COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

EJERCICIO PARA LA CONFESIÓN

Elevación antes del examen de conciencia, 

para pedir a Dios que nos haga conocer nuestros pecados

Entrega

Manantial eterno de luz, que sondeáis el corazón y todo lo más íntimo del hombre, y a quien nada está oculto, vengo a rogaros iluminéis mi entendimiento para que con el favor de vuestros rayos, conozca el estado de mi conciencia y los pecados de que soy culpable ante Vos. Decid, pues, Señor, fiat lux, que la luz nazca en mi entendimiento para que disipe mis profundas tinieblas. Haced que me vea tal como estoy en vuestra presencia, a fin de que reconociendo la multitud y enormidad de mis pecados, pueda acusarme de ellos en el Tribunal de la Confesión, y obtener perdón. Haced lucir sobre mí un rayo de aquella luz que derramaréis en mi alma en el momento de su separación del cuerpo, cuando vaya a presentarse ante vuestro terrible Tribunal, para que conociendo la deformidad de mis pecados, los expíe en el Sacramento de la Penitencia. Hacédmelos ver por los caminos propios a darme horror y confusión de ellos, e inspirarme pesar. Derramad en mi corazón los sentimientos de una sincera y verdadera contrición, para que los llore y deteste de una manera que merezca la abolición. No permitáis me engañe a mí mismo por una falsa penitencia, que no servirá sino a hacerme más culpado. Os lo suplico, Señor, con una instancia tanto mayor, cuanto es más difícil concebir en mi corazón todo el dolor necesario para sacar fruto de este Sacramento, y que este dolor se halla en muy pocas personas.

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Es necesario en seguida examinarse sobre los mandamientos de Dios y de la Iglesia, sobre los pecados mortales, sobre las obligaciones de su estado, sobre los negocios que se han tratado y ocasiones en que uno se ha hallado; y es forzoso tomar tiempo suficiente para este examen, a fin de que se pueda reconocer el estado de su conciencia, y los pecados que se han cometido.

Las personas arregladas que llevan una vida cristiana, hallarán aquí un formulario de confesión, que comprehende una relación bastante extensa de los pecados ordinarios en que suelen caer, y les será de gran socorro para conocerlos.

Después de haber reconocido sus pecados, es preciso excitarse a un sincero dolor por los motivos que más obliguen, y formar un verdadero propósito de la enmienda. Es de temer que la mayor parte de las confesiones, sobre todo las de personas que están muy engolfadas en el mundo, no sean otros tantos sacrilegios por falta de un sincero dolor de sus pecados y firme resolución de corregirse de ellos; lo que dan a conocer bastante por sus continuas recaídas en el pecado mortal, por una inclinación siempre igual a las cosas de la tierra, y por una especie de menosprecio de las del Cielo.

Por esto se tendrá particular cuidado en excitarse a una verdadera contrición, haciendo serias reflexiones sobre la enormidad y muchedumbre de sus pecados, y elevaciones vivas y ardientes hacia Dios, para lo cual se pueden tomar algunos días de antemano.

Se han formado aquí Actos de contrición que pueden servir para pedir perdón a Dios; pero es necesario recitarlos de un modo que el corazón los sienta, y sea vivamente penetrado.

