LAS ABEJAS

“La abeja es más honrada que otros animales, no porque trabaje, sino porque para los demás lo hace”. San Juan Crisóstomo. Homilías

abejaHace algún tiempo, tenía la costumbre de asistir a la Santa Misa en una capilla donde el tabernáculo precioso y candeleros de oro fueron diseñados artísticamente con abejas de oro. Ignorando por qué aparecen estos extraños insectos en los objetos sagrados para ser usados en la Santa Misa, pregunté a un sacerdote al respecto; y me dijo que las abejas son un símbolo de la Iglesia.
Más tarde me encontré con un texto de San Juan Crisóstomo en el que de alguna manera confirmó la explicación cuando escribió: “La abeja es más honrada que otros animales, no porque trabaje, sino porque para los demás lo hace” (Homilía 12).

Por lo tanto, me di cuenta de que las abejas, como el clero y los religiosos y religiosas en la Iglesia, trabajan sin descanso por el bien común de la colmena y obedecen sin lugar a dudas a sus superiores, y sobre todo a su reina.

La abeja es también un símbolo de la sabiduría, ya que recoge el néctar de muchas flores y lo convierte en miel nutritiva y agradable, que es el “oro” de las abejas. Debemos hacer lo mismo, tomar todo lo que podamos y transformarlo a través de nuestro trabajo en un elemento superior, útil para nosotros y nuestro vecino.

El simbolismo de las abejas también significa la forma en que la Iglesia genera sus frutos espirituales porque las abejas son vírgenes, ya que no tienen ningún contacto sexual. En la misma medida que la Iglesia da gracias a través de la pureza de sus sacramentos divinos, así las abejas nos dan la miel y la cera por el trabajo de sus cuerpos puros.

Esta es la razón por la que la cera, es considerada como el fruto de un trabajo de parto virginal, y es digna para consumirse en las velas en el altar de la ofrenda del Santo Sacrificio.

La miel, por lo agradable al paladar, es un símbolo de la dulzura espiritual y la elocuencia religiosa. Por esta razón, la colmena es un emblema de San Ambrosio y de San Bernardo de Claraval, dos doctores, que la Iglesia llama Mellifluus, es decir, con una elocuencia tan suave y “dulce como la miel.”

Al igual que los católicos caritativos, las abejas producen buenas obras para su vecino en todo momento por la polinización de las plantas para la alimentación, la belleza y la calidad del aire, por lo que es necesario para la supervivencia de otros.

El simbolismo va en relación con la Iglesia. De hecho, las abejas trabajan sin descanso y dan sus vidas sin vacilación por el bien de la colmena. Con fuerza combaten contra los enemigos de la colmena. No sólo la colmena, sino también la miel, sobre la que depende su vida, es protegida vigorosamente. Cuando hay de extinción por el calor, se aferran a la parte exterior de la colmena y baten sus alas sin descanso para enfriarla y mantener la miel. Muchas abejas mueren cuando esto sucede.

Se trata de un fenómeno natural maravilloso y único que significa otros fenómenos maravillosos y únicos de la Iglesia católica: sus miembros militantes, sus apologistas y sus mártires; ellos dieron sus vidas por el bien de la Iglesia, y su sangre se convirtió en la semilla para el crecimiento vibrante, como sucedió muchas veces en la historia.

La supervivencia de las abejas depende de una reina y de su incuestionable obediencia y lealtad a ella, al igual que todo lo que somos absolutamente dependientes de Nuestra Señora, la Reina del Cielo, para nuestra salvación eterna y nuestra protección contra el mundo, la carne y el diablo.

Las abejas instintivamente observan un gran respeto por su autoridad, de modo tal que nadie se atreve a salir de la colmena a pulular en otros pastos, a menos que la reina haya salido delante.

Las abejas, siempre vigilantes, protegen a su reina y colmena -como debemos proteger nuestra Reina y nuestra Iglesia- al precio más alto, e instintivamente lo consideran un deber de morir por ellas.

Las abejas en la Laus Cerei

La importancia del Cirio Pascual, solemnemente encendido en la Noche Santa, se evidencia por el amplio espacio que le dedica el antiguo himno del Exultet, que anuncia el glorioso evento de la Resurrección de Jesús. Es por eso que, en la historia, estos himnos pascuales eran llamados Laus Cerei.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.
Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.
¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!
Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

En este pasaje del Exultet (o Pregón Pascual) se hace referencia dos veces a las abejas que producen cera con la que se confecciona el cirio y se alimenta la simbólica llama.

Las abejas en la Biblia

La abeja es el símbolo de la laboriosidad, del trabajo incansable, del fervor, como se lee en el texto griego de los Proverbios: “O dirígete a la abeja y aprende qué trabajadora es y qué trabajo noble realiza. Sus trabajos reyes y plebeyos consumen para una buena salud y es deseada y estimada por todos. Aunque es frágil en su fuerza física, por haber honrado a la Sabiduría, es respetada” (LXX. Pr. 6, 8).

La abeja es también símbolo de organización y de método en el trabajo para construir el nido y producir la miel y la cera; es también el símbolo de la bondad que va más allá de las apariencias: “Pequeña entre los que vuelan es la abeja, mas lo que ella elabora es lo más dulce” (Si 11, 3), por eso fue también interpretada como imagen de Israel o la Virgen María.

