COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

CAPÍTULO SEGUNDO

Del cuidado con que debemos prepararnos para la Comunión y de las disposiciones necesarias

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Algunos hay que ponen toda su piedad en acercarse a menudo a la Santa Mesa; pero no procuran disponerse dignamente, viviendo de una manera del todo brutal o humana, distraídos, inmortificados, sensuales, satisfechos de sí mismo, apegados a los bienes temporales, sujetos a sus pasiones, esclavos de su amor propio, infieles a la gracia.

Estos tales se asemejan a un hombre, que después de haber sido llamado a la Mesa del Rey, se presenta vestido de andrajos y cubierto de lodo e inmundicia. Una imprudencia semejante ¿podría dejar de ofender al príncipe e irritar su justa indignación?

Su temeridad no puede menos también de ofender vivamente a Jesucristo y atraer sobre ellos su justa ira. Si es malo alejarse de los Santos Misterios, aún es más acercarse sin las disposiciones necesarias; de donde viene, que aquel hombre que se presentó sin su ropa nupcial en el festín de las bodas del Rey del Evangelio, fuese tratado con más rigor que los que se excusaron de concurrir; porque se mandó arrojarle en las tinieblas exteriores con los pies y manos atadas, lo que no se dice de estos.

¿Qué idea tenéis de la Comunión? ¿Con que ojos la miráis? ¿Sabéis bien que es la acción más augusta, la más santa y la más importante, no solamente de toda nuestra vida, sino también de la religión cristiana?

Es la más augusta, porque el hombre no podrá recibir mayor gloria que unirse e incorporarse con Jesucristo, como tiene la dicha de lograrlo en este Sacramento.

Es la más santa, porque no hay ninguna donde reciba más gracias.Es la más importante, porque la vida y la muerte eterna dependen del modo con que la hace.

De lo que debéis inferir, que no hay acción que requiera mayor cuidado y preparación que esta.

El mundo ha estado preparándose cuatro mil años para recibir a Jesucristo en su Encarnación; porque todos los votos de los Patriarcas, todos los oráculos de los Profetas, todos los sacrificios de los Sacerdotes, todas las ceremonias de la Ley, todas las acciones de los Justos, todo esto no se dirigía sino a obtener del Cielo a este Deseado de las Naciones y a disponerse para recibir los efectos de la gracia que debía acarrear a la tierra. Todas las criaturas del Universo no habían recibido aún el ser y no le empleaban sino por él.

Pero lo que ha hecho el mundo respecto a su Encarnación, lo ha de hacer cada fiel respecto a la Comunión. Todas las menudencias de su conducta no deben referirse sino a disponerse para recibir dignamente el Salvador en este adorable Sacramento y recoger sus frutos. A esto sólo se han de dirigir todos sus pensamientos, todos sus deseos y todas sus acciones.

Cuatro mil años, y aun millones de años no bastarían para disponernos a recibirle de una manera conveniente a su grandeza. Si nosotros no podemos emplear tan grandes espacios de tiempo, consagremos por lo menos con fidelidad los rápidos momentos de nuestra vida corta y pasajera.

Jesucristo agota sus tesoros en este Misterio y emplea todos los esfuerzos de su poder y sabiduría para alimentarnos y enriquecernos en él. Aunque nos diera toda la naturaleza criada y mil mundos enteros, no nos haría tan gran presente, como dándosenos una sola vez en la Comunión. ¿Podemos hacer menos que echar todas nuestras fuerzas y emplear todos nuestros cuidados para corresponder a la generosidad de su amor y procurar recibirle con las disposiciones más perfectas y sublimes que nos es posible?

