HAN PASADO VEINTE AÑOS…

PADRE RAÚL SÁNCHEZ ABELENDA

25 de febrero de 2016
Veinte años de su ingreso en la eternidad

padre Raul Sanchez Abelenda

Encarnación del Señor 1996

Vº aniversario de la muerte de Monseñor Lefebvre
y 1er mes del fallecimiento del Padre Sánchez Abelenda

Con el marco de esta fiesta de la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima, recordamos hoy a dos sacerdotes: a Monseñor Marcel Lefebvre y al padre Raúl Sánchez Abelenda.

Considero que para enmarcar estas dos conmemoraciones es ideal la solemnidad que hoy festejamos.

En efecto, Jesucristo, Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, es el centro de la revelación divina. Desde el Génesis, en que se esboza su figura, hasta el último versículo del Apocalipsis, que formula la expansión de su gracia, la Persona de Cristo es el principal protagonista de la historia de la salvación.

Todo el Antiguo Testamento converge en Nuestro Señor, y el Nuevo Testamento en su totalidad irradia a Jesucristo hasta la consumación de los siglos.
Y la divina revelación nos presenta siempre a Jesús con sus dos características esenciales: verdadero Dios y verdadero Hombre.

En el orden doctrinal, el dogma de la Encarnación es la llave que explica todos los misterios de la revelación premesiánica, y es la lumbrera que ilumina el maravillo sistema de la teología católica.

Nosotros expresamos y condensamos la doctrina del Verbo Encarnado con aquellas palabras que, de rodillas, recitamos en nuestro Credo: Bajó de los cielos y se encarnó. Misterio inefable que tres veces al día adoramos al repetir la fórmula del Evangelista San Juan: Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis, es decir, El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

El Verbo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomó en el seno purísimo de la Virgen María un cuerpo perfectísimo y a él unió un alma santísima; y quedó hecho un Hombre que es Dios, Jesucristo; en el cual no hay más que la Persona divina del Verbo; un Dios que es Hombre, porque además de su naturaleza divina tiene la naturaleza humana.

Este es el misterio de la Encarnación; misterio de un hombre que puede llamarse Dios, porque su Persona es divina.

Ahora bien, el Verbo se hace hombre precisamente para ser sacerdote, porque el fin de la Encarnación es la Redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio.

Hombre y Sacerdote simultáneamente; porque el carácter sacerdotal le viene a Jesús no como algo adventicio y accidental, sino por el mismo hecho de ser hombre. Es substancialmente hombre y substancialmente sacerdote.

En las mismas entrañas virginales de María revistió los ornamentos sacerdotales para ser nuestro Pontífice, dice San Buenaventura.

El Verbo se encarna para redimir; redime por su sacrificio; y sacrifica por su ser y sus funciones de sacerdote.

Encarnación y Sacerdocio, Sacrificio y Redención, son absolutamente inseparables en la realidad objetiva de su ser y de su vida.

Pero Jesucristo, Verbo Encarnado, único sacerdote de la Nueva Alianza, no debía cesar en sus funciones; su Sacrificio, único sacrificio del Nuevo Testamento, debía perpetuarse hasta el fin de los tiempos. Y para este fin, Jesucristo multiplica los milagros de amor: instituye el Santo Sacrificio del Altar y el Sacerdocio católico, cuya misión es renovarlo hasta la consumación de los siglos.

Los sacerdotes de nuestra santa religión católica, al igual que Jesucristo, también son llamados por Dios y elevados entre los demás hombres para representarles oficialmente en sus relaciones con Dios.

Sobre ellos ha venido el Espíritu de Dios, que ha marcado sus almas con una señal característica del sacerdocio de Cristo. Son otros Cristos; como una prolongación de la Persona y del Sacerdocio de Jesús.

Sus oficios se reducen al ejercicio de una sola función, la de mediador. Esto es esencialmente el sacerdote: el mediador entre Dios y los hombres; el hombre de Dios ante los hombres, y el hombre de los hombres ante Dios.

