COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

ACTO DE CONTRICIÓN

Postrado a vuestros pies, Señor, os pido humildemente perdón de todas las faltas y negligencias que mi fragilidad, mi ignorancia y mi malicia me hacen cometer diariamente en vuestro servicio, singularmente de las cometidas desde mi última confesión.

Muero de temor, Señor, cuando pienso en su gran número, y cuánto os he desagradado y ofendido cometiéndolas.

¡Ah! ¡Cuán poco amor he tenido por Vos! ¡Cuán poca caridad por el prójimo! ¡Qué tibieza y flojedad en vuestro servicio! Al contrario, ¡cuán lleno he estado de amor propio, y cuánto anhelo he tenido por las cosas temporales! Siempre mi espíritu ocupado en pensamientos del mundo, rara vez he vuelto en mí para pensar seriamente en Vos. ¡Cuántas distracciones en mis oraciones, en mis meditaciones, en el Santo Sacrificio de la Misa, y en los otros ejercicios de piedad! ¡Qué condescendencia con la naturaleza en todas mis acciones! ¡Qué apego a mis placeres, a mis gustos, a mis comodidades! ¡Cuántos movimientos de enfado, de impaciencia, de cólera! ¡Cuántos pensamientos contrarios a la caridad, a la humildad, a la pureza, y a las otras virtudes cristianas! ¡Qué desarreglo en mis pasiones, y libertad en mis sentidos!En una palabra, ¡cuántos defectos de toda especie en mi conducta! Tantos son, que me veo como sepultado en un abismo de lodo e inmundicia. ¡Ah!, Señor, sacadme os pido de este abismo; purificadme de esta innumerable multitud de pecados.

Aunque por vuestra misericordia no los reconozco mortales, no obstante, son muy graves ante Vos, porque son contrarios a vuestras Divinas Leyes, y opuestos a vuestra infinita santidad y demás perfecciones; porque marchitan vuestra gloria y ultrajan vuestro Santo Nombre, porque os desagradan y ofenden.

Por todas estas razones los detesto con toda mi alma, y estoy sumamente pesaroso de haberlos cometido. Me confundo y humillo ante Vos, y os pido perdón humildemente, y la gracia de la enmienda, a lo que estoy resuelto trabajar con todas mis fuerzas.

Me atrevo a esperar de vuestra infinita misericordia tendréis a bien perdonármelos; y con esta esperanza voy a declararlos al Sacerdote, que ocupa vuestro lugar en el Tribunal de la Confesión.

SENTIMIENTOS SOBRE LOS PECADOS VENIALES

¿No mueres de confusión, alma mía, de estar siempre en el cieno de tus enfermedades y miserias? ¿Es así como conviene servir a un Dios de una majestad infinita? ¿Es esto lo que le has prometido tantas veces, y a lo que te obliga la santidad de tu Bautismo y profesión?

Vosotros os imagináis que vuestros pecados son poca cosa, porque no os parecen mortales; pero estáis ciegos. ¿No sabéis que el menor pecado venial, siendo una verdadera ofensa de la Majestad infinita de Dios, encierra una malicia en alguna manera infinita; que siendo un mal del Criador, a quien ultraja y deshonra, todos los males de las criaturas no les son comparables; y que sería mil veces mejor que todo el universo fuese aniquilado antes que llegaseis a cometer un solo pecado venial?

Os lisonjeáis, que el pecado venial no es un gran mal; pero esto es efecto de vuestra ceguera. ¡Ah!, si le conocieseis como es en realidad; la espantosa mancha que produce en vuestra alma, cuán deforme la hace a los ojos de Dios; las heridas que le causa, los tormentos que os acarrea en la otra vida, el gran peligro que expone vuestra salvación, mudaríais de lenguaje, y daríais más pronto mil vidas, si tantas tuvieseis, que mancharos con un pecado venial.

Tenéis trabajo en concebir dolor de vuestras faltas ordinarias, porque no son sino veniales; y más esto precede de vuestra poca luz, porque si vieseis toda la fealdad y comprehendieseis toda la enormidad del pecado venial, no solamente no podríais agotar vuestras lágrimas, sino que moriríais en la hora de dolor y confusión de haberle cometido; y vuestro cuerpo, aunque fuese de diamante se reduciría en polvo, dice Santa Catalina de Génova, a la vista de tan espantoso objeto.