¡Qué preparativos no se hacen para recibir un Rey en cualquiera de sus Pueblos! ¡Con qué cuidado no se quita todo lo que puede ofender sus ojos! ¿No se disponen las calles? ¿No se adornan las casas? ¡Mas qué no debemos hacer nosotros para recibir al Soberano Monarca del mundo, cuya majestad sobrepuja infinitamente a la de todos los reyes de la tierra, y de quien hemos ya recibido, y esperamos todavía recibir en lo venidero, infinitamente más bienes que ningún rey podrá hacer a sus súbditos! ¡No olvides pues nada, oh alma mía! No olvides nada para disponerte a recibirle de una manera digna de Él.

Cuando en una casa se hospeda un personaje, y no se tienen muebles bastante preciosos para recibirle según su dignidad, se buscan prestados de todas partes los más hermosos y ricos que se pueden hallar. Así es como no reconociendo en nosotros mismos disposiciones bastante excelentes para recibir dignamente a Jesucristo, hemos de acudir a los Santos, a los Ángeles, a la Virgen Santísima, al mismo Jesucristo, rogándole nos adorne de sus méritos, que debemos ofrecer después a este Divino Salvador para suplemento de lo que nos falta.

Si tenéis amor al Divino Jesus y celo por su gloria, es singularmente al prepararos para recibirle bien en la Santa Comunión cuando lo debéis manifestar. ¿Qué acogimiento no le hubierais dado si le hubierais recibido en vuestra casa durante su vida mortal? Pues no menor cuidado debéis tomaros para acogerle cuando viene a vosotros por la Comunión; porque no merece menos respeto bajo el velo del Sacramento, que si estuviera presente a nuestra vista. No le recibís en la persona de los pobres, o de cualquier otro hombre que le representa, sino en su propia persona. Por consecuencia, todo debéis poner en obra para recibirle de una manera digna de su grandeza.

La Escritura hecha en rostro a los judíos que no recibieron a Jesucristo cuando vino al mundo por el misterio de la Encarnación, aunque hacían profesión de ser su pueblo, le hubiesen pedido a Dios, y le esperasen por muchos millares de años: Et sui eum non receperunt.

¿Qué acogimiento hacéis a este Divino Salvador cuando viene a vosotros en el Misterio de la Eucaristía? ¿Le dais todas las señales de respeto, de amor, de celo y de sumisión que debéis? ¿O no tiene razón de quejarse, que aunque hacéis profesión de estarle consagrados, no solamente no le dais ningún acogimiento por un efecto de vuestra tibieza y negligencia, sino que aún le llenáis de oprobios y le crucificáis por segunda vez por las malas disposiciones con que le recibís?

Aquí se nos da el nuevo vino que ha sido exprimido en el lagar de la Cruz; pero el vino nuevo debe ser puesto en vasijas nuevas, porque rompería las viejas. Es preciso ser un hombre del todo nuevo para ser digno de participar de este Augusto Misterio. No puede ser sino ocasión de nuestra perdición, si el hombre viejo vive en nosotros todavía.

Es nuestro Viático para pasar de la vida presente a la futura. Nunca, pues, se ha de recibir este gran Sacramento sino en el mismo estado y con las mismas disposiciones con que deseamos estar cuando salgamos de esta vida a la otra; es decir, con el mismo desapego a las cosas de la tierra, con el mismo dolor de nuestros pecados, con la misma humillación en la presencia del Señor, con la misma confianza en sus misericordias, con el mismo amor a sus adorables perfecciones, con el mismo deseo de ir a poseerle en el Cielo, donde queremos hallarnos en nuestro último momento: es necesario estar enteramente dispuestos a morir cuando vamos a comulgar; decirnos a nosotros mismos al presentarnos a la Santa Mesa que vamos, como Moisés, a espirar en el ósculo del Señor.

Jesucristo está en nuestros altares como un Juez en su tribunal de Justicia. Allí pronuncia la sentencia a todos los que se presentan a su Santa Mesa: sentencia de vida para los que se acercan dignamente; sentencia de muerte para los que lo hacen en pecado. Vosotros no debéis, pues, llegar nunca a este Misterio, sino en el mismo estado es que deseáis hallaros cuando seáis presentados al Juicio de Dios; esto es, revestidos de la misma pureza, de la misma inocencia, de la misma caridad que deseáis tener cuando Dios pronuncie el decreto de vuestra suerte eterna.