ACTO DE CONTRICIÓN

Para los que se reconocen con culpa mortal

Majestad infinita de mi Dios, estoy tan lleno de confusión de las ingratitudes, perfidias y malicias de que me reconozco culpado para con Vos y singularmente de las cometidas desde mi última confesión, que no me atrevo a comparecer en vuestra presencia. Confieso, ¡oh gran Dios! confieso merecía ser destruido mil veces por vuestros rayos y otras tantas sumergido en los profundos infiernos, por la multitud y enormidad de mis delitos. ¡Oh desdichado de mí! ¿Cómo he tenido la temeridad de ofenderos, siendo como sois la grandeza, el poder, la bondad, la sabiduría, la misma hermosura y un abismo infinito de toda suerte de perfecciones? ¿A Vos que sois mi Dios, mi Criador, mi principio, mi fin, mi felicidad, y mi todo? ¿A Vos de quien he recibido el ser, la vida y todo lo que soy; y que habéis criado el Cielo, y la tierra con todo lo que encierran por amor mío? ¿A Vos que siempre me habéis alimentado, guardado, provisto, protegido, tenido bajo la sombra de vuestras alas? ¿A Vos , en fin, que me habéis adoptado por vuestro hijo, hecho heredero de vuestro Reino y de todos vuestros bienes, dado vuestro Hijo único en el Misterio de la Encarnación, y alimentado tan frecuentemente con su Carne y Sangre en el de la Eucaristía? Pero a pesar de tantos y tan grandes beneficios, yo os he ofendido, ¡oh mi Dios! de muchas maneras; os he abandonado por ligarme con vuestros enemigos contra Vos; os he dejado por un vano honor, por un gusto frívolo, por un ligero interés; he preferido antes que a Vos la menor de vuestras criaturas, y he querido más gozar de ella un momento, que poseeros con todas vuestras riquezas por toda la eternidad. ¡Oh ingratitud! ¡Oh encanto! ¡Oh furor! ¿Dónde tenía el entendimiento cuando me he entregado a excesos de malicia tan enormes? ¡Oh cuanto, detesto mis ingratitudes, cuanto horror tengo a mis delitos, cuan vivamente estoy afligido de mi desgraciada conducta! ¡Ah! ¿Quién me dará todo el pesar que merece? Ea pues; ¡que mi corazón se despedace de dolor, por haber ofendido a su Dios! ¡Que todas las venas de mi cuerpo se viertan por mis ojos en lágrimas de sangre para formar un diluvio donde ahogue todas mis iniquidades! ¡Que la medula de mis huesos se deseque por la grandeza de mi aflicción! ¡Que todas mis carnes se derritan por el exceso de mi sentimiento; y muera en fin de dolor por haber ofendido a un Dios tan bueno y tan amable!

Pero Vos, Señor, cuya bondad y misericordia no tienen límites, ¿no os apiadaréis de mí, y me concederéis el perdón de mis delitos? Soy indigno de él por mil motivos, lo confieso; sobre todo por la infidelidad de mis promesas y por mis frecuentes recaídas. No obstante, le espero de vuestra misericordia y caridad infinita. ¡Ah! perdón, Señor, perdón os pido, por los méritos de la Sangre de Jesucristo, y por los trabajos, aflicciones y pesares de todos vuestros Santos Penitentes, que os ofrezco por suplemento de mi penitencia.

Olvidad todas mis iniquidades, borradlas de vuestra memoria; os prometo que con el socorro de vuestra Divina gracia, no recaeré más en ellas. No, ya está resuelto; rompo para siempre con el mundo, con la carne, con el demonio, con el pecado. En este momento me convierto enteramente a Vos, para no volver a mis antiguas costumbres. Nunca jamás serán capaces de hacerme violar vuestros Divinos Mandamientos, ni el honor, ni el interés, ni el placer, ni el respeto humano, ni el amor de la vida, ni el temor de la muerte, ni ningún otro motivo. Los guardaré inviolablemente, aunque debiera costarme mil veces la vida, y todo lo que más amo en el mundo. Con la esperanza, Señor, de que me concederéis el perdón, voy a presentarme al Tribunal de la Penitencia, fin de que la sentencia de absolución que el Sacerdote pronunciare sobre mí, en vuestro nombre, me ponga a salvo de los rigores de vuestra Justicia en el último juicio. Amén.

ORACIÓN A JESUCRISTO

Divino Redentor mío, cuyo amor, por mi desgracia, he menospreciado, hollado la sangre, vuelto a abrir las llagas, renovado la muerte tantas cuantas veces me he abandonado al pecado, ¿cómo osaré presentarme ante Vos a vista de tales excesos de ingratitud y malicia? Estoy tan confuso, que no me atrevo a levantar los ojos al Cielo, y me parece que todas las criaturas se sublevan continuamente contra mí para echármelos en cara. ¡Ah , amable Salvador mío! ¿Qué me habíais hecho para trataros con tanta inhumanidad, habiéndome siempre amado con un ardor y. ternura sin igual? ¿No sufristeis bastante por mi salvación durante vuestra vida mortal? ¿Era necesario que yo cometiese nuevos atentados contra Vos, en el estado mismo de vuestra inmortalidad; que llevase mi furor hasta aumentar nuevas llagas a las primeras?

