SAN AGUSTÍN – SERMONES

Resurrección del hijo de la viuda de Naím

pierre-bouillon-nsjc-resucita-al-hijo-de-la-viuda-de-naim

Los milagros de nuestro Señor y Salvador sorprenden a quienes los escuchan y los creen. Ciertamente, a unos de una manera y a otros de otra. Algunos, impresionados por los milagros corporales, no aciertan a dirigir su mirada a realidades superiores; otros, en cambio, admiran ahora en las almas lo que oyen que fue hecho en los cuerpos ‘. El mismo Señor dice: Así como el Padre resucita y vivifica a los muertos, así el Hijo vivifica a quienes quiere. No que a unos los resucite el Hijo y a otros el Padre; sino que a ambos el Padre y el Hijo, ya que todas las cosas las realiza el Padre por el Hijo. Ningún cristiano dude, por tanto, de que también ahora resucitan muertos. Todo hombre tiene ojos con los cuales puede ver los muertos que resucitan de la forma que resucitó el hijo de la viuda, según acabamos de oír en la lectura del Evangelio. En cambio, no todos los tienen para ver cómo resucitan los muertos en el corazón, a no ser los que ya han resucitado en su propio corazón. Más milagro es resucitar a quien ha de vivir siempre que resucitar a quien volverá a morir. 

La madre viuda se alegró de la resurrección del joven; la madre Iglesia se alegra diariamente de todos los hombres resucitados en el espíritu. Aquel había muerto en el cuerpo, éstos en el espíritu. La muerte visible del joven se lloraba de forma visible también; la muerte invisible de aquéllos ni se intentaba averiguar ni se veía. La buscó quien conocía a los muertos. Sólo conocía quiénes estaban muertos aquel que podía devolverles la vida. Si no hubiese venido el Señor a resucitar a los muertos, no hubiese dicho el Apóstol: Levántate, tú que duermes; sal de entre los muertos y te iluminará Cristo. Escuchas la palabra «durmiente» al decir: Levántate tú que duermes; pero has de entender bajo ella «muerto», puesto que escuchas: Y sal de entre los muertos. Con frecuencia se llama también durmientes a los que han muerto visiblemente. Ciertamente, para aquel que puede despertarlos, todos están dormidos. El muerto está muerto para ti sólo cuando, por más que le llames, le pellizques o le laceres, no despierta. Para Cristo, en cambio, dormía aquel a quien se dijo Levántate e inmediatamente lo hizo. En efecto, nadie hace salir con tanta facilidad a uno del lecho como Cristo le hizo salir del sepulcro. 

Encontramos tres resurrecciones efectuadas de forma visible por el Señor y una multitud de ellas invisibles. Pero ¿quién sabe cuántos muertos resucitó visiblemente? Dice Juan: Muchas otras cosas realizó Jesús que, si fuesen escritas, juzgo que todo el mundo no podría contener los libros. Sin duda, fueron muchos los resucitados, pero no en vano se mencionan sólo tres. Nuestro Señor Jesucristo quería que se entendiese hecho en los espíritus lo que hacía en los cuerpos. No hacía milagros por hacerlos, sino para que lo que hacía suscitara la admiración de los que los veían y revelasen la verdad a quienes los entendían. Hay quien ve las letras de un códice admirablemente escrito y, sin saber leer, alaba el pulso del artista admirando la belleza de los caracteres. Pero no sabe qué quieren decir o qué significan, convirtiéndose en elogiador de lo que ve con los ojos sin llegar a comprenderlo con la mente. Otro, en cambio, al mismo tiempo admira la obra de arte y entiende lo significado 2. Es aquel que no sólo puede ver, lo cual es común a todos, sino también leerlo, lo que no es posible a quien no aprendió a leer. Así también, los que vieron los milagros de Cristo y no entendieron lo que significaban ni lo que insinuaban a quienes eran capaces de comprenderlos, se admiraron del solo hecho; otros admiraron el hecho y, además, comprendieron lo que significaban. Como éstos debemos ser nosotros en la escuela de Cristo. Quien dice que Cristo realizó los milagros por ellos mismos, sin significación alguna, puede decir que tampoco sabía que no era tiempo de frutos cuando fue a buscar higos en la higuera. Según atestigua el evangelista, no era aquel el tiempo de los frutos y, sin embargo, al sentir hambre se acerca a la higuera. ¿Acaso ignoraba Cristo lo que sabía el hortelano? ¿Lo que sabía el cultivador del árbol, no lo conocía quien fue su creador? Por consiguiente, si, al sentir el hambre, buscó frutos en el árbol, quería significar que él sentía hambre de otra cosa y buscaba algo más. Encontrando la higuera llena de hojas, pero sin fruto, la maldijo y se secó. ¿Qué había hecho de malo el árbol no dando fruto? ¿Qué culpa tenía de ser infecundo? Su condición no le permite dar fruto según voluntad. La esterilidad es culpable sólo cuando la fecundidad es voluntaria. Así eran los judíos, que poseían las palabras de la ley, pero no poseían hechos; producían muchas hojas, pero ningún fruto. 