¡Abre tus ojos, oh alma mía! Abre tus ojos para considerar las admirables excelencias de este Pan Divino antes de hartarte de Él. Considera que comes a la mesa del Soberano Monarca del mundo.

Jesucristo sale por segunda vez del seno de su Padre para venir a nuestros altares, pasar a nuestros corazones y hacer en ellos su morada por medio de la Comunión; luego es preciso que nuestros corazones imiten cuanto sea posible la pureza infinita del seno adorable de su Padre de donde sale, la de su propia Persona que viene a nosotros, y la del seno de María, en que fue recibido en su primer salida al Misterio de la Encarnación, para que encuentre en nosotros una habitación correspondiente. ¿Qué rayo del Sol no debe, pues, ceder en pureza a un corazón que tiene la dicha de recibir a Jesucristo, supuesto que es necesario que la pureza de este corazón tenga relación con la del Padre Eterno, la de su Hijo Jesucristo y la de su divina Madre?

Jesucristo ha puesto su tabernáculo en el Sol, según observa el Profeta Rey. Un alma que le recibe en la Comunión, se hace en alguna manera su tabernáculo. Es, pues, necesario que sea un Sol por el resplandor de sus virtudes, por la pureza de sus luces, por el ardor de su amor, por la elevación de su espíritu superior a las cosas de la tierra, por su fiel exactitud en cumplir sus obligaciones, por su fervor a correr en los caminos de la gracia, por su caridad en hacer todo el bien que pueda a los hombres, por su firmeza y perseverancia en la práctica de todas las virtudes cristianas.

Sólo entre las azucenas de la pureza se regocija el Divino Esposo de nuestras almas; no entra sino en los jardines cerrados; no bebe sino en las fuentes selladas; esto quiere decir que, para que le seamos agradable morada y le detengamos sin violencia entre nosotros, es menester conservar nuestro corazón en una inviolable pureza, cerrarle a todos los objetos criados, preservarle de todas las manchas que ordinariamente causan nuestras aficiones desarregladas y nuestro apego a las criaturas.

El hombre sólo comió el fruto de vida en estado de inocencia. De él fue privado y arrojado del Paraíso luego que se hizo culpable. Este es el verdadero fruto de vida. Sólo las almas de inocentes son dignas de comerle. Las culpables deben ser privadas de él y desterradas de la Santa Mesa. Esforzaos, pues, a imitar, cuanto os sea posible, la inocencia de nuestros primeros Padres en el Paraíso terrenal, para merecer comer este divino fruto.

Jesucristo no celebró su Pascua sino con sus Discípulos, y aun antes de permitirles la comiesen, les lavó los pies para limpiar el polvo que se les había pegado. Esto nos dice, que para comer esta Divina Pascua, es menester ser discípulo de Cristo y haber purificado nuestro corazón, no sólo de los crímenes más enormes, sino también de los pecados más ligeros, representados por el polvo que se pega a los pies.

Para comer el Cordero Pascual era preciso carecer de toda inmundicia legal y no tener en su casa levadura. Esta era una figura que da a entender que es necesario estar exento de toda inmundicia, por ligera que parezca a nuestros ojos, y no tener en el alma ninguna levadura del pecado para poder comer el Cordero de Dios en la Santa Mesa. Sólo se come dignamente con los ázimos de la inocencia.

Este es el Pan de los Ángeles: es preciso ser ángel para comerlo, y no merecen alimentarse de él los que no viven como Ángeles por la pureza de sus costumbres, por la perfección de su amor, por la perseverancia en su retiro, y por la santidad de sus acciones. Panis Angelorum non nisi Angelicæ vitæ est stipendium.

