COLOQUIOS CON NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

SENTIMIENTOS DE PIEDAD

SOBRE LA

SANTA COMUNIÓN

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CAPÍTULO PRIMERO

Del ardor y celo que debemos tener para acercarnos a los Santos Misterios

COMUNION

Nada hay en el mundo que debamos desear con más ardor y celo como acercarnos al Divino Misterio de nuestros Altares; porque no hay otra cosa en el mundo que dé a Dios mayor honra, ni que nos acarree más gracias.

Es propio del bien atraer y excitar nuestro corazón a solicitar su posesión. Bonum est appetibile: y cuanto es mayor, tanto más merece se busque con ardor y apresuramiento.

Como el que nos es presentado en nuestros Altares es de una excelencia infinita, digno es también que nosotros anhelemos su posesión con un ansia, si fuera posible, infinita.

Es propiamente el solo bien que nosotros poseemos en la tierra: y así, el solo deseo que debemos tener, es gozar de él por medio de la Comunión.Es, en fin, un bien que encierra todos los bienes, pues Dios, con ser Dios, no tiene cosa superior, y poseyéndole, nos hacemos (si es permitido usar esta expresión) tan ricos como Él; y por consiguiente es forzoso que el deseo de gozarle encierre todos los deseos, y nos ponga en la imposibilidad de apetecer otra cosa.

¡Cuán poco conocéis, hijos del siglo, cuán poco conocéis la grandeza del bien que se os ofrece en nuestros Altares, y lo mucho que perdéis alejándoos de la Comunión!

¿Quién de vosotros no volaría en busca de un tesoro inmenso, si supiera donde encontrarle? ¿Quién de vosotros no pretendería con ahínco una alta dignidad, si creyera poderla conseguir? ¿Quién de vosotros no se apresuraría por ir al convite de las bodas de un gran Rey, donde todo fuese delicioso y de la mayor magnificencia, si se le hiciera el honor de llamarle a él?

¡Ah! Se os presenta aquí un tesoro que hace las riquezas del Cielo y de la tierra; se os ofrece una dignidad que es infinitamente superior a la de los Reyes y Emperadores, porque una sola Comunión os da infinitamente mayor gloria que darían todos los Cetros y todas las Coronas de la tierra; se os hace el honor de llamaros al festín de las bodas del Rey de los Reyes, que emplea los últimos esfuerzos de su poder para regalar sus amigos.

¿No será capaz todo esto de inspiraros ardor para un objeto tan digno de vuestra solicitud?  ¡Oh estupidez! ¡Oh ceguedad!

Aun cuando fuera necesario comprar la felicidad de comulgar una sola vez con la pérdida general de todos nuestros bienes, con penas y trabajos inmensos, con ignominias y oprobios infinitos, pasar los mares e ir a las extremidades del mundo, es tan grande esta felicidad, que deberíamos sujetarnos gustosamente a todo esto para poder lograrla; y sería menester persuadirnos que aun a este precio no nos era muy costosa su posesión.

Se dice de Santa Gertrudis, de Santa Catalina de Sena, de Santa Catalina de Génova, y de otros muchos Santos, que hubieran pasado por medio de las llamas por gozar la dicha de comulgar. No lo extraño. Este grande ardor era efecto de su luz y de su amor. Penetrados de la grandeza del bien que se recibe en la Comunión, amaban este bien; le deseaban hasta tenerse por dichosos de poder adquirirle al precio de su vida.

Si a las almas separadas de sus cuerpos que son enviadas a las llamas del Purgatorio (para que siendo purificadas de sus pecados se pongan en estado de ver a Dios) les fuera concedido salir de estos terribles fuegos, preferirían todo lo que en ellos se sufre a la desgracia de estar privadas de la visión de Dios; y no hay ninguna, que para hacerse digna de verle y gozarle, no quisiera más arder en aquellas prisiones de llamas, que salir sin poseerle.

