Fr. Marie-Michel Philipon O.P.- EN SILENCIO ANTE DIOS

Examen de conciencia

2037EXAMEN SEMANAL

SOBRE LA PRÁCTICA DE LAS VIRTUDES CRISTIANAS Y LA FIDELIDAD AL
ESPÍRITU SANTO

La Iglesia me prescribe la confesión semanal. Esta purificación de mi alma en la Sangre de Cristo debe obtenerme el perdón de todas mis faltas pasadas, la remisión de todas las penas debidas por mis pecados, un nuevo impulso hacia la santidad y un remedio seguro contra los desfallecimientos futuros. Confesión = conversión. La gracia de este sacramento se me da para morir al pecado y hacer crecer en mí todas las virtudes cristianas y religiosas.

FE:

Creer, es ver todas las cosas en la luz de Dios, con los ojos de Cristo. El Espíritu de fe es el que da a una vida religiosa su sentido sobrenatural. ¿No soy demasiado humano, demasiado natural en mis juicios sobre las personas y las cosas? Debería vivir en Dios y me arrastro en la mediocridad. Siempre me paro en las causas segundas, en lugar de fijar mi vista en lo invisible. Si mi fe fuera viva, vería a través de todas las cosas la voluntad de Dios, descubriría en mis Superiores, en mis hermanos, en mi prójimo, el rostro de Cristo.

En lugar de vivir despierto en mi fe y de juzgar todas las cosas a la luz de Dios, estoy falto del sentido de lo divino. Mi vida, ¿no está demasiado imbuida de materialismo y de laicismo? ¡Cuántas faltas contra esta virtud de la Fe! ¿Me he entretenido en dudas y tentaciones contra la Fe? ¿Me falta docilidad a las normas de la Iglesia? No he aceptado las órdenes de la obediencia como expresión de la voluntad de Dios.

Señor, libradme de esta ofuscación de espíritu que me impide ver lo sobrenatural.

No quiero ya posarme en los valores de la carne o de la sangre, quiero pasar por la tierra con la mirada fija en el cielo.

Resolución:

Para desarrollar en mí el espíritu de fe, seré fiel al espíritu de oración, al desprendimiento de este mundo visible, y en lugar de entretenerme en lecturas profanas, alimentaré mi fe con estudios religiosos durante toda mi vida. Tendré siempre junto a la cabecera de mi cama el Evangelio, la Biblia, el libro de Dios.

ESPERANZA:

En camino hacia el cielo, el alma cristiana se apoya para alcanzar este sublime destino, no en sus recursos personales, sino en los méritos de Jesucristo, en la bondad omnipotente y misericordiosa de Dios. No se trata aquí de optimismo o pesimismo que son sentimientos humanos; estamos en un clima teologal. Vamos a Dios, apoyándonos en Dios. Aun cuando nos fallen todos los socorros de la tierra, siempre nos queda Dios.

Dos grandes defectos amenazan la esperanza cristiana: la presunción y la desesperación. Cuántas veces he sido presuntuoso al aspirar a la santidad contentándome con bellas fórmulas místicas, sin esfuerzo personal, sin poner los medios prácticos para alcanzarla. Al Paraíso no se va con los brazos cruzados. “Ayúdate y el cielo te ayudará.”

Pero el gran obstáculo a la esperanza cristiana es la desesperación, o más bien, el desaliento. Aunque hubiera cometido todos los crímenes del mundo, no debería nunca desesperar de la misericordia de Dios. Pedro, Magdalena, Agustín y tantos otros pobres pecadores, después de haber caído muy bajo, se han convertido en grandes santos. ¡En cuántas almas se renueva la historia del hijo pródigo!

Ante ciertas pruebas, ¿no he dudado de la misericordia de Dios? Pienso demasiado en mis miserias sin considerar la infinitud de los méritos de Cristo. ¿Soy una de esas almas que siempre están revolviendo el pasado? ¿Estoy falto de confianza en la bondad de nuestro Padre del cielo? Vivo demasiado replegado sobre mí mismo, sobre mis deficiencias, sobre las lagunas inevitables en toda vida humana. Es necesario arrojarlo todo en Dios y seguir adelante.

Señor, dadme la confianza filial y sin límites de una Teresa de Lisieux. Las horas más desesperanzadas son las horas de Dios. Quiero vivir de esperanza y de pura entrega.

CARIDAD:

La caridad es la reina de las virtudes. Amar a Dios y a las almas, he aquí la perfección cristiana. La santidad es amor. Pero el verdadero amor exige la entrega total.

