15 DE MARZO- 35 AÑOS DE LA MUERTE DEL PADRE LEONARDO CASTELLANI

Como homenaje en este día compartimos los Especiales de Radio Cristiandad con el Padre Juan Carlos Ceriani, dedicados al querido Padre Leonardo Castellani.

castellani-083(Durante el día de hoy Usted podrá escuchar dicha conferencia a través de nuestra emisión on line, además usted puede escucharlo aquí)

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CELEBRACIÓN DEL TRIGÉSIMO ANIVERSARIO
DE LA MUERTE
DEL REVERENDO PADRE LEONARDO CASTELLANI

A los Santos hay que festejarles la muerte y no el nacimiento…
Hoy es el trigésimo aniversario de la muerte del Reverendo Padre Leonardo Castellani.

Los que recuerdan el nacimiento, celebran la aparición poco pulcra de un informe y desvalido embrión humano, que no se sabe si durará y qué dará de sí…

Los que festejan la muerte, celebran la madurez de un alma inmortal, que rompe un cuerpo gastado hasta la cuerda…

Eso hemos querido festejar con este Especial de Radio Cristiandad dedicado al querido Don Leonardo en su inmortalidad.

Este texto constituye la dedicatoria del Padre Castellani a su Drama, El Místico, en honor al Padre Jacinto Verdaguer.

Lo hemos adaptado para homenajearlo a él.

PRIMERA PARTE
a) Presentación del Padre Castellani

¿Quién fue el Padre Castellani?

Leonardo Luís Castellani nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, el 16 de noviembre de 1899. Sus padres fueron Luís Héctor Castellani, florentino naturalizado argentino, llegado al país a los 5 años de edad, y Catalina Contepomi, argentina nativa, mujer muy inteligente.
Sufrió en su niñez una grave inflamación en el ojo izquierdo, que no pudo ser detenida y lo perdió.

El 27 de julio de 1918 ingresó en el Noviciado de la Compañía de Jesús.

En 1928 inicia los estudios de teología en el Seminario Metropolitano. Al promediar sus estudios lo envían a proseguirlos en la Universidad Gregoriana de Roma.

El 31 de julio de 1930 el cardenal Marchetti Seivaggiani lo ordena sacerdote en la iglesia romana de San Ignacio.

El 8 de julio de 1932 parte para Francia, donde permanece tres años. Asiste a la Facultad de Filosofía de la Sorbonne como alumno regular y, al finalizar el curso de 1934 se le otorga el diploma de Estudios Superiores en Filosofía, Sección Psicología, con una tesis sobre La Catarsis católica en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.

De Paris va a Lovaina a recibir lecciones de filosofía del Padre Joseph Maréchal, S. J., durante tres meses. En julio de 1934 viaja a Alemania y Austria para profundizar sus estudios acerca de la psicología y los problemas educacionales. Visita escuelas de retardados y reformatorios infantiles en Munich, Innsbruck y Viena.

A principios de 1935 pone fin a su formación intelectual y regresa a su patria, para desarrollar durante 11 años una ingente labor intelectual a través de la cátedra, el libro y el periodismo.

Desde su llegada a la Argentina comenzaron a preocuparle las deficiencias de la enseñanza y de la formación que se impartían en el Seminario Arquidiocesano y el discrecional gobierno que se ejercía en la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús.

Como era su obligación, expuso sus críticas a través de los medios que cualquier profesor del seminario y miembro eminente de la Orden tenía a su disposición. Dichos juicios y advertencias no fueron atendidos por sus superiores y chocaron grandemente al reverendo Padre Provincial de los Jesuitas.

A mediados de 1946 el Padre Provincial lo conminó a abandonar la Compañía de Jesús en forma tal que pareciera voluntaria. El Padre Castellani no accedió a ello y presentó los descargos correspondientes.

La vida de aquí en adelante se le hace imposible dentro de la Orden. Decide viajar a Roma y dar a conocer al General de la Compañía los hechos sucedidos, sus antecedentes y la situación insufrible que le ha sido creada.

En diciembre de 1946 parte hacia Europa. Luego de varias peripecias, por fin es recibido por el General. La audiencia dura cinco minutos. En ella el Padre General lo conmina a salir de la Compañía de Jesús bajo condiciones que él determinaría posteriormente. El Padre no acepta.

En junio de 1947 recibe orden par escrito de trasladarse en el término de cuatro días a Manresa, España. Allí vivió dos años de sufrimientos y ostracismo.

Con la ayuda de cuatro amigos, huyó del convento para buscar auxilio y salvación en su patria.

El 18 de octubre de 1949, después de Misa, se le leyó el Decreto de Expulsión de la Compañía, firmado par el Padre General y refrendado por el Sumo Pontífice, el cual autorizaba la supresión del Proceso de Expulsión, de las Admoniciones, de la prueba y de la defensa del acusado.

Siempre creyó que tanto el General como el Papa fueron falsamente informados acerca de su persona por sus acusadores dentro de la Orden.

Fue acogido con benevolencia y amistad por Monseñor Roberto Tavella, Arzobispo de Salta, quien lo alojó en su casa y lo honró cuanto pudo.

Decide a principios de 1952 establecerse en Buenos Aires y reasumir su cátedra en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario, hasta el año 1955.
A partir de esta época, ya más tranquilo en lo personal y en lo humano, comienza a ordenar sus papeles y a proyectar su futura obra intelectual que sería fecunda y valiosa.

En los años 1952 y 1953 dictó cursos de filosofía en la Sociedad Científica Argentina; en 1954 y 1955, en el Teatro del Pueblo.

En 1961 vuelve después de 12 años a celebrar Misa en la Parroquia Santa Elisa.
Siguió dictando cursos: en 1965, en el Colegio Champagnat; en 1968 y 1969 en el salón de actos de la Parroquia Nuestra Señora del Socorro.

