REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – EL JUICIO PARTICULAR

Diego Santos Lostado y Calderón

SEGUNDA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

EL JUICIO PARTICULAR

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Væ etiam laudabili vitæ hominum si remota misericordia discutias eam!

¡Desgraciada del alma misma, que parece más justa, si vos Dios mío, la juzgáis con rigor! (San Agustín)

 

Temeroso es por cierto presentarte, alma mía, en el tribunal de aquel recto Juez, de cuyos labios está pendiente la última suerte del hombre; de aquel Juez que te presentará tus culpas, no como las ven ahora tu ignorancia, tu pasión, tus pretextos vanos, o tu falsa conciencia, sino a la luz de la verdad como son en sí mismas.

¡Temeroso es por cierto! Pero siendo preciso entrar en cuentas con Dios, si yo callase ahora por temor, lloraría sin duda algún día tal silencio. Nací, pues; y la muerte ha de llegar; ha de llegar, y en aquel instante mismo, tú, alma mía, dejarás esta tierra de corrupción en que moras, y volarás por regiones desconocidas a buscar tu eterno destino.

Mas, antes que así suceda, quiero prever el peligro que puedo hallar en esta separación, y prevenir el remedio. Quiero escuchar antes la voz de aquel santo Profeta que me dice: no subirás al monte del Señor, si vienes con las manos manchadas, y no traes el corazón limpio.

¡Espantosa voz que me estremece al ver la impureza de las mías, pero que no me desespera! No, no desespero, Jesús mío; pues aunque conozco que soy grandísimo pecador; también sé, que sois incomparablemente mucho más compasivo; tanto, que Vos podéis numerar y pesar mis pecados; pero nadie puede medir la extensión de vuestra misericordia.

Mas, como también sé que la severidad de vuestra justicia arroja de los Cielos, por un solo pecado, a los espíritus angélicos que se rebelaron contra Vos, vuelvo a sondear mi corazón, y viendo que no hay en él un lugar que no haya ocupado el vicio, temo justamente oír de Vos estas terribles palabras, semejantes a las que, en otra ocasión, oyó el Rey Jorán por boca de Eliseo: ¿Qué tienes tú que ver conmigo? Ve a esos ídolos a quienes has ofrecido esa alma que salió limpia de mis manos para que así me la entregaras, y pídeles que borren las manchas que contrajo en la Piscina del pecado; ve que te indulten del infierno que mereces; vete de mi presencia para siempre.

¡Oh qué turbación! ¡Qué temor! ¡Qué desastrada suerte! ¡Qué horroroso destino! ¡Qué desesperación, si llegases a oír, alma mía, voz tan espantosa!

No, Dios de bondad, no uséis de tal rigor con esta miserable criatura, supuesto que vive todavía, y puede, conmovida por vuestros eficaces auxilios, lavar con sus lágrimas aquellas manchas que han desfigurado la hermosura de su alma.

Escuchad, Señor, estas humildes preces; abrid estos ojos cerrados tanto tiempo, para que vean brillar sobre mí el cuchillo de vuestro furor, y bajo de mis pies el volcán del abismo, por si movido, al menos, de este servil temor puedo aprender a morir, y evita que tu brazo irritado descargue sobre mí terrible golpe que merecen mis iniquidades.

Ya ves, alma mía, como tu felicidad tu desgracia eterna penden de aquel solo momento en que dejas la tierra que te cubre, que si antes no te lavas y purificas en las cristalinas aguas que dejó el Señor con este designio, preciso es que salgas manchada y llegues a tan supremo tribunal en tal estado que, infaliblemente, ha de caer sobre ti la severa sentencia que acabas de escuchar.

Pues supón, alma mía, por un instante que habiendo despreciado estos avisos del Cielo, continúas en tus vicios, llegas a la obstinación, y que abandonada de Dios no pueden ya volver tus ojos a mirarle. Considérate en este estado, el más infeliz para el hombre, y que repentinamente viene la muerte, da golpe, y te hallas en aquel momento delante de Dios para ser juzgada; delante de un Dios que siendo Padre de las misericordias, es entonces para ti un juez inexorable que tiene apurado ya, sobre tus pecados, todo el rigor de su irritada justicia.

Reflexiona que ya estás en medio de aquel angélico espíritu que te dio el Señor para defenderte y ayudarte en la conquista de tu patria, y el infernal enemigo tuyo que logró desterrarte de ella; que aquel enmudece al ver que fuiste una vil desertora de la virtud y despreciaste la felicidad a que te conducían sus cuidados; y que este te acusa, no sólo de los enormes pecados con que vas cargada, sino también de las buenas obras que omitiste hacer, y de las que hiciste mal.