Este Misterio hace de la tierra un Cielo; pero como ninguna cosa manchada entra en el Cielo y sea necesario antes estar perfectamente purificado en las llamas del Purgatorio, nadie tampoco se ha de presentar a la Santa Mesa si está todavía manchado. Necesita purificarse antes por los rigores de la penitencia.

El Maná no se dio a los israelitas hasta que salieron de Egipto, y consumieron la harina que llevaban. Así la participación de este misterio no se ha de conceder sino a las almas que han salido de la esclavitud del pecado, que han dejado su afición y detestado sus fatales dulzuras.

El Maná se guardaba en un vaso de oro en medio del Arca de la alianza; los panes de proposición se ofrecían a Dios sobre una mesa también de oro. Esto nos significa que los que reciben el Pan eucarístico, representado por aquellas dos figuras, han de ser enteramente de oro por la pureza y eminente caridad que debe resplandecer en sus personas.

El Divino Esposo alababa su Esposa en el Cántico de que es del todo hermosa, y no tiene mácula. El alma que se acerca a los Santos Misterios, goza la dicha de unirse con Jesucristo su adorable Esposo; pero a fin de que esta unión le sea agradable, es necesario que esta alma esté tan hermosa y pura que, viéndola su amado, pueda decirle con una secreta complacencia que no tiene mancha: Macula non est in te; que halle en la inocencia de su vida y pureza de sus costumbres un dulce motivo de consolación y alegría: Gaudebit sponsus super sponsam, gaudebit super te Deus tuus.

No es bastante a un alma conservarse sin defecto para agradar a los ojos de este Divino Esposo; es necesario además se revista con adornos que la hagan digna de sus favorables miradas. De aquí viene que este Sagrado Esposo habla muchas veces de los ricos vestidos y preciosos adornos de su Esposa. Ensalza por boca del salmista la belleza del vestido de tela de oro que tenía, y la admirable variedad de adornos con que se hallaba compuesta; y en el Cántico alaba sus hilos de perlas, sus cadenas de oro embutidas de plata y su rico calzado. Esto quiere decir, que un alma debe añadir a su inocencia la práctica de las más eminentes virtudes, para hacerse agradable a los ojos de su Divino Esposo cuando se acerca a Él en este Misterio.

No debéis comparecer nunca en presencia de este Divino Esposo cuando vayáis a recibirle en el Sacramento de la Eucaristía sin llevarle de vuestro jardín, como la Esposa Santa, algún nuevo fruto que sea de su gusto; quiero decir, sin que tengáis que presentarle alguna nueva y heroica acción de caridad, de humildad, de paciencia, de mortificación, de obediencia y de las otras virtudes.

Dios no permitía en otro tiempo a su pueblo presentarse ante sus altares con las manos vacías; quería se le llevasen ofrendas. Pretendía manifestaros por esto, que no seréis bien recibidos cuando os acerquéis a los Santos Altares, si no tenéis algún presente que ofrecerle; es decir, alguna nueva acción de virtud que hayáis practicado después de haberos presentado la última vez.

Las santas mujeres de que se habla en el Evangelio, llevaban perfumes para ungir el cuerpo de su Divino Maestro cuando fueron al Sepulcro. Este Misterio es como el sepulcro de Jesucristo en lenguaje de los Padres, y en alguna manera hacemos en el sus exequias cuando celebramos la Santa Misa; pero jamás hemos de llegar sin llevar los perfumes místicos de las limosnas, de las oraciones, de las mortificaciones que hayamos hecho de nuevo para ungirle espiritualmente.

El Maná Eucarístico no debe darse sino a los vencedores de sus enemigos; este pan del verdadero Melchisedch no debe ofrecerse sino a aquellos que, como Abrahan, han ganado ricos despojos de sus enemigos. Si vosotros no vencéis la carne, al mundo y al demonio; si no les tomáis un rico botín para consagrarle en los Altares, no merecéis que Dios os dé este Divino Maná, que por esta razón es llamado el Pan de los fuertes; porque sólo los hombres fuertes y valerosos, que por acciones ilustres han vencido sus adversarios, son dignos de comerle.

