Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 1ª de Cuaresma

Sermones-Ceriani

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Por aquel tiempo, Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo. Ayunó cuarenta días y cuarenta noches, después de lo cual tuvo hambre. Entonces el tentador se aproximó y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se vuelvan panes. Mas Él replicó y dijo: Está escrito: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces lo llevó el diablo a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo; y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque está escrito: “Él dará órdenes a sus Ángeles acerca de Ti, y te llevarán en sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra”. Le respondió Jesús: También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”. De nuevo le llevó el diablo a una montaña muy alta, y mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria, le dijo: Yo te daré todo esto si postrándote me adoras. Entonces Jesús le dijo: Vete de aquí, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”. Le dejó entonces el diablo; y he aquí que los Ángeles se acercaron para servirle.

Seis meses hacía que San Juan Bautista preparaba a los hijos de Israel para el advenimiento del Mesías.

Pocos días después de la embajada del Sanedrín, Juan preparaba numerosos penitentes para recibir el bautismo, cuando de improviso fijó su mirada en un desconocido, cuyo aspecto le hizo involuntariamente estremecerse. Así como se había conmovido en el seno de su madre por la presencia del Salvador, del mismo modo, una impresión enteramente divina le hizo comprender que se encontraba a la vista del mismo Jesús. Un movimiento instintivo lo impulsó hacia Él; pero cuando ya iba a arrojarse a sus pies, Jesús se lo impidió, y en la actitud de un pecador profundamente humillado, le pidió el bautismo.

— ¡Señor, exclamó Juan con voz trémula de emoción, soy yo quien debe pediros el bautismo, y Vos queréis recibirle de mis manos!

— Déjame hacer, respondió el Salvador; conviene que así cumplamos toda justicia.

La justicia exigía que Jesús, habiendo tomado sobre sí las iniquidades del mundo entero, fuese tratado como un pecador, como uno de tantos judíos que bajaban al río golpeándose el pecho para alcanzar la remisión de sus pecados.

Juan lo comprendió y no resistió más a la voluntad del Maestro.

Se vio entonces al profeta sumergir en las aguas del río a Aquel que venía a borrar los pecados del mundo; pero el ojo humano no alcanzó a descubrir el misterio que en aquel momento solemne se cumplía.

Al contacto de Jesús, el agua adquirió la virtud de regenerar las almas, de purificarlas de toda mancha y de conferirles una nueva vida, la vida de los hijos de Dios. El Bautismo de fuego, figurado por el bautismo de Juan, quedaba ya instituido.

Al salir del agua, Jesús oraba a su Padre, cuando de repente los cielos, cerrados desde el pecado del primer hombre, se abrieron delante del nuevo Adán; una gran claridad iluminó la nube, el Espíritu Santo descendió en forma de una paloma y reposó sobre el recién bautizado.

Al mismo tiempo, una voz de lo alto, la voz del Padre celestial, hizo oír estas memorables palabras: Este es mi Hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias.

El pueblo percibió solamente un ruido semejante al estampido sordo del trueno, pero no penetró el sentido de las grandes cosas que se realizaban ante sus ojos; mas el Santo Precursor comprendió que, figurando en esta escena las tres personas de la augusta Trinidad, ellas mismas acababan de dar al Mesías la investidura de sus sublimes funciones.

Ahora podía ya dar un nuevo testimonio de Jesús y decir a sus discípulos: He visto al Cristo, al ungido del Señor; y este Cristo, es el Hijo muy amado del Padre que está en los Cielos.

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En la misma tarde de aquel memorable día, a impulsos del Espíritu divino, Jesús dejó el Jordán para retirarse al desierto y prepararse allí, por la oración y la penitencia, a su misión salvadora.

A nueve kilómetros del río, en medio del desierto de Jericó, se levanta una montaña rocallosa despojada de toda vegetación. Yergue su lúgubre cima a trecientos sesenta metros de altura sobre las colinas que la rodean.

No es posible trepar a ella sino por estrechos senderos que serpentean sobre abismos. En sus flancos, a media altura, se encuentran varias grutas bastante espaciosas, cuyas paredes son formadas por enormes trozos de roca. A una de aquellas cavernas fue a donde el Espíritu de Dios condujo, al Salvador. Durante cuarenta días y cuarenta noches, permaneció Jesús en esta cueva sin tomar alimento alguno.

