Fr. Marie-Michel Philipon O.P- EN SILENCIO ANTE DIOS

EXAMEN DE CONCIENCIA

examen

SU NECESIDAD:

Todos los maestros de la vida espiritual recomiendan el examen de conciencia. Nadie desconoce aquella máxima de la antigua sabiduría: “Conócete a ti mismo”. Descuidar el examen de conciencia es rehusar conocerse a sí mismo. La santidad cristiana nos enseña a medir nuestras posibilidades y nuestros límites para mejor alcanzar a Dios.

SU NATURALEZA:

El examen de conciencia es una mirada sobre sí mismo a la luz de DIOS. Es una mirada de verdad que reconoce lealmente las gracias de Dios para agradecérselas; que confiesa sencillamente sus deficiencias y luego reanuda su marcha hacia el Ideal.

SUS FORMAS:

El alma religiosa examinará: Cada día: a) Por la mañana: su ideal personal y su defecto dominante. b) Por la noche: el balance del día. Cada semana: Sus desfallecimientos en la práctica de las virtudes cristianas y religiosas. Cada mes: Sus progresos en la marcha hacia la perfección. Cada año: Su adelanto hacia la santidad.

SU UTILIDAD:

Conocemos el grito de San Agustín: Noverim TE, noverim ME. “Que yo te conozca, Dios mío, y que me conozca a mí mismo.” A Ti para amarte y glorificarte, a mí para humillarme y olvidarme. El examen de conciencia debe ser una mirada liberadora sobre nuestras miserias, que nos arroje en Dios con espíritu de confianza y puro amor.

EXAMEN DIARIO

1. EXAMEN DE LA MAÑANA SOBRE NUESTRO IDEAL PERSONAL Y NUESTRO DEFECTO DOMINANTE

NUESTRA VOCACIÓN A LA SANTIDAD:

“Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” . Este llamamiento de Jesús a la santidad se dirige a todos. A cada uno le corresponde realizarlo a su manera. Para esto debe conocer bien su ideal personal y su defecto dominante.

IDEAL PERSONAL:

En los designios de Dios, cada uno es objeto de una predestinación muy especial. “El Buen Pastor llama a sus ovejas cada una por su nombre” y San Pablo nos afirma que “cada estrella difiere de otra en su esplendor” . Es de capital importancia conocer su ideal personal. Una vida se mide por la grandeza de su ideal. ¿Cuál fue la ilusión de santidad que tuvo Dios sobre mí? Convertirme en un verdadero santo según mi Regla y mis Constituciones, expresión del más puro Evangelio. ¡Qué espléndido este ideal de santidad religiosa: vocación contemplativa, o vocación apostólica y misionera, vocación de oración o de acción! ¡Cuántas gracias me han preparado a ella!: educación cristiana, primera comunión, gracias de preservación, de conversión, solicitud constante de nuestro Padre celestial, protección de María… En correspondencia a este llamamiento de amor, quiero realizar esta vocación sublime imitando a Cristo a través de mi trabajo cotidiano. Quiero ser santo donde Dios me quiere, en mi sitio. Sin chistar, clavado a mi deber, con el mayor amor.

DEFECTO DOMINANTE:

Pero tengo un defecto dominante que constituye mi principal obstáculo en el camino hacia la santidad: orgullo, amor propio, vanidad, pereza, espíritu de crítica, envidia, glotonería, falta de delicadeza en la caridad, falta de sumisión filial a la autoridad, disipación y falta de recogimiento, locuacidad y palabras inútiles. Sobre todo: grave defecto de carácter que sólo yo desconozco, sensibilidad excesiva, malhumor, susceptibilidad, espíritu colérico y temperamento dominante, espíritu de murmuración y calumnia, disposición a verlo todo negro, mentira y tendencia a tergiversar las cosas, cansancio y desaliento, etc.

RESOLUCIÓN:

No obstante, con este temperamento y con estos defectos de carácter debo llegar a ser santo. La perfección está hecha de retoques. Quiero convertirme. Tomaré con decisión tal o cual resolución según mi defecto dominante. Quiero, cueste lo que cueste, llegar a ser santo con la gracia de Dios y la ayuda de María, para bien de la Iglesia y a mayor gloria de la Trinidad.

2. EXAMEN DE LA NOCHE SOBRE EL BALANCE DEL DÍA

Este examen versará, con sencillez, y sin minucias, sobre las ocupaciones del día, con un gran reconocimiento hacia Dios por todas las gracias recibidas, pero también con un examen leal de todas mis deficiencias.

ACCIÓN DE GRACIAS:

A Dios le gusta que le demos gracias. No seamos siempre mendigos. Os agradezco, Dios mío, todas las gracias recibidas hoy: gracias de luz y de fuerza, gracias de fidelidad y de todas clases. Dios mío, gracias por todas las alegrías, por la ayuda mutua y el auxilio que he encontrado en mi familia religiosa. Gracias, sobre todo, por esas penas pequeñitas y esas cruces oscuras que sólo Vos conocéis, que me han configurado con Cristo. Quiero daros gracias siempre, a través de todas las cosas, en unión con la Virgen del Magnificat.