En el año 1966 el nuevo Nuncio Apostólico, monseñor Lino Zanini, arregló definitivamente la situación absurda y desdorosa para la Iglesia en que se encontraba el padre Castellani: se le restituyó plenamente, sin reservas ni condicionamientos, el ministerio sacerdotal.

En enero de 1967 apareció Jauja, revista mensual, que fundó y dirigió hasta el último de los 36 números durante tres años. En ella escribió siempre el Editorial, que llamó Directorial, y la crítica literaria y una sección de comentarios sobre temas de actualidad llamada Periscopio.

En 1974, 1975 y 1976 dicta en Patria Grande los siguientes cursos; “De Kirkegord a Tomás de Aquino”, “16 clases sobre el Verbo Encarnado” y “El Apokalypsis”.

Hombre maravillosamente múltiple, el Padre Castellani leía 9 idiomas y fue religioso, sacerdote, ermitaño urbano, teólogo, filosofo, poeta, ensayista, novelista, cuentista, periodista, traductor.

Su dura lealtad hacia Dios y su Patria (acero forjado con alma e ingenio), lo convirtió en blanco de las mayores canalladas con que el liberalismo distingue a los patriotas peligrosos.

Falleció en Buenos Aires, un 15 de marzo de 1981.

A los Santos hay que festejarles la muerte y no el nacimiento…

Hoy es el trigésimo aniversario de la muerte del Reverendo Padre Leonardo Castellani.

Los que recuerdan el nacimiento, celebran la aparición poco pulcra de un informe y desvalido embrión humano, que no se sabe si durará y qué dará de sí…

Los que festejan la muerte, celebran la madurez de un alma inmortal, que rompe un cuerpo gastado hasta la cuerda…

Eso hemos querido festejar con este Especial de Radio Cristiandad dedicado al querido Don Leonardo en su inmortalidad.

b) Presentación del Tema del Programa

Sobre muchas cosas ha reflexionado y escrito el Padre Castellani; y de todas podemos meditar y aprender.

Hoy, que lo recordamos a 30 años de su muerte, recopilamos parte de sus enseñanzas y las aplicamos a lo que vivimos actualmente.

Para los que tuvieron la gracia de conocerlo personalmente (o para los que gastaron entres sus manos sus escritos), su sabiduría, su erudición, su espíritu profético, su humor… han servido de mucho para comprender estos últimos 30 años de la historia argentina y del mundo…, y les han ayudado a sobrevivir en medio de este desorden y corrupción… sirviéndose incluso de esa misma Babel que es el mundo postmoderno para ir ganándose la eterna bienaventuranza.

Haremos, pues, especial hincapié en la relación que existe entre la vida finita por la que transitamos y la Eternidad que nos espera, condicionada por nuestras acciones e inacciones en lo que dure esta efímera vida terrena.

Vamos, pues, a hablar de los dos lugares a los que pertenecemos, de las dos Patrias:

La Patria Terrena: por la que marchamos militando, como hijos de la Iglesia militante, cumpliendo la misión que Dios nos encomendó…

La Patria Celeste: donde se desarrolla la Vida Eterna, la verdadera Vida, la que goza la Iglesia Triunfante, a la que se accede habiendo dejado la primera en gracia de Dios…

Decía ese otro gran argentino, buen conocedor del Padre Castellani, Don Leopoldo Marechal, en “Didáctica de la Patria”, de su Heptamerón:
Estudia bien mis palabras, que harán reír a muchos:

Yo siempre fui un patriota de la tierra
y un patriota del Cielo.

El nombre de tu Patria viene de argentum.
¡Mira que al recibir un nombre se recibe un destino!
En su metal simbólico, la plata
es el noble reflejo del oro principal.
Hazte de plata y espejea el oro
que se da en las alturas
Y verdaderamente serán un argentino.

Si bien las describimos, temporal y espacialmente, diferenciadas, ambas Patrias están estrechamente relacionadas, dado que la primera condiciona el ingreso en la segunda, y esta está siempre latente en aquella, ya sea consciente o instintivamente.

Por eso decía Don Leopoldo Marechal, en “Didáctica de la Patria”:

La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo?
Con la marcha fogosa de sus héroes abajo
(tal es la horizontal),
y la levitación de sus santos arriba
(tal es la vertical de una cruz bien lograda).

Josef, si como pueblo no trazamos la Cruz,
porque la Patria es joven y su edad no madura,
la debemos trazar como individuos,
fieles a una celosa geometría.
¡La Vertical del Santo, la horizontal del héroe!

Hoy, desde los escritos del Padre Castellani, pretendemos desentrañar esta relación, estudiando cómo se accede, desde la Patria Terrena, a la Patria Celeste; y de qué manera el Padre Castellani predijo, hace ya más de treinta años, las batallas que deberíamos librar en la primera para acceder a la segunda.

El Padre Castellani hizo una traducción de un soneto de Paul Verlaine (1844-1896), CANCIÓN DEL AMOR PATRIO, que dice así:

Amar la patria es el amor primero
y es el postrero amor después de Dios;
y si es crucificado y verdadero,
ya son un solo amor, ya no son dos.

Amar la patria hasta jugarse entero,
del puro patrio Bien Común en pos,
y afrontar marejada y viento fiero:
eso se inscribe al crédito de Dios.

Dios el que no se ve, Dios insondable;
de todo lo que es Bien, oscuro abismo,
sólo visible por oscura Fe.

No puede amar, por mucho que d’Él hable
del fondo de su, gélido egoísmo,
quien no es capaz de amar ni lo que ve.

SEGUNDA PARTE
Descripción de la Patria Terrena
a) Descripción

Tracemos primero una representación o retrato de la Patria Terrena en general, de nuestra vida en este Valle de lágrimas, de la Patria Terrena en la que militamos, pelando los combates que Dios nos encomendó…

Para ello utilizaremos un texto del Padre Castellani poco conocido, casi no utilizado. Lo encontramos en su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?

