R. P. Jaime Balmes- Cartas a un escéptico en materia de religión

AÑO 1846

Carta XVII
Culto de los santos

CARTA 17


Disposición de ánimo de los escépticos. Les falta lectura buena. No son imparciales como pretenden. Lo que deben preguntarse a sí mismos. Su poca filosofía. Leibnitz y el culto de los Santos. Cómo se entiende este culto. Cómo se distingue del que se da a Dios. Se rechaza la acusación de idolatría. Vaguedad con que se emplean las palabras de grandor y sublimidad. La gracia no destruye la naturaleza. Por qué honramos a los Santos. Diferencias entre el justo en vida y el santo en el cielo. Veneración de la virtud. Poca lógica de los incrédulos en este punto. Se oponen a la razón y al sentimiento. Las imágenes. La religión y el arte. Costumbres de todos los tiempos y países. Los Santos bienhechores de la humanidad. Condiciones para la veneración pública.


Mi estimado amigo: Cada día me voy convenciendo de que no está V. tan falto de lectura en materia de religión, como al principio me había figurado: conozco que no es lectura lo que le falta, sino lectura buena; pues que a cada paso se descubre que ha tenido bastante cuidado de revolver los escritos de los protestantes e incrédulos, guardándose de echar una ojeada a las obras de los católicos, como si fuesen para V. libros prohibidos. Séame permitido observar que una persona educada en la religión católica, y que la ha practicado durante su niñez y adolescencia, no podrá sincerarse en el tribunal de Dios del espíritu de parcialidad que tan claro se muestra en semejante conducta. Asegurar una y mil veces que se tiene ardiente deseo de abrazar la verdadera religión tan pronto como se la descubra; y, sin embargo, andar continuamente en busca de argumentos contra la católica, y abstenerse de leer las apologías en que se responde a todas las dificultades, son extremos que no se concilian fácilmente. Esta contradicción no me coge de nuevo, porque hace largo tiempo estoy profundamente convencido de que los escépticos no poseen la imparcialidad de que se glorían, y de que, aun cuando se distingan de los otros incrédulos, porque, en vez de decir “esto es falso”, dicen “dudo que sea verdadero”, no obstante, abrigan en su ánimo algunas prevenciones, más o menos fuertes, que les hacen aborrecer la religión, y desear que no sea verdadera.

El escéptico no siempre se da a sí propio exacta cuenta de esta disposición de su ánimo; quizás se hará muchas veces la ilusión de que busca sinceramente la verdad; pero, si se observan con atención su conducta y sus palabras, se echa de ver que tiene por lo común un gozo secreto en objetar dificultades, en referir hechos que lastimen a la religión; y por más que se precie de templado y decoroso, no suele eximirse de dar a sus objeciones un tono apasionado y frecuentemente sarcástico.

No quisiera que V. se ofendiese por estas observaciones; pero, hablando con ingenuidad, también desearía que no se olvidase de tomarlas en cuenta. No perderá V. nada con examinarse a sí propio, y preguntarse: “¿es cierto que buscas sinceramente la verdad? ¿Es cierto que en las dificultades que objetas al catolicismo, no se mezcla nada de pasión? ¿Es cierto que no se te ha pegado nada de la aversión y odio que respiran contra la religión católica las obras que has leído?” Esto quisiera que V. se preguntase una y muchas veces, puesto que, a más de hacer un acto propio de un hombre sincero, allanaría no pocos obstáculos que impiden llegar al conocimiento de la verdad en materia de religión.

Me dirá V. que no puede menos de extrañar las observaciones que preceden, cuando en su polémica ha conservado mayor decoro de lo que suelen los que combaten la religión. No niego que las cartas de usted se distinguen por su moderación y buen tono; y que, no profesando mis creencias, tiene V. bastante delicadeza para no herir la susceptibilidad de quien las profesa; sin embargo, no he dejado de notar que, no obstante sus buenas cualidades, no se exime V. completamente de la regla general; y que, al disputar sobre la religión, adolece también del prurito de tomar las cosas por el aspecto que más pueden lastimarla; y que, con advertencia o sin ella, procura V. eludir el contemplar los dogmas en su elevación, en su magnífico conjunto, en su admirable harmonía con todo cuanto hay de bello, de tierno, de grande, de sublime. Repetidas veces he tenido ocasión de observar esto mismo; y por ahora no veo que lleve camino de enmendarse. Así, creo que me dispensará V. si no le exceptúo de la regla general y le considero más preocupado y apasionado de lo que V. se figura.