¡Oh, alma mía, ya estamos en un paso más amargo que la misma muerte! Ya nos hallamos en aquel santuario de la eterna justicia, donde las almas más puras son examinadas con rigor, y donde se aterran y tiemblan delante de su Juez; porque saben por boca del Espíritu Santo, que hay caminos que parecen rectos al hombre, y en la realidad son veredas del infierno.

El justo y paciente Job temblaba aun de sus más santas acciones; porque conociendo que habían de ser juzgadas por Dios, temía que tan sabio y recto Juez hallase materia para castigarle, en el mismo alegato que él había de hacer para justificarse. Y si a este justo estremece semejante pensamiento, antes que llegue la hora del Señor y de su venganza, ¿cuál debes estar tú, alma mía, suponiendo que ha llegado ya para ti; que pasando estás por la severidad del juicio, y que no esperas ya otra sentencia que la que oyeron, oyen y oirán todos los enemigos de Dios?

¡Ay! ¡Este sí que es el lance más terrible del hombre! Todos los tormentos que pueden hallarse en los anales de la tiranía son suaves, son nada, comparados con el que padece un alma al sentir aquel grito espantoso del Omnipotente con que la arroja de sí y hunde en el abismo.

Y entonces, alma infeliz, ¿qué recurso te queda? ¿Qué esperanza ya, después de juzgada? ¿A quién has de acudir que te defienda? ¿A qué otro tribunal has de apelar? ¡Ah! Ya no hay remedio; todas las puertas están cerradas; el decreto de Dios es justísimo, es irrevocable, es eterno. ¿Clamarás? En vano; pues ni todos los bienaventurados, ni todos los santos más cercanos a Dios, ni los espíritus angélicos, ni aquella piadosísima Madre del mejor Hijo escucharán tus clamores; de todos serás desechada; todos te dirán a una voz, ya pasó el tiempo de la clemencia.

¿Qué viene a ser esto, alma mía? ¿A dónde nos ha llevado la imaginación? ¿En dónde estamos? ¿Qué tribunal es este tan diferente de los que ves en la tierra? Si en él se turba y confunde el justo, ¿cómo puede hallar sosiego, el delincuente? Y si apenas aquel se salvará, ¿qué temor no deberá tener este?

Temamos, alma mía, temamos; mas no desesperemos, pues aunque la conciencia diputada por Dios para juzgarte, está ya en su tribunal y te adelanta la sentencia, todavía estás tú dentro de mi cuerpo, y puedes santificarte, si lloras y detestas tus pecados, y esperas de Dios esta gracia.

Pecador fue el Apóstol Pedro; pero conoce su yerro, se arrepiente, llóralo toda su vida y queda purificado. Pecador fue Dimas; y con un acordaos de mí, Señor, en vuestro reino, le torna Dios un justo. Gran pecador fue Saulo, pero después grande Apóstol, grande defensor de las verdades eternas, gran santo.

Así, pues, no desconfíes, alma mía, de la misericordia del Señor; porque si por desgracia llegases a desconfiar, un tal pecado sería el más enorme de cuantos has cometido. Bien sé que todos ellos han costado lágrimas al Cielo; pero también sé que si los detesto y los lloro, mi conversión causará en él tanta alegría como la perseverancia del justo.

Alentémonos, alma entristecida, y esperemos en el Señor; pues aunque nuestras maldades hayan excedido a cuanto puede numerar el pensamiento, si llevamos a sus pies un corazón contrito y humillado, nos recibirá y tratará con tanta benignidad, como si jamás le hubiésemos ofendido.

Esta es verdad tan infalible, como pronunciada por el mismo Jesucristo; promesa que siempre ha cumplido y cumplirá hasta la consumación de los siglos; esperanza que dejó al pecador para volver a su gracia.

Pero, ¡ay Dios mío! Si no os dignáis de dirigir hacia mí una mirada tierna, como a Pedro; una gracia eficaz, como a Dimas, una voz tan poderosa, como a Saulo, ¿qué puede hacer que os agrade, un miserable como yo? ¿Un envejecido pecador que, olvidado de sí, y de vuestros beneficios, ha pasado sus días como un gentil?

¡Oh vida pasada! ¡Oh tiempo perdido! ¡Quién pudiera resarcir hasta los instantes que neciamente desperdicié! ¿Pero en dónde están ya estos? Pasaron ya; y ya no hay más recurso que aprovechar todos los que me queden de vida.

Esforcémonos, alma empobrecida, en atesorar como el justo aquellos preciosos bienes que pueden sacarte de tanta miseria, y llevarte a tu patria, tan pura, que cuando te presentes a juicio puedas decir al rival que te acuse, mis culpas sólo existen ya en mi arrepentimiento; mis virtudes están conmigo.