ESTEBAN SÁNCHEZ MALAGÓN: El Problema de la Hora Presente

La Conjuración Anti Cristiana

El libro “EL PROBLEMA DE LA HORA PRESENTE” es una obra olvidada de Mons. Henry De Lassus y, al mismo tiempo, un estudio que tendría que ser INPRESINDIBLE EN TODO CATÓLICO del S. XXI.

Mons. De Lassus lo concibe en una amplitud aún mayor: es el problema de la resistencia que el naturalismo opone al estado sobrenatural que Dios se dignó ofrecer a sus criaturas inteligentes.

El problema está planteado de la siguiente manera: existe una lucha entre la civilización cristiana, que anima al Estado, y la civilización moderna, que quiere suplantarla; ¿Cuál será la salida para ese antagonismo?

Una segunda obra, por supuesto también olvidada, “La Conjuración Anti Cristiana”, resume en cierta manera “El Problema de la Hora Presente”.

De ahí tres cuestiones:

1 La del judío y del francmasón, que son precisamente hoy, a los ojos de todos, los sitiadores de la ciudadela católica.

2 La de la Democracia, que es, en el decir de los propios sitiadores, la sugestión madre de que se sirven para atacar a la civilización cristiana en la opinión privada y pública, y en seguida en las instituciones.

3 La de la Renovación: religiosa, social y familiar, exigida por las ruinas ya amontonadas y aquellas que el anticristianismo todavía realizará.

Esas tres cuestiones fueron íntimamente unidas en el estudio El Problema de la Hora Presente y la Conjuración Anti Cristiana.

 RENOVACIÓN= ética planetaria, la conciencia del S.XXI

 Educación en la Fe Católica = conciencia recta.

Renovación = ética planetaria (las cuatro nuevas virtudes: concientización, pacifismo, austeridad y tolerancia, que intrínsecamente lleva el solidarismo y el ecumenismo).

“Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.” Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, C.1, p, 12).

“Creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es una herencia común cuyos frutos deben beneficiar a todos.” Segundo video de sinagoglio.

 Palabras de Mons. H. De Lassus en su libro “La Conjuración Anti Cristiana”: El Syllabus de Pío IX (8/12/1864) termina con esta proposición condenable y condenada: “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y la civilización moderna.”

La última proposición del decreto llamado Syllabus de San Pío X (3/7/1907), proposición igualmente condenable y condenada, concluye así: “El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir, en un protestantismo amplio y liberal.”

No fue seguramente sin intención que estas dos proposiciones fueron puestas en último lugar, apareciendo como la conclusión en ambos Syllabus. En efecto, ellas resumen las proposiciones anteriores y precisan su espíritu.

“Es necesario (para que la bestia reine) que la Iglesia se reconcilie con la civilización moderna. Y la base propuesta para esta reconciliación, no es la aceptación de los datos de la verdadera ciencia que la Iglesia jamás repudió, que ella siempre favoreció, y a los progresos que ella siempre aplaudió y contribuyó más que nadie, sino el abandono de la verdad revelada, abandono que transformaría al catolicismo en un protestantismo amplio y liberal dentro del cual todos los hombres podrían encontrarse, cualesquiera sean sus ideas sobre Dios, sobre sus revelaciones y sus mandamientos. Sólo así, dicen los modernistas, por este liberalismo es que la Iglesia puede ver nuevos días abrirse ante ella, y procurarse el honor de entrar en las vías de la civilización moderna y marchar con el progreso”, dice Monseñor Delassus.

Ahora bien, la constitución Guadium et Spes es un Anti Syllabus según palabras del mismo “Cardenal” Joseph “la serpiente” Ratzinger.

“La relación entre la pobreza y la fragilidad del planeta requiere otro modo de ejercer la economía y el progreso concibiendo un nuevo estilo de vida porque necesitamos una conversión que nos una a todos:”  Segundo video de sinagoglio.

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Esa conversión que unirá a todos se fundamenta en un cambio de paradigma en lo que se refiere al PECADO, porque el pecado hoy se concibe de una manera totalmente diferente a la concepción tradicional que tenía el magisterio de la Iglesia. Hoy lo que es pecado, no lo es para la mayoría, porque tienen su conciencia deformada, y pueden obrar el mal con la tranquilidad que les brinda la rectitud de su conciencia ya torcida, por la razón que fuere.

Francisco, en referencia a los ateos que se niegan a creer en Dios, sus Mandamientos y su Iglesia, dijo en septiembre de 2013: “Dios perdona a los que obedecen a su conciencia“. En otras palabras, Dios perdona a todos, porque todos obramos de acuerdo a nuestra conciencia, recta o torcidamente, pero, todos obedecemos a la conciencia; sin embargo, al que obra el mal rectamente con conciencia, tarde o temprano lo aprisionará el gusano que corroe y que no muere.