La función principal del sacerdote es la oblación, el sacrificio. Todos los oficios sacerdotales convergen en el altar o derivan de él. Todas las funciones sacerdotales están ordenadas al gran sacrificio de la Misa, centro de la Liturgia, de la Jerarquía, de la predicación, de la misma arquitectura de nuestros templos.

Nada hay más grande en el mundo que Jesucristo; y nada hay en Jesucristo más grande que su sacrificio… Nada, pues, nada, absolutamente nada hay más grande en el mundo que el Santo Sacrificio de la Misa.

Es alrededor del altar del sacrificio que se organiza la Iglesia y se construye la cristiandad. Y para ofrecerlo, para renovar constantemente el sacrificio del Verbo Encarnado, un hombre es consagrado sacerdote.

He aquí la relación íntima entre el misterio que festejamos, la Encarnación del Verbo, y las dos almas por las cuales rezamos.

Los dos queridos difuntos que hoy conmemoramos fueron elegidos por Dios para ejercer la función sacerdotal. Digamos algunas palabras sobre cada uno.

monseñor

El gran mérito de una vida es la unidad. La vida de Monseñor Marcel Lefebvre tuvo una maravillosa unidad, una armonía estupenda. Monseñor Lefebvre pudo haber sido muchas cosas, pues había en él notables dones naturales y muy escogidos dones sobrenaturales; pero todos estos dones de Dios se fundieron en la unidad, y Monseñor Lefebvre fue una sola cosa: Obispo de la Iglesia Católica.

Sus pensamientos fueron episcopales; y episcopales fueron sus palabras, henchidas de prudencia y de luz; episcopales fueron sus obras, fecundas y santas; episcopal hasta su porte exterior, como si el carácter que llevaba en su alma pusiera su sello incluso en los pormenores de su exterior.

Pero ser Obispo no es poca cosa para quien lleva con decoro y santidad la dignidad terrible del episcopado. El obispo es un hombre consagrado para siempre, totalmente y hasta el heroísmo. El anillo que lleva es símbolo de compromiso y de fidelidad a la Iglesia y a las almas.

La virtud propia del obispo es la caridad para con el prójimo. Es un hombre que ama a las almas de una manera exclusiva, tan perfecta, tan heroica, que se entrega y consagra totalmente a ellas.

Así amó y se entregó a las almas Monseñor Marcel Lefebvre. En los 61 años de su sacerdocio y en los 43 años de su episcopado santo y fecundo, esto es, en la mayor parte de su vida, no hizo otra cosa que consagrarse a las almas: les dio su tiempo, su palabra, su sabiduría, sus alegrías, sus sufrimientos, sus penas, sus lágrimas, su sangre…

Pero San Pablo nos enseña que la caridad toma todas las formas: la caridad es paciente, es benigna, aborrece el orgullo, desconoce la ambición, no busca su propio interés, no se irrita, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera… Por lo cual, aunque la caridad es la característica de todos los obispos santos, cada uno de ellos recibe de la caridad un sello especial.

En algunos obispos la caridad es fortaleza, fortaleza indomable, como en Santo Tomás de Cantorbery; en otros es sabiduría, como en San Agustín; en otros elocuencia avasalladora, como en el Crisóstomo; en otros actividad incansable, como en Santo Toribio de Mogrovejo.

¿Cuál fue el sello que puso la virtud episcopal de la caridad en el alma y en las obras de monseñor Marcel Lefebvre?

Ninguna virtud se destacó propiamente en el corazón y en la vida de este santo obispo; porque lo característico en él fue la ponderación de todas las virtudes, la armonía bellísima que existió en su alma y en su vida; a la manera de un canto polifónico magistralmente desempeñado, en el cual no se destaca ninguna voz, sino que sólo se percibe la impresión armoniosa del conjunto.

