SANTA MARÍA MAGDALENA

Penitente

Dame la gracia Señor de no tirar jamás la primera piedra. De hecho dame la gracia de no tirar jamás una sola piedra. Mas bien lluevan sobre mi, todas las montañas del mundo.

maria magdalena

Mirad a esta ilustre penitente bañando con sus lágrimas los pies del Salvador y enjugándolos con sus cabellos. Es Magdalena, otrora esclava del amor profano, y ahora esposa de Jesús. Lo acompaña en el Calvario; corre a la tumba para perfumar su cuerpo; se prosterna a los pies de Jesús resucitado; y después de su gloriosa ascensión, se retira a la soledad para llorar hasta la muerte pecados que sabía ella le habían sido perdonados. Si tú has imitado sus extravíos, imita su penitencia. Ama mucho, para que se te perdone mucho.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS LAGRIMAS DE SANTA MARÍA MAGDALENA

I. Las primeras lágrimas de Magdalena fueron lágrimas de contrición. Impelida por el dolor de haber ofendido a Dios, busca a Nuestro Señor, lo encuentra en la casa del fariseo y en ella hace una confesión pública de sus pecados. A partir de ese instante renuncia a sus criminales placeres y cambia de vida. ¡Dichosas lágrimas, que borrasteis los pecados de Magdalena! Ojos míos, ¿cuándo lloraréis los desórdenes de mi juventud? ¿Por qué retardar mi conversión? Mundo, placeres, honores, os dejo para siempre: dejadme en adelante llorar mis pecados, ¡dejadme un instante a fin de que gima! (Job).

II. Magdalena vertió lágrimas de compasión cuando vio a Jesús en manos de los verdugos. Lo acompañó hasta el Calvario; se mantuvo al pie de la cruz y mezcló su llanto con la Sangre adorable de Jesús. Nosotros vemos todos los días a nuestro divino Salvador clavado en la cruz, todos los días meditamos sobre su Pasión; ¿por qué, pues, nuestro corazón permanece insensible ante sus sufrimientos? ¿Por qué nuestros ojos no vierten lágrimas? ¡Ah! es porque no tenemos por Jesús el mismo amor que Magdalena. La fe de esta mujer fue grande, su amor ardiente, su arrepentimiento sincero (San Lorenzo Justiniano).

III. El deseo de ver a Jesús, después de su resurrección, le hizo bañar en lágrimas la tumba del divino Maestro. El deseo de contemplarlo en el cielo la hizo suspirar y gemir en la gruta a la que se había retirado. Llora ella noche y día porque su exilio se prolonga, y no se le permite unirse a su Bienamado. Viértense lágrimas por una bagatela; mas, ¿quién llora de haber perdido a Jesús? ¿Quién llora por su extravío?
Martirologio Romano 1956.
Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J., Tomo III; Patron Saints Index.

Las tres Marías Magdalenas son una sola

Se me ocurre hablar sobre Una Controversia Evangélica, ensayo apare¬cido el domingo 14 de julio con la firma de Vicente Ostuni, Versa sobre el problema de Santa María Magdalena. El autor analiza lo que hay en los cuatro Evangelios, que conoce bien y trata con respeto, así como a los expositores.

Para “simplificar el problema”, toma como presupuesto que la Magdalena fueron tres mujeres, y después de tres columnas de análisis, concluye que realmente fueron tres mujeres. Es la hipótesis más fácil y también la más socorrida. Pero es falsa. La Magdalena fue una sola mujer.

Cinco veces se ocupa el Evangelio de una mujer que aparece teniendo un trato estrecho con Jesús el Maestro, de donde algún exegeta facilón -creo que San Leoncio- -defendió que fueron cinco mujeres. No hay que multiplicar las cosas sin necesidad, decían los antiguos; axioma de que abusó Occam.

“Non sunt multiplicando entia sine necessitate. ” La cuestión no se puede resolver con argumento escriturístico; solamente con un argumento psicológico.

Helo aquí: los gestos de esta mujer recordada cinco veces son siempre iguales a sí mismos. Los gestos identifican a una persona mucho más que las palabras, e incluso mucho más que un retrato.

El gesto típico de este personaje es arrojarse a los pies de Cristo – “devota
de los pies de Jesús”, dice San Agustín-, de lo cual hay cinco versiones; o si se quiere seis, si se cuenta estar dicha persona a los pies de Cristo durante la agonía de la Cruz, y después del descendimiento, como la pintó el Tiziano
y otros.