Juan Pablo II, en su Encíclica Veritatis splendor borra con el codo lo que escribió con la mano, explica que: “La conciencia, como juicio de un acto, no está exento de la posibilidad de error. A medida que el Concilio, dice, no con poca frecuencia la conciencia yerra como resultado de la ignorancia invencible, aunque, no que por ello pierda su dignidad, pero esto no se puede decir cuando un hombre no trata de buscar la verdad y el bien, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito al pecado”. (Veritatis splendor, n ° 62, citando la Gaudium et Spes, 16) Juan Pablo II sigue: “la conciencia no es un juez infalible, sino que puede cometer errores…. la conciencia, como el último juicio de concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, es decir, cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien…”(V.S, núm. 62, 63, citando la Gaudium et Spes, 16).

¿Cómo entonces puede Francisco emitir una declaración que declara que Dios perdonará a todos los ateos que obedecen a su conciencia? hace algunos años, Joseph Ratzinger, durante su discurso principal del Taller de la Cuarta Episcopal de la National Catholic Bioethics Center, en “Moral Theology Today: certezas y dudas”, el cual fue entregado en febrero de 1984, dijo lo siguiente: “En los Salmos nos encontramos de vez en cuando la oración que Dios debe liberar al hombre de sus pecados ocultos. El salmista ve como su mayor peligro el hecho de que ya no los reconoce como pecados y por lo tanto cae en ellos en aparente buena conciencia.

 

La verdad es que la culpa que su conciencia “no reconoce” radica en que está tan deformada que ya no ve lo que él como hombre racional debería ver.

En otras palabras, el concepto de conciencia es una obligación, es decir, la obligación de cuidarla obrando rectamente, para formarla y educarla. La conciencia tiene derecho sobre nuestros actos, en la medida en que la persona misma respete y le da el cuidado que merece. El derecho de la conciencia no es otra cosa que la obligación de la formación de la conciencia mediante el asiduo trabajo de la perfección cristiana. Del mismo modo que tratamos de desarrollar nuestro uso del lenguaje y tratamos de practicar el uso de reglas de urbanidad y cortesía, así también debemos buscar la verdadera medida de la conciencia para que, finalmente, la voz interior de la conciencia pueda llegar a su fin. Para nosotros esto significa que el magisterio de la Iglesia tiene la responsabilidad de la formación correcta. Por lo tanto, es una simplificación excesiva poner una declaración del magisterio en la oposición a la conciencia. En tal caso, debo preguntarme mucho más. ¿Qué hay en mí que contradiga la palabra del Magisterio? ¿Es tal vez sólo mi comodidad? ¿Mi obstinación? O se trata de un alejamiento a través de alguna forma de vida que me permite algo que el magisterio prohíbe y que me parece estar más motivado o más adecuado, simplemente porque la sociedad la considera razonable? Si yo creo que la Iglesia tiene su origen en Dios mismo, entonces la función de enseñar en la Iglesia tiene el derecho de esperar que, a medida en que se desarrolla auténticamente, será aceptada como un factor prioritario en la formación de la conciencia.

Si el perdón se extenderá a todos los que rechazan el Evangelio a favor de su propia conciencia errónea, entonces, ¿cómo podemos explicar las palabras de Nuestro Señor en San Mateo 10. 14; “El que no le reciben, ni prestar atención a sus palabras, a medida que avanza de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo, será más tolerable para la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio, que para aquella ciudad

 

Sigue diciendo Mons. Delassus: “Todo hombre busca ser feliz, dice Bossuet. Eso le es tan propio, es el objeto hacia el cual tienden todas las inteligencias sin excepción. El gran orador no ahorra punto en reconocerlo: “Las naturalezas inteligentes, sólo tienen voluntad de decidir por la felicidad”. Y añade: “Nada de más razonable, ya que, ¿qué hay de mejor que desear el bien, es decir, la felicidad?”. Así, encontramos dentro del corazón del hombre un impulso invencible hacia la búsqueda de la felicidad. Su voluntad no podría negarse a ello. Es el fondo de todos sus pensamientos, el gran móvil de todas sus acciones; y al mismo tiempo que se lanza hacia la muerte, es porque se convence de encontrar en la nada una suerte preferible a la que tiene estando vivo.

El hombre puede equivocarse, y de hecho se equivoca a menudo en la búsqueda de la felicidad, en la elección del camino que debe seguir para encontrarla. “En buscar la felicidad, está la fuente de todo bien, continúa diciendo Bossuet, y la fuente de todo mal es buscar lo contrario.” Esto es tan verdadero para la sociedad como para el individuo. El impulso hacia la felicidad viene del Creador, y Dios le da al hombre la luz que le ilumina el camino, directamente por la gracia, indirectamente por las enseñanzas de su Iglesia. Pero pertenece al hombre, ya sea como individuo o sociedad, le pertenece a su libre arbitrio de dirigirse, de ir en busca de su felicidad allí donde le plazca ponerla, en lo que es realmente bueno, y, por encima de toda bondad, que es el bien absoluto, Dios; o en lo que tiene apariencias de bien, o en lo que no es más que un bien relativo.