La Muerte de Adán

Cuando murió el más antiguo de los hombres, conoció que Dios había condonado su culpa; y también que en cierto modo esa culpa era irreparable; de lo cual sacó la forzosa y oscura consecuencia, la cual estaba allí delante de él como un muro de sombra.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, que rompieron a correr horas y horas, hilo a hilo. Sobre su rimero de pieles bravas, frente a su última tarde que caía inmensa y clara, en medio de sus hijos de todas edades venidos de todas partes, el que había puesto sus nombres a todas las cosas, callaba.

En una tremenda locución sin palabras, el Hombre Caído pedía a Dios la re-creación del Hombre. Todas las cosas se le hacían lejanas, y sentía a Dios como algo más resistente y duro que todas las cosas.

Eva, inclinada, reclinó su cabeza sobre sus rodillas y dijo: Adán. Y él la sintió extraña y lejana; sus hijos le eran ya extraños y lejanos.

Calladamente lo miraban todos los hirsutos patriarcas: Set, el segundo Abel y su hijo Enós, los que inventaron el culto externo; Mahalahil, el que inventó el carro con ruedas; Jared, el constructor de chozas; el segundo Enoc, el que caminó con Dios, y su hijo el dócil Matusalén, hombre parecido a un niño; Kainán, Lamec y Noé. Algunos hijos de Caín habíanse allegado, recelosos: Jahel, padre de los que viven en tiendas, y Túbal, el inventor del arpa y del cuerno, con Naamah, hermana de Túbal-caín. Faltaba Caín, el vagabundo y negro patriarca, padre de los que no tienen tierra.

Toda carne corrompía su camino.

Novecientas treinta veces habían pasado sobre su cabeza cana las cuatro estaciones; había visto nacer al hijo del duodécimo hijo de su segundo hijo segundo, el Primer Muerto, desde que el Señor lo había vestido de pieles y él había caído en las convulsiones terríficas de la enfermedad que no lo abandonó nunca.

Adán repasaba con inmenso dolor en su cabeza la bajada vertiginosa de la humanidad, de esos enjambres humanos que pululaban ya por todas partes hasta perdérsele de vista; y sus pensamientos en turbión lo torturaban a semejanza de los espasmos insoportables de su vieja enfermedad.

Vio muerto a sus pies a su hijo segundo, y conoció el abominable pecado de Lamec. Contempló las extrañas vías de los hijos de Caín y sus precipitadas invenciones; ellos habían comenzado a matar ovejas y comer sus carnes, en vez de solamente tundir la lana y ofrecerlas en sacrificio humeante al Creador; obteniendo con ello una vida más breve, agresiva y tumultuosa; sabía que un grupo de ellos se mantenía del caer en gavilla sobre los bienes de sus hermanos, pillando y matando con afilados bastones de bronce.

Una maldición nueva había surgido en la tierra espinosa, que estaba sin embargo contenida en la maldición de la mujer: Multiplicaré tus preñeces, y en la suya propia: La tierra te dará abrojos; un horrible fratricidio colectivo que él había nombrado guerra.

Vio a los hombres locos a causa de ella, descuidando el conocimiento de Dios, aguzar sus intelectos para crear instrumentos de dominio.

Sintió su corazón desfallecer de angustia, porque él, su misión divina desviada, era la causa de todo.

El Hombre quería de todos modos ser señor del universo. Sus hijos pretendían sin Dios reconquistar el Paraíso.

La negra tierra, joven ardiente, cedía con una sonrisa ambigua a sus esfuerzos como una amada fecunda y traidora.

Hablaban ya de hacer una torre que llegase al cielo, incitados por Lamec, el constructor de muros de piedra, hijo de Tabal, que lo fue de Zillah, que lo fue de Methusael, que lo fue de Mehujalhá, que lo fue de Liad, que lo fue del primer Enoc, que lo fue de Caín en el país de Enoc, al este del Edén.

Hablaban ya de hacer una sola inmensa ciudad con puertas de bronce que reuniera de grado o por fuerza a todos los hombres.

Tenían muchas mujeres y luchaban hasta la muerte por ellas.

Construían en ritmos torpes imitaciones de la Ley.

Era imposible ya parar todo eso, las consecuencias de un solo pecado, los desarrollos infalibles de su soberbia infinita de querer ser como Dios sin Dios.

Sabía también cómo se sostenía milagrosamente la Ley; sabía que en docenas de vivaques se repetía cada noche a la luz de la hoguera patriarcal la ceremonia que él había inaugurado la noche de la muerte de Abel: la repetición ritual y fiel hecha por el Padre y musitada por los oyentes del Relato del Origen, las Genealogías, los Cuatro Grandes Mandatos, las Cuatro Grandes Verdades y las Siete Cosas que odiaba el Señor.

Pero esa larga melopea sacra, conservada tal como un río en su cauce pétreo, dentro de las cadenetas danzarinas de las estrofas del estilo oral, ¡cuán dormidos corazones encontraba en muchos!

Y ya aparecían las torpes imitaciones o temerarias innovaciones que llamaban las Pequeñas Leyes.

Sólo él podía inventar libremente en los graciosos collares del lenguaje sacro; pero ya lo repetían mal, suprimían perícopas, y después lo comentaban libremente en interpretaciones opuestas.

El sabía empero que allí se contenía al animal modo humano la palabra del Señor.

Quiso ver a Dios. Su dolor llegó a lo sumo. Era la noche, la verdadera noche, la noche sin sueño y sin despertar, desde la cual había de poner la planta temerosa en un umbral ignoto, igual que se paró en el umbral solemne del Paraíso, el día que surgió de un salto de la tierra-. Recordó su primera exclamación: ¡Yo soy!; su segunda exclamación: ¿De dónde?; su tercera inmensa exclamación, que lo envolvió como un ala de fuego: ¡Oh Creador!, después de la cual oyó a Dios y recibió las Tres Preseas.

¿Cuál sería, dentro de un momento, la Nueva Revelación?