Precisamente en la carta que acabo de recibir, esta triste verdad se me presenta de bulto, de una manera lastimosa. A pesar de las protestas, se está descubriendo en toda ella el dejo del fanatismo protestante y de la ligereza volteriana; y difícilmente podría creer que, antes de escribirla, no consultase V. algunos de los oráculos de la mal llamada reforma o de la falsa filosofía. Por más que hable V. con respeto de las creencias populares, y del encanto que experimenta al presenciar el fervor religioso de las gentes sencillas, se trasluce que V. contempla todo eso con un benigno desdén, y que considera pagar bastante tributo a la sinceridad de los creyentes, con abstenerse de condenarlos y ridiculizarlos a cara descubierta. Agradecemos la bondad, pero tenga V. entendido que las creencias y costumbres de esas gentes sencillas tienen mejor defensa de lo que V. se imagina; y que, lejos de que el culto y la invocación de los Santos y la veneración de las reliquias y de las imágenes, hayan de ser el pábulo religioso de solas las gentes sencillas, pueden prestar materia a consideraciones de la más alta filosofía, manifestándose que no sin razón se confundieron en este punto con los crédulos y los ignorantes, genios tan eminentes como San Jerónimo, San Agustín, San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Bossuet y Leibnitz.

Al leer el nombre de este último, creerá V. que se me ha deslizado la pluma, y que lo he puesto por equivocación. Leibnitz protestante ¿cómo es posible que defendiera en este punto las doctrinas y prácticas del catolicismo? Sin embargo, escrito está en sus obras, que andan en manos de todo el mundo; y no tengo yo la culpa si el autor de la monadología y de la armonía prestabilita, el eminente metafísico, el insigne arqueólogo, el profundo naturalista, el incomparable matemático, el inventor del cálculo infinitesimal, se halla de acuerdo en este punto con las gentes sencillas, y es algo menos filósofo de lo que son tantos y tantos que no conocen más historia que los compendios en dieciseisavo, ni más filosofía que los rudimentos de las escuelas, mal aprendidos y peor recordados; ni más geometría que la definición de la línea recta y de la circunferencia.

Insensiblemente me he ido extendiendo en consideraciones generales, y el preámbulo de la carta se ha hecho demasiado largo, aunque estoy muy lejos de creerle inoportuno. Conviene ciertamente discutir con templanza, pero ésta no debe llevarse hasta tal punto, que se olvide el interés de la verdad. Si alguna vez es necesario advertir a Vds. el espíritu de parcialidad con que proceden, es preciso hacerlo; y, si otras veces puede interesar el observarles que discuten sin haber estudiado y combaten lo que ignoran, es preciso no escrupulizar en ello.

El culto de los Santos le parece a V. poco razonable; y hasta lo juzga poco conforme a la sublimidad de la religión cristiana, que nos da tan grandes ideas de Dios y del hombre. ¿Por qué se opone a estas grandes ideas el culto de los Santos? Porque “parece que el hombre se humilla demasiado, tributando a la criatura obsequios que sólo son debidos a Dios”. Desde luego se echa de ver que se halla V. imbuido de las objeciones de los protestantes, mil veces soltadas, y mil veces repetidas. Aclaremos las ideas.

El culto que se tributa a Dios, es en reconocimiento del supremo dominio que tiene sobre todas las cosas, como su criador, ordenador y conservador; es en expresión de la gratitud que la criatura debe al Criador por los beneficios recibidos, y de la sumisión, acatamiento y obediencia a que le está obligada, en el ejercicio del entendimiento, de la voluntad y de todas sus facultades. El culto externo es la expresión del interno; es, además, un explícito reconocimiento de que lo debemos todo a Dios, no sólo el espíritu, sino también el cuerpo, y que le ofrecemos no sólo sus dones espirituales, sino también los corporales. Es evidente que el culto interno y externo de que acabo de hablar, es propio de Dios exclusivamente: a ninguna criatura se le pueden rendir los homenajes que son debidos únicamente a Dios: lo contrario, sería caer en la idolatría; vicio condenado por la razón natural de la Sagrada Escritura, mucho antes de que le condenase el celo filosófico.

