Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Solemnidad del Patriarca San José

Sermones-Ceriani

SAN JOSÉ
ESPOSO DE MARÍA SANTÍSIMA

San José y María Santísima eran realmente esposos, no se trataba de una simple ficción. Sus corazones latían al unísono con ternura recíproca, bajo la inspiración del Espíritu Santo. El amor del Altísimo constituía el fundamento de su alianza.

Así como el amor de Dios es incorruptible —decían—, así nuestro amor es invencible, puesto que se alimenta del de Dios. Y, en consecuencia, se afanaban por complacerse mutuamente, tanto más cuanto que esta actitud, lejos de apartarles de Dios, les unía a Él más y más.

Había sido así desde que se hicieron las primeras promesas. José creía entonces que su amor a María no podría crecer más, pero, tras la revelación de la Encarnación por parte del Ángel, aumentará considerablemente.

Las perfecciones de María se embellecieron a sus ojos porque el Niño que llevaba en su seno era el Dios de las promesas, hacia el cual tendían todas sus aspiraciones y deseos: la contemplaba y la veneraba como una nueva Arca de la Alianza, Tabernáculo del Santo de los Santos.

María, por su parte, se sentía ligada a Él como al representante de la autoridad de Dios, escogido para ser su coadjutor en el misterio de la Encarnación. Le presta, pues, una confianza y un cariño llenos de deferencia, de sumisión tierna y afectuosa.

Han hecho ambos votos de virginidad, pero eso les une más estrechamente. Precisamente porque su amor es virginal, y la carne no tiene en él parte alguna, se encuentra protegido frente a los caprichos, las inquietudes, las amarguras y las decepciones.

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¿Presentía José que a causa de su misión María sería llamada un día por el mundo entero “causa de nuestra alegría”? En cualquier caso, en cuanto la instaló en su casa para vivir con ella una vida en común que sólo la muerte podría interrumpir, María se convirtió para Él en fuente de desbordante alegría.

Y mientras que Él la rodea de cuidados y atenciones, María, por su parte, se comporta como una esposa amorosa y dulce, cuya entrega pronta y alegre está atenta a los menores detalles.

Hay entre ellos una admirable emulación para servirse mutuamente: “Soy tu servidora”, dice María. “No —responde José—, soy yo el designado por Dios para servirte”.

Y mientras María cose y borda la canastilla del Niño, José hace la cuna de madera donde reposará el Hijo del Altísimo, el Rey del Universo, el Salvador del Mundo.

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Surge espontánea esta pregunta: Si María y José estaban, como se ha dicho, ligados por el voto de perpetua virginidad, voto que excluye el matrimonio, ¿cómo pudieron casarse válidamente, y convertirse en verdaderos esposos? En su casamiento, o no prestaron verdadero consentimiento, y se redujeron a fingir, y entonces no fueron verdaderos esposos; o prestaron un verdadero consentimiento, y entonces quebrantaron el voto de virginidad.

A esta pregunta se contesta afirmando que María Virgen y José Castísimo en su casamiento prestaron verdadero consentimiento y, por lo tanto, fueron verdaderos esposos; y al mismo tiempo, no violaron el voto de virginidad, sino que fueron siempre vírgenes.

En efecto, en el casamiento José adquirió derechos sobre María, y María sobre José. Pero el que tiene algún derecho, puede usarlo, o no; y si no lo usa, no por ello lo pierde.

La Santísima Virgen y San José, renunciando a los derechos adquiridos en su casamiento, permanecieron vírgenes; y, sin embargo, fueron verdaderos esposos. Y esto, ciertamente, sucedió por disposición de Dios.

Del mismo modo que el Arcángel San Gabriel explicó a María que Ella podía ser Madre de Dios sin violar el voto de virginidad  —esto es, por obra del Espíritu Santo—, así el Señor, de alguna manera, les aseguró que aun casándose podían mantenerse rigurosamente fieles a su voto; y ellos, de mutuo acuerdo prometieron observarlo religiosamente como antes del casamiento, y así pudieron convertirse en verdaderos esposos, sin dejar de ser vírgenes.

Por esto, el Evangelio llama a José esposo de María, y a María, esposa de José: “Jacob engendró a José, esposo de María, de quien nació Jesús.” “José, su esposo, siendo hombre justo…”; y el Ángel dijo: “No temas, oh José, tomar a María por esposa“.

Así fue el matrimonio entre la Beatísima Virgen y el Castísimo José, el más puro, el más casto, el más santo y el más admirable que se pueda imaginar.

Puede afirmarse que no fue un hombre quien se casó con una mujer, sino un ángel que se desposó con otro; o mejor, como se expresa Gersón, fue la virginidad que se desposó con la virginidad.