Amor de Dios: Tocamos aquí el máximo mandamiento enseñado insistentemente por Jesucristo en el Evangelio: “Escucha, Israel, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas”
.
Con mayor motivo la vida religiosa es una vida de amor. ¿Prefiero yo a Dios a todo el mundo? ¿A mi padre, a mi madre, a mi familia, a todos mis amigos, sobre todo, a mí mismo? Pero el amor no consiste en un vago sentimentalismo. Amar es querer. Amar a Dios, es querer a Dios. ¿He tratado de conformarme en todo a la voluntad divina, de adherirme a todos los designios de Dios sobre mí?

Dios mío, mi amor a Vos no es lo bastante puro, sino que está demasiado mezclado de amor propio, de preocupación por mí. Mi intención no es recta del todo. Debería vivir para vuestra gloria y para agradaros. Un sutil amor propio se desliza en todas mis acciones que os roba parte de vuestra gloria. No quiero pensar más en mí, sino en Vos. Transformad todas mis acciones en actos puros de amor.

Amor al prójimo: Como hijo de Dios y de la Iglesia, el amor será la ley de mi vida y la caridad el código de mi perfección religiosa. Jesús ha resumido todo el Evangelio en este precepto supremo del amor. En tanto es uno más cristiano en cuanto ama más a Dios y a su prójimo. “Amaos unos a otros como Yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos”

San Pablo, eco de las enseñanzas de su Maestro, nos ha dejado como programa de vida en el capítulo XIII de su Epístola a los Corintios, su himno a la caridad. Con arreglo a esta página sublime seremos juzgados al fin de nuestra vida.

“La caridad es benévola.” Esto es la raíz de todo. Querer el bien para todos mis
hermanos, para todas las almas, para todos los hombres del mundo entero. ¿Quiero a todos estos hermanos y hermanas en Cristo, conocidos o desconocidos, con la ternura del Corazón de Dios? ¿No forman parte, como yo, de la familia de la Trinidad? ¿No ha muerto por cada uno de nosotros un mismo Dios de amor? Si yo hubiera sufrido por esas almas como Cristo ha sufrido por ellas, las juzgaría siempre con simpatía. En adelante, todos mis juicios acerca de mis prójimos llevarán el sello de la bondad y de la caridad. Aún sobre las acciones aparentemente malas, he de abstenerme de hacer un juicio severo.

“La caridad no piensa mal.” No seré envidioso, ni me irritaré, ni me indignaré, ni menos aún me rebelaré ante procedimientos que me podrán parecer injustos y poco caritativos. Devolveré siempre bien por mal.

“La caridad no es ambiciosa, ni busca su propio interés, ni se alegra de la iniquidad, sino que pone su alegría en la verdad.”

Amaré a mis hermanos, a todos mis hermanos sin excepción. Manifestaré mi afecto preferentemente a los que por su naturaleza sean más ingratos, a los de carácter más desprovisto de dones naturales. Evitaré el más pequeño roce que pueda herir a un alma.

Estaré triste con los que lloran y alegre con los que ríen. Evitaré cuidadosamente toda ocasión inútil, toda ocasión de disputa o de enfriar la caridad. ¡Ay de los sediciosos, de todos aquellos que, por sus palabras o sus ejemplos, desgarran la unidad de una familia religiosa! Antes morir que ser causa de división en mi comunidad.

Resolución:

Hago la firme resolución de no decir nunca una palabra que pueda herir a alguien; usaré siempre palabras de benevolencia y dulzura y estaré dispuesto a prestar servicio al máximo de mi capacidad, siempre con la sonrisa en los labios. Una familia religiosa en la que cada miembro multiplica las pruebas de delicadeza de una auténtica amistad, es ya un paraíso en la tierra. Una comunidad fraternalmente unida, ensancha las almas y alegra el Corazón de Dios. La verdadera santidad no consiste (y menos aún en un convento) en mortificarse mutuamente sino en ayudarse unos a otros para elevarse unidos y con alegría hacia la Trinidad. ¿Acaso no soy discípulo de Cristo en la medida en que amo a mis hermanos y hermanas? Quiero, pues, pasar por la tierra como un ángel de caridad. Al final de la vida todo pasa. Sólo el amor es eterno.

