día; de haber pasado horas enteras sin volver a Dios; de no haber purificado bien mis intenciones en mis acciones; de haberme buscado en ellas a mí mismo y de no haber casi obrado sino por amor propio; de no haberlas reanimado, ni hecho con el fervor, celo y aplicación que debía y sí descuidadamente; de haber faltado algunas veces en ofrecerlas a Dios; de haber estado ocioso una, durante un cuarto de hora y haberme aplicado otra por media hora en una ocupación inútil; de haber faltado dos veces en seguir la inspiración del Señor, que me encaminaba a hacer alguna buena obra que he omitido; de no haber vigilado muchas veces para aprovechar las ocasiones de practicar la virtud.

Me acuso de haber tenido poca caridad para con mi próximo; de haber tenido muchos pensamientos y movimientos contra él de sospecha, juicio temerario, menosprecio, aversión, rencor, venganza, envidia y otros semejantes y de haber estado muy tardío en desecharlos, singularmente dos veces que me he detenido un poco en un pensamiento de rencor; de haberle dicho una vez una palabra un poco áspera; de haber en otra hablado de sus defectos, en cosa poco importante; de haberme recreado en que se hablase mal de él; de haber tenido que decir de su conducta y llevado con impaciencia sus defectos; de haberle causado pesadumbre una vez, y en otra sido motivo de enfadarse.

Me acuso de haber sido sensual en mis comidas; de haber buscado en ellas con demasía mi gusto; de haber comido con ansia, inmodestia y pasado un poco los límites de la necesidad; lo que me ha causado alguna ligera indisposición; de haber comido alguna vez a deshora sin necesidad; de haber amado con exceso la diversión y ocupándome en ella mucho tiempo; de haberme entregado en una ocasión a sentimientos un poco excesivos de vana alegría.

Me acuso de haber tenido pensamientos de orgullo, de vana estimación de mí mismo, de complacencia en mi mérito, y de haberme detenido un poco en esto; de haber dicho una vez algunas palabras en ventaja mía; de haber tenido gozo otra vez en alguna alabanza que se me ha hecho y en algún honor que se me ha dado; de haber encaminado mis acciones para agradar a los hombres y obrado por respeto humano, sobre todo una vez.

Me acuso de haber tenido pensamientos e imaginaciones contrarias a la pureza; de haber pecado por mi negligencia en echarlas de mí, sobre todo dos veces; no obstante no conozco haya habido nada voluntario; de haber sentido una vez algún movimiento desarreglado en el cuerpo; de haber hecho alguna mirada muy ligera a personas de otro sexo, lo que ha podido dar ocasión a estos pensamientos y movimientos.

Me acuso de no haberme sujetado a las disposiciones de la Providencia; de haberme entristecido, inquietado e impacientado en ellas, sobre todo en dos ocasiones; de haber dicho alguna mentira ligera una o dos veces; de haber hablado palabras ociosas; de haber dado mal ejemplo a mi próximo.

Me acuso de todos estos pecados y de un grandísimo número de otros que no conozco; como también de todos los de mi vida pasada, singularmente de haberme encolerizado muchas veces. Los detesto todos en general, y cada uno en particular. Estoy pesaroso de ellos por el amor de Dios; humildemente le pido perdón y a vos, Padre, penitencia y absolución.

No es fructuoso acusarse de los pecados veniales de que no se está arrepentido, y sí con voluntad de cometerlos de nuevo a la primera ocasión; porque sin dolor no pueden ser la materia del Sacramento de la Penitencia, y habría pecado dar por materia lo que no lo es.

Si se habla en la confesión de esta suerte de culpas, esto no debe ser sino para humillarse, para tomar parecer del Confesor, y para recibir fuerzas a fin de corregirse.