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El casamiento de José con María se realizó por disposición de Dios; porque —como dice San Jerónimo— deseando tomar carne humana Aquel que debía purificar las manchas de los pecados de todos los hombres, no debía tener por Madre sino una Virgen Inmaculada. Pero al mismo tiempo, quiso que esta Virgen estuviera casada, por las siguientes razones:

En primer lugar, a fin de que se cumplieran las profecías según las cuales el Mesías debía nacer de la estirpe de David, como lo demuestra claramente la genealogía.

En segundo lugar, a fin de que María, no apareciese como madre sin esposo, y no fuera tratada como adúltera y apedreada por los judíos, según mandaba la Ley en tales casos.

En tercer lugar, a fin de que al huir la Virgen María a Egipto  —y lo mismo puede decirse para las demás penas y trabajos que la afligieron—, tuviera un socorro y alivio humano y ordinario.

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Habiendo sido San José elegido por Dios para ser el protector y el casto esposo de la más pura de las vírgenes, ¿podremos dejar de creer que fuera adornado con todas las gracias y privilegios que debían hacerlo digno de un título tan glorioso? ¿Qué padre no elige para la hija que ama tiernamente, el esposo más virtuoso y perfecto que pueda hallar? Ahora bien; ¿hubo jamás hija alguna más amada por el Padre celestial que la Santísima Virgen, destinada desde toda la eternidad a ser Madre de su único Hijo?

Cuando Dios, al principio del mundo, creó de la nada, con su poder infinito, esa multitud de seres, cuya excelencia era a sus ojos digna de admiración, y coronó su obra maravillosa creando al primer hombre, no halló nada sobre la tierra que pudiera compararse a Adán.

A tantas maravillas debió añadir un nuevo milagro, y dar a Adán un apoyo que fuera igual a él. Y creó la primera mujer, que quiso sacar del costado de Adán, para que, siendo de su misma naturaleza, pudiera servirle de compañera.

¿No es, pues, lógico pensar que, habiendo dado José a María para ayudarla y servirla, lo haya hecho a José semejante a Ella, enriqueciéndolo con todos sus dones y dotándolo con gracias especiales, a fin de que, siendo en cierto modo la fiel imagen de las perfecciones de una Esposa santa, fuese digno de serle dado por compañero?

Cuando Dios quiso dar una compañera al primer hombre, se la dio semejante en la naturaleza, en la gracia y en la perfección. Y cuando quiso dar un esposo a la Madre de su Hijo divino, lo escogió semejante a Ella en gracia y santidad.

Por lo tanto, cuando consideramos atentamente las sublimes prerrogativas y las admirables virtudes de José, vemos que ningún Santo tuvo como Él tanta parte en los privilegios de los méritos que enaltecieron a María por sobre todos los santos.

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Cuando Dios eligió a José para ser el Casto Esposo de María y el Padre de su único Hijo, ya era sumamente grande y perfecto; pero ¡cuánto crecieron y se perfeccionaron tan eminentes cualidades en la compañía íntima y continua de esa Virgen incomparable, cuya profunda humildad y pureza, superiores a las de los Ángeles, obligaron, por así decirlo, al Hijo de Dios a bajar del Cielo para hacerse Hombre!…

¡Cuántas sublimes comunicaciones, qué maravillosas efusiones, qué flujo y reflujo de luces y de llamas divinas, qué sagrados coloquios entre María y José durante treinta años!

Si San José hizo tan admirables progresos en el camino de la perfección, es porque fue fiel a las primeras gracias que Dios le hizo; y esta correspondencia a todas las inspiraciones del Espíritu Santo, a todos los impulsos de la gracia, le merecieron siempre nuevos y mayores favores.

Animo, siervo prudente: porque te mostraste fiel en lo poco, te estableceré en lo mucho.

La gloria de San José no es tan sólo la de haber sido el Esposo de María y de haber llevado a Jesús en sus brazos, sino la de haberle custodiado en su corazón; de haber sabido unir la preeminencia de la virtud a la de las gracias y de los títulos, y de haber sabido honrar con la virtud más sublime al Dios que lo había elevado a tanta altura.

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Después de haber sido elegido por Dios para ser el casto Esposo de María, San José es, en consecuencia, ensalzado a la dignidad de Padre de Jesús.

Esta segunda prerrogativa, tan grande y maravillosa, no es sino un efecto y continuación de la primera.

José es el Padre del Salvador de los hombres, porque es el dueño de la divina Madre que lo dio al mundo.