El otro gesto permanente de la María multiplicada por cinco es la expresión de un amor intenso, humildísimo y discreto al Rabboni (Maestro mío), al cual Nuestro Señor responde con condescendencia, aceptación y defensa: la defiende de inmediato ante el fariseo Simón, ante su hermana Marta y ante Judas. Y en la segunda unción de los pies le responde con una promesa espléndida; eso será conocido por todo el mundo y por todos los tiempos.

Así fue. Así ES. Por eso estamos escribiendo.

La cúspide de esta relación santa fue la primera aparición de Cristo Resurrecto -excepto la de a su Santísima Madre, por supuesto—. La narración
de San Juan es muy hermosa, y el Evangelista la pormenoriza; leámosla de nuevo: María de Magdala, que vino a la cabeza de las santas mujeres, quedó vagando como aturdida por el jardín, y le dijo al seudojardinero: “Si tú lo has sacado, dámelo que yo le llevaré.” (De “la osada Magdalena”, habla Santa ‘Teresa.) “iMaría!” le dice el otro, y ella reconociéndolo grita: “ Rabboni”, voz de amor y de respeto; y se arroja a sus pies. “No me toques…”, dicen nuestras Biblias y la gran mayoría de los exegetas, incluso los que saben griego, como Maldonado o Grandmaison. “No me toques” (“noli me tangere”), que se ha vuelto ya un proverbio. Pero “no me toques porque aún no he subido al Padre” no tiene sentido, es un dislate; no dijo eso Jesús. Lo que dijo, en arameo o en griego, fue: “Cesa ya de abrazar mis pies, porque no habiendo subido aún al Padre, hay tiempo.”

Parece mentira no hayan caído aún en la cuenta ni siquiera el docto Bover-Cantera. La lengua griega tiene, además de las voces activa y pasiva, una voz “media”, que indica continuación de la acción de verbo; y así el verbo lyo , el primero que nos enseñan, en su voz media lyomai, significa seguir desatando; y fileoo, filó, amar, continuar amando. Y aquí tenemos el imperativo aoristo medio de aptomai, tenere. Traduce mi diccionario: no quieras tenerme más. Y la frase de Cristo deja de ser un dislate.

(Un dislate parecido hay en el cap. X X , 7, de San Juan, sobre la desnudez de San Pedro. Dislates que se deshacen con un pequeño conocimiento de la lengua en que se escribieron los cuatro Evangelios; lo que no impedirá que los sabios sigan repitiéndolos: porque los sabios no son curiosos.

María de Magdalena alternaba ya con los Apóstoles, sus dos hermanos, las Santas Mujeres y la Madre del Señor: Cristo la había no sólo perdonado sino honorado y rehabilitado. No fue una prostituta vulgar, pues entonces los siervos de Simón fariseo no la hubiesen déjado entrar en el salón del banquete. La tradición dice que la casaron muy jovencita con un escriba, y no aguantándolo huyó y se amancebó públicamente con un centurión romano.

Cristo arrojó de ella siete demonios, según San Lucas: es decir, los siete pecados capitales.

Según nosotros, es la adúltera a quien Cristo salvó la vida a la vera del templo; la que ungió los pies del Señor en lo de Simón Fariseo sin decir una palabra y anegada en llanto; y de la cual Cristo dijo: “Le fueron perdonados muchos pecados porque amó mucho”, aunque lo dijo inviniendo la frase; la que acompañó al Señor con las otras mujeres de Acción Católica, sirviéndolo en los menesteres mujeriles; la que, sentada a sus pies, escuchaba sus revelaciones en Betania; la que consiguió del Taumaturgo la resurrección
de su hermano, y lo hizo llorar; la que lo ungió por segunda vez donde Simón el Leproso, con un perfume que costaba lo que el sueldo de un obrero durante un año; la que estuvo junto a la Madre de Dios durante la agonía; y la que lo vio resucitado “la primera” -se entiende después de la Madre-. La que la tradición nos retrata, eremita entregada a rigurosa penitencia, en Lyon de Francia, al lado de su hermano Lázaro obispo y Marta Ecónoma.

Ostuni trae como argumento el que estaba en Betania, y así no puede ser la que acompañaba al Señor por Galilea, sin reparar que estaba en Betania
seis días antes de la Pasión, cuando ya habían acabado sus vagabundias. Volvió a su antigua casa, la de Lázaro y Marta.