PRUDENCIA:

El cristianismo es la locura de la Cruz, pero con sabiduría y ponderación. La prudencia cristiana hace vivir a las almas, altas luces de la fe y las más ardientes aspiraciones del amor, en el trabajo cotidiano más humilde. La santidad consiste en realizar las acciones más ordinarias con el máximo amor. El Espíritu de consejo manifiesta siempre a un alma fiel el verdadero camino de la santidad, el atajo hacia Dios.

Pero, ¿soy dócil a todas las inspiraciones de la gracia, a todas las exigencias del Amor? La prudencia excluye toda precipitación, toda inconstancia, toda negligencia; va recta hacia Dios, sin astucia, sin combinaciones fraudulentas, sin solicitud excesiva, sin las mil complicidades, confesadas o no, de la prudencia de la carne. ¿No he caído yo en alguno de estos defectos? Y esto sin hablar de mis distracciones, de mis precipitaciones, de mis olvidos, de mis faltas de reflexión y seriedad en la actuación.

Resolución:

Realizaré mi trabajo cotidiano con atención, sin minucias pero sin negligencias, con una fidelidad absoluta y sonriente hacia las menores exigencias de mi deber de estado. De esta manera, orientando con seguridad todas mis ocupaciones hacia la perfección, podré avanzar recto, rápido, muy alto hacia Dios.

JUSTICIA:

La justicia da a cada uno lo que le corresponde: a Dios y a los hombres.

Primeramente justicia para con Dios: “Dios ha de ser servido el primero”, por un culto de adoración y de alabanza, por la oración y recurriendo  incesantemente a su poder en nuestras necesidades.

La Iglesia nos ordena de una manera especial la santificación del domingo.

Nos invita a pasarlo “en la contemplación de Dios”. ¿He hecho yo del domingo el día del Señor? Consagraré el domingo al silencio, al recogimiento, a la lectura del Evangelio, para hacer provisión de fuerzas espirituales para pasar la semana bajo la mirada de Dios.

Justicia también para con los hombres: Nuestra consagración a Dios por la vida religiosa no nos dispensa de la justicia hacia los hombres, del mismo modo que las virtudes teologales no suprimen las prescripciones de la honradez natural. Debo ser justo con todo el mundo. Con nuestro personal asalariado, con todos los obreros que colaboran con nosotros en la obra de Dios. La justicia social crea obligaciones imperiosas. Un verdadero religioso debe mostrarse en todo, modelo de justicia social y de caridad cristiana.

Si tengo alguna participación de responsabilidad y de autoridad, seré justo con mis subordinados, teniendo en cuenta la diversidad de caracteres y de aptitudes, la primera educación y las gracias recibidas, la complejidad de los empleos, la sobrecarga circunstancial, la edad y los servicios prestados. La justicia, como la caridad exige que nos hagamos todos para todos. La más pequeña parte de autoridad que pueda tener, es una carga de la que soy responsable ante Dios, y debe moverme, no a mandar imperiosa y caprichosamente, sino a ponerme generosamente al servicio de los demás, de día y de noche, para encaminarlos hacia Dios.

Si soy un simple religioso, elegiré con alegría el último sitio, atento a las necesidades de los demás, dispuesto a prestarles algún servicio y a dar la máxima colaboración en cuanto de mí dependa.

Resolución:

Cualquiera que sea el sitio que ocupe, ni crítica, ni maledicencia, ni mucho menos aún, calumnia, falso testimonio, acusación injusta, chismorreo. Si he cometido algunas injusticias con mi Congregación, con mis hermanos o con mi prójimo, he de repararla sin tardanza y sin reservas. Practicaré la justicia con la sonrisa de la caridad, consciente de que somos hijos de un mismo Padre que nos espera a todos en el cielo.

FORTALEZA:

Todo cristiano debería tener un alma de mártir. La fortaleza es la virtud que nos inspira la audacia en las grandes empresas y, con una constancia invencible, hace perseverar hasta el fin en el cumplimiento de las obras de Dios. La santidad está reservada a los “violentos”, que todo lo sacrifican por el reino de Dios.

La fortaleza cristiana se manifiesta de dos maneras: la audacia en los grandes
objetivos al servicio de Dios, la magnanimidad, la magnificencia; y, en segundo lugar, la firmeza en la ejecución, un valor y perseverancia inquebrantables, si fuera necesario, hasta la muerte.

¿No soy demasiadas veces un pusilánime, un miedoso, una mujerzuela, un apocado, un alma mezquina, de estrechos y raquíticos horizontes siempre en regateos con Dios? O bien, con bellas fórmulas místicas, ¿no soy un veleidoso, un holgazán que se para a la menor dificultad? Estoy siempre vacilante y abúlico. Sueño el martirio y al menor pinchazo me pongo en vilo.