Con su estilo inimitable, San Francisco de Sales lo expresa en estos términos: Si una paloma llevara en su pico un dátil, y lo dejara caer en un jardín, la palmera que de ese dátil nacería, pregunto yo, ¿no sería reconocida como de propiedad del dueño de ese jardín?… Ahora bien; nadie ha de dudar que, habiendo el Espíritu Santo dejado caer ese dátil divino, como un palomino celestial, en el huerto cerrado de la Santísima Virgen  —huerto sellado y circundado en todo su perímetro por los setos del santo voto de virginidad—, el cual pertenecía al glorioso San José; nadie ha de dudar que esa divina palmera, que a su tiempo producirá frutos inmortales, pertenezca con todo derecho al Santo Patriarca; el cual, sin embargo, no se envanece por ello, sino que se anonada y se hace cada vez más humilde.

Jesús —dice San Fulgencio— es el fruto, el ornamento, el precio y la recompensa de la virginidad, que le atrajo del cielo a la tierra. Por su pureza María agradó al Padre Eterno, y por su pureza también la hizo fecunda el Espíritu Santo.

San José es parte de ese gran milagro, ya que, si la pureza angélica es el tesoro de María, ésta, a su vez, es el depósito del casto José.

¡Oh sublime virginidad!, si tú eres el tesoro de María, eres también el tesoro de José. María la consagró, José la conservaba, y ambos la presentaron al Padre Eterno como un bien custodiado por comunes afanes.

Por lo tanto, si él tiene tan grande parte en la virginidad de María, tiene parte también en el fruto de su seno; y he aquí que Jesús es su Hijo, por la alianza virginal que lo une con su Madre.

¡Oh bienaventurado José, qué gloria para vos la de ser el Padre de un Hijo que es Hijo único de Dios mismo!… Vos sois su Padre, porque el Padre Eterno os hizo participar de sus derechos; porque representáis al Espíritu Santo, por cuya obra tiene la vida; lo sois en calidad de casto Esposo de María, su Madre divina; lo sois, finalmente, porque llenasteis todos los deberes de tal con amor inefable.

Confesemos, por lo tanto, que así como María, permaneciendo virgen, es Esposa de José y Madre de Jesús, José, por la misma razón, sin menoscabo de su pureza y sin ofender el honor de Jesús y de María, es el casto Esposo de María y el Padre de Jesús.

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Pero si el título de Esposo de María nos da tan alta idea de la santidad de José y de los dones excelentes que recibe de Dios, ¿quién podrá expresar las gracias especialísimas con que fue enriquecido, como Padre nutricio del Hijo de Dios?

¿Qué mayor honor podría hacer un rey a su favorito, que poner en sus manos, confiar a su custodia al heredero de todos sus estados, para nutrirlo, criarlo y acompañarlo por todas partes, con la misma autoridad que si fuera el rey?… Y es así como Dios obró con San José, al entregar en sus manos a su Hijo único y dilectísimo.

El espíritu humano se confunde a la vista de tanta grandeza; José comparte la eminente condición de Padre de Jesús con el mismo Dios.

Sin dejar de ser virgen, tiene la gloria de ser Padre de Aquel que es engendrado por el Padre celestial, desde toda la eternidad.

El título de Padre de Jesucristo es un favor único, un privilegio incomparable, una distinción que no habrá de repetirse en el curso de los siglos.

Pero este título importaba para José la mayor de las obligaciones, debía rendir a Dios en proporción de cuanto recibía, y en consecuencia, vivir consagrado a aspirar a la más sublime santidad y consagrado a la voluntad divina, absolutamente muerto a sí mismo, pronto a someterse a las más duras pruebas, y tomar parte en las que había de sufrir ese Hijo divino que el Padre Eterno confiaba a su solicitud.

Por sumisión, por obediencia, San José acepta un título que le dará autoridad sobre un Dios hecho Hombre. Pero, ejerciendo sus derechos de padre, no olvidará que es siervo de Aquel a quien gobierna. Cuanto más es ensalzado, más humilde se siente.

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Bienaventurado San José, apenas vislumbramos los primeros rayos de vuestra gloria, y ya nuestros ojos deslumbrados no pueden soportar el esplendor de tanta grandeza. Sois verdaderamente el Padre de Jesús, pues Dios mismo os designó tal, y os dio todos los derechos que a tan grande título corresponden.

El que forma a su gusto el corazón de los hombres, os ha dado un Corazón de padre, y a Jesús un Corazón de hijo.

Bienaventurado San José, sed también nuestro padre; tened entrañas de padre para todos aquellos a quienes Jesús amó hasta hacerse su hermano. Tened para nosotros el amor que habéis tenido para ese Hijo adorable.

Vuestro Corazón, el más santo y el más puro, después del de Jesús y de María, será nuestro asilo y el refugio en nuestras necesidades y en todas nuestras penas.

Por vuestra mediación, oh Corazón amable, alcanzaremos llegar al Corazón de Aquel que quiso ser llamado Hijo vuestro. Así sea.