Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo de Ramos

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE RAMOS

Como hemos visto el Domingo de Quincuagésima, Jesús, de viaje hacia Jerusalén, fue recibido en Betania con transportes de gozo, no sólo por sus amados huéspedes, sino también por toda la población de la aldea, feliz de volver a ver al divino taumaturgo que había resucitado a Lázaro.

El día siguiente, sábado, fue para todos una verdadera jornada de fiesta. Las ovaciones de los peregrinos habían abierto los corazones a la esperanza. Todos se preguntaban si no estarían en vísperas de un triunfo, a pesar de que, después de la sentencia de excomunión, había fundamento para prever que los enemigos del Salvador intentarían apoderarse de Él durante su permanencia en la Ciudad Santa.

Entre los principales habitantes de Betania se encontraba un ferviente admirador de Jesús llamado Simón. Invitó este a su bienhechor a tomar la cena en su casa, en compañía de sus Apóstoles, de su amigo Lázaro y de muchos otros discípulos.

Durante la cena, cuando el Salvador ocupó su lugar en la mesa del festín, María Magdalena, la hermana de Lázaro y Marta, con un vaso de alabastro en sus manos lleno de perfumes de gran precio, se acercó a Él, rompió el vaso y derramó su precioso nardo sobre la cabeza del divino huésped; luego, echándose a sus pies, los ungió igualmente y los enjugó con sus largos cabellos.

Toda la casa quedó como embalsamada con un exquisito y suave olor, mientras los convidados observaban aquella escena o ceremonia con la mayor atención. Era costumbre entre los judíos romper un vaso en medio del festín para recordar, entre las alegrías del mundo, la fragilidad de la vida humana.

María, pues, acababa de profetizar, como lo venía haciendo el Maestro desde algunos días atrás, que la separación se acercaba.

Todos se unían de corazón a María en aquel supremo homenaje rendido al Salvador; aquella unción real de Betania, censurada por el traidor y alabada por Nuestro Señor, no era más que el preludio del triunfo, también real, que al siguiente día todo un pueblo iba a tributar al Salvador.

Jesús había rehusado la corona terrestre que los judíos engañados no cesaban de ofrecerle; pero quería, antes de morir, que este mismo pueblo reconociera su verdadera dignidad real y condujera triunfalmente a través de las calles de su capital al Hijo de David, al Mesías libertador, al verdadero rey de Israel.

En presencia de los fariseos que le llenaban de injurias desde hacía tres años, del Sanhedrín que le había excomulgado, del gran sacerdote que se preparaba a pronunciar contra Él la sentencia de muerte, Jesús iba a aparecer como rey pacífico, pero también como rey omnipotente; como un pastor dispuesto a morir por sus ovejas, pero también como el juez de los que tramaban su muerte.

Y los millares de hombres que de todas las naciones llegaban a Jerusalén para las fiestas de Pascua, asistirían también a la exaltación del Mesías realizada por todo el pueblo de Israel, antes de ver a este mismo Mesías suspendido en el patíbulo de los criminales.

Antes de la llegada de Jesús a Betania, los peregrinos, que ya invadían a Jerusalén, se informaban con ansiedad acerca del profeta de Nazaret. La resurrección de Lázaro ocupaba todos los espíritus y naturalmente cada uno deseaba volver a ver y oír a aquel hombre, tan poderoso como para sacar vivo del sepulcro a un muerto de cuatro días.

Por todas partes se oía esta pregunta: ¿Vendrá a la fiesta o le atemorizará el decreto del Sanhedrín? Entre tanto, los sumos sacerdotes y los fariseos habían impartido órdenes para que aquel que supiese dónde estaba, lo manifestase, a fin de apoderarse de Él; cuando, de repente, los peregrinos que hicieron con Jesús el camino de Jericó a Betania, esparcieron la noticia de que el profeta pasaría el sábado en casa de Lázaro y al día siguiente subiría al Templo.

