COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

CAPÍTULO TERCERO

Del fruto que debemos sacar de este gran Misterio

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¿Qué vamos a hacer cuando nos presentemos a la Santa Mesa? Vamos a morir con Jesucristo e inmolarnos con Él a la Majestad de Dios.

Anunciamos y representamos su muerte, dice el Apóstol, cuando comulgamos; pero es muriendo con Él y como Él, al hombre viejo y a todas las criaturas.

Si al salir de la Comunión buscamos todavía el mundo, el placer, la vanidad, las riquezas, es señal que no hemos muerto con Jesucristo, que no hemos crucificado con Él al hombre viejo, que nuestra Comunión ha sido sin fruto; es señal en fin de no haber recibido más que el Sacramento, y no el efecto del Sacramento que nos hace participar de su muerte.

Muramos, pues a todo lo que no es Dios, y tengamos una vida de víctima, si queremos recibir la gracia de este adorable Sacramento.Por medio de la Comunión nos incorporamos a Jesucristo; luego es menester que después de haber comulgado vivamos de su vida y por su espíritu. Ya que los miembros deben vivir de la vida y por el espíritu de su cabeza, es necesario que nosotros vivamos por Él, como Él vive por su Padre.

De tal manera debemos depender de este Divino Salvador en toda nuestra conducta, que no hagamos ningún movimiento sino por su dirección e influencia; así como los miembros no le hacen sino por la dirección e influjo de la cabeza a que están unidos; si uno de estos no le estuviese sujeto, ni recibiera su movimiento, sería monstruoso.

De la misma suerte, somos nosotros miembros monstruosos, si después de haber sido unidos a Jesucristo en este Misterio, no le estamos enteramente sujetos y somos animados de su espíritu; si no vivimos de su vida, ni recibimos sus movimientos.

Un Cristiano que ha sido unido a Jesucristo por medio de este Divino Sacramento, debe siempre considerar a qué Jefe pertenece y tener cuidado de no deshonrarle por una vida indigna y criminal. Debe siempre acordarse cuál es la excelencia, la santidad, la perfección de este Jefe; y esforzarse cuanto le sea posible para sostener su gloria por una vida conforme a la suya; es decir, santa, perfecta y divina.

Nosotros nos entregamos a Jesucristo en la Comunión y Él se nos entrega recíprocamente. Nos entregamos a Él para permanecer en Él y servirle de instrumento en la ejecución de su voluntad y en el cumplimiento de sus designios; y Él se nos entrega para estar en nosotros, y ser el centro de todos nuestros afectos y deseos, la causa de nuestra vida y la principal de todas nuestras acciones.

Ya no nos es permitido, después de haber comulgado, aplicarnos a otra cosa que a ejecutar los designios del Divino Jesus y trabajar con Él para gloria de su Padre. Tampoco nos es permitido vivir de otra vida que de la suya, ni hacer acciones que no tengan origen de Él; porque le hemos recibido dentro de nosotros para que sea Él solo principio de nuestra vida, y de todo lo que se hace en nosotros.

Es propio de este Divino Alimento transformamos en Jesucristo. Es, pues, preciso no volver de la Santa Mesa, sin ser mudados y transformados enteramente en Él. De lo contrario es una prueba de que se ha recibido el Sacramento sin el efecto, o sin la gracia que causa. Si nosotros la hubiéramos recibido, se vería en nuestras personas otro Jesucristo; seriamos sus vivas imágenes, por una fiel imitación de sus virtudes.

¡Qué motivo de temblar no tendremos sobre esto, ya que todo lo que prueba que no nos hemos mudado, prueba también que no hemos recibido la gracia del Sacramento y hace sospechosas de sacrilegio nuestras comuniones! ¡Y que! ¡Después de tantas comuniones reiteradas no se verá en nosotros una sola señal de las virtudes y perfecciones de Jesucristo! ¡No se observará la menor mudanza, la menor reforma!