Toda la vida presente debe tender a este desarrollo, a la transformación del viejo hombre, del hombre de la pura naturaleza e incluso de la naturaleza decaída, en el hombre deificado. He aquí lo que se realiza en este mundo en el cristiano fiel. Las virtudes sobrenaturales, infundidas en nuestra alma en el bautismo, se desarrollan día a día por el ejercicio que hacemos de ellas con la ayuda de la gracia y la volvemos así capaz de actividades sobrenaturales que se van a completar en el cielo. La entrada en el cielo será como un nacimiento, que con el bautismo fue engendrado.
Esto es lo que Jesús hizo y a lo que vino a enseñar al género humano. Por lo tanto, se cambió radicalmente la concepción de la vida presente. El hombre no está en la tierra para gozar y morir, sino para prepararse para la vida de lo alto. Y para merecerla.

Permaneciendo por otra parte en la sociedad hasta el fin de los tiempos, hay dos categorías de hombres que la Sagrada Escritura señala: los buenos y los malos. Hay que observar, no obstante, que el número de malos disminuye y de los buenos se acrecienta a medida que la fe toma más imperio en la sociedad. Estos, porque tienen la fe en la vida eterna, aman a Dios, hacen el bien, observan la justicia, son los benefactores de sus hermanos. Y por todo eso, hacen que reine en la sociedad la seguridad y la paz. Aquéllos, porque no tienen fe, porque sus miradas permanecen fijas en la tierra, son egoístas, sin amor, sin piedad para sus semejantes: enemigos de todo bien, son en la sociedad causa de desorden y estancamiento para la civilización.

Mezclados los unos con los otros, los buenos y los malos, los creyentes y los incrédulos, forman las dos ciudades descritas por San Agustín: “El egoísmo llevado hasta el menosprecio de Dios constituye la sociedad comúnmente llamada “el mundo”, el amor de Dios llevado hasta el menosprecio de sí mismo produce la santidad y puebla la “ciudad celestial.”

A medida que la nueva concepción de la vida traída por Nuestro Señor Jesucristo a la tierra penetró en las inteligencias y en los corazones, la sociedad se modificó: la nueva concepción de la vida cambió las costumbres, y bajo el impulso de estas ideas y costumbres, las instituciones se transformaron. La esclavitud desapareció, y en vez de los poderosos someter a sus hermanos, se les ve santificarse hasta el heroísmo para procurarles el pan de la vida espiritual, para elevar a las almas y santificarlas. La guerra no fue más hecha para apoderarse de los territorios de los otros y tomar a los hombres y mujeres como esclavos, sino para romper los obstáculos que se oponían a la extensión del reino de Cristo y obtener a los esclavos del demonio la libertad de los hijos de Dios. Facilitar, favorecer la libertad de los hombres y pueblos en su progreso hacia el bien, se volvió el objetivo hacia el cual las instituciones sociales fueron llevadas, aunque no siempre como un fin expresamente determinado. Y las almas aspiraron al cielo y trabajaron para merecerlo.

La posesión de los bienes temporales para el disfrute de que se puede obtener de ellos, no fue ya el único e incluso principal objetivo de la actividad de los cristianos, al menos de los que estaban realmente imbuidos del espíritu cristiano, sino la posesión de los bienes espirituales, la santificación del alma, el aumento de las virtudes que son el ornamento y las verdaderas delicias de la vida de aquí abajo, y al mismo tiempo prendas de la bienaventuranza eterna.

Las virtudes adquiridas por los esfuerzos personales se transmitían por la educación de una generación a otra; y así se formó, poco a poco, la nueva jerarquía social, fundada, ya no por la fuerza y sus abusos, sino sobre el mérito; en la parte baja, las familias que se aplicaron a la virtud del trabajo; al medio, aquéllas que, sabiendo juntar en el trabajo la moderación en el uso de los bienes que obtenían, fundaron la propiedad mediante el ahorro; en lo alto, aquéllos que denegaron del egoísmo, ascendieron a las sublimes virtudes de dedicación a los demás: pueblo, burguesía, aristocracia. La sociedad se estableció y las familias escalonadas en el mérito ascendente de las virtudes transmitidas de generación en generación. Tal fue la obra de la Edad Media. Durante su curso, la Iglesia realizó una triple tarea. Luchó contra el mal que provenía de las distintas sectas del paganismo y lo destruyó; perfeccionó los buenos elementos que se encontraban en los antiguos romanos y en las distintas razas de bárbaros; y finalmente, hizo triunfar el ideal que Nuestro Señor Jesucristo había dado de la verdadera civilización. Para llegar a esto, había procurado en primer lugar reformar el corazón del hombre; de allí vino la reforma de la familia, la familia vino a reformar al Estado y a la sociedad: vía opuesta a la que se quiere seguir hoy. Sin duda, creer que, en el orden que acabamos de señalar no hubo punto de desorden, sería equivocarse. El espíritu antiguo, el espíritu del mundo que Nuestro Señor condenó, nunca fue, y nunca se superará completamente. Siempre, incluso en los mejores tiempos, y cuando la Iglesia obtuvo sobre la sociedad el más grande ascendiente, hubo hombres de placer y hombres de ambiciones; pero se veían a las familias subir en razón de sus virtudes o declinar en razón de sus defectos; se veía al pueblo distinguirse entre ellos por su civilización, y el grado de civilización se tomó de las aspiraciones dominantes en cada nación: se elevaban cuando estas aspiraciones se purificaban y subían; retrocedían cuando sus aspiraciones los llevaban hacia el disfrute y el egoísmo. Sucedió, sin embargo, que naciones, familias, individuos se abandonaron a los instintos de la naturaleza o resistieron a ellos; pero el ideal cristiano permanecía siempre inflexiblemente mantenido bajo la mirada de todos por la Santa Iglesia.