En el acto, se manifestó en todos los sectores de la ciudad una agitación extraordinaria. Multitud de vecinos y extranjeros treparon al monte de los Olivos, impacientes de ver al Maestro y a su amigo Lázaro salido de la tumba.

Las gentes de Betania referían todas las particularidades del gran milagro realizado por el profeta, de suerte que el número de los partidarios de Jesús, aumentando de hora en hora, comenzó a infundir terror a los príncipes de los sacerdotes.

Inquietos y turbados, estos últimos tuvieron incluso el pensamiento de hacer morir a Lázaro, aquel testigo vuelto de la tumba para cubrirles de confusión. ¡Torpeza farisaica! Como si Jesús, que resucitó a un muerto, no pudiese resucitar a un asesinado; como de hecho lo haría consigo mismo dentro de ocho días…

Tal era el estado de los espíritus, cuando, el domingo, Jesús dejó Betania para hacer su entrada en Jerusalén. Sus Apóstoles le rodeaban esperando ver comenzar ya el reinado de su Maestro. Una multitud inmensa le escoltaba lanzando exclamaciones de triunfo y de alegría.

El Maestro no rechazó aquellas demostraciones, sino que manifestó su voluntad de entrar en la Ciudad Santa como un rey. Llegado al monte de los Olivos, cerca de la aldea de Betfagué, hizo detenerse a la multitud, y tomando aparte a dos de sus discípulos, les dijo: Id a aquella aldea que está delante de vosotros; a la entrada de ella encontraréis una asna atada y su pollino sobre el cual nadie ha montado todavía. Desatadlos y traédmelos; que si alguien os preguntare con qué derecho lo hacéis, responded que es por orden del Maestro, y os lo permitirá.

El asno había sido la cabalgadura de los reyes y montado en él debía hacer la entrada en su capital el verdadero rey de Judá, según la profecía de Zacarías:

¡Alégrate con alegría grande, hija de Sion! ¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey; Él es justo y trae salvación, viene humilde, montado en un asno, en un borrico, hijo de asna.

El mismo Dios exhorta a la población de Jerusalén a entregarse a la alegría y a saltar de gozo. El motivo de la alegría se manifiesta en los nombres que lleva el Mesías: Él es rey, el Rey prometido, el heredero del trono de David; justo, el Justo por excelencia que trae la justicia. Trae salvación. Mas vendrá pobre y humilde montado en asnillo.

He aquí un rasgo que los rabinos debieron reconocer cuando se cumplió al pie de la letra el Domingo de Ramos, en que los discípulos y los creyentes en las profecías lo aclamaron Rey de Israel, si bien por tan pocas horas.

Es, por lo demás, imposible encontrar otra realización que haya ocurrido de estos oráculos, puesto que después del destierro los judíos no han tenido ningún otro rey legítimo, más que el Mesías.

Su reino iba a ser un reino de paz, por lo cual no venía montado en un caballo como los reyes conquistadores.

Jesús se sentó sobre un asnillo. Se aplica a este hecho un testimonio profético, para que apareciese que las malignas autoridades de los judíos no entendían a ese en quien se cumplía lo que leían. Entre aquel pueblo estaba, pues, la hija de Sión. Entre aquel pueblo, réprobo y ciego, estaba empero la hija de Sión, a la que se diría: No temas; he ahí que tu rey viene sentado sobre un pollino de asna.

Esta hija de Sión, a quien se dice eso, estaba entre las ovejas que escuchaban la voz del Pastor; estaba entre la multitud, que con tanta devoción loaba, con tan gran grupo escoltaba al Señor que venía. A ella está dicho: No temas; reconoce al que loas y, cuando padezca, no tiembles, porque se derrama la sangre mediante la que se borra tu delito y se te devuelve la vida.

