Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 3ª de Cuaresma

Sermones-Ceriani

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Estaba Jesús expulsando a un demonio, el cual era mudo. Y así que salió el demonio, habló el mudo. Las muchedumbres se admiraron. Pero algunos dijeron: Por el poder de Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa éste los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo su pensamiento, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo será devastado, y caerá casa sobre casa. Si, pues, Satanás se halla dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Puesto que decís que por poder de Beelzebul expulso yo los demonios. Si yo expulso a los demonios por Beelzebul, vuestros hijos, ¿por quién los expulsan? Por esto ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama. Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, recorre los lugares áridos buscando reposo, y, no hallándolo, se dice: “Volveré a la casa de donde salí”; y viniendo la encuentra barrida y aderezada. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él y, entrando, habitan allí, y vienen a ser las postrimerías de aquel hombre peores que los principios.

San Lucas y San Mateo traen este pasaje. Pero, mientras San Lucas lo trae seguido, San Mateo lo trae desdoblado.

En San Lucas se plantean ya al principio dos temas, y se los responde de corrido. En San Mateo el desdoblamiento responde a la separación de las dos preguntas.

Jesucristo expulsaba un “demonio mudo”, es decir, un enfermo al que su posesión le producía mudez. Pero también era “ciego”, según San Mateo.

Ante este hecho, realizado con autoridad propia, en San Mateo surge en las gentes la pregunta de si no será el Mesías, el Hijo de David. San Lucas sólo lo expresa con la “admiración” de las muchedumbres.

Pero, ante ésto, “algunos” según San Lucas, los “fariseos” según San Mateo, no negando los hechos evidentes, lo atribuyen a que Cristo tiene pacto con Beelzebul, príncipe de los demonios.

Mientras las multitudes, que parecían ignorantes, se admiraban de los prodigios del Señor, los otros, por el contrario, o los negaban, o, si no podían negarlos, trabajaban por destruirlos con falsas interpretaciones, como si estos prodigios no fuesen obras de Dios, sino del espíritu impuro, esto es, de Beelzebul, que era la divinidad de Accarón.

La argumentación de Jesucristo fue definitiva: Si así fuese, Satanás destruiría su reino.

El Señor les arguye con un dilema irresistible. Porque Cristo arroja al demonio o por el poder de Dios, o por el príncipe de los demonios. Si es por el poder de Dios, no hay motivo para calumniarlo; si es por el príncipe de los demonios, su reino está dividido y no podrá existir.

Es por ello que los fariseos se alejan del Reino de Cristo, que es lo que el Señor insinúa que han elegido en el hecho de no creer en Él.

Además, los exorcistas judíos también condenan esta insidia al expulsar los demonios.

Pero, si es verdad que Él los expulsaba en nombre de Dios, entonces que saquen la consecuencia: llegó el Reino de Dios. Está ya entablada la lucha entre el poder del Mesías y el poder de Satán.

Y San Lucas añade otra consecuencia: Si Él es el Mesías, no estar con Él es estar contra Él; hay que recoger con Él, de otro modo se desparrama fuera del Reino de Dios; no cosechar con Él es desparramar.

Hace ver el Salvador en este pasaje cuán lejos está Él de haber recibido del demonio potestad alguna, y el inmenso peligro que trae el pensar mal de Él, puesto que, el sólo hecho de no estar con Él, ya es estar contra Él.

La expulsión de los demonios por Jesucristo prueba, como Él dice, su mesianismo. Si el enemigo del Reino es Satanás, este poder de Cristo, arrojando los poderes demoníacos en nombre propio, prueba su poder mesiánico.

Era el cumplimiento de aquella expectación judía por los días mesiánicos, cuya obra principal sería la destrucción de Satanás y su reino. Si el reino de Satán comienza a desmoronarse por obra de Cristo, es que llegó el Reino de Dios, y el que lo establece es el Mesías.