¿Sería así si el Sacramento hubiera obrado su efecto? Y si nada ha obrado ¿no podemos temer que nuestras comuniones hayan sido otros tantos sacrilegios? ¡Quién no se estremecerá al pensar en esta verdad!

Ya que la Comunión, en sentir de los Padres, es la extensión de la unión hipostática, es preciso sea también la extensión de las gracias y perfecciones de que la Santa Humanidad fue adornada en la Encarnación; y como haya sido llena de ellas con una superabundancia en alguna manera infinita, es igualmente necesario estemos en estado de recibir gracias en alguna manera infinitas en la Comunión; ¿Pero de donde viene que después de la Comunión nos hallemos tan vacíos de gracia? ¡Ah! cuanto es de temer que esto proviene de que nuestra unión con Jesucristo no ha sido sino figurativa, y no real y efectiva.

La Humanidad Santa quedó impecable por su unión con el Divino Verbo; porque los miembros de Jesucristo no sirven de armas a la iniquidad. La unión que contraemos con Él en este Augusto Sacramento, debe también en alguna manera hacernos impecables; es decir, impedirnos hacer de nuestros miembros instrumentos de iniquidad.

Si aún notamos en nosotros algunos restos del cuerpo del pecado, que son ciertas tibiezas y fragilidades, de que no podremos deshacernos enteramente, que no se vea por lo menos el espíritu del pecado, que es la afición y apego voluntario a estos defectos. No cometamos nunca ninguno con propósito deliberado, por ligero que nos parezca.

Comemos y recibimos la vida en este Augusto Sacramento y hacemos una alianza eterna con ella; pero quien ha comido la vida, no debe ya morir. Quomodo morietur, cujus cibus vita est? El que le ha consagrado su corazón para que sea siempre morada suya no debe ya volver a la muerte del pecado. Non redeat ad mortem, qui vitam manducavit. En la Comunión lavamos los vestidos interiores de nuestra Alma con la sangre del Cordero; y quien ha lavado sus vestidos en la Sangre del Cordero, no debe mancharlos cometiendo nuevas iniquidades.

No solo se mandó a los Israelitas comer el Cordero Pascual con ázimos, ni tener levadura en su casa cuando le comían, sino también comer los mismos ázimos, y echar fuera de sus casas la levadura durante toda la semana que se seguía a la comida del Cordero. Esto significaba que no basta estar puro y exento de pecado cuando se come el Cordero sin mancilla en la Santa Mesa, sino que se ha de conservar la misma pureza después de haberle comido, y abstenerse del pecado todo el tiempo que vivamos, señalado por los siete días de la semana, sobre los cuales versa toda la vida.

Este Misterio es nuestra Pascua; es decir, nuestro paso a una vida celeste e inmortal, según fue la de Jesucristo después de su Resurrección. Nosotros no debemos continuar más en nuestra vida vieja después de haber comido esta Pascua; es necesario pasar a una vida nueva, a una vida toda celestial y divina; y cometemos una especie de sacrilegio cuando no pasamos, porque hacemos falsa la significación y estéril la virtud de este admirable Sacramento.

Este gran Misterio nos eleva de la tierra, y nos transporta al Cielo: A terra liberat, et transponit in Cœlum. Nos da alas para volar al seno de la Divinidad, a fin de ir a unirnos con Dios. En alguna manera nos hace pequeños dioses. Si después de haber participado de Él, somos todavía hombres que no nos separamos de la tierra por nuestro apego a las criaturas, le hacemos injuria, y aniquilamos su virtud. No nos ocupemos, pues, en las cosas de aquí abajo, después de haber participado tantas veces de este adorable Sacramento: tomemos alas, como águilas misteriosas, para remontarnos al Cielo, donde debe ser en adelante nuestra morada y conversación. Inde Aquilæ affecti ad Cœlum evolemus. Llevemos una vida enteramente celestial y divina.