Pero por el pollino de asna en que nadie se había sentado, entendemos el pueblo de las gentes, el cual no había recibido la Ley del Señor. Por el asna, en cambio, entendemos su plebe, que venía del pueblo de Israel; no la enteramente indómita, sino la que reconoció el pesebre del Señor.

Estas cosas no las comprendieron al principio sus discípulos; sino que, cuando fue glorificado Jesús, cuando manifestó la fuerza de su resurrección, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas de él. En efecto, al reconsiderar, según la Escritura, lo que se cumplió antes y durante la Pasión del Señor, allí hallaron también ésto: que, según los dichos de los profetas, se había sentado en un pollino de asna.

Los discípulos se despojaron de sus mantos para engalanar con ellos al pollino, e hicieron subir sobre él a Jesús. Luego, la multitud, entre gritos de alegría, le acompañó a Jerusalén.

Aquello fue, verdaderamente, una marcha triunfal. Multitudes acudían desde la ciudad al encuentro del cortejo, llevando palmas en las manos y haciendo resonar el aire con sus aclamaciones; de manera que Jesús se encontró estrechado entre dos oleadas de pueblo, los que le seguían desde Betania y los que le saltaban al encuentro.

A medida que el Salvador avanzaba, unos extendían sus vestiduras a lo largo del camino, otros arrojaban ramas de árboles a su paso; todos a porfía celebraban las alabanzas del profeta y le proclamaban rey de Israel.

Los ramos de palma son loas que significan victoria porque el Señor, muriendo, iba a vencer a la muerte y con el trofeo de la Cruz iba a triunfar sobre el diablo, príncipe de la muerte.

Cuando la comitiva, llegada a la cima del monte, diviso los blancos muros de la Ciudad Santa, sus espléndidos palacios y su vasto Templo rodeado de murallas, lanzó a todos vientos sus gritos de fe: ¡Hosanna! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos! ¡Gloria al Hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor, a restaurar el reino de David nuestro Padre!

No se podía reconocer más claramente al Mesías prometido a Abraham y cantado por los profetas.

En nombre del Señor se entiende “en nombre de Dios Padre”, de modo que no pierde su divinidad cuando nos enseña el rabajamiento; en aquélla es igual al Padre; en éste, similar a nosotros; mediante lo que es igual al Padre nos creó para que existiéramos; mediante lo que es similar a nosotros nos redimió para que no peresiéramos.

Ante tal espectáculo, los envidiosos fariseos, que se habían mezclado en el acompañamiento, echaban en cara a Jesús los gritos de sus partidarios, a los que calificaban de sediciosos, y a la manifestación de revuelta contra el Cesar

Maestro, le decían con un despecho que no podían disimular, os conjuramos que hagáis callar a vuestros discípulos.

Es inútil, les respondió el Salvador, porque en este momento, si ellos callaran, las piedras mismas clamarían…

En aquella hora, escogida por Dios para glorificar a su Hijo en nombre de la nación judía, no habría habido poder humano capaz de impedir aquella pública manifestación de su soberanía.

Desgraciados de aquellos que, en aquel día solemne, rehusaron abrir sus ojos a la luz y blasfemaron contra Jesús, en lugar de cantar con el pueblo un himno a su gloria…

Pero, ¿qué significó para el Señor ser el Rey de Israel? ¿Qué grandeza fue para el Rey de los siglos ser hecho rey de los hombres? Que el Hijo de Dios, igual al Padre, Palabra mediante la que todo se hizo, haya querido ser el Rey de Israel, es dignación, no promoción; es indicio de compasión, no aumento de potestad, ya que, quien en la tierra fue nominado el Rey de los judíos, en el Cielo es el Señor de los Ángeles.