Los Santos a quienes Dios iluminó en esta parte, lloraban muy amargamente sus faltas, aunque más ligeras que las que vosotros cometéis en cada hora. No podríais afligiros bastante, y seríais inconsolables por haberle cometido, si conocieseis bien la malicia.

Basta, ¡oh Dios mío! Basta que estos pecados, aunque ligeros en la apariencia, os desagraden y ofendan para obligarme a concebir un extremo dolor y hacer todos mis esfuerzos para enmendarme. Os amo mucho ¡oh Dios de amor! Os tengo mucho respeto, oh Majestad infinita, para volver a ofenderos con gusto, por faltas cometidas con una plena deliberación. Como nada quiero ni reverencio en el mundo tanto como a Vos, no tendré tampoco en adelante mayor cuidado que el de guardarme de estas faltas. Evitaré sobre todo tal y cual cosa, que creo que es la que más te desagrada.

¡Oh pureza de corazón! Que no sufres ningún afecto o apego voluntario al menor pecado venial, ni a la más ligera imperfección, ¡cuán amable eres! ¡Cuán dichoso el que te posee! Ya que tú nos haces los favores recibidos de Dios, haz de nuestra alma el Templo del Espíritu Santo, y atrae sobre nosotros mil gracias y mil bendiciones del Cielo.

No hay cuidado que no me tome desde hoy para poseerte. Pero de Vos es, Señor, de Vos es de quien espero esta dicha; soy muy flaco para poder esperar lograrla con todos mis esfuerzos; Vos sólo podéis enriquecerme con un don tan precioso; concedédmele, os lo suplico. Amen.

Elevación para antes de presentarse al Sacerdote en el Tribunal de la Confesión

Voy, Señor, con el corazón traspasado de dolor, el rostro lleno de confusión y los ojos bañados en lágrimas a ponerme a los pies del Sacerdote que ocupa vuestro lugar en el Tribunal de la Penitencia; a Vos es a quien en su persona voy a declarar mis pecados.

Mi primer cuidado en esta acción, es reparar por mi humillación y dolor, los ultrajes que he tenido el atrevimiento de haceros por mis pecados. Además me propongo inclinar vuestra misericordia a concederme la remisión de la culpa y la pena que merecen. Y en fin, deseo obtener de Vos la gracia de enmendarme y empezar una vida nueva.

Concededme, Señor, os suplico, las disposiciones necesarias, para que saque de este Sacramento todos sus frutos; y no permitáis que en lugar de alcanzar el perdón de mis pecados, cometa un nuevo delito por una confesión sacrílega.

Vamos, alma mía, vamos a postrarnos a los pies de nuestro Divino Redentor; para descargar la pesada carga de nuestros pecados, y obtener gracia y misericordia. Vamos a lavarnos y purificarnos en el baño precioso su Sangre, que nos ha preparado en este Sacramento. Vamos en fin a ganar su presencia por nuestra confesión, su juicio por el que el Sacerdote su Vicario, pronunciare sobre nosotros.