Este es un preludio y gusto anticipado de la felicidad del Cielo, la cual no se concede sino a las buenas obras. Los que no las hacen no merecen tener parte en la felicidad empezada en la tierra que se gusta en este Misterio, ni en la consumada que se posee en el Cielo. El que no trabaja, dice el Apóstol, no come: el que no trabaja por la gloria y servicio de su Divino Maestro, no merece comer su Pan en la Santa Mesa.

No solamente fue necesario que el hijo Pródigo dejase los animales inmundos que guardaba, y volviese a su padre para merecer saciarse de la bien sazonada vianda, mas también fue necesario se pusiese su primer vestido, anillo y calzado. Esto quiere decir, que no basta haber dejado el pecado y sus ocasiones para merecer ser saciados de la Carne Preciosa de Jesucristo, sino igualmente estar adornados de las virtudes de la fe, esperanza y caridad, cuya figura eran el anillo, el calzado y vestido que se dieron al Hijo Pródigo.

¿Con cuantas ceremonias no se comía el Cordero Pascual? No solamente era con los panes ázimos, símbolos de la pureza, sino también con lechugas amargas, símbolos de penitencia; ceñido el cuerpo, símbolo de la mortificación; el báculo en las manos, símbolo de la corrección de sus defectos; calzados los pies, símbolo de la esperanza; por la noche, símbolo de la fe; con presteza, símbolo del ardor de la caridad; de pie, como gentes prontas a caminar, símbolo de la preparación a la muerte. Todo esto se hacía a fin de significar que, para comer dignamente el Cordero Eucarístico, es preciso llevar todas estas disposiciones y poseer todas estas virtudes.

El Ángel del Apocalipsis no llama a las bodas del Cordero, sino a las aves que vuelan en medio del Cielo. En este Misterio es donde se celebran las bodas del Cordero, porque Jesucristo se une en él a su Esposa, que es la Iglesia; pero sólo las almas que, como aves misteriosas, se remontan generosamente sobre todas las cosas de la tierra y vuelan en medio del Cielo por una conversación del todo celestial, y por el ardor con que buscan los bienes eternos; sólo estas almas, digo, merecen tener parte en este magnífico festín.

Si vosotros no os eleváis del haz de la tierra o si no la perdéis de vista en vuestras intenciones y designios, no merecéis ser admitidos en él. Por lo cual, dice San Juan Crisóstomo, que esta Divina Mesa es para las águilas, que toman un vuelo elevado, y no para los pajarillos, que no hacen sino revolotear sobre la superficie de la tierra. Aquilarum non graculorum, est hœc mensa.

¿Quién permitiría unir a su cuerpo un miembro, no digo muerto o podrido, sino ulcerado, contrahecho, disforme? ¿Cómo pensáis, pues, que Jesucristo pueda sufrir se haga semejante unión con su Cuerpo adorable en este Augusto Sacramento? Esto es sin embargo lo que hacéis cuando os acercáis a Él, no digo en estado de pecado mortal, sino cargado de pecados veniales, a los cuales tenéis apego; pues entonces unís al Cuerpo precioso de Jesucristo un miembro ulcerado, horrible, monstruoso; porque estos pecados son unas ulceras, unas manchas, unas fealdades espantosas. ¿Qué deshonra no le hacéis? Adornaos de pureza, de gracia y hermosura imitando sus divinas virtudes, para no deshonrarle cuando os unís a Él por la participación de los Santos Misterios.

Teníais razón, oh Salvador mío, de quejaros por la boca del profeta Job, que los hombres os miran como a lodo: Comparatus sum luto; porque en efecto parece que la mayor parte no hace más caso de Vos que del lodo es este adorable Misterio, por su extrema negligencia en acercarse a Él. Los que se llegan indignamente, parece que os miran también como a lodo; porque cuando os reciben, os echan en un lugar inmundo, quiero decir, en una conciencia llena de pecados y enormes delitos.

