SUEÑOS DE DON BOSCO

SUENO 55.—AÑO DE 1866. (M. B. Tomo VIII, págs. 275-282)

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En los comienzos del 1866, Don Bosco contaba con doce sacerdotes. El número total de los socios de la Pía Sociedad era de un os 90. Diecinueve de ellos habían emitido los votos perpetuos, veintinueve los trienales. Los demás eran simples novicios.

Orgulloso de esta bella corona de afectuosos colaboradores, el dulce amigo de las almas de los jóvenes les había prometido que el primer día del año les contaría un sueño, que le serviría al mismo tiempo para darles el tradicional aguinaldo.

El siervo de Dios había contemplado en una visión, así nos pareció entonces, el po rvenir de la Pía Sociedad y el de otras Congregaciones religiosas y algo relacionado con el presente y el futuro de sus alumnos.

Pero lo que deseaba manifestar a cada uno de ellos era el estado de sus conciencias en la presencia de Dios; pues todas sus palabras, como hemos comprobado centenares de veces, no tenían otro fin que combatir el pecado con una espontaneida  libre de todo respeto humano.

De esta forma no hacía otra cosa que obedecer al precepto dado por el Espíritu Santo en el Eclesiástico (Capítulo IV, versículos 27 y 28): Ne verearis proximum in casu suo; ne retineas verbum in tempore salutis. Esto es, según explica Mons. Martini: “No disimules por falsa vergüenza los fallos de tu prójimo; no ahorre s palabras, no calles cuando con tu corrección puedes salvarlo: haz uso entonces de la sabiduría que Dios te ha dado y no la ocultes cuando con ella debes dar gloria a Dios procurando la enmienda y conversión del hermano que pecó”.

[San] Juan Don Bosco, pues, ante la muchedumbre de sus jóvenes, habló así el lunes por la noche, primer día del año 1866: ****************************************************************************

Me pareció encontrarme a poca distancia de un pueblo que por su aspecto parecía Castelnuovo de Asti, pero que no lo era. Los jóvenes del Oratorio hacían recreo alegremente en un prado inmenso; cuando he aquí que se ven aparecer de repente las aguas en los confines de aquel campo, quedando bien pronto bloqueados por la inundación. El Po se había salido de madre e inmensos y desmandados torrentes fluían de sus orillas.
Nosotros, llenos de terror, comenzamos a correr hacia la parte trasera de un molino aislado, distante de otras viviendas y de muros gruesos como los de una fortaleza. Me detuve en el patio del mismo en medio de mis queridos jóvenes, que estaban aterrados. Pero las aguas comenzaron a invadir aquella superficie, viéndonos obligados primeramente a entrar en la casa y después a subir a las habitaciones superiores. Desde las ventanas se apreciaba la magnitud del desastre. A partir de las colinas de Superga hasta los Alpes, en lugar de los campos cultivados, de los prados, de los bosques, caseríos, aldeas y ciudades, sólo se descubría la superficie de un lago inmenso. A medida que el agua crecía, nosotros subíamos de un piso a otro. Perdida toda humana esperanza de salvación, comencé a animar a mis queridos jóvenes, aconsejándoles que se pusieran con toda confianza en las manos de Dios y en los brazos de nuestra querida Madre, María.

Pero el agua había llegado ya casi al nivel del último piso. Entonces, el espanto fue general, no viendo otro medio de salvación que ocupar una grandísima balsa, en forma de nave, que apareció en aquel preciso momento y que flotaba cerca de nosotros.

Cada uno, con la respiración entrecortada por la emoción, quería ser el primero en saltar a ella; pero ninguno se atrevía, porque no la podíamos acercar a la casa, a causa de un muro que emergía un poco sobre el nivel de las aguas. Un solo medio nos podía facilitar la entrada en la providencial embarcación, a saber, un tronco de árbol, largo y estrecho; pero la cosa resultaba un tanto difícil, pues un extremo del árbol estaba apoyado en la balsa que no dejaba de moverse al impulso de las olas.