FORMULARIO DE CONFESIÓN

Para los que llevan una vida cristiana

PECADOS CONTRA DIOS

Padre; desde mi última confesión, que fue tal día, me acuso de no haber tenido por mi Dios todo el amor , todo el respeto, todo el celo que debo; de haber estado en alguna manera más sujeto y pronto para con las criaturas que para con Él; de haber sido flojo y negligente en su servicio; de no haberme aplicado a agradarle, procurar su gloria, como estaba obligado, y aprovechado las ocasiones que he tenido para esto; de no haber reconocido sus beneficios, ni dándole gracias por ellos; de tener pensamientos contra Él, contra sus Santos , y contra la fe; en los cuales no sé haber consentido; de haber faltado a la confianza en su bondad ; de no haber recurrido a Él en mis necesidades ; de no haber esperado de Él los socorros espirituales y temporales que me eran necesarios, de haber tenido pensamientos de desesperación de su misericordia, en los cuales no me he detenido; de no haber recibido con la sumisión que debía, las adversidades en que ha permitido haya sido probado; de haberme inquietado y turbado en ellas; de haber tenido algunos pensamientos de murmuración contra Él, que he despreciado; de haber hecho alguna especie de juramento sin necesidad; de no haber santificado las fiestas como debía, habiéndolas pasado en la diversión e inutilidad, sin pensar sino muy poco en las cosas celestiales; de no haber sido fiel en seguir sus inspiraciones; de no haber cumplido mis promesas y buenos propósitos; de haberme llegado la última vez a los Sacramentos de la Confesión y Comunión con poca preparación, poca devoción y poco dolor de mis pecados; de haber cumplido la penitencia con negligencia; de no haber hecho fiel compañía a nuestro Señor el día que le recibí; de haber sacado poco fruto de este gran Sacramento; de no haber oído devotamente la Misa, aun los días de fiesta; de haber tenido en ella muchas distracciones que he rechazado con negligencia; de haberlas tenido también en el servicio Divino, en mis oraciones, meditaciones, lecturas, al oír la palabra de Dios, y en mis otros ejercicios de piedad; de haber tenido mucha pereza en desecharlas, y dándoles entrada por mi inaplicación, y por la ligereza de mis miradas; de haber estado adormecido en la oración, en el Sermón, en el Oficio, en la lectura; de haber hablado, reído, y cometido ligerezas e irreverencias en la Iglesia, y delante del Santísimo Sacramento, aun durante la Misa; lo que puede haber escandalizado a los que me han visto; de no haber estado recogido por el día; de haberme abandonado mucho a la disipación y a pensamientos inútiles y voluntarios; de haber pasado las horas enteras y más, sin acordarme de Dios ni volver a él; de haber omitido en todo, o en parte la oración de la noche, la de la mañana y mis otros ejercicios de piedad por pereza; de haber faltado en purificar bien mis intenciones en mis acciones; de haberme buscado en ellas a mí mismo casi siempre; de no haberlas ofrecido a Dios a menudo, ni haberlas animado, ni hecho con la aplicación, fervor y perfección que debía, de haberlas hecho las más veces por costumbre, humor, amor propio, propia voluntad, pasión, y cometido en ellas una multitud de descuidos e infidelidades; de no haber aprovechado como debía las gracias del Señor, ni los medios que ha puesto en mí mano para mi salvación y santificación; de no haber correspondido a sus designios, ni trabajado para la perfección que pide de mí.

PECADOS CONTRA EL PRÓXIMO

Me acuso de no haber tenido para con mi próximo la caridad que debía; de no haberle amado sino por motivos humanos, y no por Dios; de no haberle estimado bastante, ni mirado a Jesucristo en su persona; de haber tenido contra él pensamientos de menosprecio, juicios temerarios en cosa poco importante, y sospechas mal fundadas, que no he desechado prontamente; de haber tenido también contra él movimientos de aborrecimiento, de aversión, de rencor, de resentimiento, de frialdad, de antipatía, que no he rechazado con bastante cuidado; creo aun haber dejado pasar muchos sin tener cuidado; pero cuando los he conocido los he renunciado; de haberle envidiado su mérito, su reputación, su hacienda, sus empleos; de haber hablado de sus faltas, aun en materia bastante importante, a presencia de tantas personas que no lo sabían; y esto por ligereza tantas veces; he hablado también tantas veces con un poco de envidia o de malicia; he tenido gusto tantas veces en que se hablase de él, creyéndolo, añadiendo yo alguna cosa, y diciendo lo que sabía, todo en materia poco importante; de no haberle defendido cuando se hablaba mal de él, se exageraban sus defectos y se le imputaban cosas falsas, tantas veces; de haber referido cosas que le han causado pena, turbación, excitando animosidades, odios, disensiones entre tres o cuatro personas.