El impulso dado a la sociedad por el cristianismo comenzó a retrasarse en el siglo XIII: la liturgia lo constata y los hechos lo demuestran. En un primer momento se detuvo, luego retrocedió. Este retroceso o más bien esta nueva orientación se manifestó pronto y tomó un nombre, RENACIMIENTO, renacimiento del punto de vista pagano del ideal de civilización. Y con el retroceso vino la decadencia. “Teniendo en cuenta todas las crisis atravesadas, de todos los abusos, de todos los cuadros sombríos, es imposible impugnar que la historia de Francia – incluso observación para toda la república cristiana – es una ascensión, como historia de una nación, mientras mantiene la influencia moral de la Iglesia que allí domina, y que se convierte en una caída a pesar de todo lo que esta caída tiene a veces de brillante y de épico, en cuanto los escritores, los científicos, los artistas y los filósofos se substituyeron a la Iglesia y la eliminaron de su soberanía.”

 CAPITULO III

EL RENACINIENTO, PUNTO DE INICIO DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA

En su admirable introducción a la Vida de Santa Isabel, M. de Montalembert dice del siglo XIII, que fue (al menos por lo que se refiere al pasado) el apogeo de la civilización cristiana: “Nunca quizás la Esposa de Cristo había reinado por un imperio tan absoluto sobre el pensamiento y sobre el corazón del pueblo… Entonces, más que en ningún otro momento de este rudo combate, el amor de sus hijos, su dedicación sin término, su número y valor cada día crecientes, y los santos que cada día veía nacer entre ellos, ofrecían a esta Madre inmortal, fuerzas y consolaciones, hasta el momento en que le fueron cruelmente arrebatadas. Gracias a Inocencio III, que continuó la obra de Gregorio VII, la cristiandad era una extensa unidad política, un reino sin fronteras, habitado por múltiples razas. Los señores y los reyes habían aceptado la supremacía pontifical. Fue necesario que viniera el protestantismo para destruir esta obra.”

Antes mismo del protestantismo, un primer y rudo golpe se dio a la sociedad cristiana de 1308. Lo que la sustentaba era, como dice M. de Montalembert, la autoridad reconocida y respetada del Soberano Pontífice, el jefe de la cristiandad, el árbitro de la civilización cristiana. Esta autoridad fue contradicha, insultada y golpeada por la violencia y por la astucia del rey Felipe IV, en la persecución que hizo sufrir al Papa Bonifacio VIII; esa misma autoridad fue también reducida, por la complacencia de Clemente V hacia este mismo rey, que llegó hasta trasladar temporalmente la sede del papado a Avignon en 1305. Urbano VI no debía volver a entrar a Roma hasta 1378. Durante este largo exilio, los papas perdieron una buena parte de su independencia y su prestigio se vio singularmente debilitado. Cuando volvieron a entrar en Roma, después de setenta años de ausencia, todo estaba listo para el gran cisma de Occidente que iba a durar hasta 1416 y que descabezó por un tiempo al mundo cristiano.

De esta manera, el poder comenzó a prevalecer sobre el derecho, como era antes de Jesucristo. Se ve renacer el carácter pagano de conquista y perderse el carácter de liberación. La “hija primogénita” que había herido a su Madre en Agnani, sufre la primera de las consecuencias de su infracción: la Guerra de Cien años, Crécy, Poitiers. Azincourt. En los días de hoy, para no decir nada de lo que la precedió, la ocupación de Roma, la expansión de Prusia a costa de sus vecinos, la impasibilidad de Europa ante la masacre de los cristianos por los turcos, y la inmolación de un pueblo por las codicias del imperio británico, todo eso es fruto del espíritu pagano.

Pastor comienza en estos términos su Historia de los Papas de la edad media:

“La época en que se realiza la transformación de la antigüedad pagana por el cristianismo, no es menos memorable quizá que el período de transición que conecta la Edad Media con los tiempos modernos. A esa época, se le dio el nombre de Renacimiento.

“Bajo la influencia de una admiración excesiva, se podría decir enfermiza, para las bellezas de los escritores clásicos, se enarbola abiertamente el estandarte del paganismo; los adherentes de esta reforma pretendían modelar exactamente todo bajo el prisma de la antigüedad, las costumbres y las ideas, restablecer la preponderancia del espíritu pagano y destruir radicalmente el estado de cosas existente, cuestionados por ellos como estando en decadencia. “La influencia desastrosa ejercida dentro de la moral por el humanismo se hizo sentir temprano y de una manera espantosa en el ámbito de la religión. Los adherentes del Renacimiento pagano consideraban la filosofía antigua y la fe de la Iglesia, como dos mundos enteramente distintos y sin ningún punto de contacto.”

