REFLEXIONES SOBRE LAS POSTRIMERÍAS DEL HOMBRE – LA MUERTE

Diego Santos Lostado y Calderón

 

INTRODUCCIÓN

Postrime

Si el olvido de nuestras postrimerías es uno de los mayores errores en que solemos vivir, alejémoslo de nosotros tanto que jamás pueda volver a interrumpirnos un pensamiento tan cristiano.

Muchos habrá que rehúsen abrazar esta idea quizá por no entristecerse; pero yo más quiero vivir triste con ella y morir alegre, que vivir alegre sin ella y morir tristemente.

Quiero pronosticarme con tiempo mi suerte venidera; para no enterrar mi alma en el sepulcro del mundo y contarme ya entre los muertos. Cada día, cada hora, cada instante miraré con más atención el contraste de dos suertes irrevocables que llevamos los mortales dentro de nosotros y no las vemos. ¡Vida para siempre! ¡Muerte sin fin! Estos son los últimos destinos del hombre y uno de ellos ha de caberle: ¿cuál será?

¡0h eternidad! Tú llamas a la puerta de mi corazón y te vales de la voz de Dios para despertarme. ¡Despertemos; despertemos alma mía! y puesto que vemos el peligro, huyamos para no perecer en él. Conozcamos que para no morir jamás no hay más remedio que morir bien; y para morir bien, no pecar; y para no pecar, grabar en nuestra imaginación este importante aviso que nos da el Espíritu Santo.

In omnibus operibus tuis mœmorare novissima tua, et in æteruum non peccabis.

PRIMERA POSTRIMERÍA DEL HOMBRE

LA MUERTE

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Statutum est hominibus semel mori.
Esta decretado que todos los hombres mueran una sola vez (Hebr. 9)

 

No hay remedio: no hay criatura humana sobre la tierra que desde el primer instante de su vida no se haya hecho tributaria de la muerte. Esta es una verdad eterna y tan inconcusa, que aunque el más impío no la creyese como un principio de fe, la misma evidencia natural le repite cada día, que la muerte ejerce su imperio sobre todas las edades, sobre todos los estados, sobre todas las clases y condiciones del hombre.

¿Conque todos hemos de morir? ¡Es de fe y es preciso morir! El niño, el varón y el anciano han de pagar este tributo inevitable del pecado. Los cetros y las tiaras, las insignias todas de mayor honra, del mismo modo que el tosco pello del pastor y la humilde mortaja del pobre religioso han de ser herencia del sepulcro.

Esta escena fúnebre se ha representado en todos los siglos, y se repetirá por todas las naciones hasta que no quede un hombre sobre la tierra. Esta es a la que yo he de asistir algún día como uno de sus actores, y a la que desde este mismo instante te convido, alma mía, para que aprendas bien el papel que debes hacer en ella. Acéptale, pues: mira que no puedes aceptar convite más saludable, si deseas salir con lucimiento y hacer tu suerte venturosa.

¡Ah! ¡Si por este único pensamiento lograse yo vencer a mis enemigos y conquistar mi patria! ¡Oh día de angustia y tribulación en que se ha de ver mi alma a las puertas de la eternidad! ¡Día funesto y terrible, no te apartes de mi memoria! Dame en estos momentos de reposo las lecciones que diste a los verdaderos sabios que supieron decirte, ven cuando quieras.

Mas ya parece que veo delante de mí la muerte que viene a dar pasto a mis tristes reflexiones y me dice: ven conmigo, pecador, y para tu desengaño, examina mis lóbregas cavernas, y aquellos soberbios mausoleos que la vanidad levantó a la hediondez de un cadáver; aquellos vastos campos e inmensos abismos donde quedaron sepultados, por mi mano, millones de muertos; y aquellos fragmentos y tristes reliquias de la humanidad que se hallan todavía sobre la faz de la tierra.