Así, pues, mi conjetura -o nuestra conjetura, pues no la he inventado
y o – vale lo menos tanto como la del apreciable Ostuni: Santa María Magdalena, la ex pecadora penitente, venerada hoy por todo el mundo -y sobre todo en la familia Castellani, por Magdalena Diana-, no son cinco ni tres
ni dos mujeres, sino una y la misma.

Padre L.Castellani
Mayoría (diario), n° 18, Suplemento Literario
Buenos Aires, 28 de julio de 1974

En la conversión del pecador aparece también la justicia, por cuanto Dios le perdona sus culpas por el amor que Él mismo, misericordiosamente, le infunde, como leemos de Santa María Magdalena: Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho.

Aquí se plantea un problema exegético. En efecto, Nuestro Señor, aparentemente, tendría que haber dicho: Como se le ha perdonado mucho, ama mucho. Y, sin embargo, dijo: Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho.
¿Quién toma la iniciativa, Dios perdonando, o el hombre amando? En la frase Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho, se da a entender que la iniciativa parte del hombre. La segunda sentencia A quien se le perdona poco, ama poco, sostiene que la iniciativa viene de Dios.

¿Es el perdón otorgado por Dios el que engendra el amor en el hombre; o es el amor del hombre el que obtiene el perdón de los pecados por parte de Dios?
Hemos visto que Santo Tomás dice que en la conversión del pecador aparece también la justicia, por cuanto Dios le perdona sus culpas por el amor que Él mismo, misericordiosamente, le infunde.

Según esto, primero Dios perdona al miserable, previniéndolo con su misericordia; y luego, Dios infunde misericordiosamente su amor, y con este amor el miserable pide perdón y lo obtiene.

Santa María Magdalena (al igual que el publicano del Evangelio de hoy) amó mucho porque se le había perdonado mucho; y su mucho amor obtuvo un perdón mayor.

Simón el leproso, el fariseo (de la misma manera que el del Evangelio de este domingo), no podía recibir un perdón grande, ni pequeño, porque creyéndose justo, pensaba deber poco, o nada; y, claro está, nunca podía llegar a amar mucho.

El fariseo, que cree tener menos pecados (ninguno cree tener), también ama menos… y, lo que es terrible, es menos amado por Dios: Os digo que éste volvió justificado a su casa, mas no el otro.

Nuestro Señor conocía a la Magdalena y al publicano. Les había perdonado mucho. Conforme al amor misericordioso de Jesús, estos penitentes lo amaban mucho.

El amor lleva a la Magdalena (y es de creer que también al publicano) a pedir nuevamente perdón, y esta vez públicamente. La misericordia divina, y el amor que infunde, hace nacer la compunción y el pedir muchas veces perdón.

El verdadero arrepentimiento, la contrición, nace del amor de Dios; y el perdón de los pecados aumenta el amor hacia Dios.
Perdón y amor, amor y perdón, son dos causas recíprocas y pueden invertirse. Bien hubiese podido decir Jesús: Como se le ha perdonado mucho, ama mucho; así como de hecho dijo: Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho.

Santa Teresita del Niño Jesús entendió bien todo esto, y por eso pudo escribir:
“No es mérito mío alguno el no haberme entregado al amor de las criaturas, puesto que fue la misericordia de Dios la que me preservó de hacerlo. Si el Señor me hubiera faltado, reconozco que habría podido caer tan bajo como Santa Magdalena, y las profundas palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan con gran dulzura en mi alma.

Lo sé: «Aquel a quien menos se le perdona, menos ama». Pero sé también que Jesús me ha perdonado a mí más que a Santa Magdalena, puesto que me ha perdonado prevenientemente, impidiéndome caer.

(…) Yo soy esta hija, objeto del amor preveniente de un Padre que no ha mandado a su Verbo para rescatar a los justos, sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame, porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que le ame mucho como Santa Magdalena, sino que ha querido hacerme saber con qué amor de inefable prevención me ha amado Él, a fin de que yo ahora le ame con locura. He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya amado más que un alma arrepentida. ¡Ah, cuánto me gustaría desmentir estas palabras!”.

Apliquemos esta enseñanza:

– ¿Somos almas privilegiadas, que no han perdido la gracia bautismal? ¡Demos gracias a Dios!…

– ¿Somos pecadores, que al menos una vez hemos perdido la gracia y hemos merecido la condenación, y luego hemos recuperado la gracia? ¡Demos gracias a Dios!…

Extracto del sermón del decimo domingo de Pentecostés. Padre Juan Carlos Ceriani