Resolución:

Fuera blandenguería, fuera temores, fuera puntos de vista humanos, mezquinos. De ahora en adelante, bajo los grandes horizontes de Dios.

TEMPLANZA:

La templanza es la que modera el apetito en la comida y en la bebida, y conserva la sensibilidad en la línea de Dios.

SOBRIEDAD:

No debemos olvidar que tenemos un cuerpo. Dios quiere que vigilemos nuestra salud en cuanto esté de nuestra parte para mejor servirle. Según la fina observancia de San Francisco de Sales el exceso de mortificación al principio, lleva consigo después una vida de reservas y cuidados. Hay que atenerse sencillamente a los preceptos de la templanza en todo lo que toque al alimento y a la higiene corporal. La santidad no excluye la limpieza que es condición de equilibrio y buen humor.

Pero la templanza cristiana excluye el rebuscar comodidades, conveniencias, la glotonería, la preocupación indiscreta del goloso. El cuidado exagerado del cuerpo y su acicalamiento desarrolla la molicie y priva al alma de vigor. El cuerpo debe estar al servicio del alma, la cual está llamada a vivir de Dios.

PUREZA:

La profesión religiosa ha consagrado todo mi ser a Cristo. Quiero permanecer puro en mis pensamientos, en mis deseos, en mis actos. Quiero ser de Cristo en cuerpo y alma. Debo vigilar la pureza de mis sentidos, sobre todo la pureza de mis miradas y la guarda del corazón. Virgen para Cristo, virgen para la Trinidad. Ningún pensamiento adúltero, ningún pesar sentimental, ningún recuerdo malsano, ningún deseo turbio o peligroso. La pureza de un lirio. El P. Lacordaire decía: “Desde que he encontrado a Cristo, no he deseado nada con concupiscencia”, y San Pablo escribía a las vírgenes cristianas: “Os he  desposado con Cristo en la unidad”
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HUMILDAD:

Los maestros espirituales han insistido sobre la importancia de la humildad como fundamento de todo el edificio de la perfección y como guarda de todas las virtudes. Se opone radicalmente a uno de los mayores obstáculos de la santidad: el orgullo bajo todas sus formas. Está comprendida en la templanza, porque modera el apetito desordenado de nuestra propia excelencia.

¿Un amor propio sutil no envenena acaso todos mis actos? ¡Debería realizarlos todos con recta intención, por sólo la gloria de Dios! ¿No le he robado a menudo alguna partícula de esa gloria? ¿No se mezclan a mis mejores acciones, puntos de vista demasiado personales, demasiado interesados, demasiado ávidos de vanidad? Y extremo la malicia hasta ocultármela a mí mismo. Todo lo hago recaer de nuevo en mí. Hago de mi “yo” el centro del mundo. Tomemos en cuenta esta advertencia del Evangelio que nos recuerda la Virgen del Magnificat: “Dios no discute con los orgullosos. Los abate”.

Resolución:

Ya que la humildad brota de la consideración de nuestra propia nada en presencia de Dios, asimilaré sin reservas estos sentimientos expresados por un gran santo: “Nada soy, nada puedo, nada valgo, siempre te sirvo mal y soy en todas las cosas un siervo inútil”. (San Vicente Ferrer.) Y como consecuencia de esto, me convertiré en discípulo auténtico del Maestro “dulce y humilde de corazón”.

LAS RESISTENCIAS AL ESPÍRITU SANTO

Un alma religiosa debe examinarse, no sólo en la práctica de las virtudes, sino también sobre las resistencias a la gracia y su falta de docilidad al Espíritu de Dios. Nos estancamos en el camino de la perfección porque no nos dejamos llevar del soplo del Espíritu, siendo así que la santidad de un alma es siempre la obra maestra del Espíritu de Dios. Este examen de conciencia sobre los dones del Espíritu Santo nos descubrirá los últimos obstáculos a la más alta perfección religiosa.

ESPÍRITU DE SABIDURÍA:

El don de Sabiduría saborea el TODO de Dios y la “nada” de la criatura. El alma no se para ya en las causas segundas, juzga de todo a la luz de la Trinidad.

En vez de vivir de cara a Dios, despierto en mi fe, entregado todo al Amor, me arrastro en la mediocridad. Veo todas las cosas de tejas abajo en lugar de contemplarlas a la luz pura de Dios. Cuando debería vivir en las cimas de puro amor, como verdadero hijo de Dios, sigo siendo un alma vulgar.

