REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL JUICIO FINAL

Diego Santos Lostado y Calderón

EL JUICIO FINAL

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Semper videtur illa tuba terribilis insonare auribus meis: surgite mortui venite ad judicium.

Siempre parece que suena en mis oídos aquella terrible trompeta: levantaos, muertos, y venid a juicio (San Jerónimo)

 

Ya que nos hemos detenido, alma mía, en considerar el triste paso de la muerte, la tremenda severidad del juicio, el terror espantoso del infierno, y las incomparables delicias de la Gloria; razón será que llevemos también el pensamiento a los últimos días de los siglos y veamos como fenecen estos en aquel más terrible día del Juicio Final.

¡Oh día cruel y lleno de indignación! Día en que la diestra airada del Omnipotente derramará su enojo sobre los culpados, y fulminará rayos que abrasen la tierra; día en que la moribunda naturaleza dará el último suspiro; día en que comparecerán todos los muertos restituidos a su prístina forma; día en que se juzgarán las causas de todos, y cada uno recibirá el premio o castigo correspondiente al estado de gracia o culpa en que se hallaba su alma cuando salió de este mundo.

¡Oh día de calamidad y de miseria! ¡Oh día grande del Señor! ¿Quién, me dará expresiones para describir tu grandeza? Ah! Si la expedita lengua de aquel santo Profeta se halló balbuciente cuando quiso encarecerla, ¿qué podrá decir en estos momentos mi voz debilitada?

Mas ya que no pueda dignamente referir la desgraciada historia de aquellos últimos tiempos, no por eso dejaré de fijar mi pensamiento en ella, por si puedo conseguir que mi alma tema, se mueva, se duela de sus culpas, las deteste, las llore y se salve.

Con este designio, alma mía, comencemos a reflexionar sobre asunto tan importante; puesto que sabemos que la terrible memoria del juicio final ha poblado los desiertos de anacoretas, los claustros de austeros religiosos, y el Cielo de Santos.

Supongamos que acaba ya la carrera de los siglos, y que ya estamos viendo las señales que anuncian la total destrucción del universo. ¡Oh cuántas precursoras calamidades se me ponen delante! ¡Cuántos melancólicos semblantes! ¡Qué horribles casos! ¡Qué temor!…. Me parece que ya veo a la omnipotente mano de un Dios airado rompiendo los diques en que tenía detenido, tantos siglos, el furor de su indignación y que comienza ya a derramarle sobre el mundo culpado.

¡Cuántas y cuan continuadas tribulaciones! ¡Qué desgraciados sucesos! ¡Qué trastorno! Ya el hombre deja de ser sociable y se hace enemigo del hombre. El hambre extenúa miserables familias, consume las fuerzas vitales y apura reinos enteros. Los voraces estragos de la peste corren vastos espacios, y dejan desiertas populosas ciudades. No cesa el azote del Cielo, sigue la desolación, crece el terror, y los que no perecen quedan atónitos, pasmados y tan llenos de confusión, que se olvidan de sus hogares, de sus familias, de sus cuidados, y aun de sí mismos se olvidan. Abandónanse los campos, decaen las artes, ciérranse los talleres, cesan las manufacturas, entorpécese el comercio, desfallece todo, y todo se altera, todo se muda, todo sin remedio se trastorna y fenece.

¡Oh cuántos males! Pero todavía no son más que las primeras señales que anuncian la muerte de todo viviente; no son más que presagios de la grande ruina que ha de arrastrar consigo todo a cuanto hay en la tierra; anuncios de la destrucción del universo.

¡Ay Dios mío, qué suerte tan fatal preparas a esta grandiosa obra de tus manos! Obra que, siendo tan perfectamente concluida, se verá tan trastornada, que ni un átomo siquiera quedara puesto en su lugar. ¡Loadas sean tus sabias disposiciones, Dios inmenso!

Los Cielos y la tierra serán por las llamas devorados; hasta el tiempo ha de morir y no ha de haber en adelante más que la eternidad; ni otros lugares que la mansión de los justos y el infierno de los condenados.