Así es como nosotros deberíamos, si fuera necesario, sumergirnos en los más ardientes fuegos para poder poseer en la tierra, por medio de la Comunión, el divino objeto que estas almas se disponen a gozar en el Cielo; supuesto que no es menos digno de nuestras ansias en el Altar Santo, que en la morada de los Bienaventurados.

Este es el Paraíso de la Tierra que Dios ha plantado expresamente para hacernos gozar en esta vida de un gusto anticipado de la felicidad del Cielo. En él se halla el árbol de la vida, cuyo fruto hace inmortales a los que le comen.

¡Que locura desterrarse a sí mismos de este Paraíso, alejándose de la Santa Mesa, y privarse del fruto de vida que puede por sí solo librarnos de la muerte!

No podréis evitar la muerte del pecado, si os alejáis de esta fuente de vida; pero al contrario, hallaréis la vida de la gracia y de la gloria, acercándoos a ella. Si te elongaveris, peribis: si appropinquaveris ad eum, vives.

Alejarse de la Santa Mesa por menosprecio, es señal de reprobación, porque es prueba de que no se ama a Jesucristo, que no se quiere sociedad con Él, y de que en alguna manera se le anatematiza. Es como padecer desde esta vida la triste y eterna separación que debe hacerse de los réprobos el día del juicio; es pronunciar de antemano el decreto de su propia condenación, pues se condena uno a sí mismo a estar separado de Jesús.

Este gran Misterio, que es una preciosa prenda de vida y felicidad para los que se acercan a Él por amor, se hace un presagio de reprobación y muerte para los que se alejan.

¿Qué hombre razonable hay, que reducido a la última miseria, no se aprovecha con gusto del medio que se le presentar para salir de ella? ¡Ah! ¿Quién más infeliz que este mismo hombre, en la triste situación en que se halla? Muere de hambre y sed; está desnudo, pobre, enfermo, perseguido y sin socorro. Se le ofrece sobre nuestros Altares un medio tan fácil como cierto para poner fin a todos sus males: se le presenta un alimento divino para saciar su hambre, una bebida celestial para apagar su sed, ricos vestidos para cubrir su desnudez, remedios soberanos para curar sus males, bienes inmensos para trocar su pobreza en riqueza, una poderosa protección para librarse de la opresión de sus enemigos. ¿No es preciso ser bastante insensato para no aprovecharse de un favor tan grande?

Nosotros no podemos entrar en el Cielo sin beber el Cáliz de Jesucristo; este Señor pregunta a todos los que aspiran a esta dicha, como a los hijos del Zebedeo, si pueden beber su Cáliz, que es un Cáliz de amargura y sufrimiento.

Como somos cobardes, no tenemos valor para beberle. ¡Ah! Bebamos a lo menos, dice un Santo Doctor, el de su amor, que nos presenta en la Santa Mesa. Si no nos hallamos con fuerza para morir realmente por Él, muramos por lo menos místicamente con Él en nuestros Altares por medio de la Comunión; muramos al mundo, al pecado y a la concupiscencia.

Comulgar, es entrar en alianza y unirse muy estrechamente con Jesucristo; es gozar la dicha de tenerle por padre, por amigo, por esposo, por porción y por herencia; es recibir en don los méritos de su Muerte y de su Sangre, y ofrecerlos a su Padre para satisfacción de los pecados cometidos, y por precio del Reino del Cielo; es adquirir un nuevo derecho a este Reino, y recibir una nueva prenda de la promesa que nos ha sido hecha; es en fin darnos, para llegar a Él, el más poderoso socorro que jamás ha concedido Dios a los hombres.

Siendo esto así, ¿se puede vivir con indiferencia acerca de la Comunión, sin renunciar a la fe y al cristianismo?

¡Qué vergüenza ver a los hombres tan hambrientos de viandas corruptibles, que no pueden causarles sino un placer brutal y sensual, que no pueden prolongarles sino una vida llena de aflicciones y miserias!