Como es peligroso que las personas que no llevan a la confesión sino faltas habituales muy ligeras, no tengan de ellas el dolor que es necesario para servir de materia al Sacramento, es bueno acusarse de algún pecado de la vida pasada, de que se esté bien arrepentido y resuelto a enmendarse, para que la absolución halle, por lo menos en este pecado, materia segura.

MIENTRAS QUE EL SACERDOTE PRONUNCIA LA ABSOLUCIÓN

Nuevamente os pido gracia y misericordia, ¡oh Jesús mío! Sí, perdón, Divino Redentor mío, perdón os pido. Estoy pesaroso en lo íntimo de mi corazón de haberos ofendido por vuestro amor, y tengo una sincera voluntad de enmendarme con el socorro de vuestra gracia. Os ofrezco todos los pesares de los Santos Penitentes, para que supla el defecto de mi dolor. Corred, Sangre preciosa de mi Salvador, puesto en la Cruz, al pie de la cual me imagino estar, corred sobre mí para limpiarme de las manchas de mis pecados; corred, Bálsamo Sagrado, para curarme de mis heridas; corred, Aceite Divino, para ungirme y fortificarme, a fin de que pueda resistir en adelante todos los esfuerzos del infierno y no recaer más en el pecado.

DESPUÉS DE LA CONFESIÓN

Gracias inmortales os sean dadas, ¡oh mi Dios! por la bondad inefable que habéis tenido en esperarme a penitencia y pronunciar sobre mí, por la boca del Sacerdote, la sentencia de absolución de mis pecados. Confirmad en el Cielo, os ruego ¡oh Salvador mío! lo que vuestro Vicario acaba de hacer en la tierra, y perdonadme todas las ofensas que he cometido contra Vos; borrad de mi alma todas las manchas de mis pecados; olvidadlos enteramente, de suerte que no se haga de ellos mención alguna en vuestro Juicio.

Os pido de nuevo perdón con un extremo pesar de haberlos cometido; os prometo hacer penitencia y castigarme a mí mismo, no solamente por el cumplimiento de lo que el Sacerdote me ha mandado, que no es nada para lo que mis pecados merecen, sino por las mortificaciones, austeridades, ayunos, trabajos y singularmente por la paciencia, humildad y resignación en sufrir todas las penas y cruces que a vuestra Providencia agradare enviarme, y las que están anexas a mi estado.

Renuevo también la promesa que os he hecho de enmendarme, sobre todo de tal y tal pecado, en que creo sois más gravemente ofendido. Ah! Señor, Vos que conocéis mi flaqueza, mi imposibilidad, tened compasión de mí y concededme una gracia poderosa y victoriosa, que en lo sucesivo me impida caer en el pecado. Amén.

SENTIMIENTOS DE PIEDAD DESPUÉS DE LA CONFESIÓN

¡Cuáles son vuestras misericordias para conmigo, Señor, en haberme perdonado mis pecados después de tantas recaídas! Ahora conozco mejor que nunca, la ninguna razón que he tenido en haber ofendido a un Dios tan lleno de bondad. Vos podíais perderme mil veces y precipitarme en los fuegos eternos, como vuestra justicia parecía pedirlo; pero habéis tenido compasión de mí.

Ya que mi alma ha sido tan preciosa a vuestros ojos, aunque no hubierais perdido nada en perderme, amaré infinitamente vuestra honra en lo sucesivo, y más pronto perderé mil veces la vida, que ofenderos de nuevo.

Mírate ya purificada, alma mía, de todos tus pecados por la virtud de la Sangre de Jesucristo; no le hagas nuevo agravio volviéndole a ofender, sino consérvate sin mancha en medio de este siglo corrompido; no más pecar, no más inclinación por las criaturas, no más ahínco por las cosas de la tierra; Vos seréis en adelante, ¡oh mi Dios! el único objeto de mis afectos y deseos. Ya no me dejaré llevar de mis pasiones; vuestro amor dominará solo en mi corazón. Ya no me dejaré llevar de la ira, ni de la vanidad, ni de la avaricia. Ya no daré entrada en mi corazón a la envidia, al odio, al rencor. Ya no abriré mi boca .a la maldición, a la murmuración, a la mentira. Ya no seguiré más en la pereza, en la negligencia, en la afeminación. Por el contrario, cumpliré con inviolable fidelidad todas mis obligaciones, y os serviré con un fervor y aplicación digna de Vos, cuanto sea posible.