Armándome de valor pasé el primero y para facilitar el transbordo a los jóvenes y darles ánimo, encargué a algunos clérigos y sacerdotes de que desde el molino sostuviesen a los que partían y desde la barca tendiesen la mano a los que llegaban. Pero ¡cosa singular! Después de estar entregados a aquel trabajo un poco de tiempo, los clérigos y los sacerdotes se sentían tan cansados, que unos en una parte, otros en otra, caían exhaustos de fuerzas; y los que los sustituían corrían la misma suerte. Maravillado de lo que ocurría a aquellos mis hijos, yo también quise hacer la prueba y me sentí tan agotado que no me podía tener de pie.

Entretanto, numerosos jóvenes, dejándose ganar por la impaciencia, ya por miedo a morir, ya por mostrarse animosos, habiendo encontrado un trozo de viga bastante largo y suficientemente ancho, establecieron un segundo puente, y sin esperar la ayuda de los clérigos y de los sacerdotes, se dispusieron precipitadamente a atravesarlo sin escuchar mis gritos: —¡Deténganse, deténganse, que se caerán!— les decía yo.

Y sucedió que muchos, o empujados por otros o al perder el equilibrio antes de llegar a la balsa, cayeron y fueron tragados por aquellas pútridas y turbulentas aguas sin que se volvieran a ver más.

También el frágil puente se hundió con cuantos estaban encima de él.
Tan grande fue el número de las víctimas que la cuarta parte de nuestros jóvenes sucumbió al secundar sus propios caprichos.

Yo, que hasta entonces había tenido sujeta la extremidad del tronco del árbol mientras los jóvenes pasaban por encima, al darme cuenta de que la inundación había superado la altura del muro, me esforcé para impulsar la balsa hacia el molino. Allí estaba Don Cagliero, el cual, con un pie en la ventana y con otro en el borde de la embarcación, hizo saltar a ella a los jóvenes que habían permanecido en las habitaciones, ayudándoles con la mano y poniéndoles así en seguro.

Pero no todos los muchachos estaban aún a salvo. Cierto número de ellos se habían subido a los desvanes y desde éstos a los tejados, donde se agruparon permaneciendo los unos arrimados a los otros, mientras que la inundación seguía creciendo sin cesar cubriendo el agua los aleros y una parte de los bordes del mismo tejado.

Al mismo tiempo que las aguas, había subido también la balsa y yo al ver a aquellos pobrecitos en tan terrible situación, les grité que rezasen de todo corazón; que guardasen silencio, que bajasen unidos, con los brazos entrelazados los unos con los otros para no rodar. Me obedecieron y como el flanco de la nave estaba pegado al alero, con el auxilio de los compañeros pasaron ellos también a bordo. En la balsa había además una buena cantidad de panes colocados en numerosas canastas.

Cuando todos estuvieron en la barca, inseguros aún de poder salir de aquel peligro, tomé el mando de la misma y dije a los jóvenes:

—María es la estrella del mar. Ella no abandona a los que confían en su protección; pongámonos todos bajo su manto: la Virgen nos librará de los peligros y nos guiará a un puerto seguro.

Después, abandonamos la nave a las olas; la balsa flotaba y se movía serenamente alejándose de aquel lugar. Facta est quasi navis institor is, de longe portans panem suum.

El ímpetu de las aguas agitadas por el viento la impulsaban a tal velocidad, que nosotros, abrazándonos los unos a los otros, formamos un todo para no caer.

Después de recorrer un gran espacio en brevísimo tiempo, la embarcación se detuvo de pronto y se puso a dar vueltas sobre sí misma con extraordinaria rapidez, de manera que parecía que se iba a hundir. Pero un viento violentísimo la sacó de aquella vorágine. Luego comenzó a bogar en forma regular, produciéndose de cuando en cuando algún remolino, hasta que al soplo del viento salvador fue a detenerse junto a una playa seca, hermosa y
amplia, que parecía emerger como una colina en medio de aquel mar.

Muchos jóvenes estaban como encantados y decían que el Señor había puesto al hombre sobre la tierra, no sobre las aguas; y sin pedir permiso a nadie salieron jubilosos de la balsa e invitando a otros a que hicieran lo mismo, subieron a aquella tierra emergida. Breve fue su alegría, porque alborotándose de nuevo las aguas a causa de la repentina tempestad que se desencadenó, éstas invadieron la falda de aquella hermosa ladera y en breve tiempo, lanzando gritos de desesperación, aquellos infelices se vieron sumergidos hasta los costados y después de ser derribados por las olas, desaparecieron. Yo exclamé entonces: —¡Cuan cierto es que el que sigue su capricho lo paga caro!