Las Tres Preseas estaban perdidas para siempre, la inmortalidad, la santidad esencial, la integridad regia.

Eran como tres joyas gratuitas de una corona, como tres capas de barniz celeste, como una triple trasparente túnica de luz supraterrena; pero cuando se le arrancaron, sintió que se llevaban con ellas la piel misma, quedó más que desnudo, descorlicado.

Desde entonces espió con avidez la aparición de su primer hijo, concebido en el tumulto, en el frenesí y en la ira. Quería ver si Dios creaba un nuevo Adán, si renovaba su extraña apuesta.

Sabía que no podía ser. No lo fue, en efecto.

Cuando recibió de rodillas al lado de la hembra gimiente aquel gusano informe, ensangrentado, todavía no separado de ella; cuando contempló el lamentable boceto del animal más desvalido, más impotente que un topo enfermo, apenas más que una planta, conoció que las Tres Preseas divinas eran un don único y caprichoso, no hecho a él mismo, sino a la especie en él; y que no se repetirían nunca, porque todo lo Sumo es siempre Uno.

Delante de aquella miniatura ridícula de la humanidad, torpemente móvil, sintió la punzada de la pérdida irreparable y desafió a Dios que hiciera un nuevo Adán, mayor que él mismo, no por él, sino porque la serpiente inmunda no prevaleciera; mientras la mujer vuelta a la vida recogía con celo y amparaba en su seno al engendro.

Adán repitió ahora su desafío vuelto ruego. Sentía que Dios no lo rechazaba, reconocía las señas augustas de la Adoración.

Habiendo sido la obra perfecta y lujosa de las manos de Dios ahora rota, sabía que no se podía hacer nada igual, y no sabía cómo era posible hacer algo mejor; pero sabía también que la Sierpe debía ser vencida.

Recogió todos los dolores que había sufrido y los que había visto sufrir; y con un inmenso esfuerzo los puso sobre su cabeza y se ofreció con ellos a Dios. Extendió a lo largo sobre la tierra los dos brazos en gesto de ruego, juntó los pies, gimió. Recorriendo todo el tiempo futuro, se ofreció al Omnipotente con todas las penas de la humanidad, varón de dolores, sabedor de lo que es enfermedad.

Como la noche inmensa llena de estrellas, como la calma augusta y amarga del mar, como una montaña humeante inmóvil en su ancho solio, el Primer Hombre hablaba con Dios; y sus hijos oían solamente sus sollozos en lo oscuro.

De repente los sollozos se torcieron en un único estertor. Y se hizo un gran silencio.

Recogieron los restos del que nunca había nacido, sino simplemente sido, y los soterraron profundamente en la tierra su madre, conforme a su voluntad, en el lugar por él designado; en el lugar que algún día otro Ser que siempre había sido, dos veces nacido, debía derramar toda su sangre por todos los nacidos.

b) Comentarios y Textos

¿Qué pensamientos nos sugiere este hermoso Ensayo?

COMENTARIOS:

En el audio se comentan los principales pasajes.

TEXTOS:

Del Discurso pronunciado el 20 de Junio de 1944, en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario, El significado de la Bandera:

El amor de la Patria, cualesquiera puedan ser sus falsificaciones, es bueno porque es el amor de un bien real; es buenísimo porque es el amor de un bien común, más próximo al bien divino que el bien particular.

El amor a nuestra Patria es obligatorio porque siendo seres limitados e históricos no podemos sin deshumanizarnos desligarnos de la comunidad que nos ha dado el ser; es noble, porque nuestra Patria es hermosa; y es transcendental en estos momentos, porque quizá es el único cemento capaz de unir, y por lo tanto de salvar, a los argentinos.

Si Patria es la convivencia racional, la comunión en la vida virtuosa y la realización de una idea hermosa por medio de una multitud, entonces amar a la Patria es amar a Dios.

Política (Sentencias y Aforismos Políticos, páginas 12-14):

A la Argentina, si algo la salva, será la religión y no la política. De acuerdo; pero eso no quita que la política sea una actividad noble y necesaria. Los antiguos la llamaban el arte de las artes; y el viejo Aristóteles dijo que era la ciencia más importante después de la metafísica; y, a veces, antes.

Santo Tomás, después de explicar por qué Aristóteles dijo que era la ciencia más alta, luego, en la Ética, dice que para el filósofo la política es la ciencia más importante; después dice por su cuenta que es la obra de misericordia más grande, pues si uno da una limosna o sepulta a un muerto, hace un bien a un Individuo o a uno que ya ni siquiera es individuo; pero el buen gobernante descubre, explica y efectúa el bien común, que es el bien de todos; por lo menos, de muchos.

Claro que estos antiguos entendían la política como una ciencia y el arte del bien común; pero a nosotros ya nos han enseñado en las clases de educación democrática, que la política consiste en apoderarse del gobierno, por las buenas o por las malas, a tuertas o derechas, crear ministerios con muchas subsecretarías, dar puestos lucrativos a los compinches, pronunciar discursos bombásticos, dividir el tiempo en que van a gobernar (sin decir cuánto van a durar ellos), en dar palos a diestro y siniestro, inventar impuestos; e ir armando una maquinaria electoral que gane seguro con fraude o sin fraude (mejor con fraude), no dar elecciones libres; sin olvidar hacerse un buen bodigo en bancos de Suiza, para un caso de vejez, invalidez, enfermedad o que los saquen a patadas.

Pequeña fábula:

Por descuidarse y no bañarse, un Elefante andaba perdido de Pulgas. Ahora, ñanque se bañara diez veces, era inútil. Como lo tenían loco, lo hacían ir para donde querían. Envalentonadas, ya se creían elefantes ellas. Tanto embromaron, que lo hicieron caer en un pantano, que si no pereció fue por un milagro que sólo de contarlo tiemblo.
Estuvo los días y las noches luchando, solamente con la trompa y los ojitos afuera. Salió maltrecho, flaco, desmirriado, pelado y lleno de barro. Pero eliminó para siempre la dominación de las Pulgas.
Ahora ya estás en el pantano, oh patria pulguienta mía.