El demonio, que no deseaba perder sus viejas conquistas, al ver los progresos que Cristo comienza a hacer en el pueblo, viene a desorientar y a apartar del ingreso en el Reino de Dios a gran parte de esta generación por medio de los fariseos, que boicoteaban la obra de Cristo.

Esto es, dentro de la imagen comparativa, hacer que peores poderes demoníacos vuelvan a su casa, a esa “generación” de la que salieron. Y así las “postrimerías” de esa generación judía, separándose de Cristo, no ingresando en su Reino y llevándole a la Cruz, vinieron a ser peores que sus principios, que comenzaban con la luz de Cristo expulsando los demonios.

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Emparentado con este tema, los tres sinópticos, San Mateo, San Marcos y San Lucas, traen el espinoso tema del pecado contra el Espíritu Santo:

Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro, antes bien, será reo de pecado eterno.

Condena el Señor de una manera severísima las palabras de los fariseos y la perversidad de todos aquellos que están conformes con ellos, prometiendo el perdón de los pecados y negándoselo a todo el que blasfemare contra el Espíritu Santo.

El pecado de los fariseos consiste en atribuir al demonio los milagros que hacía Jesús y en resistir con obstinación a la luz del Espíritu Santo, que les mostraba el cumplimiento de las profecías en Cristo. Es el pecado de cuantos, también hoy, se escandalizan de Él y se resisten a estudiarlo y seguirlo.

Se lo denomina “blasfemia” o “pecado” contra el Espíritu; añadiéndose por los tres sinópticos que no será perdonado.

¿Por qué ésto? ¿Cuál es su naturaleza?

Ante la expulsión de un demonio por Jesucristo, los fariseos atribuían este poder de Cristo a Satanás; atribuían el bien al mal; atribuían la acción de Dios ad extra —por atribución, obra del Espíritu Santo— a una acción satánica.

En estas condiciones, el pecado contra el Espíritu Santo es irremisible por su misma naturaleza, aunque no en absoluto, como ya veremos.

¿En qué consiste el pecado contra el Hijo del hombre, en contraposición del que se comete contra el Espíritu Santo? Para San Jerónimo está en dudar, más o menos, de la divinidad y grandeza de Cristo a causa de las apariencias, es decir, al ver en Él al hombre: tiene familia, parientes, se alimenta, etc. Este es un pecado de ignorancia; el otro, de malicia.

Por eso, también puede entenderse este pasaje en este sentido: el que dijere una palabra contra el Hijo del hombre escandalizándose de mi carne, me tendrá como un puro hombre. Semejante error, aunque es una blasfemia y error culpable, sin embargo será perdonable, a causa de que mi humanidad se presenta a su vista como una cosa baja. Pero el que a la vista de mis obras divinas, cuyo poder no puede negarse, me calumnia llevado de la envidia, y dice que Cristo, Verbo de Dios, y las obras del Espíritu Santo son el mismo Beelzebul, éste no conseguirá el perdón ni en este mundo ni en el otro.

Ignoraban los judíos quién era Cristo; pero sabían quién era el Espíritu Santo, puesto que los profetas habían hablado de Él. Por consiguiente dice: Admito que pequéis contra Mí, a causa de esta carne que me rodea; ¿pero podréis decir del Espíritu Santo que no le conocéis? Por esta razón no se os perdonará vuestra blasfemia, y recibiréis aquí y allá el castigo. Porque el lanzar los demonios y dar la salud son obras del Espíritu Santo. No me afrentáis, pues, a Mí solo, sino al Espíritu Santo, y por lo mismo vuestra condenación aquí y allá será inevitable.

Lo que San Lucas llama dedo de Dios, San Mateo llama Espíritu de Dios. Se llama al Espíritu Santo dedo de Dios, por la equitativa distribución de sus dones entre los hombres y los Ángeles; puesto que en ningún miembro nuestro se hace la división más patente que en los dedos.