La embarcación, entretanto, a merced de aquel turbión amenazaba de nuevo con hundirse. Vi entonces los rostros de mis jóvenes cubiertos de mortal palidez:

—¡Animo!, —les grité—, María no nos abandonará.

Y todos de consuno rezamos de corazón los actos de fe, esperanza, caridad y contrición; algunos Pater, Ave y la Salve Regina. Después, de rodillas, cogidos de las manos continuamos rezando nuestras oraciones particulares. Pero algunos insensatos, indiferentes ante aquel peligro, como si nada sucediese, se ponían de pie, se movían continuamente, iban de una parte a otra, guiñándose entre sí y burlándose de la actitud suplicante de sus compañeros. Y he aquí que la nave se detiene de improviso, girando con gran rapidez sobre sí misma, mientras que un viento impetuoso lanzó al agua a aquellos desventurados. Eran unos treinta; y como el agua era muy profunda y densa, apenas cayeron a ella no se les volvió a ver más. Nosotros entonamos la Salve Regina y más que nunca invocamos de todo corazón la protección de la Estrella del mar. Siguió después la calma. Y la nave, a guisa de un pez, continuó avanzando sin saber nosotros adonde nos conduciría. A bordo se desarrollaba un continuo y múltiple trabajo de salvamento. Se hacía todo lo posible por impedir que los jóvenes cayesen al agua y se intentaba, por todos los medios, socorrer a los que a ella caían. Pues había quienes asomándose imprudentemente a los bajos bordes de ¡a embarcación se precipitaban al lago, mientras que algunos muchachos desalmados y crueles, invitando a los compañeros a que se asomasen a la borda, los empujaban precipitándolos al agua; por eso algunos sacerdotes prepararon unas cañas muy largas y muy fuertes y unas cuerdas muy recias y anzuelos de varias clases. Otros amarraban los anzuelos a las cañas y entregaban éstas a unos y otros, mientras que algunos ocupaban ya sus puestos con las cañas levantadas, con la vista fija en las aguas y atentos a las llamadas de socorro. Apenas caía un joven bajaban las cañas y el náufrago se agarraba a la cuerda o bien quedaba prendido por el anzuelo por la cintura, o por los vestidos y así era puesto a salvo.

Pero también entre los dedicados a la pesca había quienes entorpecían la labor de los demás e impedían su trabajo a los que preparaban y distribuían los anzuelos. Los clérigos vigilaban para que los jóvenes, muy numerosos aún, no se acercasen a la borda de la embarcación. Yo estaba al pie de un alto mástil que había en el centro, rodeado de muchísimos muchachos, sacerdotes y clérigos que ejecutaban mis órdenes. Mientras fueron dóciles y obedientes a mis palabras, todo marchó bien; estábamos tranquilos, contentos, seguros. Pero no pocos comenzaron a encontrar incómoda la vida en aquella balsa; a tener miedo de un viaje tan largo, a quejarse de las molestias y peligros de la travesía, a discutir sobre el lugar en que debíamos atracar, a pensar en la manera de hallar otro refugio, a ilusionarse con la esperanza de encontrar tierra a poca distancia y en ella un albergue seguro, a lamentarse de que en breve nos faltarían las vituallas, a discutir entre ellos, a negarme su obediencia. En vano intentaba yo persuadirles con razones.
Y he aquí que aparecieron ante nuestra vista otras balsas, las cuales, al acercarse, parecían seguir una ruta distinta de la nuestra; entonces aquellos imprudentes determinaron secundar sus caprichos, alejándose de mí y obrando según su propio parecer. Echaron al agua algunas tablas que estaban en nuestra embarcación y al descubrir otras bastante largas que flotaban no muy lejos, saltaron sobre ellas y se alejaron en compañía de las otras balsas que habían aparecido cerca de la nuestra. Fue una escena indescriptible y dolorosa para mí al ver a aquellos infelices que iban en busca de su ruina. Soplaba el viento; las olas comenzaron a encresparse; y he aquí que algunos quedaron sumergidos bajo ellas; otros, aprisionados entre los espirales de la vorágine y arrastrados a los abismos; otros chocaban con objetos que había a flor de agua y desaparecían; algunos lograron subir a otras embarcaciones, pero éstas pronto se hundieron también. La noche se hizo negra y oscura: en lontananza se oían los gritos desgarradores de los náufragos. Todos perecieron. In mare mundi submerguntur omnes ilii quos non súscipit navis ista, esto es: la nave de María Santísima.