Qué aflicción, qué desagrado no habré causado a vuestro amoroso corazón, arrebatándoos el fruto de vuestra Sangre y privándome a mí mismo de todas las ventajas que me procurasteis derramándola por mí en la Cruz. Vos me reconciliasteis con vuestro Padre por vuestra muerte, y yo me he atraído de nuevo su indignación por mis delitos; Vos me sacasteis de la esclavitud del demonio, y yo me he metido de nuevo en sus cadenas; Vos curasteis mis llagas, y yo mismo me las he renovado; Vos me librasteis de las llamas eternas del infierno, a donde estaba condenado por mis pecados, y he vuelto a precipitarme en la misma desgracia; Vos me habíais, en fin, alcanzado el Cielo, y yo he vendido el derecho que me adquiristeis al precio de vuestra Sangre, por un frívolo placer, por un interés de nada. ¿Se puede imaginar estupidez, locura, malicia semejante a la mía? La reconozco, Señor, ante Vos; la detesto de lo más profundo de mi alma; tengo un dolor superior a todos, y os pido perdón un millón de veces, resuelto a hacer saludable penitencia el resto de mis días, y morir antes que recaer en mi pecado.

¡Ah! ¿Arrojaréis de Vos, Salvador mío, un pecador contrito y humillado, Vos que habéis venido del Cielo a llamar los pecadores a penitencia? ¿Cerraréis la puerta de vuestra misericordia a un pobre desgraciado que llama, habiéndole mandado que llame? ¿Desecharéis está oveja descarriada, que vuelve a Vos después de sus extravíos, Vos que habéis tanto tiempo corrido en pos de ella para reducirla? ¿Desecharéis este Hijo Pródigo, que viene a arrojarse a vuestros pies, Vos que habéis llorado tanto su pérdida? ¿Me dejaréis gemir siempre bajo el peso insoportable del pecado, habiendo Vos convidado con tanta bondad a los que están cargados, lleguen a descargarse a vuestros pies? En fin, ¿me negaréis el perdón, por haber abusado muchas veces de vuestra bondad, y recaído en mis delitos, mandándonos Vos perdonemos sin límites a los que nos ofenden ?Vos absolvisteis a la Pecadora cuando llegó a echarse a vuestros pies; remitisteis los pecados al Publicano cuando se humilló; perdonasteis al buen Ladrón cuando se reconoció; y no leemos hayáis nunca desechado ningún pecador que ha recurrido a vuestra Clemencia con un sincero arrepentimiento. ¿Seré yo el único a quien negaréis el perdón? No, Salvador mío, no. Espero que por indigno que sea tendréis la bondad de concedérmele, y volverme a la gracia de vuestro Padre; Oh Jesús mío, en solo Vos espero, Vos sois mi único remedio, no tengo otro Protector, otro Mediador, ni otro Abogado para con vuestro Padre que a Vos; sola vuestra Sangre preciosa puede aplacar su cólera irritada contra mí, y borrar las manchas de mis pecados. Ofrecédsela, pues, por mí, os pido, y aplicadme tan perfectamente la virtud del Sacramento de la Penitencia, que sea interiormente purificado , y en vuestro Tribunal juzgado digno de tener entrada en la Bienaventuranza, en donde no entrará jamás cosa manchada. Amén.

SENTIMIENTOS SOBRE EL PECADO MORTAL

Pecado mortal, monstruo furioso, que te levantas contra el mismo Dios, que acometes todas sus adorables perfecciones, que .te esfuerzas para destruirle, y aniquilarle, ¡oh cuanto te aborrezco y detesto! mil muertes y mil tormentos no me parecen tan espantosos como tú. Mejor quisiera sufrirlos que volverte a dar entrada en mi corazón.