Os he dicho esto con el fin de persuadiros de que nuestro Señor Jesucristo realizó los milagros para significar algo con ellos de forma que, exceptuando su ser algo admirable, grande y divino, aprendiésemos otra cosa en ellos.

Veamos ahora qué quiso que aprendiéramos en los tres muertos que resucitó. Resucitó a la hija del jefe de la sinagoga, cuya curación se le había pedido cuando aún estaba enferma. Hallándose en camino a casa, se le anuncia su muerte. Y como si su fatiga fuese ya vana, se le comunica al padre: La niña ha muerto, ¿por qué molestas todavía al Maestro? Jesús prosiguió su camino y dijo al padre de la joven: No temas, cree solamente. Cuando llegó a casa, lo encontró todo dispuesto para los funerales. No lloréis, les dijo; la joven no está muerta, sino que duerme. Y dijo la verdad: dormía, pero sólo para aquel que tenía el poder de resucitar. Una vez resucitada, se la devuelve viva a sus padres.

También resucitó a un joven, hijo de una viuda, sobre el cual acabamos de ser instruidos para poder decir a vuestra caridad lo que el mismo Señor quiera inspirarme. Acabasteis de oír cómo lo resucitó. Se acercaba el Señor a la ciudad cuando sacaban al muerto de la casa. Conmovido de misericordia por las lágrimas de la madre viuda y privada de su único hijo, hizo lo que habéis oído, diciendo: Joven, yo te lo ordeno, levántate. Resucitó el difunto, comenzó a hablar y se lo entregó a su madre. Resucitó igualmente a Lázaro, pero del sepulcro. A los discípulos con quienes hablaba, que sabían que Lázaro, amado con predilección por el Señor, estaba enfermo, les dice: Lázaro, nuestro amigo, duerme. Pensando que era un sueño reparador de la salud, le responden: Señor, si duerme, está curado. Y él, de forma ya más clara: Nuestro amigo Lázaro está muerto. Diciendo la verdad una y otra vez: para vosotros está muerto, mas para mí duerme.

Estos tres géneros de muertos corresponden a las tres clases de pecadores que Cristo resucita también hoy. La hija del jefe de la sinagoga se hallaba muerta dentro de casa; aún no la habían sacado al exterior. Allí la resucitó y entregó viva a sus padres. El joven ya no estaba en casa, pero tampoco en el sepulcro; había salido de la casa, pero aún no había sido sepultado. Quien resucitó a la difunta en la casa, resucitó a quien había salido ya de ella, pero aún no había sido sepultado. Sólo faltaba el tercer caso: que fuera resucitado estando en el sepulcro; esto lo realizó en Lázaro. Hay personas que han pecado ya en su corazón, pero no se ha hecho aún realidad exterior. Un tal se sintió afectado por cierto deseo. El mismo Señor dice: Quien viere a una mujer, deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Todavía no ha habido contacto corporal y ya consintió en su corazón. Tiene el muerto en su interior; aún no lo ha sacado fuera. Pues bien, esto acontece, según sabemos, y a diario lo experimentan en sí los hombres cuando, oyendo en alguna ocasión como que la palabra de Dios les dice: Levántate, se condena el consentimiento al pecado y se respira salud y justicia. Resucita el muerto en la casa y revive el corazón en el secreto de la conciencia. Se produjo esta resurrección del alma muerta en el secreto de la conciencia; caso idéntico a aquel que resucitó dentro de su casa. Hay otros que, después de haber consentido, pasan al hecho; es el caso paralelo a quienes sacan fuera al muerto, para que aparezca a las claras lo que permanecía oculto. ¿Han de perder la esperanza estos que pasaron a la acción? ¿No se le dijo a aquel joven: Yo te lo ordeno, levántate? ¿No fue devuelto a su madre? Luego así también quien pecó de hecho, si amonestado y afectado por la palabra de la verdad se levanta ante la palabra de Cristo, resucita también. Pudo avanzar en el pecado, pero no perecer para siempre. Quienes a fuerza de obrar mal se enredan en la mala costumbre de forma que la misma mala costumbre no les deja ver el mal, se convierten en defensores de sus malas acciones, comportándose como los sodomitas, que en otro tiempo replicaron al justo que les reprendía su perverso deseo: Tú viniste a vivir con nosotros, no a dar leyes. Tan arraigada estaba allí la costumbre de la nefanda torpeza, que la maldad les parecía justicia hasta reprender antes al que la prohibía que al que la obraba. Los tales, sometidos a tan perversa costumbre, están como sepultados. Pero ¿qué he de decir, hermanos? De tal forma sepultados que se les podría aplicar lo que se dijo de Lázaro: Ya hiede. La piedra colocada sobre el sepulcro es la fuerza oprimente de la costumbre que aprisiona al alma y no le permite ni levantarse ni respirar. 

