EL VELO EN LA SANTA MISA

El Código de Derecho Canónico, en el canon 1262, obliga a las mujeres a cubrir sus cabezas “especialmente cuando se aproximan para comulgar”.

Por lo tanto, de acuerdo al Código de Derecho Canónico y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy en día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento.

El uso del velo en el cristianismo es sumamente importante y no un tema que le concierne “sólo” al Código de Derecho Canónico, sino a dos milenios de Tradición de la Iglesia, extendiéndose al Antiguo Testamento y a exhortaciones en el Nuevo Testamento.

Al respecto, San Pablo escribió (I Corintios 11, 1-16):

Sed imitadores míos tal cual soy yo de Cristo. Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque es lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra. El hombre, al contrario, no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza (la señal de estar bajo) autoridad, por causa de los ángeles. Con todo, en el Señor, el varón no es sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues como la mujer procede del varón, así también el varón (nace) por medio de la mujer; mas todas las cosas son de Dios. Juzgad por vosotros mismos: ¿Es cosa decorosa que una mujer ore a Dios sin cubrirse? ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre deja crecer la cabellera, es deshonra para él? Mas si la mujer deja crecer la cabellera es honra para ella; porque la cabellera le es dada a manera de velo. Si, con todo eso, alguno quiere disputar, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las Iglesias de Dios.

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De acuerdo a la enseñanza de San Pablo, las mujeres deben usar el velo como signo de que la gloria de Dios, no la propia, es el centro del culto. También como signo externo del reconocimiento y sumisión, de la autoridad, tanto de Dios como de los esposos (o de los padres, de acuerdo al caso), y del respeto a la presencia de los Santos Ángeles en la Divina Liturgia. En el uso del velo se refleja el orden divino invisible y lo hace visible. San Pablo presenta esto claramente como una ordenanza, ya que es la práctica de todas las iglesias.

Si se lee detalladamente este pasaje de la Biblia, podrá notarse que San Pablo nunca se sintió intimidado al romper tabúes innecesarios. Fue él quien enfatizó, una y otra vez, que la circuncisión y que la Ley Mosaica en su totalidad no eran necesarios. La tradición y las ordenanzas sobre el uso del velo son asuntos en los cuales San Pablo no estaba influenciado por su cultura. El velo es un símbolo tan relevante como la sotana del sacerdote y el hábito de la religiosa.

El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (por ej. Núm. 5, 12-18; Is. 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca hubiera ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la Iglesia Católica.

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AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO

Obsérvese lo que San Pablo dice: “si la mujer tiene el cabello largo le es una gloria. Pues a ella el cabello le es dado por velo”.

Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Dios glorificado.

Se cubren con un velo porque son sagradas, y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, obsérvese cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde champú hasta autos usados.

Las mujeres necesitan entender el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.

Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de sus maridos y de Dios, las mujeres se someten a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo (“que se haga en mí según Tu palabra”); el velo es un signo tan poderoso -y hermoso- como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.

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Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento: ¡el Santo de los Santos!

Leemos en Hebreos 9, 1-8:

También el primer pacto tenía reglamento para el culto y un santuario terrestre; puesto que fue establecido un tabernáculo, el primero, en que se hallaban el candelabro y la mesa y los panes de la proposición —éste se llamaba el Santo—;  y detrás del segundo velo, un tabernáculo que se llamaba el Santísimo,  el cual contenía un altar de oro para incienso y el Arca de la Alianza, cubierta toda ella de oro, en la cual estaba un vaso de oro con el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas de la Alianza;  y sobre ella, Querubines de gloria que hacían sombra al propiciatorio, acerca de lo cual nada hay que decir ahora en particular. Dispuestas así estas cosas, en el primer tabernáculo entran siempre los sacerdotes para cumplir las funciones del culto; mas en el segundo una sola vez al año el Sumo Sacerdote, solo y no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando con esto a entender el Espíritu Santo no hallarse todavía manifiesto el camino del Santuario, mientras subsiste el primer tabernáculo.

El Arca de la Antigua Alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos.

Y en la Santa Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el vaso sagrado que contendrá la Preciosísima Sangre.