¿Ves todos esos antiguos cetros arrinconados en esas bóvedas obscuras? Pues estos mismos son trofeos que arranqué de las manos de los Monarcas de Israel y de Judá. Ninguna otra cosa de ellos puedo presentarte ahora; porque sus esqueletos están ya unidos a la materia de diversos cuerpos; su fausto y esplendor se desvanecieron entre polvo y ruinas; y sus almas moran en aquel lugar que les destinó la justicia del Eterno. Yo misma fui la que derribé de sus tronos a los Alejandros y a los Gerges; la que vencí a los Aníbales, a los Escipiones, y demás soberbios conquistadores que llenaron el mundo con sus hazañas. Los políticos romanos, los sabios de Atenas, los héroes de Cartago, todos desaparecieron al imperio de mi voz. Yo….

Calla, inexorable homicida, no me hables más de muertos porque ya sé que de la posteridad de Adán ninguno pudo librarse de tus asaltos, y que todos hasta su último nieto hemos de tener igual suerte.

Sé muy bien, que morir es ley impuesta a la humanidad y tan permanente, que no se ha visto jamás un solo ejemplo de haberla infringido ni el oro, ni el poder, ni la grandeza, ni la hermosura, ni el valor. No me digas que desde que fui concebido estás abriendo a mis pies el hoyo del sepulcro: lo sé también. Ni añadas que si yo te he sentido trabajar lentamente, otros hubo que sólo oyeron el primer golpe de tu azada; y otros que apenas vivieron cuando ya los sepultaste en el seno de sus madres; pues no ignoro cuan frágil es nuestra vida. No tengas que presentarme la seca y arrugada piel que cubre los esqueletos de las hermosas griegas, que ya sé tiene tal fin la belleza humana. No me pongas delante aquellos antiguos mármoles, en donde sólo aparecen pocas líneas casi borradas en un epitafio con que la vil adulación quiso honrar las cenizas de un ambicioso conquistador; porque yo no llamo proezas a estos hechos, sino delirios propios del hombre que solamente alienta para saciar su maldad.

Yo sé que todas las honras humanas mueren con el cuerpo, y que únicamente la virtud pasa con el alma más allá del sepulcro. ¡Oh heroicas virtudes, vosotras sois la honra más gloriosa! ¡Oh santa humildad, tú eres la maestra que enseñas al hombre a conocerse! El que se desdeña de ti se rebela contra la naturaleza, o se hace semejante al bruto. ¡Qué mayor realce podemos dar a nuestra vida que trabar amistad contigo! Humíllate, me dices, y entonces conocerás que tu cuerpo es débil obra, y tu alma semejante a Dios. Entonces advertirás que tu cuerpo cae fácilmente y se arruina, y tu alma lleva impreso el carácter de la inmortalidad. Entonces notarás la distancia que media entre la pequeñez del ser que ofende a Dios, y la inmensa grandeza del ofendido. Entonces sabrás mirar al mundo en que habitas, como un destierro, y al Cielo como tu patria: y entonces verás cuánto va de la esclavitud y miserias en que aquel te tiene puesto, a la libertad venturosa y sólidas felicidades con que te convida éste.

¿Y qué fruto debemos sacar, alma mía, de todas estas reflexiones? Conocer que mi vida es una ilusión pasajera; que ignoro cuándo ha de acabar su jornada; que mis sentidos han de extinguirse bajo de una pobre mortaja; que mi cuerpo ha de ser reducido a la misma materia de que fue formado; y que tú, alma mía, has de volar a la eternidad con la incertidumbre de la suerte que te ha de caber en aquel santuario de la justicia donde resuena la severidad de esta voz: “Yo juzgaré las acciones que parecen más justas”.

¡Trueno espantoso que no solo estremece a las cañas débiles como yo, sino hasta los cedros de Dios! ¿Qué comparación puede haber entre la encarnizada muerte y este terrible grito del Cielo? Nada me acobardaría aquella, aunque me asaltase en la juventud o vejez; aunque fuera súbita o dilatada; aunque apurase sobre mis delicados miembros toda la enormidad de sus rigores; pero viéndome reo de tantas maldades, no puedo pensar en aquel momento de que pende el eterno destino de mi alma, sin quedar lleno de miedo, terror y confusión.