Pocas acusaciones habrá más injustas, y que se hayan hecho más de mala fe, que la que se dirige contra los católicos, culpándolos de idolatría por su dogma y prácticas en el culto de los Santos. Basta abrir, no diré las obras de los teólogos, sino el más pequeño de los catecismos, para convencerse de que semejante acusación es altamente calumniosa. Jamás, en ningún escrito católico, se ha confundido el culto de los Santos con el de Dios: quien cayese en tamaño error, sería desde luego condenado por la Iglesia.

El culto que se tributa a los Santos es un homenaje rendido a sus eminentes virtudes; pero, éstas son reconocidas expresamente como dones de Dios; honrando a los Santos, honramos al que los ha santificado. De esta manera, aunque el objeto inmediato sean los Santos, el último fin de este culto es el mismo Dios. En la santidad que veneramos en el hombre, veneramos un reflejo de la Santidad infinita. Éstas no son explicaciones arbitrarias, ni excogitadas a propósito para deshacerme de la dificultad: abra V. por donde quiera las vidas de los Santos, las colecciones de panegíricos; oiga V. a nuestros oradores, a nuestros catequistas: en todas partes encontrará la misma doctrina que acabo de exponer. Otra observación. La Iglesia ora en las fiestas de los Santos: ¿y a quién dirige las oraciones? Al mismo Dios. Note V. el principio de la oración: Deus qui= Omnipotens sempiterne Deus= Praesta quaesumus, Omnipotens Deus, etc., etc.; lo mismo sucede en el final, el que siempre se refiere a una de las personas de la Santísima Trinidad, o a dos, o a las tres, como se está oyendo continuamente en nuestras iglesias.

No concibo qué es lo que se puede contestar a razones tan decisivas; y así no debo temer que continúe usted culpándonos de idolatría: aclaradas de este modo las ideas, es imposible insistir en la acusación, si se procede de buena fe.

Voy, pues, a considerar la cuestión bajo otros aspectos, y en particular con relación a la pretendida discordancia entre el culto de los Santos y la sublimidad de las ideas cristianas sobre Dios y el hombre. La religión, al darnos ideas grandes sobre el hombre, no destruye la naturaleza humana; si esto hiciese, sus ideas no serían grandes, sino falsas.

Es un dicho común entre los teólogos que la gracia no destruye a la naturaleza, sino que la eleva, la perfecciona. La verdadera revelación no puede estar en contradicción con los principios constitutivos de la naturaleza humana. De ello resulta que la sublimidad de las ideas que la religión nos da sobre el hombre, no se opone a las condiciones naturales de nuestro ser, aunque éstas sean pequeñas. Nuestro grandor consiste en la altura de nuestro origen, en la inmensidad de nuestro destino, en las perfecciones intelectuales y morales que debemos a la bondad del Autor de la naturaleza y de la gracia, y en el conjunto de medios que nos proporciona para alcanzar el fin a que nos tiene destinados. Pero este grandor no quita que nuestro espíritu esté unido a un cuerpo; que a más de ser inteligentes seamos también sensibles; que al lado de la voluntad intelectual se hallen los sentimientos y las pasiones; y que, por consiguiente, en nuestro pensar, en nuestro querer, en nuestro obrar, estemos sometidos a ciertas leyes de las que no puede prescindir nuestra naturaleza. Sería de desear que no perdiese usted de vista estas observaciones, que sirven mucho para no confundir las ideas y no emplear las palabras de sublimidad y grandor en un sentido vago, que puede dar ocasión a graves equivocaciones, según el objeto a que se las aplica.

Ya que la oportunidad se brinda, séame permitido observar que las ideas de grande y de infinito se hacen servir para arruinar las relaciones del hombre con Dios. ¿Cómo es posible, se dice, que un Ser infinito se ocupe en un ser tan pequeño como somos nosotros? Y no se advierte que el mismo argumento podría servir a quien se empeñase en sostener que no hay creación, diciendo: ¿cómo es posible que un ser infinito se haya ocupado en crear seres tan pequeños? Todo esto es altamente sofístico: las ideas de finito y de infinito, lejos de destruirse la una a la otra, se explican recíprocamente.