Dominando el bullicio del mundo, oraba por esa humanidad de la cual se había constituido redentor, cuando de repente, vino a turbar su retiro un enemigo que desde largo tiempo espiaba sus pasos. Era Satanás mismo, el príncipe de los demonios.

Desde la catástrofe del Paraíso terrenal, reinaba como dueño sobre la humanidad envilecida y degradada; pero, temblaba por su propio imperio cada vez que traía a la memoria la fatal predicción de Dios: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella te aplastará la cabeza, mientras tú acecharás su calcañar.

Inquieto y furibundo, no cesaba de acechar a los hijos de los hombres a fin de descubrir cuál sería aquel vástago de Adán que debía salvar a su raza, perdiéndolo a él, así como él había perdido antes a Adán.

Viendo, pues, al Niño de Belén, los milagros de su cuna, su precoz sabiduría, sus virtudes sobrehumanas, conjeturó que aquel Niño podría muy bien ser el Mesías prometido. Las escenas del Jordán cambiaron sus sospechas casi en certidumbre; y cuando en el bautismo de Jesús, una voz celestial lo proclamó Hijo de Dios, Satanás resolvió someter a aquel personaje tan extraordinario a una prueba decisiva.

Ignoraba el ángel caído que la lucha emprendida por él contra Jesús entraba en los designios divinos. Era necesario que el Salvador de la humanidad midiese sus fuerzas con el que la había empujado a su ruina, para que de esta manera Dios quedase vengado y su adversario pagase con una derrota vergonzosa la victoria del Edén.

Además, el nuevo Adán debía mostrar a su posteridad que las puertas del Cielo quedaban de nuevo abiertas, pero que nadie las franquearía sin haber combatido valerosamente.

Satanás se insinuó en la gruta del santo solitario como se había tortuosamente deslizado delante de Eva bajo las sombras del paraíso. Le encontró extenuado por el ayuno de cuarenta días y atormentado por el hambre, y lo tentó.

Esta tentación se comprende sólo como una humillación del Señor, quien, siendo el segundo Adán, quiso expiar así el pecado de los primeros padres.

El tentador procura excitar las tres concupiscencias del hombre: la sensualidad por medio del apetito de comer, la soberbia por medio del orgullo presuntuoso, y la concupiscencia de los ojos por medio de los apetitos de riqueza, poder y goce. Pero las tres van contra la misión de Mesías y Redentor de Jesús.

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El demonio, fingiendo compartir su sufrimiento, se admiró de que el Mesías, ya que ése nombre se le daba, pudiera carecer de alimentos: Si eres el Hijo de Dios, le dijo, ordena que estas piedras se conviertan en pan. Y mostraba a Jesús las piedras redondas, en forma de pan, que se veían diseminadas en el suelo de la gruta, como en otro tiempo había mostrado a Eva el fruto prohibido.

Si Jesús hace un milagro para saciar su hambre, se decía, no podrá ser el salvador de la raza decaída, porque un jefe vulnerable por el lado de los sentidos, jamás podrá tener bastante autoridad para apartar a los voluptuosos de los halagos de la gula y de la lujuria.

Con una sola palabra, el divino Maestro frustró los cálculos de su enemigo: El hombre no vive sólo de pan, le respondió, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Además, los medios providenciales, que Dios puede producir a falta de pan, pueden sustentar al hombre. El pan faltó a los Israelitas en el desierto; pero Dios les dio por sustento durante cuarenta años el maná del cielo.

¡Come, vive, conquista el mundo!, dice Satán… ¡Sea tu preocupación principal el tener pan!; que en este esfuerzo te sirva cada piedra. Vive con vigor, con plena conciencia de tu poder.

Jesús levanta la voz contra el tentador: sí, es necesario el pan, mas no solamente de pan vive el hombre; no basta roturar la tierra, romper la roca, conquistar los mares y el mundo; más necesario que cualquier otra cosa es el aliento divino, la vida hermosa, pura y noble, la alegría, la paz.

La vida social, institucional, viene a ser una fuerte tentación para el hombre; por amor a la hermosa tierra olvida el mundo interior; el trabajo productivo hunde el Cielo en el olvido; el afán constructor nos hace desistir de edificar el mundo espiritual.

Y para colmo emprendemos falsos derroteros y llegamos a ver en este trabajo, que muele el cuerpo y el alma, el objetivo de la vida.