Es llamado el Espíritu Santo dedo de Dios, como el Hijo es llamado la mano y el brazo del Padre; pues el Padre lo hace todo por Él. Como el dedo no está separado de la mano, sino que está unido naturalmente a ella, así el Espíritu Santo está unido al Hijo consustancialmente, y el Hijo todo lo hace por Él.

En razón de su humanidad, quiere el Señor aparecer menor al Espíritu Santo, diciendo que echa los demonios en virtud del citado Espíritu. Con ello da a conocer que no es suficiente la naturaleza humana para arrojar a los demonios; sólo puede hacerlo en virtud del Espíritu Santo.

¿Por qué, pues, la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? Porque se trata del rechazo radical a la gracia que Dios ofrece para la conversión.

Según Santo Tomás de Aquino es un pecado irremisible por su misma naturaleza, porque excluye las gracias por las cuales se concede la remisión de los pecados.

La blasfemia contra el Espíritu Santo es presumir y reivindicar el “derecho” de perseverar en el mal. Es un rechazo del perdón y de la redención que Cristo ofrece. La blasfemia contra el Espíritu Santo es la obstinación contra Dios llevada hasta el final. Es negarse deliberadamente a recibir la misericordia divina.

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En la II-II de su Suma Teológica, cuestión 14ª, Santo Tomás dedica cuatro artículos a este tema de la blasfemia contra el Espíritu Santo:

1º. La blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo, ¿es lo mismo que pecado de malicia manifiesta?

2º. Especies de este pecado.

3º. ¿Es irremisible?

4º. ¿Puede comenzar alguno pecando contra el Espíritu Santo antes de haber cometido otros pecados?

De ellos entresacamos lo siguiente:

 Peca contra el Espíritu Santo aquel a quien agrada la malicia por sí misma, y eso es precisamente pecar con malicia manifiesta.

 Se peca contra el Espíritu Santo cuando se dice literalmente algo blasfemo contra Él, bien se tome “Espíritu Santo” como nombre esencial que conviene a la Trinidad, cuyas Personas son las tres Espíritus y Santos, bien se tome por el Nombre personal de una Persona de la Trinidad. En este sentido se distingue en San Mateo la blasfemia contra el Espíritu Santo de la blasfemia contra el Hijo del hombre.

 Los judíos blasfemaron primero contra el Hijo del hombre diciendo de Él que era glotón, bebedor y amigo de publicanos. Blasfemaron después contra el Espíritu Santo atribuyendo al príncipe de los demonios las obras que realizaba Jesús en virtud de la propia divinidad y por la operación del Espíritu Santo. De esta forma se dice que blasfemaron contra el Espíritu Santo.

 San Agustín considera como blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo la impenitencia final, o sea, la permanencia en el pecado mortal hasta la muerte. Se dice que esta palabra así entendida es contra el Espíritu Santo por ser contra el perdón de los pecados, que se da por el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo.

 Hay pecado o blasfemia contra el Espíritu Santo cuando se peca contra el bien apropiado al Espíritu Santo, al cual se le apropia la bondad. Según eso, hay pecado contra el Espíritu Santo por malicia manifiesta, o sea, por la elección del mal, es decir, cuando se desecha o aparta con desprecio lo que podía impedir la elección del pecado.

 Tomado en este sentido, están bien señaladas las especies referidas, que se distinguen por la eliminación o el desprecio de lo que puede impedir en el hombre la elección del pecado.

Ellas son: desesperación de salvarse, la presunción de salvarse sin merecimientos, la impugnación de la verdad conocida, la envidia o pesar de la gracia ajena, la impenitencia final y la obstinación.

Esto acontece, o por parte del juicio divino, o por parte de sus dones, o incluso por parte del mismo pecado.

El hombre, en efecto, se retrae de la elección del pecado por la consideración del juicio divino, que conlleva entremezcladas justicia y misericordia, y encuentra también ayuda en la esperanza que surge ante el pensamiento de la misericordia, que perdona el mal y premia el bien; esta esperanza la destruye la desesperación.