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Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo? El Copón en el Sagrario, el vaso sagrado que contiene el mismo Cuerpo de Cristo.

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Estos vasos de vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.

¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María.

virgen de la dulce espera

Al usar el velo, las mujeres la imitan y se afirman como mujeres, como vasos de vida.

Este solo acto, superficialmente pequeño, de cubrirse la cabeza con un velo, es:

  • Riquísimo en simbolismo: de sumisión a la autoridad; de entrega a Dios; de imitación a Nuestra Señora que expresó su ‘fiat’; de cubrir la gloria propia por la gloria de Dios; de modestia; castidad; de vasos de vida, como el Cáliz, el Copón y, especialmente, la Santísima Virgen María.
  • Una ordenanza apostólica –con profundas raíces en el Antiguo Testamento– y, por lo tanto, un asunto de intrínseca Tradición.
  • La forma en que las mujeres católicas han rendido culto durante dos milenios (y, aun cuando no sea una cuestión de la Sagrada Tradición en un sentido intrínseco, es, al menos, una cuestión de tradición eclesial, que debería también ser conservada). Es nuestra herencia, una parte de la cultura católica.

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San Ambrosio, en su Tratado sobre la Virginidad, relata el hecho histórico de una joven de la nobleza forzada por su familia al matrimonio. La joven huye hacia la iglesia, y junto al altar suplica al sacerdote que pronuncie sobre ella la oración de consagración de las vírgenes y le imponga como velo el lienzo del altar.

Él será para la joven el signo de su desposorio con Cristo. Ese velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubrirá el nuevo altar del corazón de la joven, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad como ofrenda de suave olor al Padre eterno.

¿Por qué el velo en la mujer?

Ya le hemos considerado, pero quiero apuntar, entre otras, tres razones:

1ª. Porque ella es hermosa. El velo le recuerda que no debe dejarse llevar por la concupiscencia de la belleza, ni arrastrar a otros. El velo es signo del pudor y recato, de la modestia en el ornato con que siempre ha de vivir y presentarse ante Dios.

2ª. Porque ella es madre. De una forma especial la mujer ha sido unida a la obra creadora de Dios por su propia maternidad. El velo le recuerda que su maternidad es sagrada, y por ello se cubre, para indicar que, al estar cubierta, el mundo no puede dañarla ni ella dejarse. Y, además, todo lo sagrada se cubre.

3ª. Por su maternidad espiritual. Este es un aspecto importantísimo y desconocido por la mujer. La mujer pudorosamente vestida, cubierta con su velo, en silencio orante, es fiel reflejo de la imagen de la Santísima Virgen que, con su silencio y su velo, oraba incesantemente por su Hijo y meditaba su obra redentora.

Con el signo distintivo de su velo, el recogimiento de la mujer dentro de la iglesia tiene un fruto riquísimo para la Iglesia, para la santidad sacerdotal, el sostenimiento moral y espiritual del clero y para el fomento de las vocaciones.

La maternidad espiritual es una grandísima y hermosísima vocación femenina, muy desconocida desgraciadamente, pero de un valor que me atrevería a decir de “estratégico” dentro de la Iglesia.

sta. Teresita

Nuestros tiempos hacen la renuncia explícita de esos tres valores.
Renuncia a la belleza, reemplazada por lo feo, lo carente de armonía, lo provocador, lo disonante, lo oscuro, lo agresivo.
La maternidad física es desplazada y despreciada, relegada por el éxito material, profesional, temporal, académico, económico. La maternidad es suplantada por el confort, la figura, la comodidad, el bienestar, los caprichos.
La maternidad espiritual es ignorada, y en su lugar queda una profunda e insondable esterilidad y frigidez espiritual que se encubre de activismo hueco que no deja huella en el alma de nadie.
Asistimos hoy al proceso de destrucción de la familia, la sociedad y la cultura. Un tiempo que desafía a Dios y repite y grita en cada gesto y en cada acción: “No queremos que este reine sobre nosotros”.
Todos sabemos hasta qué punto el ataque a la mujer, a su verdadero ser y condición es la causa de esta destrucción a la que asistimos. Toda tarea de restauración de la familia, la sociedad y la cultura deberá pasar por la recuperación del verdadero rol y dignidad de la mujer.
Pensemos en aquella tremenda y magnífica profecía de Santa Hildegarda de Bingen, fuerte en su plasticidad y significación, cuando escribe:

Vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas (…). Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: “Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados (…). Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad” Y escuché una voz del cielo que decía: “Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»”.

