Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 2ª de Cuaresma

Sermones-Ceriani

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.
Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo.
Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

De este episodio de la vida de Nuestro Señor Jesucristo sólo me detendré este año en la frase que dice: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle; y más particularmente en esas dos palabras latinas ipsum audite… escuchadle.

Estas palabras del Eterno Padre son la confirmación de la confesión de San Pedro seis días atrás. Esta voz del Padre es la aprobación de la Pasión del Hijo.

Para que los Apóstoles confiasen en Nuestro Señor y no temiesen seguir a Jesús en las persecuciones, en los tormentos, en la muerte, así como en las tentaciones, pruebas y cruces, les dice: escuchadle.

Esta voz divina, voz que se oye en medio de una espléndida teofanía, que se oye en un momento en que en la cumbre del monte se halla representada toda la historia religiosa de la humanidad, esta voz del Padre es la consagración de la suprema ley del cristianismo: la ley de las humillaciones y del dolor para llegar a la gloria… Antes de llegar al monte elevado es necesario pasar por el monte de Getsemaní y por el monte Calvario… No hay glorificación sin agonía y cruz.

Esta voz divina es también la condena anticipada del vergonzoso ecumenismo hodierno, de todo naturalismo y humanismo. Mientras Dios Padre nos manda escuchar a su Hijo bienamado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias, la sociedad moderna escucha y sigue a aquellos que no pueden salvar.

¡Y cuántas veces nosotros mismos ponemos nuestras esperanzas en tal o cual hombre!

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Ipsum audite El Mesías debía ser Maestro de los hombres.

Es un hecho la elevación de nuestros primeros padres a un orden sobrenatural que importaba, por lo que al pensamiento respecta, la revelación, por parte de Dios, de un cúmulo de verdades que el hombre por sí solo jamás hubiese podido alcanzar.

El pecado acarreó sobre el hombre toda clase de ruinas; pero la primera de todas fue la ruina de su inteligencia.

Dios no sustrajo del pensamiento del hombre las divinas verdades que en él había depositado; pero la falta de comunicación directa con Dios, la profunda herida que en su parte superior recibió el hombre y las mismas pasiones que se sustrajeron al dominio de la razón, fueron las causas de que se adulterara y perdiera la revelación primera y de que al imperio de la verdad, clara y plena, sucediera el reino del error.

No dejó Dios, en el decurso de la historia, que pereciera por completo su verdad, ni dejó a la humanidad entregada a sus solas fuerzas. Dios se hizo un pueblo, el de Israel, con el que mantuvo comunicación constante durante varios siglos, revelando su verdad divina a los Patriarcas y Profetas, que a su vez la comunicaban al pueblo.

De este modo se mantuvo la noción del Dios verdadero y las obligaciones del hombre para con Él, hasta que llegase la plenitud de los tiempos prometidos, en que viniese a la tierra el Enviado de Dios y llenase otra vez personalmente de la divina verdad el pensamiento humano.

Esta es la exigencia fundamental del magisterio del futuro Mesías. La redención importa la restauración del orden primero: y la restauración no era posible sin que se reanudara otra vez la relación intelectual del hombre con Dios, porque la inteligencia es la facultad fundamental y normativa de la vida del hombre.

Al magisterio circunstancial de los enviados de Dios debía seguir el magisterio del Doctor por antonomasia que había Dios de enviar en su nombre a los hombres.

El Mesías había de ser la culminación de este magisterio, que debía ser lleno y definitivo. Después de la revelación del Nuevo Testamento ya no habrá más revelación que la que Dios haga de Sí mismo a sus elegidos en el reino de la verdad, absoluta y eterna.

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En los siglos premesiánicos era un anhelo universal el de la venida de un Maestro que disipara las tinieblas del pensamiento humano.

La institución del profetismo no fue más que supletoria y preparatoria del magisterio universal y eterno del Maestro divino que debía venir al mundo.

Tan arraigada estaba la convicción del magisterio del Mesías entre el pueblo judío que, cuando se acercan los tiempos mesiánicos, se espera una explosión de la verdad que llene con su claridad el pensamiento del hombre.