Comentario: ¡Qué pena que volvió a recaer en la dominación de las Pulgas!…

De Kirkegord a Tomás de Aquino. El Estado:

Hemos llegado a un punto en que hasta los más ciegos pueden comprobar que el camino que emprendió el espíritu humano hace un siglo y medio lleva lógicamente a la catástrofe: a un régimen plenamente inhumano. Hoy día el hombre no puede gobernar ni sus propios inventos; mucho menos a sus propios semejantes — anoser por medio de la violencia y la mentira, engendrando en cadena nuevas violencias y nuevas mentiras.

Se trata nada menos que de reconstruir al Estado, en forma que se vuelva una morada visible para el espíritu, o al menos para la carne…

Para eso el Estado debe retrotraerse al Derecho Natural; debe reconocer y volverse el guardián de los derechos de la persona humana… Estamos en plena crisis del derecho, tanto en los asuntos internos como en los internacionales. Nunca ha habido más organismos internacionales para fomentar el derecho, y jamás ha sido más pisoteado…

No hay derecho posible si no se reconocen esas normas eternas e inmutables que Dios graba en el corazón del hombre y todos los grandes paganos respetaron religiosamente.

Concluyamos con Kirkegord:

“Propiamente hablando existen hoy solamente dos partidos, entre los cuales hay que elegir, o éste o el otro. Sí, por supuesto, en el hormiguero de la política hay muchos partidos — pero esto no es propiamente hablando, es impropiamente hablando, porque allí no se puede hablar propiamente de “elegir”, donde es indiferente o no-importante lo que el hombre elige.

En sentido hondo, propiamente hablando, se dan solamente dos Partidos entre quienes elegir y allí está la categoría del “Singular”; o bien obedecer a Dios, y temiéndolo y amándolo sostener a Dios contra los hombres, a los cuales sin embargo se ame por Dios; o bien sostener al hombre contra Dios, divinizando engañosamente al Hombre. Pues entre Dios y el hombre hay una lucha, y una lucha de vida o muerte: ¿acaso no mataron al Hombre Dios?

Y con esto basta: esto es Lo Serio; y aquí está el Singular, el Singular en el bien y el Singular en el mal, o sea el Demoníaco; y aquí está el Secreto, sea el Secreto en dirección al bien, sea en dirección al mal; y el Silencio; y el engañar con la Verdad; y la comunicación indirecta puede ser tal traición a los hombres, tal violencia contra Dios…”

TERCERA PARTE
Las Predicciones del Padre Castellani
a) Las Predicciones

¿Cuáles son los temas y las cuestiones qué analizó el Padre Castellani, hace más de treinta años atrás? De entre estos, ¿cuáles se han pronunciado ya; cuáles se ven hoy con mayor claridad; cuáles siguen sucediendo actualmente?
¿Qué momentos de la historia de la Patria Terrena nos alejan de la Patria Celeste, y cuáles nos acercan?

Muchos son los textos que podríamos leer; es más, que deberíamos meditar.
El año pasado ya hemos tratado el tema: Análisis de la situación actual y su solución a la luz del magisterio del Padre Castellani.

Radio Cristiandad publicó este trabajo exactamente el 15 de marzo:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2010/03/15/analisis-de-la-situacion-actual-y-su-solucion/

Por eso, para no repetirnos, entre tantos textos del Padre Castellani hemos escogido uno que es como el resumen de todos y que nos proporciona, al mismo tiempo, una buena lección.

Se trata del famoso

Sermón del Polvo

Tomado también del libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?

Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris (“Hombre, recuerda que eres polvo y que tornarás al polvo”).

El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera.

Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.

A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.

Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.

Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver.

Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”.

Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.
“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo.

Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza. “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.

Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo? No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba. “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba. No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba. Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.

La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.

El mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente —contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”—, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre”.

El mundo miente, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande.

El siglo de la filosofía del superhombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.

Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo nuestros doctores y nuestras universidades… ¿Y qué veo?

“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes. Tú eres rey; no obedezcas. Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo. Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo. Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda. Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes. Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo. Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma. ¡A luchar! ¡A arrebatar tu parte! ¡A triunfar! ¡A echar fuera a los otros! ¡Si eres pobre: asalto a los ricos! ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.

Señores, ¿y el gusano y la polilla? El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla. Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!

Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.

“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria. Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido. Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido. Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota. No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino. Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo? Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia. La vida no vale la pena de ser vivida”.

He aquí las dos grandes mentiras del mundo.

Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.

“Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un viento de vida”, dice el Libro del Génesis.

Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo.

Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo.

Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma. “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la ira de Dios y se escondieron entre las hojas”.

Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.

Éste se llama el estado de la caída, el segundo que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre.

El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano.

Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos. Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable, pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor Nuestro.

Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte.

¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente?
¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo?

¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente!

Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama. Llamaré en mi auxilio a la muerte. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”.

¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad! ¡Polvo!

En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres. ¡Qué gran predicador la Muerte!

Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma. La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante.

No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo… tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques. Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte.

Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua. En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental. Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter. ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!

Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos. La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto. Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente.

Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas. En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan. ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!

Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento. La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma. La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones.

Pero la gloria —me decís—, la gloria queda. Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda. No —me decís—: la gloria terrena, también la gloria terrena queda.

¡Ah, señores! ¿Qué es la gloria terrena?… Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma. Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria. Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático. Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano. Esta es la gloria de la tierra, señores. Un nombre en la historia: un pedazo de hueso que se muestra a los turistas.

Contra el Gran Ladrón nocturno ninguno puede. A todos espera, a todos alcanza, a todos vence. Ha vencido la Hermosura, el Poder, las Riquezas, las Naciones y la Fama: vamos a juntar a todo el mundo contra él, a ver si lo vence. Mueren los individuos, pero queda la especie; mueren los hombres, pero permanece el género humano; mueren las naciones, pero queda el Mundo. El Mundo contra la Muerte.