El número de mis queridos hijos había disminuido notablemente; a pesar de ello, con la confianza puesta en la Virgen, después de una noche tenebrosa, la nave entró finalmente como a través de una especie de paso estrechísimo, entre dos playas cubiertas de limo, de matorrales, de gruesos maderos, de tablas, de troncas, de mástiles destrozados, de remos. Alrededor de la barca pululaban las tarántulas, los sapos, las serpientes, los dragones, cocodrilos, escualos, víboras y mil otros repugnantes animalejos. Sobre unos sauces llorones, cuyas ramas caían sobre nuestra embarcación, había unos gatazos de forma singular que devoraban trozos de miembros humanos y muchos monos de gran tamaño, que columpiándose de las mismas ramas intentaban tocar y arañar a los jóvenes; pero éstos, atemorizados, se agachaban salvándose de aquellas insidias.

Fue allí, en aquel fangal, donde volvimos a ver con gran sorpresa y dolor a los pobres compañeros que habíamos perdido o que habían desertado de nuestras filas. Después del naufragio fueron arrojados por las olas a aquella playa. Los miembros de algunos estaban destrozados como consecuencia del choque violento contra los escollos. Otros habían quedado sepultados en la laguna y sólo se les veía los cabellos y la mitad de un brazo. Aquí sobresalía del fango un torso, más allá una cabeza; en otra parte flotaba a la vista de todos un cadáver.

De pronto se oyó la voz de un joven de la barca que gritaba:

—Aquí hay un monstruo que está devorando las carnes de fulano y de zutano.
Y repetía los nombres de los desgraciados, señalándoselo a los compañeros que contemplaban la escena con horror.

Pero otro espectáculo no menos horrible se presentó a nuestros ojos.

A poca distancia se levantaba un horno gigantesco en el cual ardía un fuego devorador. En él se veían formas humanas, pies, brazos, piernas, manos, cabezas que subían y bajaban entre las llamas confusamente, como los garbanzos en la olla cuando esta está hirviendo.

Miramos atentamente y vimos allí a muchos de nuestros jóvenes y al reconocerlos quedamos aterrados. Sobre aquel fuego había como una tapadera encima de la cual estaban escritas con gruesos caracteres estas palabras: “El sexto y el séptimo conducen aquí”.

Cerca de allí había una alta y amplia prominencia de tierra o promontorio con numerosos árboles silvestres desordenadamente dispuestos, entre los que se agitaban gran número de nuestros jóvenes de los que habían caído a las aguas o de los que se habían alejado de nosotros en el curso del viaje. Yo bajé a tierra, sin hacer caso del peligro a que me exponía, me acerqué y vi que tenían los ojos, las orejas, los cabellos y hasta el corazón llenos de insectos y de asquerosos gusanos que les roían aquellos órganos causándoles atrocísimos dolores. Uno de ellos sufría más que los demás; quise acercarme a él, pero huía de mí escondiéndose detrás de los árboles. Vi a otros que entreabriendo sus ropas, mostraban la persona ceñida de serpientes; otros, llevaban víboras en el seno.

Señalé a todos ellos una fuente que arrojaba agua fresca en gran cantidad, aquella agua era al mismo tiempo ferruginosa; todo el que iba a lavarse en ella curaba al instante y podía volver a la barca. La mayor parte de aquellos infelices obedeció mis mandatos; pero algunos se negaron a secundarlos. Entonces yo, decididamente, me volví a los que habían sanado, los cuales, ante mis instancias, me siguieron sin titubear, mientras los monstruos desaparecían. Apenas estuvimos en la embarcación, ésta, impulsada por el viento, atravesó aquel estrecho saliendo por la parte opuesta a la que había entrado, lanzándose de nuevo a un mar sin límites.