La voz de la Samaritana, en su coloquio con Jesús, es la voz apremiante de todo Israel: Sé que llega ya el Mesías, que se llama Cristo, y cuando Él llegue, nos lo declarará todo.

En el Evangelio, el primer aspecto que se nos ofrece es el de Jesús Maestro. Los discursos de Jesús ocupan en ella las tres cuartas partes.

Los más clamorosos episodios de la vida de Jesús se deben al ejercicio de su magisterio.

Sus enseñanzas son las que suscitan la envidia y el encono de escribas y fariseos, ocasionándose aquellos choques, que podríamos llamar de escuela, en que la astucia y la sabiduría de los doctores de la ley se estrellan contra la palabra, alta y serena, de Jesús.

Por su predicación es acusado, prendido, juzgado y condenado.

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Jesús es el Verbo del Padre, la Sabiduría, la Idea substancial, Luz de Luz, Palabra eterna de Dios, que vino a ponerse en contacto con el pensamiento del hombre para que éste reentrara otra vez en el campo de la verdad de Dios.

Esta divina misión de orden intelectual está soberanamente indicada en los Evangelios. Jesús es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo.

Es la Luz, es decir, la Verdad substancial, que no estaba en el mundo y que a él quiso venir: Yo, luz, vine al mundo; Yo soy la luz del mundo, dice el mismo Jesús.

Jesucristo representa la etapa nueva y definitiva del magisterio de Dios para con el hombre. La función de su Magisterio es esencialmente teologal, porque es función del mismo Dios que enseña cosas divinas a los hombres. Es la culminación de la función doctrinal de Dios que ya no habla por medio de puros hombres, sino que se hace hombre para enseñar a los hombres.

El Magisterio divino de Jesús es preparación y preludio de la visión definitiva de la Verdad esencial en la gloria bienaventurada.

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La inteligencia humana de Jesús recibe directamente la luz de la misma inteligencia de Dios, porque Él mismo es el Verbo del Padre y una misma cosa con el Padre.

De aquí proviene esta claridad estupenda del pensamiento de Jesús: es la misma claridad del pensamiento de Dios, porque Jesús no habla de lo suyo, sino que todo lo que habla se lo ha dicho el Padre.

Y de aquí deriva asimismo la profundidad insondable de su doctrina. Con todo, la diafanidad del pensamiento de Jesús es una de las notas de su elocuencia, hasta el punto de que jamás ningún hombre haya podido igualarle en vaciar en fórmulas transparentes una doctrina que por su fuerza y profundidad ha podido llenar la inteligencia humana de todos los siglos.

Esta misma fuerza sintética de su pensamiento, ayudada de sus poderosos auxiliares, la sensibilidad y la imaginación, afinadas en la minuciosa observación de la naturaleza y de la vida, le permiten a Jesús emitir sus ideas en forma sentenciosa, tan recia de contenido como ceñida de expresión.

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La profecía es en Israel una institución divina, complemento y sostén de las demás instituciones, y como la médula de la teocracia.

Cuando se acabe la visión profética en el pueblo de Dios, hacia el siglo V antes de Jesucristo, en que Malaquías cierra la serie de profetas escritores, crecerá en el pueblo de Dios el ansia de que venga por fin el gran Profeta, y todos le mirarán, al Mesías futuro, como el Profeta único que prometió Moisés.

Él debía ser el complemento de todos los profetas, y Él debía realizar todas las profecías del Antiguo Testamento.

El doble carácter de Mesías e Hijo de Dios constituye a Jesús Profeta sobre todos los profetas.

En Cristo están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, y en virtud de su misión pudo decirles Jesús a los hombres con imperio: Esto dice el Señor.

Sus profecías fueron numerosas: muchas de ellas realizadas ya en tiempo de los mismos Apóstoles que pudieron oírlas de labios del gran Profeta; otras cuya realización atestigua la historia de los siglos siguientes; y otras, relativas al fin del mundo y las señales que le precederán.

Jesús predijo su Pasión y muchas de sus circunstancias con precisión suma. También predijo sus futuras exaltaciones, inverosímiles después de tanta afrenta.

Quedan aún por cumplirse una serie de profecías: las relativas al fin del mundo y al Segundo Advenimiento del Hijo del hombre, con todos los episodios, de orden humano y cósmico, que les precederán.