Señores, mirad qué es el Mundo. Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas. Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo.

El Mundo Universo contra la Muerte. La Muerte lo toca, ¿y qué sucede? Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles. El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos; y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.

Señores, es menester decirlo: en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más” y dormitaron y durmieron.

Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin. No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes. No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.

Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre. Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación? Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida.

El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación.

Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza.

“Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”. “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.

Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre. El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”. No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”.

Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.

Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva.
No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas. ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón? Mandándolas a la caja de seguridad. Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen.

¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo? Hay que sembrarlo. Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.

Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.

b) ¿Cómo acceder a la Patria Celeste
desde la Patria Terrena que nos tocó vivir?

Don Leopoldo Marechal escribió en La Patriótica -.- Descubrimiento de la Patria:

Y así les hablé yo a los albañiles:
“La Patria es un peligro que florece:
niña y tentada por su hermoso viento,
necesario es vestirla con metales de guerra
y calzarla de acero para el baile
del laurel y la muerte”
(Los albañiles, desde sus andamios,
hacían descender cautelosas plomadas).

Y dije todavía en la Ciudad,
bajo el caliente sol de los herreros:
“No sólo hay que forjar el riñón de la Patria,
sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es urgente poblar su costado de Arriba,
soplarle en la nariz el ciclón de los dioses:
la Patria debe ser una provincia de la tierra y del cielo”.

Me clavaron sus ojos en ausencia
los amontonadores de ladrillo.
Los abismados hombres de negocio
medían en pulgadas la madera del norte.
Nadie oyó mis palabras, y era justo:
Yo venía del Sur en caballos y églogas.

Y descubrí en mi alma: “Todavía no es tiempo:
no es el año, ni el siglo, ni la edad.
La niñez de la Patria jugará todavía
más allá de tu muerte y la de todos
los herreros que truenan junto al río”.

La Patria no ha de ser para nosotros
una madre de pechos reventones;
ni tampoco una hermana paralela en el tiempo
de la flor y la fruta;
ni siquiera una novia que nos pide la sangre
de un clavel o una herida.

Yo la vi talonear los caballos australes,
niña y pintando el orbe de sus juegos.
La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.

Por eso, nunca más
hablaré de la Patria.

El Nuevo Gobierno de Sancho, Anexo I: Oración a Santa Clara, ex-Patrona de Buenos Aires contra la pravedad herética. (1807. Anónimo del tiempo de las Invasiones Inglesas. Mandada a escribir por Sancho el ínclito en los pizarrones de todas las escuelas de la ínsula).

Santa Clara, Santa Clara,
no te olvides de tu pueblo,
que otra vez andamos faltos
de valor y de consejo.

Los que valen no despiertan,
los que mandan tienen miedo,
y el hereje está llegando
y es preciso echarlo al cuerno.

¡Que no quede de esa peste
ni un resabio en este suelo!
Santa Clara, Santa Clara,
no te olvides de tu pueblo.

Lo que aconseja el Padre Castellani para ganar la Vida Eterna mediante la Presente Vida, es lo que él mismo hizo en su momento.

El hombre religioso:

Para Aristóteles, las tres vidas típicas del hombre son la vida pueril, la vida política y la vida especulativa. Para él, la primera que tiene por fin el placer; la segunda el honor y la gloria; la tercera la contemplación; como si dijéramos la vida del divertido; la vida del hombre de acción; la vida del sabio.

Con el cristianismo, tenemos que la vida estética es la dominada por el placer; la vida ética está bajo el signo de la lucha y la victoria; la vida religiosa es la regida por el sufrimiento.

La vida ética es la que está polarizada a la lucha y la Victoria — a la gloria, dice Aristóteles.

El hombre ético es el que es poseído por el sentimiento de justicia y el orden: el hombre adherido a la moral.

El gran estadista es el tipo de esta vida para Aristóteles, que por eso la llama “vida política”: el cual dice que es una gran vida, pero que no es la superior. El gran estadista es el hombre de la pasión ética, de la lucha, de la victoria en el campo de la moral, es decir, en el campo del alma de los hombres, las multitudes y las naciones.

El retrato común del Caballero de la Moral es el retrato del “Consejero Regio” o sea como si dijéramos, del juez de la Corte Suprema. Es un hombre de costumbres estrictas o al menos correctas, de ideas conservadoras, de sentimientos moderados; no propenso al éxtasis, más bien propenso a la solemnidad. Es el hombre intachable, por lo menos nadie ha podido nunca poner una tacha en él; ni él permitirá que nadie se la ponga: tiene el sentimiento y el cuidado de su honor: justamente por eso Aristóteles pone a la Gloria como el fin de esta clase de vida. Para él, las palabras vicio y virtud tienen una validez terrible; el honor no es una palabra huera.

El honor: llegará un momento difícil en su vida (que él hará todo lo posible para que no llegue, pero que puede llegar) y el Consejero abandonará su puesto en el Consejo Real para no ensuciar su honor.

Este tipo es el que constituye —es decir, debería constituir, —la media de la vida humana, el tejido general de la sociedad, o en último caso, lo que llaman las clases dirigentes.

En suma, los que deben dirigir, necesitan de la moral: si no la tienen deben fingirla por lo menos, o ponerse a adquirirla.

Si la religión está bajo el signo del sufrimiento, quiere decir que el hombre que está en el plano religioso es el hombre que ha mirado de una vez por todas cara a cara a la vida —y también a la muerte—; y habiendo aceptado la vida, y habiendo aceptado la muerte, se ha puesto de un golpe en el centro de la realidad, y se ha puesto en relación de inmediatez con lo divino.

1°- Al hombre religioso este mundo le aparece como un espectáculo —lo mismo que al hombre estético.

