REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL CIELO

Diego Santos Lostado y Calderón

CUARTA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL CIELO

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Oculus non vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascendit, quæ præparavit Deus diligentibus illum.

Los ojos no vieron jamás, ni los oídos oyeron, ni la imaginación llegó a comprender la grandeza de los bienes que Dios preparó para los que le aman (I Cor. 2)

Si aquel grande Apóstol, que fue arrebatado hasta el tercer Cielo, no pudo explicar, cuando volvió de su rapto, lo que vio y oyó en aquella tranquila mansión de los predestinados y excelso Alcázar del Señor, ¿cómo podrás tú, alma mía, sin haber visto esta magnífica obra del Omnipotente, formar la menor idea de lo que aquel varón inspirado no pudo comprender habiéndolo tocado tan de cerca?

¡Oh Paraíso prometido al justo! ¡Oh dulce patria del hombre! ¡Oh descanso eterno! Solamente las almas que te gozan te conocen; nosotros solo podemos desear tus glorias, ansiar los inefables bienes que llenan tu inmensa Esfera, y admirarte como la más prodigiosa invención de la sabiduría del Eterno, como el último esfuerzo de su Omnipotencia, y como término de su liberalidad.

Pero describirte… ¡Ah! ¿Cómo es posible? Cuando mi alma vuela y se remonta a considerarte, en aquel mismo instante me pierdo entre la inmensidad de tu grandeza y la infinidad de criaturas predilectas que ocupan tu espaciosa extensión; extensión que no puede recorrer el más vasto entendimiento.

Si quiero comparar tu hermosura con los más bellos y agradables objetos que palpan mis sentidos, todo lo encuentro infinitamente desemejante; todo me parece frívolo y despreciable para ponerlo a tu lado.

Si te considero como un ancho mundo, cuyos hermosos países gozan siempre de tanta claridad como pudieran prestarles los lucientes rayos de millones de soles, no hago más que compararte con la débil luz de una opaca lamparilla; pues cada espíritu glorioso que contienes resplandece mucho más que el astro más luminoso.

La brillante vista del firmamento, los sitios más amenos y deliciosos de nuestro globo terráqueo, la innumerable multitud de sus preciosidades, las obras más perfectas del arte, no son a tu lado otra cosa que toscas piedras que hacen resaltar más y más la magnificencia que puso en ti la sabia mano del Omnipotente.

Yo, en fin, por más esfuerzos que hago para formar, siquiera, una leve idea de tu grandeza, ni puedo hallar con qué compararte, ni sé cómo describirte. Solamente podré decir que te considero como una región afortunada en donde todo cuanto hay en ella es bien sin límites, sin la menor sombra de variación ni de mudanza, y en donde sus escogidos habitantes viven y vivirán perfectamente felices mientras Dios sea Dios.

Oh alma mía favorecida de tu benéfico Señor, emplea todas tus potencias en elevarte hacia esta bienaventuranza celestial que la fe te demuestra, la esperanza te promete y la caridad te asegura, siempre que sigas aquellos caminos que rectamente terminan en esta eterna mansión de los predestinados.

¡Oh Almas Justas antes depositadas en el seno de Abraham, qué raptos de regocijo produjo en vosotros aquel repentino paso del abismo en que os hallabais tantos siglos, al alto Cielo del Autor de todo el universo!

¡Oh Santos Mártires, sombras pasajeras fueron los terribles tormentos que sufrió vuestra constancia; pues os hacen vivir eternamente tranquilos en compañía de todos los moradores del Empíreo, y ante el Rey del mundo!

¡Oh Justos todos que habéis llegado ya a vuestra patria y descansáis en el seno de Dios, cuán felices sois! ¡Oh cuánto deseo acompañaros en esa estancia de paz, infinitamente más hermosa, más sublime y más magnífica que todo lo demás que creó el brazo del Omnipotente!

¡Oh deliciosa morada de los escogidos! ¡Oh trono augusto del imperio de Dios! ¡Oh región santa! Si tu hermosura y perfección es tal, que supera incomparablemente a cuantas cosas naturales admiramos, y puede celebrar el gusto más exquisito, ¿cuánto deberá excederte el sabio Autor que te hizo? ¡Oh substancia más admirable que todas las que han hecho tus manos, ni tengo entendimiento para comprenderte, ni expresiones para dignamente alabarte! ¿Comprenderte? ¡Ah! Si pudiera comprender toda tu grandeza, ni Vos fuerais quien eres, ni yo quien soy.