¿Conque todo ha de fenecer? Sí, es de fe. ¿Y cuándo llegará este día? Solo Dios lo sabe. Sabemos cuándo principió el mundo, y quiénes fueron sus primeros pobladores; pero ignoramos cuando se acabará y quienes serán los últimos que lo dejen.

Que ha de llegar este día es infalible; y supuesto ha de venir, mirémosle como si ya hubiera llegado, y estuviéramos viendo los desastrados sucesos que le presentarán formidable, horroroso, terrible. ¡Ay, alma mía, qué desorden vamos a observar en estos momentos!

Ya se viste el Cielo de luto en la mitad del día; el astro más luminoso se apaga; cúbrese la luna con sangriento velo y la tierra queda en tinieblas. Desátanse las tempestades, crúzanse los rayos, e incendian espesos bosques, taladran fortalezas y sofocan innumerables hombres y animales. Retumban truenos espantosos de uno a otro polo; arrancan impetuosos huracanes los árboles más corpulentos, derrocan torres soberbias y estremecen a las altas montañas. Braman los mares irritados, alzan sus olas basta las nubes, rompen su estrecha cárcel e inundan anchos terrenos. Abren frecuentes terremotos simas profundas, quiebran peñascos, hunden ciudades, e innumerables habitantes quedan sepultados debajo de las ruinas, forcejando unos con la muerte y muertos otros del todo. El flaco y el fuerte tiemblan; todos decaen y llevan en sus rostros la palidez de la muerte.

Llegan hasta los Cielos los lamentos, los ayes, los suspiros desde todo el orbe lanzados; pero no apagan la cólera encendida del Dios que se levanta para juzgar a las naciones. Llegó ya el día de consumar los últimos estragos de su enojo; no hay remedio, se ha de cumplir.

Arroja el Cielo sobre la tierra mares de llamas; embravécense los encontrados vientos y soplan con tal furor que a pocos instantes redúcense a pavesa sus poblaciones, sus habitantes, sus monumentos, sus tesoros, su lujo, su gloria, su esplendor…. ya no hay más que cenizas confundidas de los diversos cuerpos que la hacían tan agradable y hermosa. Ya cayó todo; todo pereció.

Ahora pues, alma mía, ¿qué dices de esta imagen que a nuestra vista pone aquel Dios que arranca de un golpe las montañas y las destruye y trastorna con un soplo? ¿Has visto ni oído jamás en los anales de la naturaleza tales horrores? Me dirás que no; pues considera que nada son comparados con los que, todavía, nos quedan que observar.

Ni los estragos del rayo, ni los de la mar irritada, ni los temblores de la tierra, ni el diluvio de fuego, ni la ruina toda del universo, aflige y aterra tanto, como aquel rugido espantoso que dará el León de Judá sobre los culpados, y a cuyo grito quedarán sumergidos en un abismo de fuego inextinguible mientras Dios sea Dios.

¡Oh recto y severo Juez, mi corazón se despedaza, crujen mis huesos, mi sangre se hiela, y mi alma se pasma cuando siento decir al Profeta que tus labios están llenos de indignación y tu lengua es como fuego que devora! Pero, ¿cómo no ha de aterrar este temor al pecador que ignora su suerte venidera, cuando los espíritus angélicos temen sin este peligro? ¡Cuando hasta los montes se derretirán en aquel día, ante la faz del Señor!

¿Qué viene a ser esto, alma mía? Si hasta los montes se derretirán; si todo ha de perecer; si únicamente los predestinados han de ser felices y los demás blanco de las iras del Omnipotente, miremos desde ahora con desprecio la gloria del mundo; desátense también en lágrimas mis ojos; queden para este cerrados y pongámoslos en aquel último suceso que vamos a ver en el valle de Josafat.

Levantaos muertos y venid a juicio, resuena ya por los aires. ¡Oh que citación! Ya llena esta grande y pavorosa voz todo el ámbito de la tierra y la oyen al mismo tiempo el asiático, el europeo, el indio y el africano.