Nosotros, compadecidos del fin lastimoso y de la triste suerte de nuestros compañeros abandonados en aquel lugar, comenzamos a cantar: “¡Load a María, oh lenguas fieles!, en acción de gracias a la Madre celestial, por habernos protegido hasta entonces”; y al instante, como obedeciendo a un mandato de la Virgen, cesó la furia del viento y la nave comenzó a deslizarse con rapidez sobre las plácidas olas, con una suavidad imposible de describir. Parecía que avanzase al solo impulso que le diesen los jóvenes al jugar echando el agua hacia atrás con la palma de la mano.

He aquí que seguidamente aparece en el cielo un arco iris, más maravilloso y esplendoroso que una aurora boreal; al pasar bajo el cual leímos escrito con gruesos caracteres de luz, la palabra MEDOUM sin entender su significado. A mí me pareció que cada letra era la inicial de estas palabras: Mater Et Domina Omnis Universi María.

Después de un largo trayecto he aquí que despunta la tierra en el horizonte; al acercarnos a ella, sentíamos renacer poco a poco en el corazón una alegría indecible. Aquella tierra maravillosa, cubierta de bosques, de toda clase de árboles, ofrecía el panorama más encantador que imaginarse puede, iluminada por la luz del sol naciente que subía tras las colinas que la formaban. Era una luz que brillaba con una inefable suavidad, semejante a la de un espléndido atardecer de verano, infundiendo en el ánimo una sensación de tranquilidad y de paz.

Finalmente, dando contra las arenas de la playa y deslizándose sobre ella, la balsa se detuvo en seco al pie de una hermosísima viña.

Bien se pudo decir de esta embarcación: Eam tu, Deus, pontem fecisti quo a mundi flúctibus trajicientes ad tranquillum portum tuum devéniamus.
Los jóvenes estaban deseosos de penetrar en aquella viña y algunos, más curiosos que otros, de un salto se pusieron en la playa. Pero, apenas avanzaron unos pasos, al recordar la suerte desgraciada de los que quedaron fascinados por la colina que se levantaba en medio del mar borrascoso, volvieron apresuradamente a la balsa.

Las miradas de todos se habían vuelto hacia mí y en la frente de cada uno se leía esta pregunta:

— Don Bosco: ¿es hora ya de que bajemos y nos paremos? Primero reflexioné un poco y después les dije: ¡Bajemos! Ha llegado el momento: ahora estamos seguros. Fue un grito general de alegría; y cada uno de los muchachos, frotándose las manos de júbilo, penetró en la viña, en la cual reinaba el orden más perfecto. De las vides pendían racimos de uva semejantes a los de la tierra prometida y en los árboles había toda clase de frutos; cuantos se pueden desear en la bella estación y todos de un sabor desconocido.
En medio de aquella extensísima viña se elevaba un gran castillo rodeado de un delicioso y regio jardín cercado de fuertes murallas. Nos dirigimos a aquel edificio, permitiéndosenos la entrada.

Estábamos cansados y hambrientos y en una amplia sala adornada toda de oro, había preparada para nosotros una gran mesa abastecida de los más exquisitos manjares, de los que cada uno se podía servir a su placer.
Mientras terminábamos de refocilarnos, entró en la sala un noble joven, ricamente vestido y de una hermosura singular, el cual, con afectuosa y familiar cortesía nos saludó llamándonos a todos por nuestros nombres. Al vernos estupefactos y maravillados ante su belleza y por las cosas que habíamos visto, nos dijo:

—Esto no es nada; venid a ver.

Todos nosotros le seguimos y desde los balcones de las habitaciones nos hizo contemplar los jardines, diciéndonos que éramos dueños de todos ellos y que los podíamos usar para nuestros recreos.

Nos llevó después de una en otra sala; cada una superaba a la anterior por la riqueza de su arquitectura, por sus columnas y decorados de toda espacie. Abriendo después una puerta que comunicaba con una capilla, nos invitó a entrar. Por fuera la capilla parecía pequeña, pero apenas cruzamos el dintel, comprobamos que era tan amplia que de un extremo a otro apenas si nos podíamos ver. El pavimento, los muros, las bóvedas estaban guarnecidas de mármoles artísticamente trabajados, de piezas de plata y oro, de piedras preciosas, por lo que yo, profundamente maravillado, exclamé:

—¡Esto es una belleza de Paraíso! No tendría inconveniente en quedarme aquí para siempre.