En adelante nada debe pararme en mi ascensión hacia la Trinidad. No quiero más que lo eterno y lo divino.

ESPÍRITU DE ENTENDIMIENTO:

El don de Entendimiento nos hace ahondar en todos los misterios de Dios, pero esta simplicidad de mirada no surge más que de corazones puros. Mi inteligencia entorpecida por las pasiones carnales y la preocupaciones del “yo”, se detiene en la superficie de las cosas.

¿Por qué siempre me dejo impresionar por las apariencias? ¿Por qué me dejo llevar sin control por mis primeras reacciones, a menudo tan superficiales y engañosas? Cuán diferente juzgaría de las personas y las cosas si las mirase con la mirada misma de Dios.

Espíritu de Verdad y Caridad, nada quiero ver sino bajo vuestra luz.

ESPÍRITU DE CIENCIA:

El don de Ciencia nos hace experimentar la fragilidad del mundo creado y nos lo representa en su papel de huella de Dios.

¡Cuántas veces, por el contrario, me he dejado fascinar por una bagatela! Nos apoyamos sobre un ser que pasa y que nos deja en el alma sólo amargura y tristeza.

¿Estoy desprendido de todo? ¿Absolutamente de todo? Cuando miro a las criaturas, ¿mi mirada sabe descubrir en ellas un reflejo del esplendor de Dios?
Espíritu Creador y Santificador, que todo en el universo sea para mí un mensaje de Dios.

ESPÍRITU DE CONSEJO:

El don de Consejo nos ayuda a realizar en nuestra vida el plan de Dios. Es Él, el que a través de las mil contingencias de la vida, nos ilumina desde arriba.
¿He considerado cada acontecimiento como una expresión auténtica de la voluntad de Dios? En vez de dejarme guiar por su Espíritu, ¡cuánto tiempo he perdido en proyectos personales, en cálculos inútiles! Sólo la docilidad al Espíritu Santo, nos da la certidumbre infalible de adelantar siempre en el camino de Dios.

ESPÍRITU DE PIEDAD:

El don de Piedad nos mantiene en adoración delante de la grandeza infinita de Dios y nos hace cantar, a través de todas las cosas, el esplendor de la Trinidad. Este Espíritu filial hace que consideremos a Dios como un Padre, a María como una Madre, a los ángeles y santos como hermanos miembros con nosotros de la familia de Dios. Su grito supremo es la oración de Jesús: ABBA, PATER, que nos hace decir: “Padre nuestro que estás en los cielos”.

Este Espíritu de alabanza y de filial ternura, ¿es el alma de mi oración? ¿Mi vida de oración no está demasiado replegada sobre mí mismo? Gimo sobre mis miserias en lugar de rogar por el mundo, por el triunfo de la Iglesia y por la causa de Dios.

ESPÍRITU DE FORTALEZA:

El don de Fortaleza nos hace triunfar de toda dificultad y nos conserva inmutables, a imagen de Dios. Nada debería detener a un alma que se apoya en la fuerza del Altísimo.

¡Cuántas veces he retrocedido por egoísmo y por cobardía rehusando el don, la entrega total, o bien, después de un impulso efímero; cuántas veces me he descorazonado!

No he comprendido todavía el valor redentor del sacrificio oscuro. Aun no he acogido con suficiente amor el dolor purificador y divinizador.

En adelante, avanzaré siguiendo los pasos del Crucificado y de la Reina de los
mártires, apoyado en la misma fortaleza de Dios, por el camino real de la Cruz.

ESPÍRITU DE TEMOR DE DIOS:

El don de Temor es el que explica la delicadeza del alma de los santos. Por nada del mundo quisieran entristecer a su Padre celestial. Se guardan puros de toda falta y su misma debilidad, en lugar de desanimarles, les arroja
invenciblemente hacia la omnipotencia de Dios.

¿Hay en mi alma este odio ardiente hacia el pecado que me haría morir antes que cometer voluntariamente la menor falta venial? ¡Cuántas veces por debilidad o sensualidad, por malicia quizá, he pactado con el mal!

Desde ahora, se acabó, no quiero contristar al Espíritu Santo.

Virgen de Pentecostés, lograd para el mundo la efusión de este Espíritu de Luz y de Amor que formó a los primeros Apóstoles de Cristo.

Que mi vida, al igual que la vuestra, fiel al menor soplo del Espíritu, sea una obra maestra de santidad para mayor gloria de Dios.