Levantaos a juicio todos: y al momento estremécense los sepulcros; restituyen su presa; y hasta sus átomos más dispersos se juntan y vuelven a formarse los que fueron hechos de la nada. Ya recobran su estado antiguo las cenizas de todos y sus almas vienen a darles nueva vida desde el lugar donde moraban. Ya todos acuden al sitio destinado, y van formando un ejército de resucitados que dentro de un instante se dividirá en dos rebaños, por mandato de aquel Señor, a quien le es tan fácil criar un mundo como destruirle.

¡Oh inmenso poder, donde se pierde mi pensamiento! ¡Cuánto debo, Señor, admirar cada vez más y más las obras de tu omnipotencia! Admirémoslas, alma mía; y ya que no podemos explicarlas, demos un vuelo con nuestra imaginación y veamos ese innumerable gentío que a la voz del Eterno han presentado los siglos y las naciones, entre el cual estaremos también nosotros aquel día.

¡Oh cuántos pueblos! ¡Cuántas tribus! ¡Cuántas provincias! ¡Cuántos reinos! ¡Cuántos mundos pueblan el ancho valle! ¡Oh prodigiosa resurrección! ¿Quién sino Vos, Señor, hubiera distinguido tantos átomos humanos entre la confusión en que se hallaban; y hubiera dado a cada individuo los mismos que componían su natural estructura? ¿Quién sino Vos hubiera podido purificar tantos fragmentos corrompidos, organizarlos, y formar de ellos cuerpos inmortales? ¿Quién sino Vos haría venir a esa muchedumbre de gentes de tan largas distancias en un instante? ¿Y quién sino Vos podría obrar en este día, tantos y tan grandes prodigios que nadie puede explicar?

¡Oh cuánto nos enseñan estos acontecimientos que verá el hombre algún día! ¡Oh recuerdo importante!, tú me dices claramente que la tierra de corrupción no puede ser nuestro destino; tú me das sabias lecciones sobre la necesidad de un estado mejor, más noble y más permanente en el mundo venidero; todo me anuncia que soy un peregrino en este valle de miserias y que el sabio Autor de mi vida me creó, rescató y destinó para la región de la inmortalidad.

¿No estamos viendo, alma mía, que la misma mano que ahora conserva y bendice a la deliciosa naturaleza, será la que algún día consuma los elementos con el fuego mismo que incendiará la tierra y reducirá a cenizas cuanto en ella exista? ¿Pues para qué quiero yo vivir afanado más tiempo en un mundo, de donde antes que pase esta hora habrán salido ya para la eternidad tres mil y cuatrocientas almas? En un mundo que, si en este instante me tocase la suerte de aumentar la lista de estos muertos, no me ofrece más que un estrecho sepulcro. En un mundo que cuando a él vuelva otra vez nada encontraré ya de cuanto contiene.

¡Oh mundo instable! No eres más que horrible mansión, dentro de pocos momentos abandonada también por toda la posteridad del primer hombre. Apodérase de mí la turbación cuando considero que tengo de ser algún día uno de los que te han de ver en tal estado. ¡Oh que triste espectáculo! Detengámonos, alma mía, por un instante a observarle y en él encontraremos sin duda, más viva y extensamente dibujada tan horrenda imagen.

Me parece que mil años hace salió mi alma para la eternidad, y que ahora mismo siento la pavorosa voz que a todos nos cita a juicio; que me hallo súbitamente entre la muchedumbre de hombres que han resucitado conmigo; y que al ver la espantosa mutación de la tierra que dejé tantos siglos ha, exclamé así:

¡Bosques sombríos y majestuosos; plantas, flores y frutos que cultivaba y cogía la mano del hombre; caudalosos ríos que corríais entre pardas montañas; fuentes cristalinas que os despeñabais por las escarpadas hendiduras de áridos peñascos; vegas deliciosas, hermosos prados, selvas odoríferas; grandes y numerosas obras del Eterno, cuán corto tiempo habéis sido las delicias del hombre! ¡Oh tierra destruida, ya no veo más que cenizas y criaturas inmortales, unas buenas y otras malas; unas para el Cielo y otras para el infierno! ¡Oh qué opuestos destinos! ¡Qué diferencia de almas felices sin mudar de suerte, a las infelices que tampoco mudarán! ¡Oh verdaderos sabios , cuya primera lección fue el santo temor de Dios; héroes martirizados, a quienes todo el rigor de los tiranos jamás pudo vencer; austeras víctimas de la penitencia, que disteis la vida por vuestro Amado; varones constantes y tan firmes en la virtud, como despreciadores del vicio; nobles poderosos que siempre fuisteis refugio de los desdichados; ricos que supisteis hacer buen uso de los bienes que derramó el Señor en vuestras manos; pobres que con resignación y paciencia llevasteis la cruz de vuestros trabajos; justos y escogidos de Dios, que sosegados, serenos y tranquilos miráis la tierra destrozada!

¡Oh si yo lograra ser vuestro compañero! Nada podría igualar a la dicha de verme con vosotros a la diestra de aquel Dueño de la vida y de la muerte que con paso majestuoso desciende ya del remoto Empíreo, y se presenta delante de todos los hombres.

¡Oh qué innumerable comitiva! ¡Qué brillante aparato! ¡Qué cánticos sonoros! ¡Qué celestiales acentos penetran los aires repitiendo el triunfo del Monarca de todos los mundos! ¡Qué augusto y fulminante trono! ¡Qué regio tribunal! ¡Qué terrible Juez!

Infelices víctimas abrasadas por las iracundas llamas que arrojó el Dios que despreciasteis, alzad los ojos, si es que podéis, y mirad aquí ya al Juez de vivos y muertos lleno de inmensa gloria y majestad; ved como su omnipotente mano quebranta el sello de aquel precioso Libro de la Vida; y mientras a su voz imperiosa, los Ángeles segregan a los buenos de los malos y ponen a aquellos a la derecha, vosotros que habéis quedado a la siniestra sumergidos en un abismo de horror más cruel que la misma muerte, decidme: ¿Es este aquel Dios que para desagraviar a su Padre irritado por los pecados del hombre, se ofreció de corazón a cargar sobre sí la iniquidad de todos nosotros y se sometió al rigor de la divina justicia?

¿Es este Señor el que movió la misericordia hacia todos los pecadores y se dispuso a entrar en la carrera de sus trabajos?

¿Es este mismo el que con tal designio descendió del Cielo y nació de la más pura Virgen de Judá?

¿Es este aquel a quien, por desprecio y saña de hombres indolentes, vio el mundo albergado en un establo con las bestias y reclinado en las pajas de un humilde pesebre?

¿Es este aquel tierno Niño a quien el tirano Herodes obligó a dejar su patria, atravesar largos desiertos y refugiarse a un pueblo idólatra, ciego y supersticioso?

¿Es este mismo el que acompañado de pobres pescadores, predicó en las ciudades su doctrina, la extendió a los lugares, a las aldeas, y hasta los sitios más solitarios?

¿Es este aquel humilde Nazareno, que postrado en tierra lavo los pies criados por sus manos y no se desdeñó de lavar también los del pérfido que maquinaba entregarle a sus enemigos?

¿Es este aquel triste y desamparado preso que, suspendiendo por entonces el poder de su divinidad, se mostró como hombre flaco y miserable y anduvo de tribunal en tribunal?

¿Es este mismo aquel heroico modelo de paciencia que, sin abrir su boca, sufrió que aquellos verdugos de la Judea despedazasen su carne inocente, ciñesen sus sienes con la corona del escarnio, le cargasen con la leña del sacrificio, clavasen sus delicados miembros en la cruz y le hiciesen dar en ella el último suspiro?

¿Es este mismo?

Más, ¿a dónde me lleva la imaginación? Sí: este mismo es el Hijo del Padre; pero ya no viene a buscar chozas, pesebres, lugares obscuros y humildes; ya no le manda el Ángel huir a Egipto con sus Padres; ya no aparece como reo ante los Pontífices y Magistrados de Jerusalén; ya no sufre la menor injuria; ya ostentando su grandeza, su gloria y el poder de su divinidad, viene como recto y severo Juez a castigar el odio, la infamia, el desprecio, la execración, la insolente mofa, la triste y amarga correspondencia que recibió de aquel pueblo ingrato, sacrílego, pérfido y rebelde.