Mas ya que no puedo penetrar arcano tan maravilloso, haced, Señor, que me esfuerce en meditarle; y sobre todo a imitar tu bondad cuanto sea posible, para que así consiga verme inundado de las bendiciones de tu amor en esa hermosa región de la eternidad.

¡Oh eternidad augusta, solamente la imagen de tu dicha venidera calma la tristeza de mi corazón y dulcifica las amarguras de mi vida caduca y miserable! Vida inmortal…. ¡Oh dulce vida del hombre! Para esta fue criado y rescatado; así pues, alma mía, tu destino no es únicamente esta vida transitoria; es más noble, más santo, más permanente, es eterno.

¿Y qué te parece se nos pide para obtener la dicha de gozarlo? ¡Oh y qué poco! Un solo suspiro de un corazón contrito y humillado. Este hizo volar el alma de un Ladrón desde el patíbulo en que le puso su delito, al paraíso que goza y gozará eternamente. ¡Un ay! pequé, como el de este predestinado nos puede llevar al Cielo, es verdad; pero jamás se trabajará bastante para merecer un bien tan inmenso; puesto que entre lo que Dios ha hecho por el hombre y lo que puede hacer el hombre por su Dios, no cabe comparación.

Y si no cabe, ¿cuánto no debemos trabajar para conseguir el premio que aquel Dios remunerador nos tiene ofrecido por los trabajos? ¡Oh santa reflexión! Si aquellos esforzados gladiadores que los griegos admitían en sus juegos olímpicos, juraban haberse ejercitado diez meses antes en el juego o desafío que habían de ejecutar; si estos gentiles se abstenían de cuanto les pudiese frustrar el premio corruptible de una corona de yedra o de laurel; y si por esta vanagloria de salir vencedores exponían sus vidas al peligro de perderlas, ¡cuánto más debo yo esmerarme para ceñir la corona inmortal, que Dios tiene ofrecida a los valerosos vencedores del mundo, demonio y carne!

Cuando considero que el infeliz soldado duerme en el duro suelo; que el pescador vela y pasa la noche en pie; que el gañán sufre la helada y el rigor del estío en la heredad de su amo; que el pastor aguanta tanto como la tierra, que, por último, todos estos y otros infelices padecen esto y mucho más por alcanzar un pedazo de pan, o una comida grosera, no puedo menos de decirme a mí mismo: ¿pues qué no deberás hacer para alimentar tu alma pobre y desfallecida? ¿Qué no deberás sufrir por disfrutar unos bienes que durarán tanto como el Autor que los produjo?

¡Oh preciosos bienes eternos! ¡Oh dichoso trabajo con que se adquieren! ¡Oh pingüe viña del Señor! Dios nos manda trabajar en ella; Dios pone en nuestras manos la azada; si con ella trabajamos cogeremos el fruto; si la tenemos ociosa, en vano será todo.

Sí, alma mía, dediquémonos desde ahora con esmero a cultivarla; dirijamos a tan importante negocio todos nuestros conatos; puesto que ni hay otro más provechoso para nosotros, ni más grato a los ojos del Señor. No, no nos expongamos, por descuido, a perder un bien que nos promete vivir siempre alegres; ni a echar sobre nosotros un mal que lloraríamos eternamente.

No, Dios mío, no permitáis que habiendo yo nacido para el Cielo me olvide jamás de mi destino.

Pequé, Señor: es verdad; abusé locamente de vuestros beneficios; lo sé también; pero también sé, que soy obra de vuestras manos levantada a costa de la preciosa Sangre de vuestro Hijo, y que no queréis mi ruina.

Tampoco yo la quiero, Señor; y para evitarla, detesto mis culpas; me descargo de este peso que hunde mi corazón; lo pongo a vuestros pies; a vuestro asilo acudo; sacadme de la tiránica opresión en que me tienen mis pecados; dadme vuestra gracia; y si mis pies resbalan, sostenedme, Dios mío, para no caer.

Estas son, Señor, mis resoluciones y súplicas: atended a estas; y dadme constancia en aquellas. Ayudadme a reformar mi conducta a seros más fiel, más resignado y más laborioso en vuestra viña. Admitidme, desde este momento, en el número de los operarios que trabajan en ella; y llamadme algún día con ellos para recibir la paga en esa hermosa morada que habitáis.