En medio de este gran templo, se alzaba sobre un rico basamento, una magnífica estatua de María Auxiliadora. Llamando a muchos de los jóvenes que se habían dispersado por una y otra parte para encaminar las bellezas de aquel sagrado edificio, logré concentrarlos a todos ante la imagen de Nuestra Señora para darle gracias por tantos favores como nos había otorgado. Entonces me di cuenta de la enorme capacidad de aquella iglesia, pues aquellos millares y millares de jóvenes parecían formar un pequeño grupo que ocupase el centro de la misma.

Mientras contemplaban aquella estatua cuyo rostro era de una hermosura inefable, la imagen pareció animarse de pronto y sonreír. Y he aquí que se levantó un murmullo entre los muchachos, apoderándose de sus corazones una emoción indecible.

—¡La Virgen mueve los ojos!—, exclamaron algunos.

Y en efecto: María Santísima recorría con su maternal mirada aquel grupo de hijos.

Seguidamente se oyó una nueva y general exclamación: —¡La Virgen mueve las manos!

Y en efecto, abriendo lentamente los brazos levantaba el manto como para acogernos a todos debajo de él.

Lágrimas de emoción surcaban nuestras mejillas.

—¡La Virgen mueve los labios!—, dijeron algunos.

Se hizo un silencio profundo; y la Virgen abrió la boca y con una voz argentina y suavísima, dijo:

—Si ustedes son para Mí hijos devotos, yo seré para vosotros una Madre piadosa.
Al oír estas palabras, todos caímos de rodillas y entonamos el canto sagrado: “Load a María, oh lenguas fieles”.

Los jóvenes cantaban tan fuerte y al mismo tiempo tan suave, que gratamente impresionado me desperté, terminando así la visión.

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 Don Bosco concluyó su relato con estas palabras:

¿Ven, mis queridos hijos? En este sueño se nos presenta el mar borrascoso de esta vida. Si son dóciles y obedientes a mis palabras y no hacen caso de los que les aconsejan mal, después de habernos esforzado por hacer el bien y huir del mal; después de vencidas todas nuestras malas tendencias, llegaremos felizmente al término de nuestra vida, al puerto seguro del cielo. Entonces vendrá a nuestro encuentro la Virgen Santísima, que en nombre de nuestro buen Dios, nos introducirá para restaurarnos de nuestras fatigas, en su regio jardín, esto es, en el Paraíso, donde gozaremos de su amabilísima presencia divina. Pero, si por el contrario, quieren obrar, no según yo les digo, sino siguiendo su capricho y desoyendo mis consejos, entonces naufragaran miserablemente.

 Don Bosco — continúa Don Lemoyne — daba en circunstancias diversas y privadamente alguna explicación específica de es te sueño, relacionado, según parece, no sólo con el Oratorio, sino también con la Pía Sociedad.
«El prado es el mundo; el agua que amenaza ahogarnos, los peligros del mundo. La inundación tan terriblemente extendida, los vicios y las máximas irreligiosas y las persecuciones contra los buenos.

El molino, esto es, un lugar aislado y tranquilo, pero también amenazado, la casa del pan, la Iglesia Católica. Los canastos del pan, la Santísima Eucaristía que sirve de viático a los navegantes. La embarcación, el Oratorio. El tronco del árbol que forma el puente entre el molino y la balsa es la Cruz, o sea, el sacrificio de sí mismo a Dios, mediante la mortificación cristiana. El leño empleado por los jóvenes, como un puente más ligero para entrar en la embarcación, es el reglamento conculcado. Muchos vienen con fines rastreros y bajos: hacer una carrera; con deseos de lucro, de honores, de comodidades, de cambiar de condición y de estado; éstos son los que no rezan y se burlan de la piedad de los demás.

Los sacerdotes y los clérigos simbolizan la obediencia y las portentosas obras de salvación que por medio de ellos se consiguen.

Los remolinos, las varias y tremendas persecuciones que se suscitan y se suscitarán. La isla sumergida, los desobedientes que no quieren permanecer en la embarcación y vuelven al mundo despreciando la vocación. Lo mismo habría que decir de los que se refugian en las otras balsas.