2°- La vida le aparece como una lucha —lo mismo que al hombre ético.

3°- Pero le aparece como una lucha sin victoria —es decir, como un sufrimiento, y en eso se diferencia de los otros dos.

Además él se siente débil, en tanto que los otros se sienten sólidos y seguros; se sienten en un mundo sólido, en tierra firme; él está en equilibrio inestable. Cae cada dos por tres en un abismo, del cual sale braceando duramente; pero cuando sale a la superficie, se da cuenta que las olas en que vive son la realidad de la vida; y que la tierra firme de los otros es pura apariencia.

Por lo cual puede contemplar esos dos mundos de los otros —el mundo de lo sensible y el mundo de la moral— con un poco de “humorismo”.

Y esto y nada más es la “tristeza cristiana”. El que está en relación directa con Dios está en relación con una cosa más grande que el hombre: una cosa tremenda.

Tengo la idea de que existe hoy día una vocación cuasi religiosa en el amor verdadero a la Patria (…) la razón sería que amar a la Argentina de hoy, si se haba de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma, cosa que no se puede hacer más que por amor a Dios.

El gobierno no es un beneficio, sino un sacrificio: no es el beneficio que se mendiga del pueblo, sino el sacrificio que se acepta de Dios. Es el camino de la santidad por el ejercicio del mando, al que sólo puede aspirar un hombre que está dispuesto a ser santo (…) Una voluntad de heroísmo que le obliga al servicio de la virtud en el servicio de sus súbditos y una voluntad de heroísmo que liga su suerte a la dignidad de su cargo

De una Entrevista por revista SIETE DÍAS, año 1980:

– ¿Usted no cree, Padre, ni siquiera en eso que se llama “patriotismo”?

Creo demasiado en el patriotismo, ¡pero cuidado con la endemoniada palabra! Es buen momento para recordar que no todo patriotismo es una virtud. Muchas veces puede ser un vicio o una alharaca. Hay preguntas para hacer: “sí no amas al prójimo, al que ves, ¿cómo amarás a la patria, a la que no ves?” Por otra parte tenemos que reconocer que a veces a la patria no se la puede amar, sólo se la puede compadecer. Creo que es legítimo preguntarse: cuando Jesucristo lloraba sobre Jerusalén, ¿lloraba porque la amaba? Yo digo que no: no podía amar a esa gran porquería en que se había convertido un estado que estaba bajo la dirección del hipócrita Caifás, el payaso Herodes y el poder efectivo de una potencia extranjera.

Su Majestad Dulcinea:

Dulcinea representa todo lo que exigen la virtud de piedad y el amor filial para con los padres, la Patria, la Iglesia…

Cada uno de ellos, a su manera, nos ha dado, conservado y defendido la vida, la física o la espiritual… y la razón de vivir…

Es nuestro deber, lo exige el cuarto mandamiento, respetarlos, amarlos, asistirlos en sus necesidades… llorarlos cuando son ofendidos… y cuando incurren en faltas, argüirlos con veneración y amor…

En la introducción de su libro, el Padre expresada de este modo: “Dulcinea es la Hermosura, el Amor, la Fe, la Iglesia… en fin, el ideal caballeresco. El quijotismo…”

Y Luis Numuncurá, el “Cura loco”, hablando de su hermana Dulcinea, dice:
“Ella cumplió su misión. Hizo lo que Dios quería.

Lo que Dios le pidió a ella no lo puedes comprender tú… ni yo, ni nadie.
Dios no quería que se perdiera del todo el decoro de esta nación, y que esta nación existiera de balde.

Y nos llamó a los dos; nos llamó porque nosotros nos habíamos ofrecido; pero para qué, y en qué forma, ¡Cristo! éso no lo habíamos ni imaginado; que si no…
Ella fue como el llamador; atrajo a la mejor gente del país, no a vencer, sino a morir con limpieza. Era como la representación viva del Ideal, de la Belleza, de la Fe, que sé yo…”.

Y ya casi al final, cuando el enamorado Edmundo Florio extendió los dos brazos, ella, esquivando el abrazo, dando un gemido y retrocediendo, exhaló una especie de bramido sordo:

¡Mundo! —dijo con imperio—, tú lo has querido. Ahora verás qué soy yo, qué es lo que tú codicias, desdichado.

Con un movimiento brusco se despojó del hábito blanco que cayó a sus pies, y apareció una blusa y una falda de sarga negra. Con mano febril y violenta se arrancó la blusa y desgarró una camisa, y apareció el busto desnudo. Edmundo dio una exclamación de espanto.

El lugar del seno derecho estaba ocupado por una cicatriz horrorosa. El otro seno estaba cubierto por una caperuza rebosada de vendas y algodones. Ella la arrancó y apartó de sí con un gesto amplio y circular de la derecha; y apareció una llaga espantosa, un manchón irregular de carne viva, con puntos negros y vetas verdosas, y piltrafas de carne corrupta, colgando como guedejas; y un olor fétido, de carne muerta y agua colonia, se esparció en la habitación.

¡Maldición! —dijo Edmundo—. Aquellos hombres diabólicos…

¡Cáncer! —dijo ella—. ¿Estás contento? Un ultraje infinito, horroroso. El infierno desatado. Dios lo permitió, quizás por alguna falta mía. Yo era muy soberbia… lo soy todavía, quizás

¿Estás contento? —dijo con especie de furor, cubriéndose el pecho herido—

Tú decías que yo era la representación viviente de la patria: ésta es la patria.

Tú decías que yo era la encarnación de la belleza: ésta es la belleza carnal.

Ahora estás marcado como yo para siempre… leproso en el alma.

Pero, levántate: Jesucristo fue como un leproso.

Edmundo, por primera vez desde que era niño, estaba llorando; con el llanto total y desesperado del niño enfermo. Largos hilos de lágrimas corrían de entre sus manos entrecruzadas ante su rostro, con sollozos a manera de rugidos y palabras entrecortadas.