Algunos Gentiles se acercaron a Felipe y le rogaban diciendo: Señor, queremos ver a Jesús. Y Jesús les respondió: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

Veía que, tras su Pasión y Resurrección, esos mismos gentiles que estaban en todas las gentes iban a creer porque, como dice el Apóstol: La ceguera aconteció parcialmente en Israel, hasta que entrase la totalidad de las gentes. Así pues, con ocasión de esos gentiles que ansiaban verlo, anuncia la futura totalidad de las gentes; y promete que en este mismo instante está presente la hora de su glorificación, acontecida la cual en los cielos, las gentes iban a creer.

Pero fue preciso que al ascenso y premio de la glorificación precediese el menoscabo de la pasión; por eso, al proseguir, añadió: En verdad, en verdad os digo, si el grano de trigo, tras caer en tierra, no hubiere muerto, él mismo permanece solo; si, en cambio, hubiere muerto, produce mucho fruto.

Aquí hablaba de Sí mismo. Él en persona era el grano que había de ser hecho morir y multiplicarse: hecho morir por la infidelidad de los judíos, multiplicarse por la fe de los pueblos.

Después, para exhortar a seguir las huellas de su pasión, afirma: Quien ama su alma, la perderá.

Esto es, no la ames, para no perderla; no la ames en esta vida, para no perderla en la vida eterna. En efecto, sigue: Y quien odia su alma en este mundo, la custodiará para vida eterna. Quien ama en este mundo, ese mismo, evidentemente, perderá; quien, en cambio, odia en este mundo, ese mismo custodiará para vida eterna.

¡Grande y asombrosa sentencia! El hombre tiene amor a su alma, para que ella perezca; tiene odio, para que no perezca. Si la amas mal, entonces la odias; si la odias bien, entonces la amas.

Felices quienes, para no perderla amándola, la custodian odiándola.

Pidamos la gracia para que, si llegare el momento en que se presente esta situación (o actuar contra el precepto de Dios, o emigrar de esta vida), y el perseguidor fuerce a elegir una u otra de estas dos cosas, entonces elijamos morir para el Dios querido, en vez de vivir para el Dios ofendido; entonces odiemos en este mundo nuestra alma, a fin de custodiarla para vida eterna.

Desde la cima del monte, el Salvador detuvo un instante su mirada sobre esa Jerusalén, que desde hacía tanto tiempo venía despreciando obstinadamente la gracia de la salvación, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

¡Oh Jerusalén, exclamó, si quisieras al menos en este día que se te ha dado, si quisieras abrir los ojos para reconocer al único que puede darte la paz! Pero, estás herida de una ceguedad que causará tu ruina. Pronto llegará el día en que tus enemigos te circunvalarán de trincheras, te sitiarán y estrecharán por todos lados. Serás arrasada y tus hijos serán sepultados bajo tus ruinas y de ti no quedara piedra sobre piedra, porque no has querido conocer el día en que el Señor te ha visitado.

Momentos después, Jesús entraba en la ciudad seguido de la inmensa multitud de sus discípulos. La población en masa acudió a su encuentro en medio de una agitación profunda.

Los extranjeros preguntaban: ¿Quién es este hombre y por qué estas aclamaciones?

Es el profeta de Nazaret, se les respondía; es el que resucitó a Lázaro…

Y el Hosanna al Hijo de David resonaba cada vez más ardoroso a través de toda la ciudad.

En cuanto a los fariseos, más exasperados que nunca, se decían unos a otros: Ya veis que no hemos adelantado un paso; le condenamos a muerte y he aquí que todo el pueblo corre tras él.

Los discípulos condujeron a Jesús hasta el Templo en donde sólo permaneció un momento, pero lo bastante para ver la casa de Dios convertida de nuevo en un mercado público.

Se puso, pues, a echar a los vendedores, y les dijo: Está escrito: Mi casa será una casa de oración, y vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones.

Llegaba la noche; Jesús se retiró de allí; después de despedir al pueblo, volvió a subir al monte de los Olivos donde pasó la noche orando a su Padre.

Es lo que nos invita a hacer muy particularmente durante esta Semana Santa…