Dios te ha esperado hasta ahora, por una gracia de que te habías hecho mil veces indigna, mientras que ha precipitado una infinidad de otras menos culpadas que tú en los infiernos; pero el que te ha esperado hasta ahora, no te promete hacerlo en lo venidero. No abuses, pues, más de su bondad; no le obligues a vengar con tu pérdida los menosprecios de sus favores; aprovéchate con cuidado de la reconciliación que acaba de concederte. Acaso será esta la última que te ha destinado; puede ser que no haya más perdón para ti, si tienes la desgracia de recaer en tu pecado.

El Salvador acaba de romper tus cadenas y librarte de la dura cautividad del demonio; guárdate bien de volver a tu primera esclavitud. Acuérdate que el cruel tirano de cuyas manos has sido libre, tiene grabado su yugo en los que recaen en su dominio y los precipita en nuevos y más espantosos delitos, que los que habían cometido antes; no dudes en que serás peor que nunca, si puede aún otra vez sujetarte a su imperio.

Cada pecado, que Dios ha tenido la bondad de remitirte, debe ser un urgente motivo para excitarte a amarle con nuevo ardor, y como los que te ha perdonado son de una muchedumbre y enormidad infinita, así sería necesario, si fuera posible, que tú le amases con un ardor infinito.

Haz, pues, de modo que ahora superes tanto a los otros en amor, como les superabas antes en iniquidad. Reflexiona que la Justicia Divina no quiere perder nada y piensa eficazmente en pagar todo lo que la restas a deber.

Al presente puedes satisfacer grandes deudas a poca costa. Aprovéchate, pues, de la ocasión; y para esto aplica todos los momentos del día, sin dejar pasar ninguno en que no te emplees en cosa útil, para la expiación de tus pecados. No te contentes con confesarlos y ofrecer a Dios con esta mira tus penas ordinarias y los trabajos anexos a tu estado; haz cada día alguna cosa de supererogación, alguna acción de piedad, de caridad, de humildad, alguna mortificación, alguna privación y sacrificio de aquello a que te lleve tu inclinación.

No debes mirar tus acciones y buenas obras, por numerosas y excelentes que sean, como en justo pago de tus deudas, sino como disposiciones para que los méritos de la Muerte y Sangre de Jesucristo te sean aplicados, por los cuales solamente la Justicia Divina puede recibir una digna reparación de tus ofensas.

Pon toda tu esperanza en la Muerte y Sangre de tu Salvador; ruégale sin cesar te aplique su mérito. Ya te ha purificado de la culpa del pecado en el Sacramento de la Penitencia, dile con el Profeta Rey; Amplius lava me ab iniquitate mea. Que le agrade purificarte aún más y libertarte de la obligación de la pena. Su Padre le ha cargado de todas las iniquidades de los hombres, ruégale quiera cargarse de las tuyas; Porta, quæso, peccatum meum. Suplica también encarecidamente a su Padre, mire el rostro de su Cristo y escuche la petición que le hace de que te perdone, porque no sabías lo que te hacías cuando le ofendiste. Le dice con sentimientos aún más vivos y tiernos que los que decía su Apóstol sobre el asunto del esclavo fugitivo, al dueño que le había abandonado; Si quid nocuit aut debet, hoc mihi imputa. Imputadme, Padre mío, todo el agravio que os ha hecho este hombre, y de todo lo que queda a deber a vuestra Justicia, me cargo yo por él, y lo tomo sobre mí.