La miel, fruto del trabajo de las abejas, es un don de la bondad y la predilección de Dios: “lo saciaría con la miel de la peña” (Sal 81, 17); símbolo de la dulzura de los juicios de Dios que son “más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Sal 19, 11); símbolo del amor: “Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua” (Cnt 4, 11); símbolo de la tierra prometida, “una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 8; 3, 17; 13, 5 Et al.); también el “maná”, alimento bajado del cielo para aliviar el camino de Israel en el desierto, “con sabor a torta de miel” (Ex 16, 31); la miel es el alimento de los consagrados a Dios como San Juan (Mt 3, 4) y como el niño Mesías anunciado por Isaías que “Cuajada y miel comerá” (Is 7, 15).

Las abejas y los Padres de la Iglesia

Los Padres de la Iglesia, sensibles a las metáforas extraídas de la vida cotidiana y la naturaleza, han hecho referencia muchas veces a las abejas en sus homilías y catequesis.
La laboriosidad y eficacia de la abeja es alabada por San Clemente Alejandrino: “La abeja chupa las flores de toda una pradera para sacar una sola miel”.
Teolepto de Filadelfia cita a las abejas como un ejemplo a seguir, un modelo para la vida de las comunidades monásticas: “¡Imiten la sabiduría de las abejas!”.
San Ambrosio de Milán compara la Iglesia con una colmena donde las abejas (los cristianos) trabajan con fervor y fidelidad buscando y obteniendo, lo mejor de cada flor: la miel.
También San Bernardo de Claraval habló de las abejas considerándolas un símbolo del Espíritu Santo que vuela y se alimenta del perfume de las flores.
La abeja es también considerada imagen de Cristo por su miel pero también por su aguijón: es la misericordia (dulzura) unida a la justicia (fuerza).
Para Orígenes el agua sacia al peregrino durante el camino en el desierto, pero llegado a la meta, la miel es el alimento de la riqueza y la victoria, es el sustento de los místicos, el dulce alimento prometido.

El papa Pío XII sobre el papel de las abejas

panal_2También el papa Pío XII ha dedicado elogios a las abejas, a su organización y a los frutos de su trabajo; lo hizo el 22 de septiembre de 1958 en un discurso a los participantes al 17º Congreso Internacional de Apicultores convenidos a Roma para el evento.

En esa ocasión, el Papa definió el mundo de las abejas como un mundo sorprendente para la mente humana que, desde la antigüedad, expresa interés y curiosidad por estos laboriosos insectos. De la actividad de las abejas –subrayaba el Papa Pacelli– los hombres obtienen numerosos beneficios.

Antes incluso de hablar de la miel (“el producto más característico” de “valiosas propiedades nutritivas”), el Papa habló de la importancia de la cera, obra de estas “incansables trabajadoras”.

“Si consideramos que las velas, destinadas al uso litúrgico, deben ser confeccionadas –completamente o en su mayoría– por esta cera, debemos admitir que las abejas ayudan de alguna manera al hombre a realizar su deber supremo: el de la religión”.

La perfecta organización de la sociedad colmenar (una “ciudad industrial donde se trabaja asidua y ordenadamente”) ofrecía a Pío XII la ocasión para una reflexión sobre la sabiduría e inteligencia divinas.

Si la ciencia reconoce en la sociedad de las abejas una extraordinaria capacidad organizativa y una incomparable precisión matemática, la filosofía debe excluir que la inteligencia que vuelve posible esta sorprendente realidad sea la de las abejas (incapaces de entender y de progresar sino sólo de obedecer a un instinto innato): el origen debe buscarse en otro lado.

“¿A qué conclusión llegar sino a que la inteligencia que dirige la organización de la colmena y la vida de las abejas es la de Dios, que ha creado el cielo y la tierra, que ha hecho germinar las hierbas y las flores y ha dotado de instinto a los animales? Nosotros los invitamos, queridos hijos, a ver la obra del Señor en la colmena, frente a la cual nos maravillamos.

Adórenlo, por lo tanto, alábenlo por este reflejo de su divina sabiduría; por el cirio que se consume en los altares, símbolo de las almas que desean arder y consumarse por Él; alábenlo por la miel, que es dulce, pero menos que sus palabras, que el salmista define ‘más dulces que la miel’ (Sal 119, 11)”.

Al final del discurso, el Papa animó a los apicultores a reforzar su fe deseándoles que llegaran a saborear la dulzura de la miel prometida por el Señor:

“Queridos hijos, que estudian el mundo misterioso y maravilloso de las abejas, saboreen y vean, en la medida de lo posible aquí abajo, la dulzura de Dios. Un día saborearán y verán en el Cielo que el océano de su luz y su amor eternos es infinitamente más dulce que la miel”.
Algunas frases más:

San Francisco de Sales:

“Cuando la abeja ha recogido el roció del cielo y el néctar de las flores más dulce de la tierra, se apresura a su colmena. De la misma forma, el sacerdote, habiendo del altar al Hijo de Dios (que es como el rocío del cielo y verdadero hijo de María, flor de nuestra humanidad), te lo da como manjar delicioso”

San Cirilo de Jerusalén:

“Así como dos pedazos de cera derretidos juntos no hacen más que uno, de igual modo el que comulga, de tal suerte está unido con Cristo, que él vive en Cristo y Cristo en él.”

Juana Inés de la Cruz:

“De la más fragante rosa nació la abeja más bella, a quien el limpio rocío dio purísima materia.”

Proverbios 16: 24:

“Panal de miel son las palabras amables; delicia del alma y medicina de los huesos.”

Fuentes:
http://www.traditioninaction.org/religious/f018rp_Bees_Kitt.htm
http://es.aleteia.org/2015/05/11/las-abejas-el-cirio-pascual-y-pio-xii/3/