Me acuso de no haberle ayudado, aliviado, consolado y socorrido en la necesidad; de haber sido duro, insensible, desapiadado para con él; de haberle hecho malos oficios y causado algún agravio, bien que poco considerable; de haber sido descortés, duro, enfadoso, incómodo, de mal humor; de haber sido áspero, y díchole palabras picantes y duras, con intención de causarte pena tantas veces; de haber disputado con él, injuriándole y maltratándole en algún modo; de haber contestado tercamente; de haberme inquietado, impacientado, enfadado, encolerizado un poco contra él; de haberme propasado a decirle alguna pequeña injuria; de haberle dado también lugar por mis vivezas, de impacientarse, enfadarse, encolerizarse, y decir palabras que han ofendido a Dios; de no haberme reconciliado luego con él y guardado algunas horas la frialdad y el resentimiento en el corazón; de haber procurado por este motivo evitar encontrarme con él y hablarle; de haber experimentado deseos de venganza contra él, que le sucediese mal y aun la muerte; los cuales he sofocado luego que los conocí; de haber también sentido algún gozo cuando le ha sucedido alguna desgracia; y por el contrario haberme contristado cuando le ha venido algún bien; de no haber escusado ni sufrido con paciencia sus defectos; de haber sido muy crítico para con él; de tener que decir en cuanto hacía; de haber estudiado sus acciones para censurarlas e interpretándolas siniestramente; de haberle burlado, ridiculizado, metido en chismes, menospreciado, afrentado, y algunas veces lisonjeado y alabado sin razón, excitándole a la vanidad; de haberle dado malos consejos y mal ejemplo; de haber tenido con él malos discursos o conversaciones, dicho perversas máximas y sido causa por esto para que haya cometido algún pecado ligero o grave; de no haber reprehendido cuando se ha pecado en mi presencia, aun a persona sobre quien yo tenía autoridad; de haberle aplaudido cuando ha hecho malas acciones; de no haber vigilado sobre los que están bajo de mi dirección, ni tomado el cuidado que debía en instruirlos, corregirlos y encaminarlos a su obligación.

PECADOS CONTRA MI MISMO

Me acuso de haberme amado y lisonjeado a mí mismo con exceso; de haber tenido demasiado apego a mi vida y salud; de haber estimado y buscado demasiadamente mis placeres, gustos y comodidades; de haber estado muy sujeto a mi juicio y propia voluntad, que casi siempre he seguido; de haber contentado con demasía mis sentidos, mi humor, mis pasiones y amor propio; de haberme aficionado mucho a las criaturas; de haberme dejado llevar de movimientos de vana alegría; de haber empleado el tiempo en vanas diversiones, puramente por contentarme; de haber sido sensual en comer y beber; de haber buscado en esto más bien el gusto que la necesidad; de haber excedido los justos límites, de haber buscado los bocados delicados, con mucha ansia e inmodestia; de haber comido fuera del tiempo y horas arregladas, por pura gula; de no haber observado los ayunos de la Iglesia con bastante exactitud; de haber excedido un poco en la colación, una vez; de haber dado mucho tiempo al sueño y faltado en levantarme a la hora que me estaba prescripta; de haber tenido demasiado comercio con el mundo; de haber salido muy fácilmente de casa; de haber llevado una vida ociosa, mole y disipada visitando los amigos; de haberme expuesto por esto a diversas ocasiones de ofender a Dios; de haber sido demasiado sensible en los trabajos, incomodidades, enfermedades, fatigas y contratiempos que me han sucedido; de haberme quejado de ellos en mi interior y murmurado exteriormente; de haberme entregado al abatimiento, a la tristeza, a la pesadumbre, a la impaciencia, que he dado a entender por mis gestos y palabras, tantas veces y sin hacer ninguna violencia para reprimirme; de haber huido de la fatiga, del trabajo, la Cruz con exceso; de haber ocupado mi espíritu en pensamientos de orgullo, de estima, de vana complacencia de mí mismo, de ambición por los honores y empleos, en sentimientos de altanería y presunción, en deseos de ser estimado, querido, honrado, alabado y aplaudido; de haber tenido mucho gozo cuando esto ha sucedido; y al contrario, haberme entristecido mucho cuándo se me han frustrado mis deseos, y que otros han sido más estimados, alabados y honrados que yo; de haber obrado por respetos humanos para atraerme la estimación de los, hombres y tomado muchos cuidados para conseguirlo; de haber afectado agradar; de haber sido vano en mis discursos y ademanes; de haber dicho palabras en mi alabanza; de haber buscado con exceso la limpieza en mis vestidos y muebles; de haber deseado cualidades y talentos, para hacerme considerar más que los otros; de haber tenido movimientos de impaciencia cuando he sido privado de ellos; de haber sentido demasiado el desprecio de los hombres, las reconvenciones y correcciones que se me han hecho y las confusiones que me han sucedido; de haberme excusado cuando se me ha reprehendido, aunque estaba culpado; de haber mentido y echado la culpa a otros por disculparme; en fin, de no haber sido en ninguna manera humilde de corazón, sino al contrario haber alimentado y conservado un orgullo, una altivez y una vanidad sin límites; de haber tenido pensamientos e imaginaciones contrarias a la pureza, las cuales han sido algunas veces vivas, importunas y molestas; he sido perezoso en rechazarlas y me he recreado un poco en ellas; sin embargo, no sé haberme detenido voluntariamente, y la negligencia que he cometido ha sido considerable tantas veces; he sentido al mismo tiempo algunos movimientos desarreglados en la carne, que no he reprimido bastante fuertemente, a los cuales no conozco haber consentido todas las veces; de no haber sido bastante circunspecto por lo que toca al cuerpo; de haber hecho alguna mirada o tocamiento inmodesto, aunque sin ningún mal designio; de no haber tampoco guardado bastante retentiva para con otros, sobre todo ante personas de diferente sexo, en mis miradas, palabras y ademanes, lo que ha podido dar ocasión al enemigo para inquietarme con tentaciones, causándoselas tal vez a los otros; de haber cantado alguna canción que no era bastante modesta, mirado pinturas y leído libros que podían excitarme malos pensamientos; de haber tenido un mal sueño, en el cual no me he detenido; y creo aún no haber dado lugar a él.