La persona en cuestión no pide perdón ni se confiesa porque cree que no vale la pena y que está definitivamente condenada.

El hombre encuentra también ayuda en el temor que nace de pensar que la justicia divina castiga el pecado; y ese temor desaparece por la presunción, que lleva al hombre al extremo de pensar que puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento.

En este caso, no hay confesión porque se lo cree innecesario…, uno ya está salvado.

Los dones de Dios que nos retraen del pecado son dos.

Uno de ellos, el conocimiento de la verdad, y contra él se señala la impugnación de la verdad conocida, hecho que sucede cuando alguien impugna la verdad de fe conocida para pecar con mayor libertad.

La persona no se confiesa porque considera que está en lo cierto y que no hay nada que confesar.

El otro don divino es el auxilio de la gracia interior, al que se opone la envidia de la gracia fraterna, envidiando no sólo al hermano en su persona, sino también el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo.

Aquí no hay confesión porque hay rebelión contra Dios y no hay arrepentimiento en el corazón.

Por parte del pecado, son dos las cosas que pueden retraer al hombre del mismo.

Una de ellas, el desorden y la torpeza de la acción, cuya consideración suele inducir al hombre a la penitencia del pecado cometido. A ello se opone la impenitencia, en cuanto entraña el propósito de no arrepentirse.

La persona no se confiesa porque rechaza a Dios hasta en esta hora extrema.

La otra cosa que aleja al hombre del pecado es la inanidad y caducidad del bien que se busca en él; esta consideración suele inducir al hombre a no afianzar su voluntad en el pecado; todo ello se desvanece con la obstinación, por la que reitera el hombre su propósito de aferrarse en el pecado.

Se rechaza la confesión porque se quiere continuar en el pecado.

 La condición irremisible del pecado contra el Espíritu Santo hay que valorarla en función de las diversas acepciones de ese pecado.

Y así, si se le considera en cuanto impenitencia final, es irremisible, pues de ninguna manera se perdona. Efectivamente, el pecado mortal en el que persevera el hombre hasta la muerte, dado que no se perdona en esta vida por la penitencia, tampoco en la futura.

Pero, según las otras dos acepciones, se dice que es irremisible, mas no en el sentido de que no pueda ser perdonado de ninguna manera, sino en el de que, de suyo, no merece ser perdonado. Esto acontece de dos maneras:

La primera, en cuanto a la pena, porque quien peca con malicia manifiesta no tiene excusa alguna que disminuya su pena. De este modo, quien blasfemaba contra el Hijo del hombre cuando su divinidad no estaba aún revelada, podía tener alguna excusa, por la flaqueza de la carne que veía en Él, y por eso merecía menor castigo; no tenía, en cambio, excusa alguna que disminuyera su pena quien blasfemaba de su divinidad atribuyendo al diablo las obras del Espíritu Santo.

En segundo lugar, en cuanto se refiere a la culpa, porque excluye lo que causa la remisión del pecado.

 No queda, sin embargo, cerrado del todo el camino del perdón y de la salud a la omnipotencia y misericordia de Dios, la cual, como por milagro, sana a veces espiritualmente a esos impenitentes.

Esto quiere decir que Dios da a todos la oportunidad de salvarse y de ir al Cielo, pero quien peca contra el Espíritu Santo no quiere salir de la situación en que se encuentra, entonces Dios no puede salvar a quien no quiere salvarse; y por eso mismo no tiene perdón.

Lo que diferencia los pecados contra el Espíritu Santo de otros pecados es, en definitiva, la voluntad de la persona, no el acto en sí; es la mala voluntad la que hace que la persona no quiera cambiar de vida.

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¡Atención, pues! Porque:

Sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros…

El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama…

Vienen a ser las postrimerías de aquel hombre peores que los principios…