La mujer había revestido su hábito y estaba delante de él rígida, inmóvil, hierática, con la cabeza abajada y los brazos caídos, como una estatua de la fatalidad; mas en sus ojos brillaba el inmenso sentimiento de la maternidad.

Así pasó un tiempo interminable, un tiempo no medible en minutos, un espacio de vida humana de dos almas en comunión, conectados con la eternidad.

Cuando Dulcinea regresó al convento, Edmundo dijo al tape que lo interrogaba inmutado con los ojos: “¡No hay patria! Dulcinea Argentina no existe más, y era nuestra última esperanza. Sépaslo”.

El tape respondió lleno de fe: “¡Tupá Guazú Ñandeyara hai querer devolverla! El puede todo”.

Y entonces se alzó una voz que conocía demasiado, como la de un ángel, entera, jovial y aún risueña, con un dejo de lágrimas ahogadas, en las caídas. Y cantó así:

Por tí quiero vivir, Flor de las Flores,
Quiero siempre descir de tus loores
Non me partir
De te servir
¡Mejor de las Mejores!

Oración de Santa Inés por la vida del Cielo, Libro de las Oraciones, 9 de julio de 1942:

Si probé del infierno en esta vida
debo probar del cielo anticipado
para que sea Dios glorificado
en su equidad y su bondad cumplida.

Si todo lo dejé hasta la comida
por amor de Jesús crucificado
y en lugar de normal decente estado
hallé la muerte y el infierno en vida…

Entonces sin dudar queda pendiente
su generosidad, ciento por una
y su misma equidad, diente por diente

y bien puedo esperar mejor fortuna
y hasta soñar con tálamo eminente
festín de bodas y canción de cuna.

CUARTA PARTE

a) Conclusión

¿A qué conclusión arribamos? (La respuesta está en el audio).
Hemos pretendido mostrar la relación que existe entre la vida finita y la Eternidad…

Hemos hablado de los dos lugares a los que pertenecemos, de las dos Patrias: la Patria Terrena… y la Patria Celeste…

El Padre Leonardo Castellani, genuino ciudadano y patriota de ambas, dejó su testamento.

A MIS SOLEDADES VOY (Manresa, 1 de febrero de 1949):

He escrito en mi testamento
que pongan en mi sepulcro:
“Este ha amado la verdad
como un niño como un burro.

Naturalmente no fue
César ni Creso ni Lúculo…
y le dieron prestamente permiso de ser difunto”.

Pero la verdad un día
pondrá una flor en mi túmulo.
Todo pasa. El alma queda.
Éste es el asunto.

Nos hemos preguntado: ¿Cómo acceder a la Patria Celeste desde la Patria Terrena que nos tocó vivir?

Confiamos en que, fundamentados en el Padre Castellani, hayamos arrojado un poco de luz para las inteligencias y un poco de fortaleza para las voluntades…

Como para concluir:

El primer malentendido internacional que hubo en la historia ocurrió, según cuentan, en la torre de Babel, a causa del falseo de las palabras, porque empezaron los constructores del primer rascacielo a llamar ladrillo a la cal, cal a la cuchara, y así por el estilo a todo lo demás.

Siendo la palabra instrumento de convivencia, hay que respetarla, y al que no lo hace se le llama (gradualmente) inculto, insincero, falso, mentiroso, embaucador, felón y perjuro, nada menos.

Seguiremos haciendo, aun después de muerto, lo mismo que hicimos en vida, escribir libros buenos, pedir plata a los amigos para editarlos y regalárselos a la Argentina para que se salve.

Frente al fenómeno de la falsificación de la cultura, del chamelote (tejido fuerte e impermeable que impide ver), de la inteligencia y el timo (de timar, hurtar con engaño) del saber, hay solamente dos vocaciones:

La primera, es decir: “El mundo está loco.” “¿Qué me importa a mí? Yo no soy del mundo. Me retiro al desierto a salvar mi alma.” Es la vocación del cartujo.
La segunda, es decir: “Todo lo que Dios ha creado es bueno. La cultura nuestra está inficionada por el maldito, pero es una cosa que Dios ha creado. Luchemos por ella, que aunque no la salvemos, en la lucha limpiaremos nuestra alma, y ¿quién sabe si un día no baja Dios y triunfa del maldito?” Es el llamado del jesuíta.

Cada uno tiene que tirar hacia donde Dios lo llama, que es casi siempre a donde más le cuesta ir.

A San José, Libro de las Oraciones. Manresa, 7 de septiembre de 1947:

Dice Santa Teresa, oh patriarca
—y es bien creerla, que ella no mentía—
que alcanza todo quien en Ti se fía
y ella se pone de garante marca.

Oh patrocinio de la sacra barca
tutor de Dios, esposo de María
te doy mi vida en esta travesía
peor que el Egipto y el sangriento exarca.

Oh el más feliz esposo y padre, el mundo
quiere matar al niño Dios que abrigo
o anegarme en horrores si resisto.

Por el desierto solo y sitibundo
sin brújula, sin guía, y sin amigo
la antigua estrella tropezando sigo…

Dame una buena muerte o dame a Cristo.

b) Cierre y Saludo

Agradecemos muy especialmente a Paula Moroni que, con tanta eficacia como desinterés, ha diseñado la programación de este Especial dedicado al Padre Leonardo Castellani.

Copete de Cierre:

De una Entrevista que le hicieran al Padre Castellani:

-Considerando que vamos a hablar aún muchas horas, ¿es temprano para hablar de la muerte?

No pienso mucho en ella… pero a veces me pregunto ¿cómo me va a venir?…

-En esa pregunta, ¿hay miedo o curiosidad?

Más curiosidad que miedo, aunque también reconozco cierto temor, es una cosa muy definitiva, la muerte, muy radical.

-¿Y después qué pasará con usted, se salvará?

Me salvaré, sin ninguna duda. Tendré la posesión de Dios por toda la eternidad.