Ellos querían que el hombre hiciese su felicidad sobre la tierra, que todas sus fuerzas, todas sus actividades estuviesen empleadas en obtener la felicidad temporal; decían que el deber de la sociedad es organizarse de modo que permita a cada uno satisfacer todos sus deseos y todos sus sentidos. Nada de más opuesto a la doctrina y a la moral cristiana.  “Los antiguos humanistas, ha dicho muy bien Jean Janssen, no tenían menos entusiasmo para la herencia grandiosa legada por los pueblos de la antigüedad que tuvieron más tarde sus sucesores. Antes de éstos, ellos habían visto en el estudio de la antigüedad, uno de los más potentes medios de cultivar con éxito la inteligencia humana. Pero dentro de su pensamiento, los clásicos griegos y latinos no debían estudiarse con el fin de alcanzar en ellos y por ellos el fin de toda educación. Se proponían ponerlos al servicio de los intereses cristianos; deseaban para el futuro, gracias a ellos, alcanzar una inteligencia más profunda del cristianismo y la perfección de la vida moral. Movidos por estos mismos motivos, los Padres de la Iglesia habían recomendado y fomentado el estudio de las lenguas antiguas. La lucha no comenzó y sólo se volvió necesaria hasta que los jóvenes humanistas rechazaron toda la antigua ciencia teológica y filosófica como bárbara, y afirmaron que todo concepto científico se encuentra únicamente contenido en las obras de los antiguos, entraron en lucha abierta con la Iglesia y el cristianismo, y muy a menudo lanzaron un desafío a la moral.”

La misma observación con respecto a los artistas. “La Iglesia, dice el mismo historiador, había puesto el arte al servicio de Dios, pidiendo a los artistas cooperar a la propagación del reino de Dios sobre la tierra e invitándolos a “anunciar el Evangelio a los pobres”. Los artistas respondiendo exactamente a este llamado, no elevaban la belleza sobre un altar para hacer un ídolo y adorarlo para sí mismos; ellos trabajaban “para la gloria de Dios”. Por sus obras maestras ellos deseaban despertar y aumentar en las almas el deseo y el amor de los bienes celestiales.

Mientras el arte conservó los principios religiosos que le habían dado nacimiento, fue en constante progreso. Pero a medida que se desvanecía la fidelidad y la solidez de los sentimientos religiosos se vio esfumarse esa inspiración. Mientras más se admiró la divinidad extranjera, más la quiso resucitar y dar una vida artificial al paganismo, vino entonces a desaparecer su fuerza creativa, su originalidad; y, al final, cayó en una sequía y aridez completa”.

Es necesario reconocer que el principio del arte de la Edad Media estaba en oposición completa con el principio del arte del Renacimiento. La Edad Media que terminaba había impreso todos los lados humildes del alma: sufrimiento, tristeza, resignación, aceptación de la voluntad divina. Los santos, la Virgen, el mismo Cristo, a veces débiles aparecen a los pobres pueblos del siglo XV no tienen otra radiación que aquella que viene del alma. Este arte es de una humildad profunda, el verdadero espíritu cristiano estaba contenido en él. El arte del renacimiento es totalmente diferente, su principio oculto es el orgullo. Desde ahora el hombre se basta a sí mismo y aspira a ser un dios.

La más alta expresión del arte es el cuerpo humano desnudo: la idea de una caída, de una decadencia del ser humano, que alejaron por largo tiempo los artistas del desnudo, ya no se presenta más en su espíritu. Hacer del hombre un héroe radiante de fuerza y de belleza. Bajo la influencia de estos intelectuales, la vida moderna tomó una dirección completamente nueva, opuesta a la verdadera civilización. Ya que, como muy bien dijo Lamartine:

“Toda civilización que no viene de la idea de Dios es falsa. “Toda civilización que no alcanza la idea de Dios no permanece. “Toda civilización que no se penetra de la idea de Dios es fría y vacía. “La última expresión de una civilización perfecta es la que mejor ve a Dios, la que mejor lo adora, la que mejor es servida por los hombres.”

El cambio se operó en primer lugar en las almas. Muchos olvidaron la concepción según la cual el fin de todo está en Dios para adoptar aquella que quiere que todo esté centrado en el hombre. “Al concepto del hombre decaído y regenerado, dice muy bien Beriot, el Renacimiento opone el concepto del hombre no caído ni regenerado, ascendiéndolo a una admirable altura por las únicas fuerzas de su razón y de su libre albedrío. El corazón ya no está para amar a Dios, ni el espíritu para conocerlo, ni el cuerpo para servirlo, y así merecer la vida eterna. La noción superior que la Iglesia había puesto tanto cuidado en fundar, y para la cual había tardado tanto tiempo, se borró en éste, en aquél, y en las multitudes; como en tiempos del paganismo, hicieron del placer, del disfrute, el objeto de la vida; buscaron los medios en la riqueza, y para adquirirlos, no se tuvo en cuenta los derechos de los otros. Para los Estados, la civilización ya no tuvo más como fin la santidad de todos, y las instituciones sociales abandonan los medios ordenados para preparar a las almas para el cielo. De nuevo volvieron a encerrar la función de la sociedad en el tiempo, sin respeto a las almas que están hechas para la eternidad.