EXAMEN DE LOS DEFECTOS:

Señor, esclareced con vuestra luz el conjunto de esta jornada.

AL LEVANTARSE:

Cuando me he despertado, ¿ha sido mi primer movimiento un acto de amor? ¿Me he levantado al punto, sin pereza, con prontitud y valentía para emprender una nueva jornada apostólica?

ORACIÓN:

La plegaria eleva nuestras almas a Dios. ¿Asisto a la meditación como a la fuerza, estoy en ella soñoliento y amodorrado sin esfuerzo personal, en lugar de reaccionar con ardor para mantenerme despierto en mi fe, lleno de amor en presencia de Dios? Quiero utilizar un buen libro que me dé un gran impulso sobrenatural para todo el día. “Lo que me alimenta en la oración, por encima de todo, es el Evangelio”, afirma Santa Teresa de Lisieux. Yo también preferiré el Evangelio a todos los demás libros. Meditaré los libros santos, especialmente las Epístolas de San Pablo, la Imitación de Cristo, los escritos de los maestros espirituales y otras obras escogidas de los mejores autores de nuestro tiempo.

MISA Y COMUNIÓN:

La Misa debe ser el centro de mi vida, donde el alma se inmole, en unión con Jesús, a todos sus sentimientos de Sacerdote y Hostia, por la gloria del Padre. 6 Primacía del sacrificio sobre la comunión. Debo unirme ante todo a la oblación de amor del Corazón de Jesús, a su adoración, a su acción de gracias, y a su oración redentora. ¿Lo hago siempre así? ¿No antepongo con demasiada frecuencia la plegaria por mis necesidades personales a la oración de pura alabanza y adoración? Mi vida de piedad, ¿no es demasiado antropocéntrica, demasiado replegada en mi pobre “yo” humano, en lugar de ser resueltamente teocéntrica y glorificadora de la Trinidad? ¿Mi Misa es en realidad un Suscipe, sancta Trinitas? Y mi comunión eucarística, ¿es ante todo una comunión con Cristo crucificado, Adorador del Padre y del Salvador de las almas? El momento de la comunión, ¿es en verdad el momento de mi transformación total en Cristo, según las palabras de San Pablo: “No soy yo, sino Cristo quien vive en mí” ?

TRABAJO:

Al atardecer del día en que pecaron nuestros primeros padres, Dios nos puso este mandamiento: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Debo trabajar con espíritu de pobreza. Por mi trabajo cotidiano debo expiar las culpas del mundo entero y trabajar al servicio de todo el cuerpo místico de Cristo. Si soy flojo para el trabajo, si me falta esmero y constancia, la Iglesia no tendrá en mí un fiel apóstol. Debo poner más vigilancia en este punto, la mirada fija en el taller de Nazaret. No desperdiciaré jamás mi tiempo, seré diligente en mi trabajo, no perderé un minuto. A la hora en punto, ni lentitud, ni precipitación, ni atropello, ni excitación, ni enfado, sino que cuanto más urja la tarea, más guardaré la paz, la calma, el silencio y la sonrisa. Mi trabajo será acabado, sin faltarle detalle, sin negligencia, a ejemplo de CristoObrero que “lo hizo todo con perfección” . Quiero ser en mi destino y en mi ocupación, el primer obrero del mundo.

PRÁCTICAS DE PIEDAD:

“El primero en ser servido ha de ser Dios”. Estas palabras de Santa Juana de Arco han de ser mi consigna permanente. Seré el primero en el Oficio, en la oración, en el Rosario, en todas las formas del servicio de Dios. Al entrar en la Capilla he de dejar todos mis cuidados en la pila del agua bendita. ¡Cuántas distracciones voluntarias! ¡Cuántas negligencias consentidas! ¡Cuánta falta de respeto en presencia de Dios! Señor, ayudadme en la hora de la oración a no pensar sino en Vos; a que os cante con la voz de vuestra Esposa, la Iglesia; y a que me abisme en vuestra alabanza de Verbo encarnado.

COMIDAS:

Ni demasiado, ni insuficiente. No precipitarse con avidez sobre el alimento. No dejar nunca la mesa sin haber hecho un pequeño sacrificio. Según el consejo de San Vicente Ferrer, he de alimentarme de los pecados del mundo y, durante la lectura, en la mesa, será mi sustento el Verbo de Dios.

RECREOS:

Ser la alegría de los demás. Un santo triste es un triste santo. Reír, pasar el recreo alegremente en unión de mis hermanos en una gran caridad fraterna, formando un “solo corazón y una sola alma” con la Comunidad. Aquí sobre todo, el examen de conciencia será sobre este punto: olvidarme siempre de mí mismo.

DESCANSO:

El sueño es el mejor principio de equilibrio del sistema nervioso. Jesús también durmió. En este punto, del cual depende mi salud, ¿me mantengo en la línea de la obediencia?

EN GENERAL: UN AMBIENTE DE SILENCIO Y RECOGIMIENTO.

Vivo en la casa de Dios. Mi vida está consagrada. Toda mi existencia debe desarrollarse en este clima de silencio y de recogimiento. Silencio interior sobre todo. Silencio del alma en presencia de Dios.