¡Qué vergüenza verlos al mismo tiempo tan disgustados de esta Vianda incorruptible, que encierra todas las delicias del Cielo, y que les procura una vida inmortal y bienaventurada! ¡Ah! Si el hombre carnal suspira sin cesar por aquellos alimentos del todo terrestres, hasta no vivir sino por el gusto brutal que encuentra en alimentarse de ellos ¿no es preciso que el hombre cristiano, siempre ocupado, siempre codicioso de este manjar celeste, limite todos sus deseos a hartarse de él?

En cualquier parte que esté el cuerpo, dice el Salvador, allí vuelan y se juntan las águilas para sustentarse. Si vosotros sois un águila mística por la elevación de vuestros pensamientos y deseos, por vuestro fervor, por vuestra generosidad, por vuestro ánimo, debéis volar con un extremado ardor hacia el Cuerpo adorable de Jesucristo, y estar de continuo cerca de este Divino Salvador para alimentaros de su Carne y Sangre.

Los Bienaventurados en el Cielo están siempre hambrientos de este Divino Manjar, que les es servido como a nosotros; pero con aparato diferente. Se alimentan de Él sin cesar con un hambre siempre nueva, y ponen toda su felicidad en satisfacerse. Los Santos en la tierra tienen igual hambre: le comen todos los días en la Santa Mesa, a lo menos por la Comunión espiritual, si no pueden por la sacramental, y ponen toda su dicha en hartarse de Él.

¡Con qué rapidez corre un torrente impetuoso, aumentado por lluvias abundantes, hacia su elemento! ¡Con qué celeridad un navío impelido por un recio viento surca las olas del mar! ¡Con qué fuerza una gruesa roca desprendida de la cima de una alta montaña, se precipita en el fondo del valle! ¡Con qué violencia, en fin, un fuego encerrado en lugares subterráneos, destroza su prisión para subir a su esfera!

Estas son nomas que unas débiles imágenes del apresuramiento con que debemos encaminarnos al Divino Sacramento de nuestros Altares; porque el ardor que debemos tener para unirnos a Jesucristo ha de exceder tanto a la rapidez con que los cuerpos naturales van a su centro o elemento, cuanto los sobrepujamos por la dignidad de nuestra naturaleza; y el término al que aspiramos se aventaja por su excelencia y fuerza de sus atractivos al que se dirigen aquellos cuerpos.

Jesucristo es el Sol que causa el día de la eternidad en el Cielo, hartando a los Bienaventurados por la contemplación de su gloria; y es también el Sol que hace el día del tiempo en la tierra, sustentando los fieles con su Carne y Sangre. El día que no se alimentan a lo menos espiritualmente, por un deseo asimismo ardiente y sincero de recibirle, es para ellos un día de tinieblas, por la usencia de este Divino Sol; un día en el cual todo lo que hace en ellos el hombre interior, está en languidez y sufrimiento; un día que debe ser borrado del número de sus días, porque no tiene ni luz, ni calor, ni alegría ni consuelo para ellos.

El Divino Jesus nos insta a llegar a su Mesa; nos manifiesta un extremo deseo de que nosotros comamos en ella; ha hecho gastos inmensos para regalarnos; nos sirve un alimento divino, que encierra todo lo que hay en el mundo de más raro y exquisito. ¿Podremos nosotros negarnos a concurrir sin ofenderle vivamente; sin que mire nuestra excusa, así como el Rey del Evangelio, como un sangriento menosprecio; y sin que la injuria que le hacemos le obligue a desterrarnos de su convite eterno?

¡Oh deseo de los collados eternos! Divino Jesús, que sois siempre poseído y siempre deseado de los Bienaventurados, Vos bajáis a nuestros Altares para ser el Pan de nuestras ansias. Queréis que de continuo suspiremos por Vos, y que sin cesar estemos hambrientos de Vos. Nos exigís esta hambre como el precio a que deseáis que en alguna manera compremos esta divina vianda: Mensa ista famis acquiritus pretio. Por Vos es también por quien mi corazón suspira; no tiene otro anhelo en el mundo que ser satisfecho de Vos.