Ya no viene a verter su Sangre para lavar tantas almas manchadas; viene sí, a derramar sobre ellas su indignación; porque no quisieron en tiempo oportuno entrar a purificarse por la puerta de la gracia, y consintieron más bien en salir de la vida por la del pecado.

¡Infelices!

¡Ya no hay remedio!

Pasó el día del hombre, y llego el día de Dios. Pasó el tiempo de la misericordia, y llegó el de la justicia; sufrió entonces, y ya no quiere sufrir; os llamó, y no le escuchasteis; os ensenó el camino de su gloria y lo perdisteis; os dijo venid a mí que soy fuente de aguas vivas; y ahora os dice: id, malditos de mi Padre al fuego sempiterno.

¡Voz formidable y terrible! Voz que lleva consigo todos los tormentos infernales.

Pero apartemos ya triste alma mía, la vista de la suerte que ha cabido a estos desdichados; dejémoslos con sus crueles remordimientos lamentándose de su desgracia; corramos un denso velo que no nos deje ver en sus tenebrosos ojos pintada la rabia, el furor, la envidia, el odio y la desesperación; dejémoslos en el abismo arrojando de sus bocas impías todas las blasfemias de que son capaces; y echemos la vista sobre los otros que han quedado a la derecha llenos de gozo, y destinados para el Cielo.

¡Oh escogidos hijos del mejor Padre! ¡Felices vosotros que con seguridad podéis decir: la Gloria es nuestra patria!

En vuestros rostros veo ya resplandecer la imagen viva de Dios, y salir de vuestros ojos luces brillantes e inmortales.

¡Qué confiados fijáis la vista en vuestro Juez soberano, sin que su radiante esplendor os deslumbre, ni os estremezca su airado ceño!

Nada teméis ya; el temblor que sentís de ver a un Dios tan irritado y un juicio tan tremendo, de vuestro respeto y de vuestro amor nace; porque sabéis muy bien que su cólera inflamada no lanza rayos contra vosotros, ni es contra vosotros su indignación.

Sabéis muy bien que habiendo salido de este mundo por la puerta de la gracia, esperáis oír de su boca aquellas tiernas palabras que ya os dicen: venid conmigo, benditos de mi Padre, a ser eternos moradores de la ciudad santa.

Voz suave y poderosa que dulcifica todas las amarguras, que premia todos los trabajos, que acaba con todos los males, y os hace volar al Cielo.

Pero, ¿qué nuevos estragos se ofrecen a mi triste imaginación en estos momentos? ¡Ay! alma mía, ya estamos en el último paso; ya vibra el último rayo la diestra del Omnipotente. Truena espantoso y horrible. Arden los astros, perece el universo, dura solo Dios.

Y tú, pobre alma mía, que acabas de ver todo esto, dime: ¿a qué lado estarás en aquella hora terrible de la justa y última venganza?

¡Oh Dios mío! Sométome a la incertidumbre de la suerte que me espera; resígnome de todo corazón en ella; y pues la santa fe me dice, que nadie puede saber si es digno de odio o de amor, en vuestras manos pongo tal destino; hacedlo Vos dichoso.

Bien conozco, Señor, cuánto debo temer de mi fragilidad mientras viva en la peligrosa tierra que piso; pero si la virtud poderosa de vuestras inspiraciones socorre a mi endeble corazón, pronto estará mi espíritu para levantarse enteramente a Vos.

No me dejéis, Señor, un solo instante; pues sin Vos nada soy; sin Vos nada valgo; y nada puedo sin Vos. No me desamparéis, Dios de bondad; y haced de este corazón, que antes fue profano asila del vicio, un corazón contrito, humillado y deshecho en lágrimas de sangre.

La voz me falta, Señor; pero Vos, que sondeáis el seno de este corazón y sabéis cuanto en él pasa, recibid los movimientos que siente sin poder explicarlos; dadle vuestra gracia y alas para volar a la Gloria.