¡Oh instante! ¡Oh instante en que la muerte da el golpe, y al mismo tiempo el alma siente su felicidad o desgracia! Paraíso…. Infierno… estos son los lugares de la eternidad, y uno de ellos, alma mía, has de ocupar siempre, siempre.

¡Qué contraste de gozo y de aflicción! En él debemos fijar nuestra memoria; y este momento, en que ha de decidirse la última suerte del hombre, es el que debemos aprovechar arreglando nuestra vida; porque si una vez no más se muere, y esta se muere mal, ya no hay medio de resarcir la pérdida que ahora podemos evitar.

Así, pues, convengamos, alma mía, en que la suma total de todas estas reflexiones se reduce a estar en todo tiempo bien dispuestos para conseguir aquella futura felicidad que el Cielo nos desea, nos ofrece, y nos mueve a que aceptemos.

Estemos en tal estado, y así podremos decir a la muerte, ven cuando quieras. Si estoy bien prevenido, ¿no es mejor que venga en este instante que cien años después? ¿Qué importa morir ahora, o luego? Lo que importa es saber morir; y estar con la tranquilidad de un justo en aquel tremendo lance.

Saber morir ¡Ah! ¡Santo pensamiento, si yo lograse coger el opimo fruto que me ofreces! ¡Pero cuántos días concedidos por el Cielo para dedicarlos a este objeto, he prodigado neciamente! ¡Cuántos he sacrificado a la vanidad, al ocio, a delicias mundanas! ¡Cuántos a vicios que por rubor dejo de nombrar!

¡Oh Dios mío, cuánto me habéis sufrido! ¡No reconozco instante alguno en que no hayas derramado sobre mí tus misericordias, ni cuento día en que no te haya ofendido! ¿Si aun antes de nacer era yo vaso de iniquidad, qué habré sido después que la malicia corrompió mi corazón? ¡Oh cuántos pecados! No ha sido mi vida otra cosa que una larga tela de ofensas contra la infinita bondad de un Dios que suspendiendo su brazo justiciero, me ha dicho tantas veces, vive, infeliz, llora tus pecados, y no me ofendas más. ¡Oh preciosos momentos los que me quedan de vida, si todavía sé aprovecharlos! No los despreciemos, alma mía, que quizá sean estos avisos del Cielo los últimos que nos conceda compasivo.

Dios es quien nos habla y envía estas santas inspiraciones; y Dios es quien puede penetrarnos de aquel intenso dolor que hizo derramar lágrimas contritas y salvó a tantos pecadores penitentes: aquel dolor que el hombre por sí solo no es capaz de sentir en su corazón.

Haced, Señor, que yo le sienta en el mío, conforme queréis vos que un pecador le tenga para purificar su alma, y presentárosla tan limpia como salió de vuestras manos. Haced de mí, Señor, un hombre nuevo, de tal modo, que superando mi arrepentimiento y mi virtud a las iniquidades que cometí contra vos, os ame como a Padre misericordioso, os obedezca como a Legislador sabio, y os tema como a Juez severo y recto. Oíd, Señor, os ruego; este miserable pecador que desea llegar al sepulcro acompañado de tan santas resoluciones. A vuestro asilo se acoge, Dios de bondad; perdonadle, y añadiréis una gracia más a la misericordia con que siempre le habéis tratado.

Escuche vuestra piedad mi clamor, y mis ayes: y si queréis hacer justicia, se armen contra mí con enojo inexorable todas las desdichas; me quede sin el menor apoyo; se destruya toda esta máquina humana mía; vengan sobre mí mil muertes, con tal que no me arrojéis de vos. Muera yo de dolor, muera, muera por vos, Señor; y suba mi alma en gracia a la mansión de los justos.