Cualquiera que lo haya tratado, sea en la intimidad, sea superficialmente, ha sentido esa impresión de armonía, de ponderación; en él no había exageraciones, ni extremos, ni disonancias.

No faltará quien me objete que Monseñor Lefebvre poseía virtudes singulares… ¡Y claro que las tuvo! Fueron como intervenciones del solista, resultantes y complementos de su misma ponderación, resonancias de esa misma armonía, perfume de la flor exquisita de su belleza moral.

Y quiero destacar dos.

Ante todo, la bondad. La bondad consiste, no en dar muchas cosas, sino en dar el corazón, en darlo siempre, en darlo todo, en darlo gratuitamente, en darlo sin esperar retribución.

Y así dio su corazón Monseñor Lefebvre. ¿Quién no recuerda haber recibido muchas veces ese don magnífico? Lo daba al niño, que se acercaba a besar su anillo pastoral; al anciano o al mendigo, que solicitaba su caridad; lo daba a sus amigos… y lo daba a sus enemigos…

Otro perfume de aquella flor de la caridad, era su serenidad, una serenidad que lo acompañó siempre, lo mismo en los momentos de gozo y de triunfo como en los días de tribulaciones. Siempre lo encontrábamos igual, la misma sonrisa en los labios, la misma tranquilidad en el semblante, el mismo acento en su voz episcopal.

Así fue Monseñor Lefebvre, el obispo predestinado por Dios para salvar en el siglo XX el sacerdocio católico y el Santo Sacrificio de la Misa.

padre Raul Sanchez Abelenda1

Pasemos ya al otro sacerdote…

Hemos dicho que el gran mérito de una vida es la unidad. Así como dijimos que Monseñor Lefebvre fue una sola cosa: Obispo de la Iglesia Católica, del mismo modo, podemos decir que el padre Raúl Sánchez Abelenda fue una sola cosa: sacerdote de la única y verdadera Iglesia, la fundada por Nuestro Señor Jesucristo, la Católica, Apostólica y Romana.

El día que se conocieron, aquí en Buenos Aires, allá por julio de 1977, el padre Raúl se presentó a Monseñor Lefebvre en estos términos: “Un sacerdote católico que saluda a un obispo católico”. Eso es todo y define inconfundiblemente a las dos personalidades que hoy recordamos y por las cuales elevamos nuestra plegaria.

Más allá de sus virtudes y de sus defectos, más allá de los elogios y de las calumnias, más allá de los reconocimientos y de los silencios, Raúl Sánchez Abelenda, ante todo y por sobre todo, fue sacerdote de Cristo, sacerdote católico, sacerdote íntegro y cabal.

Jesús, el Verbo Encarnado, al abandonar la tierra para volver al Padre, dejaba sus preciosos dones: su doctrina, sus sacramentos, las almas; y necesitaba de la fidelidad de un amor único para guardar esos tesoros. Por eso, de lo íntimo de su Corazón sacó el misterio del sacerdocio, complemento de todos sus misterios, depósito de todos sus secretos, guardián fidelísimo de todos bienes.
Al igual que a Pedro, al borde del Tiberíades, Jesús pregunta a cada candidato al sacerdocio: “¿Me amas más que éstos?”. Y el padre Sánchez Abelenda, el día de su ordenación, en el esplendor de su juventud, en la plenitud de su fuerza, en la sencillez de su corazón, en el candor de su alma, respondió: “¡Sí, Señor!, Tú sabes que te amo”.