¿En dónde hospedas tú, oh alma mía, en dónde hospedas a este amable Salvador cuando le recibes? ¿Es, como debieras, en un trono de luz y de llamas, en una conciencia más pura que los rayos del Sol, en un corazón más ardiente que el fuego? ¡Ah! Temo mucho que no tenga razón para quejarse con el Profeta, que se halla sumergido en un profundo abismo de lodo e inmundicia cuando entra en ti, por las aficiones viciosas que encuentra: Infixus sum in limo profundi, et non est subtantia. Haz, pues, en adelante todos tus esfuerzos para purificar tu corazón, y que sea una morada donde, muy lejos de sufrir indignidades, halle sus más agradables delicias.

¿No podríamos aplicar a este Divino Misterio lo que dice el Sabio, que más mata la boca que la espada; quiero decir, que se pierden más cristianos por comuniones indignas, que por ningún otro pecado? Esto parece a lo menos muy verosímil.

Primeramente, porque como este pecado, que es muy frecuente, es el más enorme de todos, porque en él se ofende a la persona misma de Jesucristo, a quien hace padecer una nueva muerte en nuestros corazones, atrae también mayor desamparo de Dios, y fatal sustracción de sus gracias.

En segundo lugar, porque siendo menos conocido por un defecto de atención sobre las disposiciones del propio corazón cuando uno se acerca a la Santa Mesa, se hace menos penitencia.

Y en fin, porque la Sangre de Jesucristo siendo sólo el remedio de nuestros males, ya no tiene más recurso cuando se ha destruido su virtud.

El Apóstol San Pablo se quejaba en otro tiempo que los fieles de sus días no se probaban bastante al acercarse a este terrible Misterio, y decía, que por esta causa dormían muchos el sueño de la muerte. ¡Ah! Cuánta mayor razón tendríamos nosotros en este tiempo desgraciado para hacer la misma queja, y temer no se hallen muchos, que por sus indignas comuniones, se adormecen en la muerte del pecado.

¡Oh cuán gran daño nos hacemos con llevar tan poca disposición a un Misterio tan Augusto! Porque así apagamos su virtud y detenemos sus efectos.

El Divino Jesús, que viene a nosotros con un amor incomprensible y por portentos inauditos, desearía obrar prodigios de gracia y elevarnos a una sublime Santidad; pero nosotros nos oponemos a este designio.

Una sola Comunión sería capaz de transformarnos en Serafines, si no impidiéramos los efectos por nuestra poca disposición, y por los obstáculos que ponemos.

No obstante ¡qué dolor! ¿Hemos hecho algunas hasta ahora sin advertir en nosotros ninguna mudanza? ¡Oh cuán grande debe ser nuestra oposición a la gracia! Esfuérzate tú, alma mía, a destruir la que tienes, dejando obrar dentro de ti al Divino Jesus. Ruégale que la destruya Él mismo con la fuerza de su poderoso brazo y que cumpla en ti sus designios.

¿No es bien asombrosa nuestra indolencia en acercarnos con tan poco respeto a un Misterio tan terrible? Todo el Cielo se conmueve de un religioso espanto en la presencia del que recibimos dentro de nosotros; una de sus miradas hace temblar de temor al Universo; y nosotros le recibimos con la misma frialdad e insensibilidad, que si nada hubiera que debiese hacérnosle respetable y excitar nuestro amor; sin hacer casi ningún esfuerzo para acogerle de una manera algo conveniente a su grandeza.

La mayor parte de los cristianos van a la Santa Mesa, casi como los irracionales al pasto, sin pensar lo que hacen, ni dar ninguna señal de su respeto y reconocimiento al Divino Salvador.

Parecen, dice un Padre, a los animales inmundos que comen bellotas a los pies de una encina, sin levantar los ojos a lo alto para mirar de donde les cae. También se ven perros, que después de haber recibido un pedazo de pan de mano de su dueño, se retiran sin manifestarle ningún reconocimiento.