De Lázaro se dijo que llevaba cuatro días muerto. En efecto, el alma llega a esta costumbre de la que estoy hablando como en cuatro etapas. La primera consiste en la seducción del placer en el corazón. La segunda en el consentimiento. La tercera es ya la realización y la cuarta la costumbre. Hay quienes rechazan tan radicalmente con sus mismos pensamientos las cosas ilícitas que ni siquiera se deleitan en ellas. Existen quienes se deleitan, pero no consienten; habría de decirse que la muerte no es perfecta, pero que en cierto modo se ha iniciado ya.

Si el consentimiento sigue a la delectación, ahí está la condenación. Tras el consentimiento, se procede al hecho y el hecho conduce a la costumbre, provocando una cierta pérdida de esperanza, por lo cual se dice: Lleva cuatro días, ya hiede. Llega el Señor para quien todo es fácil y te presenta alguna dificultad. Se estremeció en su espíritu y mostró que quienes se han endurecido tienen necesidad del gran grito de la corrección. Sin embargo, ante la simple voz del Señor que llamaba se rompieron los lazos de la necesidad. Tembló el poder del infierno y Lázaro fue devuelto vivo. También libera el Señor a los que por la costumbre llevan cuatro días muertos, pues para él, que quería resucitarle, Lázaro sólo dormía. Pero ¿qué dice? Observad cómo fue la resurrección. Salió vivo del sepulcro, pero no podía caminar. Y Jesús dice a sus discípulos: Desatadlo y dejadlo ir. El resucitó al muerto y los otros lo desataron. Ved que algo es propio de la majestad divina que resucita. Alguien, enfangado en la mala costumbre, es reprendido por la palabra de la verdad. Pero ¡cuántos han sido reprendidos por ella y no la escuchan! ¿Quién actúa en el interior de quien la oye? ¿Quién comunica la vida interior? ¿Quién es el que aleja la muerte secreta y otorga la vida también secreta? ¿No es verdad que después de las reprensiones y recriminaciones quedan los hombres solos con sus pensamientos y comienzan a reflexionar sobre la mala vida que llevan y la opresión que, por la pésima costumbre, soportan? Después, descontentos de sí mismos, deciden cambiar de vida. Resucitaron; revivieron quienes se hallaron descontentos de la vida anterior; mas, no obstante haber revivido, no pueden caminar. Les atan los lazos de sus culpas. Es, pues, necesario que quien ha recobrado la vida sea desatado y se le permita andar. Esta función la otorgó el Señor a sus discípulos cuando les dijo: Lo que desatareis en la tierra, quedará desatado en el cielo. 

Amadísimos, oigamos esto de forma que quienes están vivos sigan viviendo y quienes se hallan muertos recobren la vida. Si el pecado está en el corazón y aún no ha salido fuera, haga penitencia, corrija su pensamiento y resucite el muerto en el interior de la conciencia. No pierdas la esperanza ni siquiera en el caso de haber consentido a lo pensado. Si no resucitó el muerto dentro, resucite fuera. Arrepiéntase de lo hecho y resucite rápidamente; no vaya al fondo de la sepultura, no reciba sobre él el peso de la costumbre. Quizá estoy hablando a quien se halla oprimido por la dura piedra de su costumbre, quien se ve atenazado por la fuerza de lo habitual, quien quizá ya hiede de cuatro días. Tampoco éste ha de perder la esperanza: es verdad que está muerto en lo profundo, pero profundo es Cristo. Sabe quebrar con su voz los pesos terrenos, sabe vivificar interiormente y entregarlo a los discípulos para que lo desaten. Hagan penitencia también ellos, pues ningún hedor quedó a Lázaro, vuelto a la vida, no obstante haber pasado cuatro días en el sepulcro. Por tanto, los que gozan de vida, sigan viviendo; si alguien se halla muerto, cualquiera que sea la muerte de las tres mencionadas en que se encuentre, haga lo posible para resucitar cuanto antes.