¡Ah! cuán grande ha sido, no digo mi locura, sino mi furor de insultar a mi Dios, a mi Padre Celestial, y ultrajarle de un modo tan cruel como lo he hecho. ¡Desgraciado de mí! Le he crucificado de nuevo, y le he hecho morir en mi corazón cuantas veces he pecado mortalmente.

¡Qué ingratitud, qué malicia ha habido semejante a la mía! Al momento que recibía con una mano las gracias y favores más señalados de este amoroso Padre, con la otra he atravesado su pecho con un puñal; le he crucificado segunda vez dentro de mí mismo. ¿Podría nadie llevar más adelante la ingratitud y la barbarie? Llorad, llorad ojos míos, para anegar en vuestras lágrimas un tan horrible atentado.

¡Desgraciado de mí! He vendido mi alma al Demonio por un mezquino placer; he renunciado el Reino del Cielo, y todas las alegrías del Paraíso por una frívola satisfacción; he firmado el decreto de mi condenación eterna por contentar una pasión brutal; me he obligado a padecer por toda una eternidad las llamas devorantes, y todos los otros suplicios del Infierno por un interés sórdido. ¿Puede imaginarse mayor ceguedad y estupidez? Ahora lo conozco, Señor, lo conozco y humildemente os pido perdón.

Corazón empedernido, que después de los ultrajes más sangrientos que has cometido contra tu Dios, y las desdichas más horrorosas que has acarreado sobre ti, no sientes la iniquidad de tu proceder, y miras con frialdad e indiferencia tu mala conducta, ¿hasta cuándo persistirás en tu dureza? Perdonad, ¡oh Dios mío! perdonad mis pecados, y mayormente mi impenitencia, y la insensibilidad de mi corazón. Despedazad, ¡oh mi Dios! despedazad esta roca, ablandad su dureza, haced salir de ella torrentes de lágrimas, inspiradme los sentimientos de una sincera compunción, de un vivo dolor, de una perfecta penitencia. Hacedme conocer y sentir tan vivamente la malicia y enormidad de mis pecados, que aquí a vuestros pies muera de dolor de haberos ofendido. ¿Qué pensaba yo con hacer de mi vida una cadena continua de crímenes, con meterme sin cesar de cenagal en cenagal, de precipicio en precipicio, con entregarme alternativamente a mis pasiones desarregladas para ser su juguete? ¿Pretendía lograr el Cielo llevando una vida tan criminal? ¿No sé qué no pueden esperar entrar en él, si no aquellos cuya vida está sin mancha?

¡Y qué! ¿Se pasará toda mi vida en caídas y recaídas, en caer y levantarme? ¿Puedo ignorar que estas tristes alternativas son una prueba evidente de la falsedad de mi penitencia, y una señal como segura de mi reprobación, supuesto que los perros son echados de la Ciudad Santa; es decir , aquellos que por la recaída en el pecado vuelven a su vómito? No hay certeza moral de salvación, sino en las almas que se han establecido y fijado, después de mucho tiempo, en la dichosa costumbre de llevar una vida pura e inocente, exenta de todo pecado mortal. Voy, pues, Señor, voy desde ahora a empezar esta vida pura e inocente, a fijarme en el hábito de nunca jamás cometer ningún pecado mortal. A este efecto llevaré una vida retirada; huiré las compañías peligrosas, y las ocasiones del pecado; no me engolfaré en el comercio del mundo, ni en los negocios que puedan perjudicar mi alma; tendré mis horas arregladas para la oración, para la lectura, y para los otros ejercicios espirituales; vigilaré sobre mí, y seré constante en mi obligación cuando se me solicite para violar vuestros Mandamientos. Ah! ¿Qué tengo de mayor aprecio que mi salvación eterna? ¿Quiero perderme sin remedio por un vano placer, por un interés pasajero? No, quiero salvarme a cualquier precio que sea.