Y su palabra fue sincera, y su promesa brotó de la profundidad de su corazón. Y aunque hubiera sondeado el porvenir y en él hubiera contemplado sus luchas y sus dolores, sus vicisitudes y sus fragilidades, sus alegrías y sus penas, igualmente habría respondido con su confesión de amor; como de hecho lo hizo muchas veces en su vida sacerdotal, cada vez que tuvo que tomar una decisión que comprometía su sacerdocio con todo lo que ello implicaba.
Jesús le había confiado sus preciosos dones: su doctrina, sus sacramentos, las almas; y le exigió la fidelidad de un amor único para guardar esos tesoros.
Por amor a Jesús, por amor a la Iglesia, por amor a las almas, el padre Raúl Sánchez Abelenda conservó íntegra la doctrina católica y preservó de toda contaminación modernista los Santos Sacramentos, especialmente la Santa Misa.

Su gran admiración, su gran sumisión a la verdad fue uno de los rasgos sobresalientes de su personalidad. Nunca se vio al Padre Raúl buscando acomodar la verdad. Nunca buscó adaptarla a lo que llamamos el pensamiento moderno.

Siempre hizo referencia a la enseñanza de la Iglesia, a su Magisterio. Nada más alejado del pensamiento de nuestro querido Padre que el modernismo doctrinal.

Jamás debilitó su fe, la fe católica, porque siempre buscó la Verdad. De allí su gran cualidad, la gran virtud que puede resumir toda su vida: Fidelidad.
Fidelidad en las cosas de Dios, fidelidad en la doctrina integral, fidelidad en las consecuencias…, lo que le llevó a no traicionar jamás la Misa católica y su Sacerdocio Católico, para cuya celebración fue instituido.

Así fue el padre Raúl Sánchez Abelenda, el sacerdote argentino predestinado por Dios para salvar en el siglo XX el Santo Sacrificio de la Misa; para guardar también él, aquí en nuestra Patria, el grano de mostaza de la Cristiandad; para conservar la filosofía tomista y la teología tradicional; para enseñar y mostrar a los católicos, los magnánimos y los pusilánimes, cómo debe plantarse un católico cabal frente a los enemigos de la Iglesia.

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Ambos, el Arzobispo misionero y el Sacerdote intelectual, cada cual con las características propias de su temperamento y carácter, sobresalieron como testigos de Dios ante un mundo que ha perdido el sentido de lo divino y vive en el más impresionante ateísmo y en la más absurda idolatría, la del humanismo.

Ambos se presentaron como defensores del orden sobrenatural en medio de un mundo que cree bastarse a sí mismo y se ha empeñado en alcanzar su fin prescindiendo de Dios.

Ambos elevaron su voz en medio del desierto del mundo moderno, recordando los valores espirituales, predicando al único Dios verdadero y condenando las falsas religiones.

Para condenar el panteón de Asís, proclamaron que quien no honra al Hijo no honra al Padre; y para refutar la tristemente famosa expresión “tenemos el mismo Dios que los musulmanes y los judíos”, recordaron que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Hoy, cuando los hombres de la Iglesia ya no se inmolan por la Verdad, sino que inmolan a la misma, ellos dos se manifestaron siervos y predicadores de la Verdad, lo cual constituyó para ambos un verdadero martirio moral.

Imperando en la Iglesia un espíritu de ruptura con la Tradición, supieron conservar el depósito de la Fe y mantener las tradiciones. Mientras muchos que ostentan autoridad en la Iglesia no soportan más la sana doctrina, ellos enseñaron lo que siempre, en todas partes y por todos ha sido creído en la Iglesia.

Convencidos de que es necesario el reino de Cristo y la restauración de todas las cosas en Él, se constituyeron en paladines de la realeza social de Jesucristo.
Apremiados por la caridad de Cristo y sabiendo que no hay concordia posible entre Cristo y Belial y que no puede haber restauración católica de la sociedad sin el Sacrifico de Cristo, preservaron el Santo Sacrificio de la Misa en su rito Romano auténtico.

Su catolicidad tuvo el brillo incomparable de la Romanidad. Hombres de Iglesia y por la Iglesia, amaron entrañablemente a la Roma Católica y al Sumo Pontificado; y por eso sufrieron al ver el honor de la Ciudad Eterna y de la Sede de Pedro pisoteado por los enemigos de la Iglesia y humillado por aquellos mismos que la ocupan.