Todas las virtudes son otras tantas plantas místicas que crecen admirablemente, y producen frutos exquisitos y abundantes por la aspersión de la Sangre de Jesucristo. Como nosotros somos regados con esta Sangre en el adorable Sacramento de nuestros Altares, que la contiene real y substancialmente, es preciso también que todas las virtudes tomen en nosotros por la Comunión un aumento maravilloso, y se hagan fecundas en buenas obras, Per ejus virtutem universæ virtutes augentur, et omnium virtutum fructus exuberat.

Los Israelitas entraron en una especie de eternidad por medio del maná, porque les conservaba la vida independientemente de los alimentos terrestres, y no se consumían sus vestidos ni calzados durante todo el tiempo que se alimentaron de él; pero esto no era más que la figura de lo que este Divino Maná obra en nosotros. Nos hace entrar de antemano en una especie de eternidad, haciéndonos llevar en la tierra la vida de los Bienaventurados en el Cielo. No vivimos ya en la tierra cuando comemos dignamente este Divino Manjar; porque no nos alimentamos de las vanidades del siglo, ni llevamos una vida animal y terrestre. No vivimos sino del Cielo, porque en él buscamos nuestra consolación, y vivimos la vida de los Bienaventurados. Los vestidos del hombre interior, que son nuestras virtudes, ya no se consumen, porque constantemente continuamos practicándolas toda nuestra vida.

La Escritura dice, que entre los Israelitas no hubo enfermos después que comieron el Cordero Pascual. Todos tuvieron bastante fuerza para salir del Imperio, de Faraón, pasar el Mar. Rojo e ir a sacrificar a Dios en el desierto. Tampoco debería haber enfermedades ni flaquezas entre los Fieles, después que han tenido la dicha de comer este Divino Cordero. Deberían todos tener bastante fuerza para sacudir el yugo del demonio, pasar el Mar Rojo de las dificultades que encuentran en la mudanza de su vida, y entran en la soledad, a fin de ocuparse únicamente con Dios.

La mujer fuerte no comía su pan en la ociosidad; se aplicaba con cuidado, después de haberse alimentado, a todos los negocios de su casa, y obligaciones de su estado. Así es como cada uno ha de trabajar en el negocio de su salvación, y cumplir sus obligaciones. Después de haber comido el Pan Eucarístico, se hace uno muy culpable viviendo en la ociosidad. ¡Ah! ¿Qué excusa se puede alegar cuando nada se practica con tal socorro?

Una de las razones por que los manjares de mayor alimento no aprovechan y se corrompen en el estómago, es por no tener bastante calor, ni hacer bastante ejercicio para cocerlos y digerirlos; la razón también porque este Divino Alimento no aprovecha, es porque no tenemos una caridad bastante ardiente en el corazón, no nos ejercitamos bastante en la práctica de las buenas obras. Es necesario grande amor, y trabajo continuo y vigoroso para que no nos agrave, ni se corrompa en nuestro estómago, principalmente cuando se le come con frecuencia.

Por la Comunión vamos a beber en el Océano de todas las gracias; y no obstante cuando salimos de Ella, apenas sacamos una pequeña gota para aliviar nuestra sed. ¿Pero dé donde nos viene esto, sino de que el vaso que llevamos está ya lleno, o que es de muy pequeña capacidad? Está ya lleno, porque lo está de concupiscencia y aficiones desarregladas por las cosas de la tierra. Es de pequeña capacidad, porque casi no tenemos ningún deseo ni ahínco por los bienes celestiales. ¡Ah! vaciemos este vaso para llenarle: Effunde ut implearis. Desterremos de nuestro corazón todo el apego que tenemos al mundo, para dar lugar a las gracias celestiales; y dilatémosle por deseos ardientes de los bienes eternos, por una profunda humildad que nos haga reconocer indignos de ellos, y por continuas e instantes súplicas, a fin de hacerle capaz de recibir mayor abundancia.