El Profeta anunciado por Moisés, que vino en la plenitud de los tiempos y que predijo las grandes cosas de los últimos días, no faltará a su palabra: se cumplirán todas, porque Él ha dicho: Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán.

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Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle…

La nube se presenta en la Sagrada Escritura como el signo de la presencia de Dios. Esta nube luminosa cubrió la escena en la cumbre del monte, y se oyó la voz del Padre que salía de ella…

Esta es la segunda vez que el Padre Eterno proclama a Jesús su Hijo amado y el objeto de sus complacencias; la primera fue en Jordán, con ocasión del Bautismo de Nuestro Señor.

Dios quiere reforzar nuestra fe en Jesucristo, y nos excita a escucharle, porque es la verdad; a buscarle, porque es la vida; a seguirle, porque es el camino.

Ya sólo hay que mirar y seguir a Jesús, la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Debemos ser dóciles en escuchar a Jesús. Recibamos religiosamente la recomendación del Padre celestial.

Consideremos lo siguiente: 1º) ¿quién es el que nos habla?; 2º) ¿cómo nos habla?; 3º) ¿cómo debemos escucharle?

¿Quién nos habla?

El Padre celestial nos lo hace conocer: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco…

Esta voz celestial afirma la divinidad de Jesús. Él es realmente el Hijo único de Dios, consubstancial e igual al Padre, Sabiduría eterna, la Luz del mundo…

Los que hasta el momento habían venido eran sólo precursores, ministros, siervos; pero éste nos hablará en su propio nombre, porque Él es el Hijo, y todo lo que es del Padre es del Hijo, existiendo en ellos la unidad de substancia, de voluntad, de autoridad, de poder.

Jesús es el Hijo bienamado del Padre por ser su Hijo por naturaleza, imagen perfecta, el esplendor de su gloria y la figura de su substancia.

El Padre se complace y deleita infinitamente en Jesús, a causa de su perfecta igualdad y de su docilidad absoluta para hacer en todo su voluntad.

Escuchadle… Este precepto del Padre se dirige no sólo a los Apóstoles, sino a todos nosotros…

Dios, hasta entonces, había hablado por medio de los Profetas; pero, de aquí en más nos hablará a través de su Hijo.

Y este Hijo amado, dice a su vez: mi doctrina no es mía, sino del Padre que me envió. Por lo tanto, hay una perfecta identidad de doctrina entre el Padre y el Hijo.

Él es el Legislador supremo, el Doctor por excelencia…, el que enseña con autoridad divina lo que debemos creer.

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¿Cómo nos habla Jesús?

Jesús nos habla a través de cada uno de los Libros de la Sagrada Escritura. Todos ellos son la Palabra de Dios escrita y dada al hombre para iluminarlo, retirarlo del mal, hacerle practicar el bien… Entre los Libros Sagrados, Jesús nos habla sobre todo en su Evangelio, que es como el resumen o la colección de sus máximas, de sus enseñanzas, preceptos y consejos.

Jesús nos habla también a través de la Tradición y de su Iglesia, revestida de su autoridad, custodia de su doctrina y de su ley.

Otro medio de su enseñanza son los libros espirituales debidamente autorizados o aprobados por la Iglesia, que desarrollan y explican las máximas del Evangelio.

Las santas inspiraciones, que nos sugieren que evitemos el mal y nos excitan a practicar las virtudes, son otras tantas voces de Jesucristo.

Por los diversos acontecimientos, afortunados o desafortunados, Jesús nos advierte sobre la inestabilidad y la nada de las cosas humanas, y nos muestra la necesidad de estar siempre dispuestos a comparecer delante de Dios, así como confiados en la Divina Providencia.

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¿Cómo debemos escuchar a Jesús?

De cualquier manera que nos hable y nos instruya, Él tiene derecho a ser escuchado, y nosotros debemos prestarle un oído atento.

En primer lugar, con un gran espíritu de fe, puesto que es Dios mismo quien nos habla… Consideremos las multitudes, llenas de admiración, cómo recibían sus instrucciones con una docilidad plena, sin demoras, sin quejas… Contemplemos a María Magdalena a los pies de Jesús…

Debemos escucharle con profunda humildad y gran respeto, como siervos humildes.