¡Oh estupidez! ¡Oh ceguedad! ¡Sé cuerda, oh alma mía! Enciende diligentemente la antorcha de la fe cuando te presentes a este Misterio, para considerar todas sus grandezas. Emplea toda tu vida en prepararte a fin de recibirle dignamente; y no olvides nada para manifestar a Jesucristo tu reconocimiento de tan señalado beneficio.

Aquel pueblo hambriento que seguía al Hijo de Dios en el desierto, no fue saciado desde el primer día que se propuso ir en su seguimiento. Los cinco panes de cebada milagrosamente multiplicados, no se les distribuyó sino hasta el tercero; habiendo querido sin duda el Divino Salvador, por esta prueba y dilación de tres días, disponerle para hacerse digno de comer este pan.

Así no es conveniente, regularmente hablando, hacer comer este Pan Divino, de que aquel no era sino figura, a los que toman el partido de Jesucristo desde que comienzan a abrazarle; es preciso que hayan ya trabajado y fatigándose en su seguimiento. Un Padre de familias no empieza el día dando de comer a sus obreros, los hace trabajar antes durante algún tiempo. Es preciso también haber trabajado para el Padre de familias evangélico, antes de acercarse a la Santa Mesa para comer su Pan; es forzoso en alguna manera haberlo ganado antes de recibirlo. In sudore vultus tui vesceris pane tuo.

Aunque en otro tiempo se hizo publicar en la Iglesia por el Diácono que las cosas santas, según lo es la Divina Eucaristía, no eran sino para los Santos, Sancta Sanctis; es necesario, no obstante, convenir que no es absolutamente necesario ser perfecto para comulgar dignamente, con tal que no esté manchada la conciencia con ningún pecado mortal, y que se aspirase sinceramente a la perfección cristiana.

Este Divino Sacramento es no sólo remedio para los enfermos, sino también vianda deliciosa para los sanos; es leche para los niños y manjar sólido para los fuertes.

Pero tampoco se puede dejar de convenir en que para no sofocar la virtud, ni ponerse en peligro de convertir el remedio en veneno, sea menester trabajar para salir del estado de languidez y debilidad en que uno se halla y para crecer en la vida espiritual; porque este es su propio efecto. Si antes de recibirle no es el hombre santo y perfecto, por lo menos está obligado después de haberle recibido, a aspirar con todas sus fuerzas a la santidad y perfección; porque hay necesidad de seguir su gracia, que nos empele y conduce a ello.

Las principales disposiciones que es forzoso llevar a la Santa Mesa son, en suma:

> gran pureza de corazón,

> práctica fervorosa de las virtudes cristianas,

> extremo aborrecimiento al pecado, por ligero que parezca,

> vivo dolor de haber ofendido a Dios,

> fuerte resolución de corregirse de todo lo que le desagrada y de ser todo suyo,

> firme fe que convenza perfectamente nuestro entendimiento de la Presencia Real,

> grandes afectos de estima, de veneración, de respeto a la Adorable Persona del que está oculto en este Augusto Sacramento,

> profunda humildad que nos haga conocer vivamente nuestra indignidad y nos anonade mil veces en su presencia,

> amor muy ardiente para con este Divino Salvador,

> extrema hambre de este alimento Celestial,

> gran deseo de unirnos a Jesucristo, de transformarnos en Él y de recoger los frutos de la Pasión en este Adorable Sacramento,

> perfecta confianza en las misericordias del Señor,

> profundo recogimiento que borre de nuestro entendimiento la memoria de las criaturas y nos ocupe únicamente en Dios,

> grande fervor en el ejercicio que precede y sigue a la Santa Comunión,

> y modestia Angélica, que componga perfectamente todo el exterior.

Cada uno debe esforzarse por llevar todas estas disposiciones cuando comulga.