¡Entonces, como hoy en día, llamaron a eso progreso. “Todo nos anuncia, decía con entusiasmo Campanello, la renovación del mundo.

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Nada detiene la libertad del hombre. ¿Cómo detener la marcha y el progreso del género humano?” Las nuevas invenciones, la imprenta, el telescopio, el descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., sumándose al estudio de las obras de la antigüedad, causaron una embriaguez de orgullo que hizo decir: la razón humana se basta a sí misma para controlar sus asuntos en la vista social y política, escapando a las fatalidades de la raza, para elevarse hasta el tipo que ignora el dolor, la compasión, la resignación; he aquí el bien (con toda suerte de matices) el ideal de Italia del siglo XVI.

 

No necesitamos una autoridad que apoye o rectifique la razón. Así se invirtió el concepto sobre el cual la sociedad había vivido y por el cual ella había prosperado desde Nuestro Señor Jesucristo. La civilización renovada de paganismo, actuó en primer lugar sobre las almas aisladamente, luego sobre el espíritu público, después sobre las costumbres y las instituciones. Sus devastaciones se manifestaron en primer lugar en el orden estético e intelectual; el arte, la literatura y la ciencia se retiraron poco a poco del servicio del alma para ponerse al servicio de la animalidad: lo que esta revolución trajo consigo en el orden moral y en el orden religioso fue la Reforma.

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Del orden religioso, el espíritu del Renacimiento alcanzó el orden político y social con la Revolución. Y he aquí que atacando el orden económico con el Socialismo. Es lo que debía venir, allí encontrará su fin, o nosotros, el nuestro; su final, si el cristianismo reanuda su imperio sobre el pueblo asustado o más bien abrumado de los males que el socialismo hará pesar sobre ellos; el nuestro, si el socialismo consigue empujar hasta el final la experiencia del dogma del libre disfrute en este mundo y hacernos sufrir todas las consecuencias.

Esto sin embargo, no se realizó ni avanzó sin resistencia. Una multitud de almas permanecieron y permanecen siempre unidas al ideal cristiano, y la Iglesia está siempre allí, en la sociedad, en medio de este conflicto que lleva cinco siglos de duración, y que ha llegado hasta el estado crítico de nuestros días. El Renacimiento es, pues, el inicio del estado actual de la sociedad. Todo esto que sufrimos proviene de allí. Si queremos conocer nuestro mal, y tomar de este conocimiento el remedio radical a la situación presente, es a ella que es necesario remontarse.

¡Y sin embargo, los Papas favorecieron lo que fue el inicio de la civilización moderna! Una palabra de explicación a esto se impone. Los Padres de la Iglesia, recomendaron el estudio de los literatos de la antigüedad y esto por dos razones: encontraron en ellos un excelente instrumento de cultura intelectual, y sirvió como un pedestal a la Revelación; y así es como debe ser: la razón es el apoyo de la fe. Fieles a esta dirección, la Iglesia y en particular los monjes, pusieron todos sus cuidados en salvar del naufragio de la barbarie a los autores antiguos, de copiarlos y estudiarlos, servirse de ellos para la demostración de la fe.

Era por tanto, muy natural, que cuando comenzó en Italia el renacimiento literario y artístico, los papas se hayan mostrado favorables. A las ventajas arriba señaladas, se añadieron otras, de un carácter más inmediato y útil para esa época. A partir de la mitad del siglo XIII, se habían iniciado una serie de relaciones entre el papado y el mundo griego para obtener la vuelta de las iglesias de oriente a la Iglesia romana. Por una y otra parte se enviaban embajadas. El conocimiento del griego era necesario para discutir contra los cismáticos y ofrecerles la argumentación en su propio terreno.

La caída del imperio bizantino dio ocasión a esta clase de estudios un nuevo y decisivo impulso. Los científicos griegos, aportando en occidente los tesoros literarios de la antigüedad, excitaron un verdadero entusiasmo por las letras paganas, y este entusiasmo se manifestó más entre los religiosos que en ninguna otra parte. La imprenta sirvió para multiplicarlos y para adquirirlos a un costo muchísimo menor.

Finalmente la invención del telescopio y el descubrimiento del nuevo mundo abrían a los pensamientos horizontes más amplios. Aquí vemos el celo de los papas, en primer lugar, los de Avignon, de enviar misioneros a los países lejanos, y aportar un nuevo estímulo a la fermentación de los espíritus, buena en un principio, pero del que el orgullo humano abusó, tal como vemos en nuestros días abusar de los progresos de las ciencias naturales.

Los papas tuvieron, pues, por toda clase de circunstancias providenciales, la oportunidad de llamar y reunir junto a ellos a los representantes dignos del movimiento literario y artístico de que eran testigos. Lo tomaron como un deber y un honor. Prodigaron los pedidos, las pensiones, las dignidades a aquéllos que veían elevarse por sus talentos sobre otros. Desgraciadamente al fijar la mirada en el objetivo que querían alcanzar, no tomaron bastante guardia a la calidad de las personas que así fomentaban.

Petrarca a quien se le conoce como “el primero de los humanistas”, encontró en la corte de Avignon la más alta protección y obtuvo el cargo de secretario apostólico. Por lo tanto, se establece en la corte pontifical, la tradición de reservar las altas funciones de secretarios apostólicos a los escritores de mayor reputación, de suerte que pronto se volvió uno de los hogares más activos del Renacimiento.

Hay santos religiosos como el camaldulense Ambrosio Traversarui, pero desgraciadamente también los groseros epicúreos como Pogge, Filelfe, Arétin y otros. A pesar de la piedad, y a pesar mismo de la austeridad personal de los papas que en ese tiempo edificaron la Iglesia, no supieron, en razón de la atmósfera que los envolvía, defenderse de una condescendencia demasiado grande para con los escritores, quienes, a pesar de estar a su servicio, pasaron a ser pronto, por la pendiente a la cual se abandonaron, los enemigos de la moral y de la Iglesia. Esta condescendencia se extendió a las propias obras de ellos, en resumen, ellos llegaron a ser la negación del cristianismo.

Todos los errores que vinieron a pervertir el mundo cristiano, todos los atentados perpetrados contra sus instituciones, tuvieron allí su fuente; se puede decir que todo esto que asistimos fue preparado por los humanistas. Ellos son los iniciadores de la civilización moderna. Ya Petrarca había dibujado en el comercio de la antigüedad sentimientos e ideas que habrían afligido a la corte pontifical, si hubiera medido las consecuencias. Él obviamente se inclinó siempre ante la Iglesia, su jerarquía, sus dogmas, su moral; pero no fueron así los que lo siguieron, y se puede decir que fue él quien los puso en el mal camino por donde entraron. Sus críticas contra el gobierno pontifical autorizaron a Valla a minar el poder temporal de los papas, acusarlos de enemigos de Roma y de Italia, y presentarlos como enemigos del pueblo. Llegó incluso hasta negar la autoridad espiritual de los Soberanos Martín V tuvo un gusto constante por la justicia y la caridad. Su devoción era grande; dio pruebas brillantes en sucesivas ocasiones, sobre todo cuando trajo de Ostia las reliquias de Santa Mónica. Soportó con una resignación profundamente cristiana los lutos que vinieron a afectarlo golpe sobre golpe en sus más costosos afectos. En su juventud, había distribuido la mayor parte de sus bienes entre los pobres. Eugenio IV conservó en el trono pontificio sus prácticas austeras de religioso. Su simplicidad y su frugalidad le habían hecho llamar por su ambiente con el apodo de Abstenius. Es con razón que Vespasiano celebró la santidad de su vida y de sus costumbres.

Nicolás V quiso tener en su intimidad el espectáculo continuo de las virtudes monásticas. Para ello, llamó ante él a Nicolás de Cortona y a Lorenzo de Mantua, dos camaldulenses con los cuales gustaba hablar de las cosas del cielo en medio de las torturas de su última enfermedad. Pontífices en la Iglesia, negando a los papas el derecho de ser llamados “vicarios de Pedro”. Otros recurrieron al pueblo o al emperador para restablecer, o bien la República romana, o la unidad italiana, o un imperio universal; todas las cosas que término de las aspiraciones de la francmasonería. Vemos en nuestros días, han sido, o intentadas (1848), o realizadas (1870), o presentadas como el término de las aspiraciones de la francmasonería.

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Alberti preparó otra clase de atentado, más característico de la civilización contemporánea. Jurista al mismo tiempo que literato, compuso un tratado de derecho. El proclama que “a Dios debe dejarse el cuidado de las cosas divinas, y que las cosas humanas son de competencia del juez”. Era, como observa Guiraud, declarar el divorcio entre la sociedad civil y la sociedad religiosa; era abrir las vías a los que quieren que los gobiernos sólo persigan fines temporales y sigan siendo indiferentes a los espirituales, defienden los intereses materiales y dejan a parte las leyes sobrenaturales de la moral y de la religión; decían que los poderes temporales son ineficaces o deben ser indiferentes en materia religiosa, que no tienen necesidad de conocer a Dios, que no tienen que hacer observar su ley. En una palabra, era la fórmula de la gran herejía social de los tiempos actuales, y arruinar en su base, la civilización de los siglos cristianos. El principio declarado por este secretario apostólico contenía en germen todas las teorías que reclaman nuestros modernos “partidarios de la sociedad laica”. Sólo había que dejar a este principio desarrollarse para llegar a todo esto de los cuales somos, en los días de hoy, tristes testigos.