Agreguemos un piadoso amor, porque el que habla es Nuestro Soberano Señor, Nuestro Salvador, Nuestro amado Padre, Pastor dedicado y vigilante de nuestras almas, que sólo quiere nuestra santificación y salvación.

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Bienaventurados los que escuchan y se someten voluntariamente y con alegría a su enseñanza, siempre atentos y dispuestos a cumplir todas sus órdenes.

¡Mas ay de los espíritus orgullosos, que razonan y susurran…, o se burlan de las palabras de Jesús, que cierran sus oídos y su corazón!

Nuestro Señor concluyó su respuesta a los discípulos de San Juan Bautista con estas sorprendentes palabras: “¡Y bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí!” Como si dijera: ¡Bienaventurado aquel para quien Yo no constituya una ocasión de caída o de pecado!

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí Estas palabras recuerdan las del santo anciano Simeón: Este Niño está en el mundo para la caída y la resurrección de un gran número en Israel, y para ser un signo de contradicción.

Jesús es signo de contradicción, y todo su Evangelio y la historia de la Iglesia por Él fundada son una demostración de ello.

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Por estas palabras, Nuestro Señor reconoce por sus verdaderos discípulos a aquéllos que no se avergüenzan de Él y que lo siguen de todo corazón…

Pero también declara excluidos de su Reino a todos los incrédulos, orgullosos, tibios, que se niegan a reconocerlo, adorarlo, seguirlo…

La frase de Nuestro Señor también se puede entender de este modo: Desdichado aquel que halle escándalo en mí…

¿Por qué desdichado? Porque resistiendo a Nuestro Señor y rechazando sus gracias, se abandona a sí mismo y a su sentido depravado.

Consideremos lo que les pasó a los judíos, por escandalizarse de Jesucristo:

¿Qué ocurrió con esos pueblos, antes tan florecientes, que se escandalizaron de tal o cual punto de la doctrina católica y permanecen desde el siglo once siempre en rebelión contra el Primado de Pedro?

Encontraron la ruina, la depravación, la dominación del comunismo o de Mahoma…

Contemplemos esas naciones paganas, endurecidas en su idolatría, negándose por orgullo a recibir la doctrina de Jesucristo…

Desdichados, especialmente, todos los malos cristianos (naciones o individuos), que se escandalizan de Jesucristo y de su Iglesia, que se burlan de los dogmas y prácticas de la religión, que son apóstatas de hecho…

Desdichados todos los católicos que se escandalizan de la Tradición…, que en estos tiempos apocalípticos no quieren seguir la consigna de conservar los restos de lo que han recibido, y se prometen un reflorecimiento, sin reconocer los signos de los tiempos y poniendo sus esperanzas en esos restos que, de todos modos, son cosas perecederas…

Desgraciados y mil veces desdichados los individuos, las familias y las sociedades que han renegado de Cristo y han edificado sus destinos sobre otro fundamento, contrario al del Salvador.

Nuestro Señor es la piedra escogida. Pero esta piedra puede ser de salvación o de condenación…, piedra fundamental, piedra angular… o piedra de escándalo y de tropiezo…

Lo mismo sucede con aquellos que construyen y edifican “al margen” de Nuestro Señor; porque, aunque digan que no lo hacen contra Él, sabemos que quien no está con Él está contra Él.

A todos aquellos, individuos, familias o sociedades que no han querido fundarse en Jesucristo y le dijeron: no queremos que reines sobre nosotrosnos escandalizamos de tu doctrina, de tus mandamientos, de tu moral, de tus exigencias… a todos ellos Nuestro Señor responde a su turno: La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular. Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos… Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará…

En cambio, a los que creen, a los que aceptan, a los que no se escandalizan, Nuestro Señor los sostiene, los fortalece y los salva.

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Jesús promete a los que lo reconocen y lo aman, la abundancia de sus bienes espirituales, sus gracias y sus bendiciones en este mundo, y la felicidad eterna en otro…

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… y a pesar de mis humillaciones me escucha y me sigue…

Mientras tanto, desde la nube sale la voz del Padre que dice: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle…