DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

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Es seguro que después de la devoción que tenemos al Salvador y a su divina Madre, no hay en la Iglesia otra más excelente y saludable que la que todo cristiano debe tener a San José. Y, en efecto, ved, almas cristianas, cuantas razones apoyan esta verdad.

Primeramente, Dios quiere que honremos a San José a quien Él ha honrado tanto, y cuyo culto ha hecho inseparable de Él, de la divina infancia y de la Santísima Virgen.

La Iglesia nos invita también a unirnos a los habitantes de los Cielos y a los coros de todos los cristianos, para rendirle un homenaje digno de sus prerrogativas.

En fin, nuestros más queridos intereses nos colocan en la grata obligación de suplicarle con mucho fervor y con gran confianza.

Ahora bien, en este honor, este culto, estas oraciones, es en lo que consiste la devoción a tan gran Santo.

Esta devoción tiene, pues, por principales motivos, la voluntad de Dios, el ejemplo de la Iglesia y nuestros verdaderos intereses.

Acabamos de decir que Dios quiere que veneremos a San José, porque le ha venerado Él mismo altamente. En efecto, ¡cuánto no le ha distinguido Dios mismo de los demás hombres por las gracias de que le ha provisto, y por el ministerio augusto que le ha confiado! ¿Cuál de los Patriarcas y de los Profetas ha sido tan favorecido por Dios? ¿Cuál es el Ángel, por elevado que sea en la gloria, que no hubiese estimado la dicha inapreciable de desempeñar las funciones que ha desempeñado, la felicidad inefable de representar en la tierra al mismo Dios respecto de su adorable hijo y de la Santísima Virgen? ¿Cuál es el Santo, después de María, que se halla colocado en el Cielo más cerca de Jesucristo, divino sol que es toda la gloria y esplendor de los Santos?

Sí, San José ha sido en la tierra el Santo más querido de Dios y el más elevado en dignidad.

Y ved lo que los mayores Santos se complacen en decir de Él.

San Francisco de Sales le llama: «esposo del amor, el gran patriarca, el hombre escogido por Dios con preferencia sobre todos los demás, para prestar al hijo de Dios los servicios más tiernos y más amorosos.»

San Bernardo le nombra: «vicario de Dios Padre y de su Santo Espíritu cerca del Verbo hecho hombre.»

El piadoso y sabio Ruperto le da los títulos de «conservador del conservador del mundo, de soberano del soberano universal.»

Otros Santos doctores le llaman: «el depositario de los secretos divinos, dispensador del pan celestial y tesorero de la casa de Dios.»

Dios ha honrado grandemente a San José, y quiere que a imitación suya, le honremos con un culto verdadero y digno de sus grandes prerrogativas. Obró Dios con Él lo mismo que Faraón con el Patriarca José; y un gran número de doctores han considerado a este como un modelo del Santo que debía llevar el mismo nombre.

«¿Dónde se encontraría, dice Faraón al antiguo José, alguno más sabio que vos, ni siquiera parecido a vos? Sólo vos tendréis autoridad sobre mi casa, y yo no me distinguiré de vos más que por el trono y la calidad de rey» Aquel gran rey tomó en seguida su anillo y le puso en la mano de José, le hizo revestir una túnica de lino y le puso al cuello un collar de oro; y haciéndole subir sobre uno de sus carros, hizo pregonar por un heraldo que todos se prosternaran ante el que nombraba para mandar en todo el Egipto.

Esta es una imagen de la manera con que Dios obró con San José, le ha glorificado, y le ha establecido sobre toda su casa, es decir, sobre la humanidad entera, porque Jesús, nuevo Adán, y María, la nueva Eva, personificaban a todos los hombres, le ha dado igualmente poder para comunicarnos las gracias que necesitamos, por manera que nos dice, como Faraón a sus súbditos «acudid a José: pedid a José; y de su mano bienhechora recibiréis los socorros que necesitéis.

Debemos, pues, almas cristianas, honra a San José, porque Dios mismo le ha honrado; pero también lo debemos, porque nuestra devoción hacia Él, se liga de la manera más estrecha con la devoción al Niño Jesús y a la Santísima Virgen, por manera que no se puede sobresalir en ésta sin tener aquella en alto grado.

Acordémonos de lo que enseña sobre este particular Santa Teresa: «Por mi parte, ignoro cómo se puede contemplar a la Reina de los Ángeles prodigando día y noche sus cuidados al Niño Jesús, sin dar gracias al mismo tiempo a su casto esposo por los socorros que él prodigaba con tanta solicitud a la Madre y al Hijo. Y, además, ¿cómo podremos contemplar al Verbo divino en el misterio de su adorable infancia, sin rendir culto al que es su protector, su custodio y su padre por adopción?»

Sí, es imposible concebir que pueda tenerse una verdadera devoción al Niño Jesús y a la Santísima Virgen, sin tener una gran devoción a San José. Si amamos verdaderamente al Niño Dios, si veneramos a su Madre la Virgen Santísima, amaremos infaliblemente a San José, que ha sido el Jefe de la Santa Familia, que ha sido honrado por María y por el mismo Jesús.

El segundo motivo de nuestra devoción a San José es la intención, la voluntad de la Santa Iglesia nuestra Madre. La Iglesia, en efecto, quiere que en todas partes donde resuenen las alabanzas de Jesús y de María, resuenen también las de José, y que el culto de este gran Santo se extienda más y más.

Siempre ha exhortado a los fieles a recurrir a Él en todas sus necesidades, persuadida que serán siempre socorridos con eficacia cuando le invoquen con piedad y confianza. Siempre ha alentado todo lo que puede acrecentar esta devoción, y abierto al efecto los tesoros de sus indulgencias.

Pero principalmente en los tiempos presentes es cuando nos exhorta, por boca de Pío IX, a la devoción hacia este gran Patriarca. Y en efecto, apenas este gran Pontífice se sienta en la silla de San Pedro, cuando quiere que el Patrocinio de San José se celebre, no como hasta entonces en algunas iglesias o determinadas comarcas, sino en el mundo entero, y declara altamente «que San José, el glorioso Patriarca San José, fue colmado de gracias extraordinarias… que en todas las cosas fue obediente durante su vida a los designios y a la voluntad de Dios con una prontitud y una alegría que casi no podría explicarse… y que, en fin, coronado de gloria y honores en el cielo, ha recibido un nuevo cargo: el de aliviar por sus abundantes méritos y el apoyo de sus oraciones, la miserable naturaleza humana, y obtener en el mundo, por su poderosa intercesión, lo que el hombre por sus solos recursos no puede obtener.»

Más adelante, cuando se trata de definir el dogma de la Inmaculada Concepción, y dirigiéndose a la augusta asamblea de los Obispos reunidos a su alrededor, se cree en el deber de recomendarles vivamente que propagase a cada vez más la devoción a San José; y en su Bula de Proclamación, en el pasaje en que exhorta a los Obispos y al universo entero a recurrir a los sufragios de los Santos, nombra a San José después de la augusta María y antes que los gloriosos apóstoles San Pedro y San Pablo. Y últimamente, respondiendo a los que se lamentaban a su lado de los temores serios que inspira el porvenir, nuestro Santo Padre Pío IX les dijo: «el mal es grande, pero el mundo se salvará, No en vano propaga Dios en la iglesia con más abundancia que nunca el espíritu de oración. Se ora mucho más, y se ora mejor; los apoyos de la Iglesia naciente, María y José, vuelven a ocupar en los corazones el puesto que nunca debieron perder. Aún se volverá a salvar el mundo.»

¡He aquí, almas cristianas, cuál es la intención de la Iglesia respecto a la devoción a San José; así, ved cómo bajo la inspiración de esta Esposa de Jesucristo, se propaga en nuestros días el culto de San José! ¡Cuántas capillas, cuántos oratorios se erigen con su advocación! ¡Qué de altares erigidos a su gloria! ¡Qué de hermandades, misiones, empresas colocadas bajo su Patrocinio!

Pero entre los motivos que tenemos para ser devotos de San José, hay uno muy poderoso: el de nuestro propio interés.

La Sagrada Escritura nos dice que el demonio anda sin cesar a nuestro alrededor para devorarnos. Pero aun cuando la Escritura no nos lo afirmara, la triste experiencia de todos los días está patente para convencernos. Tenemos además dentro de nosotros mismos un enemigo muy terrible, que nos sigue por todas partes sin cesar: nuestras pasiones.

La vida de este mundo es un combate continuo en el que damos ¡ay! frecuentemente grandes caídas; luego ¿qué necesitamos nosotros tan débiles y tan miserables, sino un protector poderoso y que esté siempre lleno de bondad por nosotros? ¡Ahora mirad si no tiene para esto un grado muy eminente el glorioso San José!

¿Y a qué abogado podríamos recurrir, cuyas oraciones fuesen más eficaces que las de José, que por la santidad de su vida tanto ha contribuido al inefable misterio de la Encarnación del Verbo? ¿Qué Santo, después de María, tiene más poder con el divino Salvador que aquel que le alimentó con el trabajo de sus manos y se sacrificó por él sin reserva?

Tenemos, pues, en San José un poderosísimo protector, que además está lleno de bondad hacia nosotros, y siempre dispuesto a socorrernos. ¿Y cómo podría ser de otra manera, cuando su corazón arde en el mismo fuego de la caridad que los de Jesús y María? ¿Cómo no ha de ser nuestro amigo más tierno, Él, que ha visto de una manera tan sensible cuánto costaron nuestras almas al divino Salvador? ¿Cómo dejará de interesarse en nuestra salvación, Él, que se sacrificó por procurárnosla trabajando por Jesús y con Jesús, mezclando sus sudores con la sangre que debía producir la redención del mundo?

Pongamos, almas cristianas, nuestra confianza en San José, y que este sentimiento sea cada vez más vivo en nuestro corazón. ¿Cómo podremos dudar del poder y de la bondad del que ha sido tan honrado por Dios y declarado Jefe de la gran familia cristiana, del que se llama con tan justo título protector de la Iglesia, terror del infierno, abogado de la buena muerte, y de quien hemos recibido tantas señales de protección?

Tengamos, pues, una verdadera devoción a San José, honrándole por todos los medios que estén a nuestro alcance, como también haciendo le veneren las personas que dependen de nosotros.

Sí, vayamos todos los días a los pies de San José a darle un testimonio especial de nuestro amor hacia Él.

Además, todos los cristianos encuentran en la vida de nuestro Patriarca motivos de devoción; los nobles y ricos, deben considerar al reverenciarle que San José es nieto de los patriarcas y reyes; los pobres, que ha vivido como ellos en la indigencia, que ha trabajado continuamente como un simple artesano; las vírgenes, que conservó toda su vida la más perfecta virginidad, y que fue escogido por Dios para guarda y protector de la Reina de las vírgenes; las personas casadas, que fue jefe de la más augusta familia que puede existir; los niños, que fue el Padre Adoptivo de Jesús, conservador y director de su infancia; los sacerdotes, que tuvo la dicha de tener frecuentemente a Jesús en sus brazos; las personas religiosas, que santificó su retiro de Nazaret con la práctica de las virtudes más perfectas y en las conversaciones íntimas con Jesús y María; últimamente, las almas piadosas y fervientes, que ningún corazón después del Corazón de María, ha amado a Jesús con más ardor y ternura.

Desde el cetro hasta el cayado, desde los cedros hasta el hisopo, nada hay que deje de sentir la saludable influencia de su protección. Todas las condiciones, todos los estados tienen algo que esperar de su favor, en sus grandezas poderosos motivos para honrarle, y en sus virtudes mucho que imitar.

LETANÍAS DE SAN JOSÉ

S Guiseppe

Señor, tened piedad de nosotros.

Jesucristo, tened piedad de nosotros.

Señor, tened piedad de nosotros.

Jesús, óyenos.

Jesús, acoge nuestras súplicas.

Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.

Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.

Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.

Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros

Santa María, madre de Dios, esposa de San José, ruega por nosotros.

San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.

San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.

San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.

San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.

San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.

San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.

San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.

San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.

San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.

San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.

San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.

San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros..

San José, que tuvisteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.

San José, que tuvisteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.

San José, que visteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.

San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.

San José, que fuisteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros..

San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.

San José, que habéis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros..

San José, que anunciasteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.

San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.

San José, que habéis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.

San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.

San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.

San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.

Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

  1. Ruega por nosotros, Bienaventurado San José.
  2. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

 

ORACIÓN

¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le disteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumisión y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos también con piedad filial, a fin de obtener por su intercesión, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida.

Jesús, María y José, asistidme en mi última agonía.

Jesús, María y José, haced que espire en vuestra compañía.

 

Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. (Pío VII, 28 de abril 1803).

 

RECORDATORIO

Acordaos, ¡oh Castísimo Esposo de la Virgen María, San José!, mi amable protector, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que han invocado vuestra protección e implorado vuestros auxilios, haya quedado sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor.

¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh Vos, que habéis sido llamado Padre del Redentor, sino escuchadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favorablemente.

Así sea.

Trescientos días de indulgencias (una vez por día) aplicables a los difuntos. (Breve de N. S. P. el Papa.).