La existencia de lo finito prueba la existencia de lo infinito; y en la idea de lo infinito se encuentra la razón suficiente de la posibilidad de lo finito y la causa de su existencia. La relación de finito con lo infinito constituye la unidad de la harmonía del universo: en quebrantándose este lazo, todo se confunde: el universo es un caos.

Aclaradas las ideas sobre la verdadera acepción de las palabras grande y sublime, cuando se las refiere a la naturaleza humana, examinemos si se opone a la sublimidad de las doctrinas cristianas el dogma del culto de los Santos.

Una cosa buena, aunque sea finita, podemos quererla; una cosa respetable, podemos respetarla; una cosa venerable, podemos venerarla; sin que por esto nos resulte ninguna humillación, indigna de nuestra sublimidad. Ahora permítame V. que le pregunte: si una virtud eminente es una cosa buena, respetable y venerable; y, si es así, como no cabe duda, creo que no habrá ningún inconveniente en que los cristianos rindan un tributo de amor, de respeto y de veneración a los hombres que se han distinguido por sus eminentes virtudes. Esta observación podría bastar para justificar el culto de los Santos; pero no quiero limitarme a ella, porque la cuestión es susceptible de harto mayor amplitud.

Mientras vive el hombre sobre la tierra, sujeto a todas las flaquezas, miserias y peligros que afligen a los hijos de Adán en este valle de lágrimas, nadie, por perfecto que sea, puede estar seguro de no extraviarse del camino de la virtud: la experiencia de todos los días nos da un triste testimonio de las debilidades humanas. Y he aquí una de las razones por que el amor, el respeto y la veneración que nos merece el hombre virtuoso, aun mientras vive sobre la tierra, se le tributan con cierto temor, con alguna incertidumbre, aplicando a este caso el sapientísimo consejo de no alabar al hombre antes de la muerte. Pero, cuando el justo ha pasado a mejor vida, y sus virtudes, probadas como el oro en el crisol, han sido aceptas a la Santidad infinita, y tiene asegurado para siempre el precioso galardón que con ellas ha merecido, entonces el amor, el respeto y la veneración que se deben a sus virtudes, pueden explayarse sin peligro; y he aquí el motivo del culto afectuoso, tierno, lleno de confianza y de profunda veneración, que rinden los cristianos a los justos que por sus altos merecimientos ocupan un lugar distinguido en las mansiones de la gloria.

No alcanzo, mi apreciado amigo, cómo puede haber falta de dignidad en un acto tan conforme a la razón, y aun a los sentimientos más naturales del corazón humano; al mostrársenos una persona de gran virtud, la miramos con respetuosa curiosidad, y le dirigimos la palabra con veneración y acatamiento; ¿y no podrán hacer una cosa semejante los pueblos cristianos, tratándose de hombres que, a más de sus eminentes virtudes, están íntimamente unidos con Dios en la eterna bienaventuranza? La virtud imperfecta será digna de veneración, ¿y no lo será la perfecta, la que está ya premiada con una felicidad inefable? Quien honra a un hombre virtuoso, lejos de humillarse, se ensalza, se honra a sí mismo; y esto, que es verdad con respecto a los hombres de la tierra, ¿no lo será de los hombres del cielo? Un poco más de lógica, mi apreciado amigo, que la contradicción es sobrado manifiesta: las gentes sencillas, de que V. habla con benignidad y compasión, tienen en este punto mucha más filosofía que usted.

Hablando ingenuamente, no podía imaginarme que fuera V. tan delicado, que no pudiese sufrir la muchedumbre de imágenes y estatuas de Santos de que están llenas las iglesias de los católicos. Creía yo que, si no el interés de la religión, al menos el amor del arte, le había de hacer a V. menos susceptible. Es cosa notada generalmente, tanto por los creyentes como por los incrédulos, la diferencia que va de la frialdad y desnudez de los templos protestantes al esplendor, a la vida de las iglesias católicas; y precisamente una de las causas de esta diferencia se halla en que el arte inspirado por el catolicismo ha derramado a manos llenas sus obras admirables, en que ofrece a la vista y a la imaginación de los más elevados misterios, y perpetúa con sus prodigios la memoria de las virtudes de nuestros Santos, las inefables comunicaciones con que elevándose hasta Dios, presentan en esta vida la felicidad de la venidera.