Ya Dios les habrá recompensado tanto amor y tanto servicio. La historia, tal vez, reconocerá algún día su labor por Jesucristo, por la Iglesia y por las almas.

Mientras tanto, para quienes los conocimos y nos beneficiamos de su sacerdocio, e incluso de su amistad y afecto, sólo nos cabe una pregunta y una actitud conforme a la respuesta que demos:

La pregunta: ¿Dónde estaríamos hoy si Monseñor Lefebvre no hubiera fundado la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y si el Padre Raúl Sánchez Abelenda no hubiese sido fiel a las promesas del día de su ordenación sacerdotal?

¿Dónde?

Sabemos dónde estamos…; ¿podemos imaginar dónde estaríamos si ellos no hubiesen sido puestos en nuestro camino por la Providencia?
La actitud: ante todo, agradecimiento; profundo agradecimiento, que haga elevar una plegaria por sus almas; y después, fidelidad; fidelidad inquebrantable a lo que ellos nos transmitieron y enseñaron.

Tal vez para muchas almas, su salvación dependa de nuestra fidelidad. Que Dios, Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen María, la Iglesia y las almas nos encuentren dignos de imitar tales modelos sacerdotes. Amén.

Padre Juan Carlos Ceriani

padre Raul Sanchez Abelenda2Sermón para la Misa Aniversario

A los seis meses de su fallecimiento

25 de agosto de 1996

Recordamos en esta Santa Misa y encomendamos a la misericordia de Dios el alma de nuestro querido Padre Raúl Sánchez Abelenda, a los seis meses de ser llamado al Tribunal del Justo Juez.

Quisiéramos hacer en pocas palabras una semblanza sacerdotal suya, evocar su ejemplar recuerdo.

Lo conocimos hace diecinueve años…, el año de la primera visita de Monseñor Lefebvre a nuestra Patria…, durante la Misa que celebrara en una quinta en las afueras de Buenos Aires.

Mientras Monseñor cantaba la Misa de siempre, la Misa de nuestra niñez, la Misa de Dios…, el Padre -sentado en una silla en el parque, confesaba…, y nosotros, como penitentes, laicos todavía, escuchábamos sus palabras llenas de consejos bondadosos y recibíamos de él la absolución de nuestros pecados en nombre de Cristo.

Desde entonces lo hemos tratado, no con la frecuencia que hubiéramos querido, pero sí lo suficiente para animarnos a decir que era un hombre de Dios, entregado primera y principalmente a la vocación para la cual Dios lo separó de los demás hombres, ser sacerdote…

“Un sacerdote católico saluda a un Obispo católico”. Estas palabras que el mismo Padre, con legítimo orgullo, nos contara que utilizó al entrevistarse por primera vez con Monseñor Lefebvre en aquella visita a la Argentina del año 1977 de que hablamos, creemos que definen al Padre Sánchez y nos lo muestran en su misma esencia.

Esta afirmación no fue fugaz u oportunista, sino la expresión sincera y cabal de lo que era. Él fue, ni más ni menos, eso: “sacerdote de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana”.

“Tu es sacerdos in aeternum”, palabras que utiliza la Iglesia en su Liturgia, son palabras verdaderas a partir del instante en que el Obispo impone las manos al neosacerdote…, y el Padre Sánchez lo fue, lo es desde aquel 19 de diciembre de 1953 en que recibiera la dignidad más grande a que puede aspirar un hombre sobre la tierra…
¡Ministerio grande, lo llama el ritual de ordenación!

Durante más de cuarenta y dos años vivió totalmente, plenamente su sacerdocio, para gozar ahora, es lo que deseamos para él, sacerdotalmente y por la eternidad, de la visión de Dios.