Su rostro, el que debía estar cubierto por un velo, está cubierto de polvo. ¿Ha perdido el pudor que la reservaba, la sacralidad que la preservaba? La imagen como dice Santa Hildegarda, es representación de la Iglesia, pero ¿podría ser también representación de la mujer caída de la dignidad que le otorgaba el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios?

Pensemos en tantas “desveladas”, conocidas y desconocidas, cuyo mayor esfuerzo es, precisamente, la ruptura del orden, la ruptura de la fidelidad, la ruptura de la misión. Desveladas para no velar por nada que valga la pena; desveladas para impedir que otras tantas mujeres sean altar del Creador y lleven en su seno al fruto de verdadero amor.

Desde los años ’60 cundieron por el mundo, tanto en el campo liberal como en el socialista, las ideas de la “liberación” femenina. ¿Liberación de qué? Del rol principalísimo de la mujer como esposa y madre (no es casual que los años ‘60s fueran los años de la explosión de la píldora).

Liberación de la maternidad, liberación de la ternura, liberación de su lugar y su papel exclusivo, que nadie podría reemplazar. También a la Iglesia afectó esa idea, y la liberación tuvo su signo en la abolición práctica del velo. Sólo las religiosas lo mantuvieron (¡y ni tanto!) como signo de la maternidad espiritual (hoy también asistimos al “desvelamiento” de las religiosas; y el tiempo nos va diciendo de su infecundidad espiritual).

Pensemos en el significado de estar velada, cubierta, solemne, subrayando el misterio que se oculta debajo del velo. Pensemos en el desprecio de nuestros tiempos por el misterio hondo, alto. Todo debe ser explícito, todo debe ser mostrado.

Pero el ansia infantil de misterio, el afán del asombro y de la admiración existe; y entonces es suplantado por una caricatura: la literatura y el cine de misterio, suspenso, terror.

El misterio verdadero que oculta el velo, es el de esa mujer velada que somete libremente su voluntad, se entrega como la novia ante el altar y allí en lo secreto ofrece sus muchos y variados desvelos por el hijo, por cada hijo, por el esposo, por la vida que aún no late, por la vida que va creciendo y toma su rumbo, por los hijos espirituales, por los amigos.

El velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubre el altar del corazón de la mujer, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad o de su maternidad, el sacrificio diario de su fecundidad espiritual.

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El falso feminismo, al que muchas mujeres han cedido, aparta a la mujer de su verdadera vocación a la maternidad y a la familia.

¡Cuánto daño sobrevino a la mujer y a la santidad de la Iglesia aquel día en que por primera vez entró sin su velo la mujer a la iglesia! Al quitarse el velo ya no pudo evitar quitarse otras prendas de su vestido. Y hoy vemos, con rubor y tristeza, la absoluta falta de pudor con que muchas mujeres entran en la iglesia.

Y como consecuencia desapareció aquel apoyo espiritual, aquella maternidad espiritual.

Mujer, mira el velo como el paño del altar de tu corazón; donde has de ofrecer cada día al Señor el sacrificio de tu vida entregada a tu familia; donde ofrezcas las ofrendas de tu pudor y modestia en el vestir; donde ofrezcas las ofrendas de tu maternidad o de tu virginidad, y en ambos casos las ofrendas de tu maternidad espiritual.

El velo es un honor para la mujer.

El velo es un honor para ti.

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Ponemos a vuestra disposición un enlace con instrucciones para hacer velos de mujer, estuche porta velo y velo de niña.

http://ponderedinmyheart.typepad.com/pondered_in_my_heart/2010/10/how-to-make-a-lace-chapel-veil.html

Andrea Greco de Álvarez

http://adelantelafe.com/velo-y-desvelo/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

https://cruzadaporcristo.wordpress.com/2013/05/22/el-uso-del-velo-en-la-santa-misa/