Atacando así, por su base a la sociedad cristiana, los humanistas invertían al mismo tiempo en el corazón del hombre el concepto cristiano de su destino. “El cielo, escribía Collaccio Salutati, en su Tratado de Hércules, pertenece de derecho a los hombres enérgicos que emprenden grandes luchas o realizaron grandes trabajos sobre la tierra.” Sacaron de este principio las consecuencias. El ideal antiguo y naturalista, el ideal de Zenón, de Plutarco y de Epicuro, era multiplicar al infinito las energías de su ser desarrollando armoniosamente las fuerzas del espíritu y del cuerpo. Este pasó a ser el ideal que los fieles del Renacimiento substituyeron en sus costumbres, así como en sus escritos, a las aspiraciones sobrenaturales del cristianismo. Es en nuestros días el ideal que Frederick Nietzsche promovió al extremo predicando la fuerza, la energía, el libre desarrollo de todas las pasiones que harán llegar al hombre a un estado superior al que se encuentra, para llegar a convertirse en el superhombre.                                                        

Para estos intelectuales, y para quienes los que los escucharon, y los que hasta nuestros días se consideran sus discípulos, el orden sobrenatural, queda completamente dejado de lado; la moral se convirtió en la búsqueda de satisfacer a todos los instintos; el gozo de la vida, bajo todas sus formas, fue el objeto de sus actos judiciales. La glorificación del placer era el tema preferido de las disertaciones de los humanistas. Laurent Valla afirmaba en su tratado De Voluptate que “el placer es el verdadero bien, y que no hay otros fuera del placer”. Esta convicción le llevó a él, y también a otros, a poetizar los peores vicios. De esta manera eran prostituidos los talentos que tendrían que ser empleados a vivificar la literatura y el arte cristianos.

Desde todos los puntos de vista, se venía venir el divorcio entre las tendencias del Renacimiento y las tradiciones del cristianismo. Mientras que la Iglesia seguía predicando la caducidad del hombre, afirmando su debilidad y la necesidad de una ayuda divina para la realización del deber, el humanismo alimentaba sus frentes en Jean Jacques Rousseau para declarar la bondad de la naturaleza: era la deificación del hombre.

Mientras que la Iglesia asignaba a la vida humana una razón y un objetivo sobrenaturales, colocando en Dios el término de nuestro destino, el humanismo, volviendo a ser pagano, limitaba a este mundo y al hombre el ideal de la vida. Desde Italia, el movimiento alcanzó otras partes de Europa. En Alemania, el nombre de Reuchlin fue, sin que este científico lo quisiera, el grito de guerra de todos los que trabajaron en destruir las Órdenes religiosas, la escolástica y, finalmente, la propia Iglesia. Sin el escándalo que se hizo en torno de él, Lutero y sus discípulos nunca se hubieran atrevido a soñar lo que ellos realizaron.

En los Países Bajos, Erasmo preparó, también, las vías a la Reforma por su Elogio a la locura. Lutero no hizo más que proclamarlo mucho más alto. Y realizar audazmente lo que Erasmo no había dejado de insinuar. Francia también se había apresurado a acoger en su casa las letras humanas; no hubo punto alcanzado, al menos en el orden de las ideas, por tan nefastos efectos. No fue así mismo para las costumbres. “Desde que las costumbres de los extranjeros comenzaron a agradarnos – es el gran canciller Vair, que vio esto que nos lo dice – los nuestros se pervirtieron y corrompieron tanto que podemos decir: Hace tiempo que ya no somos franceses.” En ninguna parte, las elites de la sociedad tuvieron la bastante clarividencia para separar de lo que allí había de sano de lo que allí había de infinitamente peligroso en el movimiento de ideas, sentimientos, aspiraciones que recibió el nombre de Renacimiento. De modo que, por todas partes, la admiración para la antigüedad pagana pasó a transformarse en la base de las letras, del arte y de la civilización. Y la civilización comenzó a transformarse para llegar a ser lo que es hoy, y lo que esperamos ver será mañana.

Dios sin embargo, no dejó a su Iglesia sin ayuda, esto se puede afirmar con toda seguridad. Muchos santos, entre ellos San Bernardino de Siena, no dejaron de señalar y denunciar el peligro. Sin embargo no se les escuchó. Y por eso el renacimiento generó la Reforma y la Reforma la Revolución cuyo objetivo bien conocido, es destruir la civilización cristiana y substituirla en todo el universo por la llamada civilización moderna.

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Pero usted es anti modernista, usted dijo que están dispuestos a escribir el Credo con su sangre y a firmar el juramento antimodernista, eso es lo que usted dijo.

-Sí pero ¿qué es anti modernismo? Es apuntar el error…

Es tomar y escoger.

-El modernismo es un error religioso. No tiene nada que ver con el mundo moderno. Nosotros tomamos aviones, usamos computadoras, tenemos Smartphone, y… si eso es modernismo está bien, ¿ve?

El modernismo es también hablar con otras fes, lo que a usted no le gusta…

-¡Seguro, nosotros lo hacemos, lo hacemos todo el tiempo! ¡Sí, lo hacemos! Pero discretamente.  Y hacemos amigos. No hay problema.