Uno de los mayores y más justos motivos de temer nuestra salvación, es el poco provecho que sacamos de un Sacramento tan Divino y tan propio para santificarnos, como es el de nuestros Altares. No hay duda que aumenta algún grado la gracia a la caridad y las otras virtudes, que le son inseparables, cada vez que se le recibe dignamente; mil comuniones deberían por consiguiente aumentar en nosotros mil grados de todas estas cualidades y hacérnoslas poseer en un grado de perfección admirable; y pues que no observamos en nosotros este aumento, es mucho de temer que nuestras comuniones se hayan hecho con malas disposiciones. ¡Oh Señor!, tiemblo cuando reflexiono el número infinito que tengo hechas, y el poco fruto que he sacado. Y que, ¿no tengo razón de temer? Porque si el criado inútil fue condenado por su Señor por haber enterrado su talento, ¿qué debo esperar yo habiéndole perdido y disipado tantas veces, abusando de la gracia de este gran Sacramento?

¿Qué tienes tú, ¡oh mundo engañoso!? ¿Qué tienes que deba aficionar un corazón que ha logrado la dicha de ser saciado de este Divino Alimento? ¿Qué son tus insulsos placeres en comparación de las dulzuras inefables que allí experimenta? ¿Tus falsas riquezas para con los tesoros inestimables que de Él saca? ¿Tus vanas honras para con la gloria incomparable a que con Él está ensalzado? Ah! ¡Qué culpado seré, Señor, si después de haber recibido un tan grande bien, buscara otros bienes! Este Misterio me empeña de una manera poderosa para renunciar a todo lo demás, y le hago un sangriento ultraje, si todavía conservo algún deseo o inclinación a cualquier otro objeto.

¿A qué te creerías obligado, si el Hijo de Dios hubiera encarnado y hubiera muerto en una Cruz por ti solo? ¿A qué pruebas de reconocimiento te condenarías por tan grande beneficio? Pues no le estás menos obligado en sentir de un gran Santo, cuando te da su Sangre en el Cáliz, que si la hubiera dado por ti solo en la Cruz. Non minus pro sanguinis poculo, quam pro redemptionis debes pretio; y como te ha dado tantas veces esta misma Sangre en el Cáliz, o lo que es lo mismo, su Sagrado Cuerpo en la Santa Mesa, le estás tan obligado, como si otras tantas veces se hubiera inmolado por ti solo en el Altar de la Cruz. Reflexiona ahora a qué te obliga este gran Sacramento, y qué acciones heroicas de virtud te pide, para que no le seas ingrato.

Jesucristo no nos da a comer su Cuerpo, sino para comunicarnos su espíritu, e inspirarnos un santo ardor por las virtudes más perfectas. Aun cuando un hombre no hubiera participado sino una vez sola de este gran Misterio, está en la obligación de trabajar con todas sus fuerzas para adquirir todas las virtudes cristianas en el más alto grado. Oportet eum qui semel communcavit Christo ardenti anima, ad omnem virtutem contendere. ¿Pero qué deberá decirse de los que han participado de Él una infinidad de veces? ¿Quién podrá explicar la extensión y grandeza de sus obligaciones?

¡Oh cuán alta santidad y sublime perfección nos pide este admirable Sacramento! Nada encuentro en el mundo a que debamos aspirar con mayor ansia.

Primeramente, porque siendo el mayor beneficio del amor divino, Caput divinæ erga nos charitatis, debemos esforzarnos a pagarle en alguna manera, por nuestros servicios y respetos. Como Dios se agota en algún modo a sí mismo para enriquecernos y elevarnos, así también debemos agotarnos a nosotros mismos para servirle y honrarle por una vida enteramente santa y divina.

En segundo lugar, porque teniendo a Jesucristo delante de nuestros ojos, que practica todas las virtudes en un soberano grado de perfección para darnos ejemplo, convidándonos a seguir sus huellas, ninguno hay que pueda dispensarse de seguirle e imitarle, ni por consiguiente de aspirar a las más altas virtudes.

En tercer lugar, porque recibimos aquí socorros infinitos para adelantarnos en los caminos de la gracia; y que es propio de este gran Sacramento elevarnos a la perfección más sublime y a la santidad más consumada: Cumulum confert gratiæ et sanctitatis.