De haber tenido demasiado apego y puesto con exceso mi confianza en los bienes de la tierra; de haber deseado más de los que Dios se ha servido concederme; de haberme tomado muchos cuidados por adquirirlos y hacer valer o conservar los que poseo; lo que ha sido con inquietudes, apresuramientos y turbaciones extremas; de haber estado vivamente afligido cuando no he salido bien de una empresa, o que Dios me ha quitado alguna cosa; de haber hecho algún pequeño agravio al próximo, y tenido tantas veces igual deseo; de no haber observado enteramente las leyes de la justicia, en el comercio que he tenido con él, vendiendo, comprando, pagando y haciendo trabajar; de no haber pagado mis deudas pudiendo; de haber hecho pocas limosnas, y aun estas de mala gana, y casi con pesar; de haber disipado en el juego o en locos gastos los bienes que Dios me ha dado.

De haber sido muy curioso en informarme de las cosas que no me tocaban, y saber novedades; de haber tenido muchos discursos vanos, inútiles y hablado muchas palabras ociosas; de haber dicho también en cosa ligera palabras de mentira, de bufonería, de exageración, con segunda intención.

De haber vivido sin regla y según mis inclinaciones y pasiones; de haber sido perezoso, flojo y negligente en instruirme y cumplir las obligaciones de mi estado, singularmente tal y tal; de haber perdido inútilmente un tiempo considerable, o haberle empleado en cosas vanas; de no haber aprovechado las ocasiones que he tenido de hacer bien y practicar buenas obras; de no haber trabajado en la enmienda de mis defectos, mortificación de mis sentidos, de mis pasiones, de mis vicios, de mis malos hábitos y en adelantar en el camino de la gracia; de haberme arredrado con demasiada facilidad a causa de las dificultades que hallaba en ello; de haber resistido con flojedad a las tentaciones; de haber faltado a la vigilancia y atención que debo tener sobre mí, lo que ha hecho que haya dejado pasar gran número de pensamientos, de deseos, de aficiones, de palabras y de acciones desarregladas, sin conocerlo, ni oponerme a ello.

Me acuso de todos estos pecados, y de otros infinitos que he cometido, y que ignoro, como también de todos los de mi vida pasada, y en particular de tal y de todos estoy arrepentido en lo más profundo de mi corazón por el amor de Dios, a quien pido muy humildemente perdón de ellos, y a vos Padre penitencia.

Cada uno debe añadir los pecados que toquen a su estado y los demás de que se conozca culpado, y no están aquí comprehendidos. Los Religiosos, por ejemplo, deben acusarse de los pecados que han cometido contra sus superiores, faltando al amor, respeto y sumisión para con ellos; contra la Religión, dando mal ejemplo, causando turbación, y descuidando sus empleos; contra sus votos, no guardándolos con la exactitud, y la perfección que deben; contra sus reglas y observancias, violándolas por ligereza, por amor propio, aun contra los remordimientos de su conciencia, haciendo costumbre de estas infracciones.

Sería inútil que las personas que se confiesan a menudo se acusasen cada vez de todo lo que trae este formulario; basta decir las faltas más considerables. De lo demás se podrán acusar, si se conocen culpadas en las confesiones extraordinarias que se hacen alguna vez durante el año, en las cuales se pueden extender más menudamente.