Vos exclamáis, ¡oh Divino Salvador!, de en medio de nuestros altares al oído interior de cada alma fiel, así como a la de la esposa del Cántico: Ábreme hermana mía, amiga mía, paloma mía, para que yo entre en tu casa a poseer tu corazón. La decís como en el Apocalipsis, que Vos llamáis a su puerta con el designio de cenar con ella, y de hacerla cenar con Vos. La dais a conocer que sois como extranjero en este Sacramento, y que deseáis os hospede en su pecho y en su corazón.

¿Quién puede, pues Señor, cerraros la puerta y negarse a recibiros en su casa, sin declararse vuestro enemigo, y hacerse digno de ser por sí mismo excluido para siempre de vuestra celestial morada?

El celo religioso que nos acerca a este misterio, glorifica la adorable Trinidad, honra a Jesucristo, regocija los Bienaventurados del Cielo, alivia las Almas del Purgatorio, acarrea nuevas gracias a la Iglesia, alcanza para nosotros nuevos favores. ¿Por qué pues, bajo un vano pretexto queremos detener el curso de todos estos bienes?

Si no nos hallamos con disposiciones bastantes perfectas para acercarnos a Él, ¿no podemos cubrirnos con el mandato que Jesucristo nos ha hecho, de presentarnos por imperfectos que estemos, y decir con un antiguo Doctor: Ipse prœcepti, Él nos lo ha mandado; a nosotros nos toca obedecer?

¡Qué brillantez no daba en otro tiempo entre los romanos la dignidad de Cónsul! Le hacía Señor de todo el mundo. No obstante un hombre elevado dos veces al Consulado, no superaba tanto en gloria en la antigua Roma a quien no lo había sido sino una, como un fiel que hubiere comulgado dos veces con disposiciones cristianas, excederá en gloria en el Cielo al que no hubiere comulgado sino una vez, según el Salvador lo dijo un día a una de sus más queridas esposas.

¿Necesitamos más para inspirarnos ardor a la Comunión? ¿Y no es menester ser enemigos de nuestra propia gloria, para descuidar acercarnos a ella con frecuencia?

Algunas veces uno se excusa con el pretexto de un falso respeto para dispensarse de llegar a la Santa Mesa, pero no es sino una verdadera indevoción. No amamos a Jesucristo, y por esto no nos causa pena el no acercarnos a los Santos Misterios para unirnos con Él, ingeniosos en hallar especiosas e inútiles razones para dejarlo de hacer. Occasiones quœrit qui vult discere ab amico. No queremos tomarnos el cuidado necesario para prepararnos a recibir dignamente tan gran Sacramento; por lo cual tomamos el partido de privarnos de Él.

Sería preciso renunciar a nuestros placeres, mortificar nuestras pasiones, corregir nuestros defectos y practicar las virtudes cristianas. Queremos más vivir a nuestro gusto, no dejar nuestros placeres, satisfacer nuestras inclinaciones, contentar nuestro amor propio, que violentarnos para llevar una vida cristiana y hacernos dignos de comulgar. Esta es la verdadera razón que comúnmente nos aparta de la Santa Mesa.

Se está bastante enfermo y cerca de la muerte cuando uno siente gran disgusto para toda suerte de alimentos; aun para los que son más agradables y necesarios a la vida. Del mismo modo es muy mala señal cuando un alma no tiene sino disgusto por el Manjar Eucarístico, que es el más delicioso y saludable de todos los manjares, ni puede resolverse a recibirle, o si le recibe, es sin ningún gusto ni fruto. Si esta alma no está muerta por el pecado, a lo menos se halla enferma por la extrema flaqueza de su amor a Jesucristo.

Hay hombres que se contentan con comulgar una sola vez al año. ¡Ah! ¿Cómo podrán conservar la vida del alma comulgando de esta suerte? Un cuerpo que no comiese más que una vez al año, ¿podría libertarse de la muerte? No tiene el alma menor necesidad de alimento para conservar la vida de la gracia, que el cuerpo para conservar la vida natural; es preciso se alimente cada día, por lo menos espiritualmente, del Manjar Eucarístico.