Quiero ser indulgente con V.; quiero atribuir la dificultad que me propone a una distracción, a un pensamiento poco meditado: sin esta indulgencia, me vería precisado a decirle a V. una verdad muy dura: que no tiene gusto, que no tiene corazón, si no ha percibido la belleza de que abunda en este punto la religión católica.

Extraño es que, al combatir las costumbres del catolicismo con respecto a las imágenes de los Santos, no haya advertido V. que se ponía en contradicción con uno de los sentimientos más naturales del corazón humano. ¿Cómo es posible que no haya V. descubierto aquí la mano de la religión, elevando, purificando, dirigiendo a un objeto provechoso y augusto, un sentimiento general a todos los países, a todos los tiempos? ¿Conoce V. algún pueblo que no haya procurado perpetuar la memoria de sus hombres ilustres, con imágenes, estatuas y otra clase de monumentos? ¿Y hay nada más ilustre que la virtud en grado eminente, cual la tuvieron los Santos? Muchos de éstos ¿no fueron, por ventura, grandes bienhechores de la humanidad? ¿Se atreverá V. a sostener que sea más digna de perpetuarse la memoria de los conquistadores que han inundado la tierra de sangre, que la de los héroes que han sacrificado su fortuna, su reposo, su vida, en bien de sus semejantes, y nos han trasmitido su espíritu en instituciones que son el alivio y el consuelo de toda clase de infortunios? ¿Verá V. con más placer la imagen de un guerrero que se ha cubierto de laureles, con harta frecuencia manchados con negros crímenes, que la de San Vicente de Paúl, amparo y consuelo de todos los desgraciados mientras habitó sobre la tierra, y que vive aún y se le encuentra en todos los hospitales, junto al lecho de los enfermos, en sus admirables hijas las Hermanas de la Caridad?

Me dirá V. que no todos los Santos han hecho lo que San Vicente de Paúl, es cierto; pero no puede V. negarme que son innumerables los que no se han limitado a la contemplación. Unos instruyen al ignorante, buscándole en las ciudades y en los campos; otros se sepultan en los hospitales, consolando, sirviendo con inagotable caridad al enfermo desvalido; otros reparten sus riquezas entre los pobres, y se encargan en seguida de interesar a todos los corazones benéficos en el socorro del infortunio; otros arrostran el albergue de la corrupción, con el ardiente deseo de mejorar las costumbres de seres envilecidos y degradados; en fin, apenas hallará V. un Santo en el cual no se vea un manantial de luz, de virtud, de amor, que se derramaba en todas direcciones y a grandes distancias, en bien de sus semejantes. ¿Qué encuentra V. de poco racional, de poco digno en perpetuar la memoria de acciones tan nobles, tan grandes y provechosas? ¿No han hecho lo mismo, cada cual a su manera, todos los pueblos de todos los tiempos y países? ¿Le parece a V. que en esta obra se hallen mal empleados los prodigios del arte?

Quiero suponer que se trate de una vida deslizada suavemente en medio de la contemplación, en la soledad del desierto o en la práctica de modestas virtudes en la obscuridad del hogar doméstico; aun en este caso, no hay ningún inconveniente en que el arte se consagre a perpetuarlas en la memoria. ¿No vemos a. cada paso cuadros profanos descriptivos de una escena de familia, o que nos recuerdan una buena acción que nada tiene de heroica? La virtud, sea cual fuere, hasta en su grado más ínfimo, ¿no es bella, no es atractiva, no es un objeto digno de ser presentado a la contemplación de los hombres? Pero advierta V. que las virtudes comunes no son objeto de culto entre los católicos; para que se les tribute este homenaje de pública veneración, es necesario que sean en grado heroico, y que, además, reciban la sanción de la autoridad de la Iglesia.

Abandono con entera confianza estas reflexiones al buen juicio de V., y abrigo la firme esperanza de que contribuirán a disipar sus preocupaciones, llamándole la atención hacia puntos de vista en que V. no había reparado. Siendo V. ardiente entusiasta de lo filosófico y bello, no podrá menos de admirar la filosofía y belleza del dogma católico en el culto de los Santos.

De V. afectísimo y S. S. Q. B. S. M.
J. B