El sacerdocio era el motor de su vida, profusa y dilatada, sino en tiempo, en mérito y coraje.

Dotado de grandes cualidades, supo anteponer todas las ventajas que estas le abrían, a su amor, esencial, al deber primero de todo sacerdote: la Santa Misa, la celebración del santo Sacrificio del Altar tal como él lo aprendió en su seminario, tal como lo realizó y enseñó siempre la Iglesia.

Más de una vez le escuchamos contar aquél diálogo que testimonia, avala su adhesión, jamás disminuida, a la Misa de siempre: cuando vinieron los cambios traídos por la mentalidad liberal y modernista del Concilio, el Padre Sánchez siguió celebrando la Misa según el rito multisecular de la Iglesia, y al preguntarle su parecer al Padre Julio Meinvielle, su maestro intelectual y conductor espiritual durante largos años, recibió aquella acertada respuesta: “Haces bien, haces bien”.

¡Sí, él hizo bien!, como el siervo del Evangelio que encuentra un tesoro, va y vende todo lo que tiene para conservarlo (Mt.13, 44 y s.). Porque la Misa tradicional es el gran tesoro, el más grande que Cristo puedo dejarnos y el Padre Sánchez Abelenda supo despreciar ofertas y ventajas para no perderlo…

Tesoro del todo celestial, que cubre las debilidades que todos tenemos…, y de las cuales el Padre no estuvo exento.

Algunos supieron criticarlo por esas sus debilidades, olvidando que el sacerdocio no quita la naturaleza…, que el sacerdote sigue siendo hombre, y por eso no está exento de ser tentado y de caer…

Pero aun en eso, el Padre Sánchez nos dio lección, volviendo a levantarse con arrepentimiento y humildad.

Nunca fue un tibio, por el contrario; tenía un temperamento fogoso y luchador, y por sus convicciones inconmovibles, por su fe íntegra, inteligente, robusta y valiente, rechazó de plano la liturgia desacralizada, la democratización de la Iglesia, el ecumenismo y la libertad religiosa que contaminó y contamina la Iglesia -como él mismo dijera alguna vez-, “desde la revolución demoníaca del Vaticano II…, que pulveriza toda la doctrina dogmática moral y jurídica de 2000 años de Iglesia”.

Conocedor profundo de Santo Tomás, y Romano en todo su ser, descubrió y combatió, desde el inicio, desde el púlpito y la cátedra, con la palabra y por escrito, los errores modernistas con los cuales jamás transigió.

Es que en el Padre Sánchez Abelenda había coherencia: porque conservó la Misa, conservó la doctrina; porque conservó la doctrina, conservó la Misa.

Y así supo decir también que NO al canto de sirenas de alguna jerarquía eclesiástica, que, prometiéndole lugares y horarios, pretendían alejarlo de la adhesión a Monseñor Lefebvre y su obra, la Fraternidad San Pío X…

Él comprendió lo insidioso de la oferta, la trampa que se le tendía, el riesgo en que se ponía: callar la verdad y, a la larga, perder el tesoro de la Misa; en suma, negar su sacerdocio, negar a Cristo…

Por eso, haciendo suyas las palabras del Evangelio “Aquel que persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt.24, 13), prefirió continuar la lucha desde esta Capilla, nueva catacumba del siglo veinte, en esta persecución no sangrienta pero sí más terrible y despiadada que hoy debemos soportar… Porque se persigue lo que siempre se hizo en la Iglesia, lo que siempre se predicó…, porque se hace desde el seno mismo de la Iglesia…

Y si conservó la Misa y la Doctrina, también conservó el Breviario de siempre, la otra poderosa arma del sacerdote católico, el medio por el cual el sacerdote se hace íntimo de Dios ocho veces al día, alabándolo con la oración pública de la Iglesia, penetrando sus misterios, bebiendo la doctrina de los Padres y Doctores, las enseñanzas del Magisterio.