He visto un mal bajo del Sol, dice el Sabio. Este mal es un hombre a quien Dios ha dado riquezas, bienes, honor y todo lo que puede desear para la vida, pero no la facultad de disfrutarlo, porque su extremo apego no se lo permite. El mal de que habla el Sabio, es en sentir de San Bernardino de Sena, la figura del que observamos en los cristianos, a quienes Dios ha dado en el Divino Sacramento del Altar, riquezas infinitas, bienes inmensos, honor soberano y todo lo que es capaz de hacerlos felices en la tierra cuanto su estado permite; pero el ansia por las cosas temporales y la negligencia por la salvación, no los deja aprovecharse de ello.

Este gran Misterio es el precioso talento que hace todas las riquezas del mundo y de Dios mismo. Nos le ha dado para hacerle valer y volverle ganancia. ¿Se puede tenerle ocioso sin incurrir en su indignación? ¡Ah! Si el criado del Evangelio, que escondió en la tierra el talento que le confió su Señor, fue arrojado a las tinieblas exteriores, ¿qué deben esperar aquellos que por el amor que tienen a los bienes de la tierra, le sepultan en alguna manera, alejándose de la Santa Mesa?

Casi no es necesaria menor disposición para comulgar bien una sola vez al año, que para comulgar muchas; porque para comulgar dignamente una sola vez, es preciso acercarse a los Santos Misterios con un ardiente amor, profunda humildad, grande pureza de corazón, extrema distancia del pecado, fuerte resolución de vivir únicamente en Dios. Pero estas disposiciones, cuando son verdaderas, han de ser constantes y continuas; y si lo son ¿no se puede comulgar, cuando no siempre, por lo menos muy a menudo?

Los que se alejan de los Santos Misterios por un verdadero respeto y los que se acercan por un santo amor, honran igualmente a Jesucristo, como el Centurión que se excusó recibirle en su casa y Zaqueo que le recibió en la suya, le honraron ambos. Pero parece que los últimos entran mejor en los designios y siguen las intenciones del Salvador, que ha instituido este gran Misterio bajo la forma de pan para darnos a entender, que así como éste se come a menudo, así desea él también nos acerquemos con frecuencia a este Santo Sacramento.

Aun se puede decir que así como Zaqueo sacó más frutos de haber recibido en su casa a Jesucristo, que el Centurión con haberse excusado, pues no leemos que este último mudase nada en su conducta, ni diese la mitad de su hacienda a los pobres, como hizo el primero, hay también mayor provecho acercándose con amor y confianza a la Santa Mesa, que alejándose por temor y respeto.

¿Dónde está aquel grande ardor de los primeros cristianos para llegarse a los Santos Misterios, que hacía no pudiesen pasar ni un solo día sin comer este Pan Celestial? ¿Dónde está aquel amor que los unía tan estrechamente con este Divino Sacramento, que no podían separarse de él? Volaban de tropel, dice un Santo Doctor, como las abejas a su colmena.

Nosotros no podríamos vivir sin comer el pan del Señor, respondió un Santo Mártir al tirano que le preguntaba si había participado de los Misterios de los Cristianos. ¡Oh cuan distantes estamos nosotros de su piedad hacia este gran Misterio! Pero también ¡cuán remotos no nos hallamos del amor que tenían a Jesucristo!

Cuanto más amemos a este Divino Salvador, tanto más desearemos alimentarnos de su Carne y su Sangre; y cuanto más nos alimentemos, más también se aumentará y perfeccionará su amor en nosotros.

La gracia que recibimos en este adorable Misterio, es proporcionada al ardor de nuestros deseos. Es tanto mayor, cuanto ellos son más ardientes.

He aquí porque nosotros deberíamos, si fuera posible, dilatarlos infinitamente, para recibir gracias infinitas. Domine, quid mihi est in Cœlo?, aut a te quid volui super terram? Señor, ¿qué otro bien que el que yo os espere en el Cielo? ¿Qué otro bien que el que yo os desee en la tierra? Vos sois en el Divino Sacramento del Altar el único objeto de mis deseos, así como lo sois en el Cielo el de mis esperanzas. Todos se dirigen únicamente a Vos con un ardor que no podré explicaros.