¡Pobres de nosotros!, levantamos el instrumento a categoría de fin; vamos fabricándonos nuestro propio yugo…

Jesús nos muestra cuál es el camino en medio de necesidades materiales y espirituales. Es preciso desarrollar nuestras capacidades, es preciso convivir y trabajar; mas no esperemos la felicidad del trabajo y de la vida en sociedad. El que de ellos la espera, está pegado a la tierra; siendo hijo de Dios, se transforma en hijo de este mundo; lo interior se seca a causa de lo exterior.

Lo que quiere Jesús es formar el tipo principesco, real, del hijo de Dios, esa majestad y realeza nacida para la inmortalidad. Nos educa para una noble superioridad, diciendo: ¿De qué le sirve al hombre el ganar el mundo, si pierde su alma?

Jesucristo no confía en la tierra, en la riqueza, en la política, en la sociedad, en la cultura…; no porque sean cosas malas en sí, sino porque inspiran un pensar materialista, mundano, que aprisiona el alma, la embarga y la sofoca.

Buenos son el mundo, la riqueza, el poder, pero únicamente si están al servicio de grandes objetivos.

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El Salvador no hará un milagro para apaciguar su hambre, sino que esperará de la bondad de Dios los alimentos que necesite.

Esta respuesta no satisfacía la curiosidad de Satanás. Todo lo que de ella podía deducir era que su antagonista, fuera o no el Mesías, parecía inaccesible a toda tentación sensual y que para vencerle necesitaba acudir a armas de otro género.

El orgullo del espíritu, pensó, perderá al solitario como me perdió a mí; y súbitamente transportó a Jesús al pináculo del templo, a tan elevada altura que no se podía mirar el valle sin experimentar vértigos.

Siguió, pues, la tentación del mundo: Si eres el Hijo de Dios, le dijo, precipítate a este valle, porque está escrito: “Dios enviará a sus Ángeles para que te sostengan en sus manos y tu pie no tropiece con piedra alguna”.

También está escrito, le respondió Jesús: “No tentarás al Señor tu Dios”, pidiéndole salvarte la vida por un milagro, cuando te expones voluntariamente a perecer.

Venció Jesús al tentador con esta respuesta, enseñándonos que poner a Dios en el trance de tener que hacer un milagro para librarnos de un peligro en que nos hemos colocado temerariamente y sin motivo alguno, es pecado de presunción, o sea tentar a Dios.

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La segunda tentación es el mundo, quien ha de juzgarte profeta, santo; ha de venerarte y rendirte homenaje: ¡subyúgale!; lo que él necesita es un señor.

Sí, quiero ser señor. Mi dominio es un poder verdadero y no aparente. El mundo no debe distraerme de mi grandiosa misión, no me basta la ilusión, el boato, que es cosa falaz y de todos modos se concede a unos pocos.

El Reino de Dios es la soberanía y majestad verdadera. Estar por encima del mundo, mas no de una manera estoica, esto sería una falsedad; sino conforme al espíritu de San Francisco, que ama todas las cosas y se regocija con ellas.

No debe desviarme ninguna tentación, ni dulce ni amarga. En cualquier forma que se presentare, yo seguiré a mi alma soberana. Jesús me coloca en este camino, y hasta parece que con dureza a veces.

A medida que se acreciente nuestra magnanimidad, aumentarán también nuestra serenidad y nuestra fuerza. El hombre perfecto no ha de ser un triste espantajo, sino hombre verdadero, noble, valeroso, hombre entero, que sabe amar a los hijos, a los padres, a la esposa, a las cosas nobles, pero nunca en perjuicio del amor divino.

De ahí que Jesús nos exija sacrificios que solamente a esta luz podemos apreciar rectamente. Quiere que a veces nos opongamos a afectos que en otras ocasiones Él mismo ordena: Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre, y a su madre, y a la mujer, y a los hijos… y aún a su vida misma, no puede ser discípulo mío.

Podemos ser llamados a una entrega completa. Si los deudos más cercanos se oponen a nuestra vocación, seamos fuertes; no ofendamos a Dios por una piedad mal entendida. Rompamos lo que hay de contrario a Él, en cualquier parte que lo encontremos. Bien merece este sacrificio el Reino de Dios.

Por tanto, obedezcamos más a Dios que a los padres, hermanos y esposa, ya que no se les puede querer, si con este amor nos engañamos y nos rebajamos a nosotros mismos.

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Una vez más, Satanás se vio derrotado, sin poder descubrir el verdadero nombre de su humilde pero terrible adversario.