¡El Breviario! fuente de gracias celestiales para él y para su apostolado… ¡Cuántas veces, visitándolo dos o tres día antes de un domingo, lo hallamos preparando su sermón leyendo, rezando su Breviario, en el que encontraba la inspiración para sus profundas, briosas y variadas predicaciones!

Amaba su sacerdocio, la Misa, el Breviario…; y amaba entrañablemente la Iglesia, la única Iglesia verdadera, fuera de la cual no hay salvación, la que veía hoy transformada en una iglesia gnóstica y cabalística, herramienta de la masonería, el judaísmo diabólico, que ha removido el “obstáculo” para la venida del Anticristo.

Sirvió a la Iglesia sirviendo a la verdad con honestidad absoluta, luchando sin tregua por el Reinado Social de Jesucristo.

Y amaba las almas como las ama Cristo, siempre atento, pronto para estar al lado del necesitado de recibir el Sacramento del perdón, o el que abre las puertas de la eternidad, el que contiene el Pan bajado del Cielo, al mismo Salvador…

Y lo mismo podemos decir de su amor a la Patria, que fue como una consecuencia natural de su sacerdocio católico: siempre estuvo presente donde el Nacionalismo -verdadera expresión católica de la Patria- debía hacer notar su existencia.

Ciertamente, sufría el estado de postración de nuestra Nación, fruto de un siglo y medio de traiciones…

Sin embargo, nunca fue un hombre amargado triste, y mucho menos que desesperara por estos males. Como sacerdote católico y como buen argentino, tenía esperanza, estaba convencido de que las puertas del infierno no prevalecerán…, porque creía en la restauración de la Patria sobre los fundamentos occidentales y católicos que le dieron el ser, porque tenía una confianza ilimitada en la Madre de Dios.

¡Destaquemos, sí, de manera particular esta su devoción a Nuestra Madre del Cielo del Padre Sánchez Abelenda!

Ella es como la característica singular, la nota destacada de su sacerdocio…
Cuántas veces lo hemos visto conmoverse hasta las lágrimas -y conmovernos de igual manera a nosotros- al hablar de la más Santa de todas las creaturas, al hablar de la Santísima Virgen con una confianza de niño, que no era sensiblería, sino testimonio de un amor profundo que brotaba de su alma vigorosa y sencilla a la vez.

En estos tiempos de apostasía, a Ella le aseguraba el triunfo final en la Iglesia, en nuestra Patria, en el mundo entero. Porque conocía la fuerza de aquellas palabras que la Iglesia afirma de la Virgen en su Liturgia “Alégrate, Virgen María, porque tú sola has derrotado todas las herejías en el universo mundo”, porque creía en aquellas otras que la misma Virgen pronunciara en Fátima: “Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará”.

El Padre Sánchez Abelenda se ha ido, antes de lo que muchos pensábamos, antes de que nosotros pudiéramos aprovechar más y mejor de su ciencia, de su sacerdocio, y lo aceptamos porque fue la voluntad de Dios.
Pero podemos decir -y no es metáfora para quienes sabemos valorar lo que dejan quienes nos precedieron- que se fue solo en el cuerpo, porque su alma, siempre joven como su fe, su esperanza, siempre antigua porque jamás dudó ni fue derrotada, quedan entre nosotros como testimonio y ejemplo para el buen combate.

Esa es la enseñanza que nos dejó a nosotros sacerdotes; a todos por su caridad grande, virtud esta sí que permanece en él para gozar del Dios que le dio la vida, y para interceder por la Iglesia, en la que recibió y desarrolló con plenitud su sacerdocio; por la Patria, que fue su cuna; por nosotros que pudimos gozar con su amistad.

Pidamos a la Virgen Santísima que obtenga para él, de su Hijo, si no lo ha obtenido ya, el premio merecido a su fe, a su sacerdocio, a su integridad.

Así sea
Ave María Purísima