En fin, porque nosotros mismos nos obligamos a anhelar a esto por la alianza que hacemos con Jesucristo; porque la Comunión de su Cuerpo no nos obliga solamente a la de su espíritu, para no hacer una monstruosa separación del uno con el otro, sino también a la de sus luces, sus ardores, sus pensamientos, sus deseos, sus acciones, sus sufrimientos, sus perfecciones. Estamos en la obligación de participar de todo y consiguientemente ser santos y perfectos como Él.

El exceso de liberalidad y magnificencia de que Jesucristo usa con nosotros en este Divino Sacramento, nos impone la obligación de exceder a los Ángeles y Arcángeles en virtud y santidad, porque nos colma de más honor y gracias que jamás ha concedido a estos bienaventurados Espíritus: Oportet nos Angelis esse meliores, et Archangelis majores, ut qui iis omnibus honore prœlati sumus.

Nos colma de más honor, porque nunca se ha dado a los Ángeles de una manera que les sea tan gloriosa, ni que realce tan fuertemente su naturaleza.

Nos colma de más gracias; primeramente, porque la gracia de Jesucristo, que es la gracia del Redentor, es más poderosa y perfecta que la que no es el fruto de su Sangre, como lo ha sido, en el sentir más común de los teólogos, la del primer hombre y la de los Ángeles. La gracia pasando por Jesucristo ha tomado ciertos caracteres de excelencia y de fuerza que le son singulares.

En segundo lugar, porque los Ángeles no han recibido sino una parte, y como un arroyuelo de la gracia; pero el hombre recibe aquí el manantial todo entero; de manera, que hallándose elevado a los Ángeles por medio de este Misterio, está también en la obligación de elevarse por la eminencia de su virtud y santidad sobre estos Espíritus bienaventurados.

Los Fieles deben ser animales que rumien eternamente el pasto Celeste de que se alimentan; pero el que han de rumiar con mayor gusto y placer, es el manjar Eucarístico, particularmente el día en que hayan sido sacramentalmente alimentados en la Santa Mesa.

Es, pues, necesario que durante este día le tengan presente de continuo para saborearse con su dulzura, extraer la virtud, tomar el espíritu y revestirse de su fuerza. Cuanto más se rumia, mas alimenta a los que le han comido, mas fortifica su alma, alumbra su entendimiento, abrasa su corazón, purifica su cuerpo, santifica todo el hombre interior y exterior.

Es muy bueno acordarse algunas veces de las Comuniones que se han hecho durante la vida, para que rumiándolas todas juntas, obren también todas juntas y nos comuniquen mayor virtud, nos llenen de mayor fuerza, nos abrasen con mayor caridad, nos inspiren un más vivo fervor y un valor más magnánimo, para que caminemos con mayor rapidez en las sendas de la gracia.

Nuestro corazón está donde nuestro tesoro; en nuestros Altares y Tabernáculos es donde se halla escondido este tesoro; en cualquiera parte que nos halláremos, debemos siempre encaminar a Él todos los afectos de nuestro corazón y ocupar incesantemente en Él nuestro espíritu para rendirle nuestros respetuosos homenajes.

El Divino Jesus en nuestros Altares tiene siempre hacia nosotros los ojos de su espíritu; nos tiene siempre presentes para ofrecernos a su Padre, a fin de conseguirnos favores. En esta infinidad de lugares de la tierra habitable, donde está como multiplicado por su presencia Real, no hay ninguno en que no piense continuamente en cada uno de nosotros, y se ocupe con su Padre en el grande negocio de nuestra salvación.

¿Debemos hacer menos por Él, que lo que Él hace caritativamente por nosotros?, y por consiguiente ¿no nos conviene estar siempre ocupados en Él, y multiplicarnos en alguna manera por deseo y en espíritu en todos los parajes del mundo que honra con su presencia, para rendirle en todo lugar la adoración más perfecta y el culto más religioso que podamos?