Agotados ya todos los subterfugios, el espíritu infernal arrojó la máscara e intentó hacer entrar a Jesús en un complot que arruinaría por su base el plan de la Redención.

Sabía que el Mesías no restablecería el reino de Dios en la tierra sino desprendiendo las almas de todo lo que halaga las pasiones: riquezas, dignidades, goces sensuales; pero sabía también que los judíos harían guerra a muerte a quienquiera que les predicase semejante desprendimiento.

Para ganarse a los judíos, en vez de predicar el Reino de Dios, el Mesías debía declararse rey temporal, armar la nación contra el extranjero, reducir a los gentiles a su dominación y formar de todos los pueblos un imperio universal cuya capital sería Jerusalén.

Israel aclamaría a un libertador de este género que abriera a sus partidarios una fuente inagotable de riquezas, dignidades y placeres.

Con la audacia del ángel que se atrevió a luchar contra Dios, Lucifer propuso al Mesías abandonar el pensamiento de un reino espiritual para realizar el ideal judío.

A fin de deslumbrar al santo solitario, lo transportó sobre una alta montaña desde donde le mostró como en un inmenso panorama todos los reinos y magnificencias de la tierra.

Luego, creyendo haberle fascinado con tan mágico cuadro, le habló de esta manera: Este mundo me pertenece y puedo darlo a quien yo quisiere. Tuyo será este poder y esplendor, si postrado ante mí, me adorares.

El arcángel destronado, invitaba al Cristo a ponerse a la cabeza de los judíos y a hacer antes de tiempo el papel del Anticristo.

A tan infame proposición, Jesús lanzó al tentador una mirada de indignación, y con un gesto imperioso le arrojó de su presencia: Retírate, Satanás, le dijo, porque escrito está: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás”.

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Te daré todas estas cosas si te postras delante de los ídolos. El ídolo no es Dios, por tanto no es verdad, no es vida. No lo es más que las ilusiones, las cuales viven en nuestra mente y terminan con un amargo desengaño.

No nos encaminemos hacia los ídolos. En el culto de los ídolos, las obras de nuestras manos…, buscamos un mundo, un mundo más amplio y mejor; y en nuestro afán de querer poseerlo todo, nos rebajamos…

Este mundo, hermoso y glorioso, se trocará en dolor y tormento, si no tenemos un alma bella y gloriosa. Sus goces no podrán satisfacernos y nos amargarán la existencia con desilusiones y desengaños.

Hemos de conservar y defender nuestra libertad, para que el mundo no nos venza con sus encantos, y con esta libertad trabajaremos y lucharemos.

En lo contrario sugerido por el demonio está la verdad; lo poseeremos todo, si no nos inclinamos ante estos ídolos, si nuestra alma sabe ser señora.

En toda tentación hemos de exclamar sin demora: Apártate de mí, Satanás, quiero andar por los caminos de Dios; mi voluntad es fuerte y firme.

Contra los encantos del mundo levantemos en alto la bandera del Reino de Dios y hagamos prevalecer la condición de nuestra filiación divina.

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El príncipe infernal huyó espantado. Tenía delante de sí, no podía ya dudarlo, al Hijo de la Mujer que debía arruinar su imperio.

El justo que, apoyándose en tres palabras de la Escritura, acababa de resistir tranquilo e impasible a los halagos de la sensualidad, a los transportes del orgullo, a las fascinaciones de la ambición, a todos los prestigios diabólicos; se mostraba bastante superior a los hijos de Adán para pertenecer simplemente a esa raza degradada.

¿Era realmente el Hijo de Dios? Satanás sólo podía conjeturarlo, pero reconocía con certeza al Libertador esperado desde hacía cuatro mil años.

Le juró un odio implacable, y se prometió armar contra Él y contra su misión redentora no solamente a las milicias infernales, sino también a todos sus secuaces en Judea. Con tales fuerzas indudablemente le vencería y si fuere necesario, también le daría la muerte.

Y mientras que el tentador, furioso por la derrota sufrida, iba a ocultar su vergüenza en los infiernos, la gruta de la montaña resplandecía con deslumbradora claridad.

Los Ángeles de Dios descendían del Cielo, se postraban humildemente en torno de su Señor y le servían, después de su prolongado ayuno, el pan que esperaba de su Padre.

Vencedores del enemigo de Dios, como Jesús, se asociaban a su triunfo y se prometían ser sus auxiliares en la lucha que iba a sostener contra los espíritus del abismo.