Muchos de los que caían al agua o tendían la mano a los que estaban en la embarcación y con la ayuda de los compañeros subían nuevamente a ella, eran los dotados de buena voluntad; los cuates, habiendo caído desgraciadamente en pecado, vuelven a adquirir la gracia de Dios mediante la penitencia. El estrecho, los gatazos, los monos y demás monstruos, son ¡os revolucionarios, las ocasiones y las incitaciones a la culpa, etcétera. Los insectos en los ojos, en la lengua, en el corazón: las miradas peligrosas, las conversaciones obscenas, los afectos desordenados. La fuente de agua ferruginosa que tenía la virtud de matar todos los insectos y de curar instantáneamente, son los sacramentos de la Confesión y de la Comunión. El lodazal y el fuego, los lugares del pecado y de la condenación.

Con todo, hay que observar que no quiere decir que cuantos cayeron en el fuego y no se volvieron a ver más y los que ardían en las llamas tienen que ir a parar irremisiblemente al infierno: ¡No! Dios nos libre de afirmar semejante cosa. Sino que indica que los que se encontraban en desgracia de Dios, si hubiesen muerto entonces, se habrían condenado para siempre. La sala, el templo, representan la Sociedad Salesiana, feliz y triunfante. El joven garrido que acoge a los demás y los acompañan a visitar el palacio y la iglesia, parece que fuera un alumno muerto en el Oratorio, tal vez [Santo] Domingo Savio».

De esta última frase se deduce, que en éste, como en otros sueños de  Don Bosco, hay un significado escondido que se refiere principalmente a la Sociedad Salesiana.

Hemos de hacer constar que contemporáneamente a cada frase del sueño, tanto de este como de los demás, correspondían otras tantas apariciones que diríamos paralelas y complementarias de las cosas descritas.

Nos autoriza a juzgar así el hecho de haber recordado  Don Bosco a Don Julio Barberis en el año 1879, que en este sueño había visto a Don Cagliero atravesar una gran extensión de agua, ayudando a otros a cruzarla y que tanto él como sus compañeros habían hecho diez estaciones. De esta forma veía anticipadamente sus viajes a América.

Así también, en el año 1885 dijo que este sueño guardaba relación con la elevación al episcopado de Mons. Cagliero.

En la mañana del dos de enero, los jóvenes deseosos de conocer el estado de la propia conciencia, se apresuraron a confesarse con él en la sacristía. A cierto joven, el cual después de la confesión le preguntaba, dónde y en qué estado ¡o había visto en aquel sueño misterioso, le respondió:

— Estabas en la embarcación y te dedicabas a pescar y caíste varias veces al agua, pe ro yo te saqué y te devolví a la barca.

— Y cuando llegó al templo ¿recuerda haberme visto?

—Sí, sí— le respondió sonriente.

A un clérigo vercellés que le preguntó en el patio sobre su estado: Tú estorbaba a los demás — le replicó — y así impedías la pesca.
A un sacerdote que dese aba saber el papel que desempeñaba en aquella escena:

— Te vi — le dijo — apartado de los demás— solo, serio, en un rincón de la embarcación, ocupado en preparar anzuelos con sus cuerdas correspondientes que los demás venían a coger para pescar.
Y añadió algunas cosas más que veinte años después se cumplieron de una manera maravillosa y que no es necesario exponer aquí.

Los alumnos no olvidaron este sueño que tanta impresión les había causado, y el joven Agustín Semeria de Moltedo Superiore nos lo recordaba en una carta fechada en 24 de septiembre de 1883, confirmando en su descripción cuanto hemos expuesto anteriormente y añadiendo «Recuerdo también que en una de las noches siguientes, cosa insólita,  Don Bosco nos hizo rezar bajo los pórticos la tercera parte del Rosario por las necesidades de nuestra Santa Madre la Iglesia. Terminada esta oración, mientras avanzaba entre nosotros, acogido con grandes muestras de alegría y numerosos vivas, nos permitió que le ayudásemos a subir a la cátedra o tribuna desde la cual nos hablaba. Es to era muy frecuente. Una vez que hubieron terminado los aplausos, hizo alusión a la alegría que experimentarán los justos al llegar a las playas de la felicidad eterna; a la paz que disfruta un cristiano viviendo siempre en gracia de Dios y al augurarnos unas buenas noches, nos dijo:

— Cuando se despojen de las ropas para acostarse, háganlo con toda modestia; pensando que Dios los ve; después métanse en la cama; crucen las manos sobre el pecho y abandonados en los brazos de Jesús y de María, entreguense al descanso».